Paraíso en un piso modesto
Cuando Alejandro le entrega a Inés las llaves de su piso en Madrid, ella entiende por fin que ha conquistado su particular Bastilla. Ningún Javier Bardem ha esperado un Goya como Inés aguardaba a su Adán (aunque fuese un Alejandro), y más aún, con piso propio. Desesperanzada, a sus treinta y cinco años, cada vez miraba con más ternura a los gatos callejeros y a los escaparates de Mercería y labores. Y entonces, aparece él: soltero, sus mejores años invertidos en su carrera de abogado, ensaladas verdes, gimnasio y chorradas de ese estilo como encontrarse a uno mismo en el mundo, pero sin hijos. Inés llevaba soñando con este regalo desde que tenía veinte años, y por fin ese Papá Noel rezagado parece haber entendido que no era una broma.
Tengo el último viaje de trabajo del año, y después soy todo tuyo le dice Alejandro mientras le da la preciada llave de su oasis. Eso sí, no te asustes de mi cueva. Yo solo piso la casa para dormir, añade, y tras montarse en un AVE, se marcha a Barcelona hasta el lunes.
Inés agarra el cepillo de dientes, crema, discos desmaquillantes y se va a descubrir la madriguera. Los problemas empiezan ya en la puerta: Alejandro advirtió que la cerradura a veces se atasca, pero Inés no pensaba que sería tanto. Se pelea con la puerta cuarenta minutos: empuja, tira, mete la llave al fondo, intenta en ángulo, pero esa celosa puerta se niega a mostrar su interior a la nueva inquilina. Inés prueba con la psicología como hacían sus compañeros de clase en los recreos, y con el ruido sale la vecina.
Perdone, ¿por qué intenta entrar en un piso ajeno? pregunta una señora preocupada.
No, que va, tengo llaves, responde Inés, frustrada y empapada en sudor.
¿Y quién es usted? Hace años que no la veo por aquí.
¡Soy su novia! afirma Inés, retadora, con las manos en la cintura, pero solo ve el rabillo de una puerta apenas abierta.
¿De veras? la mujer no oculta su sorpresa.
Sí, ¿algún problema?
No, no, ninguno… Es solo que nunca vi a nadie entrar con él (eso hizo que Inés quisiera a Alejandro aún más), y de golpe… en fin…
¿De golpe qué?
Perdón, no es asunto mío, y la vecina cierra.
Consciente de que aquel piso sería suyo o no sería de nadie, Inés hunde la llave y empuja con toda la fuerza de su deseo de un hogar; a punto está de girar el marco entero, pero finalmente la puerta cede.
El universo interior de Alejandro se presenta tal cual es ante Inés, y a su ánimo le entra una oleada de frío. Un joven soltero puede ser algo austero, claro, pero aquello era una celda.
Ay, pobrecito, tu corazón no ha conocido jamás lo que es el calor de un hogar, susurra Inés mientras observa aquel piso escaso, gris, donde pronto pasará muchos días.
Sin embargo, se alegra: la vecina tenía razón, ni una mano femenina había pasado por allí. Inés será la primera.
Sin poder evitarlo, sale disparada al bazar del barrio a por una cortinita bonita y una alfombra de baño, y de paso, manoplas y paños de cocina. Por supuesto, en la tienda le vienen más ideas Al kit se suman ambientadores, jabón artesano, y mil recovecos para maquillaje.
Meter estos detalles en otro piso no es de caraduras, se anima Inés sujetando un nuevo carrito entre las manos.
La cerradura ya no se resiste a Inés; de hecho, ha dejado de funcionar, como portero de fútbol que olvida el casco antes del partido. Inés, consciente del destrozo, pasa la noche desmontando el viejo bombín con cuchillos de cocina y a la mañana corre a por uno nuevo. Ya de paso, cambia cubiertos, cucharas, mantel, tablas de cortar y salvamanteles. Pronto también se propone renovar cortinas.
El domingo, a mediodía, Alejandro llama y le explica que debe quedarse unos días más en Barcelona.
Me alegraré si aportas algo de calor a mi piso, sonríe desde el teléfono cuando Inés le admite que ha hecho alguna reforma decorativa.
En verdad, Inés ya ha metido en la casa tanta calidez como un camión de mudanzas. Años de anhelos de una mujer sola le desatan las manos, y el puchero ahora hierve sin freno.
Para cuando Alejandro vuelva, del antiguo piso solo quedará la araña junto al respiradero. Inés había pensado echarla, pero viendo sus ocho ojos petrificados por tanta novedad, decide que mejor dejarla como guardián de la privacidad ajena.
El hogar de Alejandro ahora parece el de un hombre que lleva ocho años feliz casado, luego decepcionado y después, feliz de nuevo pese a todo. Inés no solo reforma el piso, sino todo el edificio: pronto los vecinos saben que es la nueva señora y todas las dudas deben ir a ella. Aún no hay alianza en el dedo, pero eso ya es cuestión de trámite. Los vecinos primero la miran de reojo, pero luego se encogen de hombros: Bueno, chica, tú verás, no nos importa.
***
El día que vuelve Alejandro, Inés prepara una cena casera espectacular, embute sus todavía firmes glúteos en un vestido llamativo, enciende unas varitas de incienso, baja las luces nuevas y se pone a esperar. ¡Vaya recibimiento para su Adán! Su propio edén sin manzanas.
Alejandro se retrasa. Cuando Inés nota que el vestido la marca en el punto exacto para el que semanas sudó en el gimnasio, oye una llave girar.
La cerradura es nueva, solo empuja, no está cerrada contesta ella, nerviosa pero seductora. No teme el juicio. Después de lo que ha hecho con el piso, todo le será perdonado.
Justo en ese instante le entra un mensaje: ¿Dónde estás? Ya estoy en casa. Todo igual, menos mal que no has llenado de maquillaje mi piso, como me decían mis amigos. Aunque Inés lo leerá mucho más tarde, porque justo entonces entran cinco desconocidos: dos chicos jóvenes, dos niños pequeños y un señor mayor que, al ver a Inés, se estira y alisa su blanca melena.
¡Vaya, papá! Menuda bienvenida. ¿Para qué te has ido al balneario, con lo que tienes aquí todo incluido? bromea el joven, recibiendo enseguida un codazo de su mujer.
Inés, paralizada y con dos copas llenas, quisiera gritar pero no puede salir del shock.
En la esquina, la araña parece soltar risitas.
Disculpe, ¿y usted quién es? balbucea Inés.
Propietario de esta cueva, señorita. ¿Usted viene de algún centro médico? ¿Trae las curas? Creo que dije que podía arreglarme solo, responde el señor, mirando el disfraz de enfermera sexy de Inés.
Vaya, don Adán, aquí tiene usted la casa hecha un primor, se asoma la nuera. Así da gusto, que esto parecía una cripta. Y usted, ¿cómo se llama, guapa? ¿No es un poco mayorcita para nuestro Adán? Aunque claro, hombre con piso propio
I Inés
¡Mira tú! Adán también acierta escogiendo personal, suelta la nuera con retranca.
Al abuelo, por la chispa en los ojos, le parece una bendición.
¿Y Alejandro? susurra Inés, vaciando de golpe ambas copas.
¡Yo soy Alejandro! levanta la mano el pequeño de ocho años.
Espera, cariño, lo detiene su madre y se lleva a los niños y al marido al coche.
Pperdón, creo que me he equivocado de piso Esto es, ¿Calle Azucena, dieciocho, piso veintiséis?
No, esto es Calle Almendro, dieciocho, el abuelo frota las manos, listo para abrir paquetes.
Claro… siempre las confundo suspira Inés trágicamente. Pasen, pónganse cómodos que yo hago una llamada.
Agarra el móvil y se encierra en el baño, donde, envuelta en la toalla y la vergüenza, por fin lee el mensaje de Alejandro.
Ale, llego enseguida, es que me he entretenido en el súper, escribe para justificarse.
Vale, te espero. Si puedes, trae una botella de vino, responde Alejandro por nota de voz.
El vino tenía que llevarlo, pero ya lo lleva por dentro. Coge la alfombra y la cortina y, cuando los intrusos se adentran en la cocina, escapa de puntillas del baño. Sin dudar, recoge sus cosas en una bolsa y huye del piso.
¡El amor se va, don Adán! gritan los vecinos al verla salir.
***
Te lo contaré luego, dice Inés al joven que le abre la puerta.
En trance, atraviesa el pasillo sin mirarle y va directa al baño: coloca la cortina y la alfombra rescatadas, después se deja caer en el sofá y duerme hasta el día siguiente, cuando el cansancio y el vino dejan de hacer efecto. Al abrir los ojos, un joven desconocido la observa esperando explicaciones.
¿Perdona, qué dirección es esta?
Calle Jazmín, dieciocho.






