— Abuela, ¡qué guapa eras de joven! Y el abuelo, aunque buen hombre, muy feo. ¿Te obligaron a casarte con él? —curioseaba Valentina, la nieta de Anfisa. — ¡Que va! Yo de joven era una fiera, mis padres apenas podían conmigo. ¡Fui yo la que, a la fuerza, le obligó a casarse conmigo! —reía Anfisa. — ¿En serio? ¿Pero si novios te sobrarían, no? —se asombraba Valentina. — Sí, muchos tuve —presumía Anfisa con coquetería—, pero yo me enamoré de Egor. Bueno, en realidad, de su acordeón. — Siempre fue un trasto. De niño encontró una bala vieja y la tiró a la hoguera, el muy tarambana. Los críos salieron corriendo, pero él se quedó hurgándose la nariz. Total, que perdió la oreja, media nariz y un dedo. — Pero eso no le impidió trepar vallas ni robar manzanas en huertos ajenos. Cuando tocó casarse, no encontraba novia. Se habría quedado soltero si un día un paisano no le cambió la armónica por un trozo de tocino. Y menuda oreja musical tenía Egor. — Empezó a tocar y a componer canciones. Recuerdo la primera vez que fue a la fiesta del pueblo con la acordeón. Tocó tan bonito que muchas lloraron. A mí el corazón se me paró en seco. Como si al oír su voz mirara dentro de su alma. — Desde entonces sólo salía para verle tocar. Y luego me planté: le dije a mi padre que quería casarme con Egor. Mi madre a llorar, «nuestra hija se ha vuelto loca, casarse con un tullido». Mi padre dijo que si tal tonta aceptaba, él hasta se santiguaba. — Empecé a insinuarme, pero él nada, que no iba a arruinarme la vida siendo un feo. Que me avergonzaría con él de la mano por el pueblo. — Así que hice trampa. Pasé la noche sentada a su lado en la banca. Llegué a casa y mi padre con el látigo esperándome. Me tiré de rodillas y lloré diciendo que la noche la pasé con Egor. No les quedó otra que casarnos. — Muchos murmuraron después. Decían que mi suegra me había embrujado, o que estaba maldita. Pero luego me puse a tener hijos: hijo, hija, hijo, hija. Y todos se callaron. — Y vivíamos bien. Yo venía de ordeñar y él ya tenía el huerto regado y las patatas al fuego. Hasta la col encurtía él sólo, no me dejaba. Siempre ayudaba con los niños. Otros hombres se iban para no oír lloros, pero él jugaba con ellos. — Pero siempre fue vergonzoso. Me decía: anda, ve tú delante, yo iré después. Y yo: ¿pero tú eres mi marido o qué? Lo cogía del brazo y así íbamos. — Hace diez años que no está. Cuando me ataca la pena abrazo su acordeón y lloro. Siento que está a mi lado pero no puede hablarme. Así es, nieta mía. No te cases por la belleza deslumbrante, sino por lo que te dice el corazón.

Abuela, siempre fuiste tan guapa de joven… Y el abuelo, aunque era buen hombre, guapo desde luego no. Te casaron con él a la fuerza, ¿verdad? preguntaba curiosa Inés, la nieta de Asunción.

¡Ay, qué va! De joven tenía mucho genio, era un culo inquieto y mis padres no siempre podían conmigo reía Asunción. De hecho, fui yo quien le echó el lazo a tu abuelo, y no al revés.

¿Cómo fue eso? se asombró Inés ¿No tenías pretendientes a montones?

Claro que sí presumió Asunción sin perder el brillo en los ojos . Pero me enamoré perdidamente de Eusebio. En realidad, de su guitarra.

Desde pequeño era un revoltoso. Recuerdo que de chiquillo encontró una traca vieja y se le ocurrió tirarla al fuego, el muy zascandil. Los amigos salieron corriendo, pero él se quedó hurgando en la nariz. Total, que le reventó cerca, se quedó sin oreja, perdió media nariz y hasta un dedo.

Pero vamos, que eso no le impidió seguir saltando tapias ni robando manzanas de los árboles de los vecinos. Pero cuando llegó la edad de casarse, ninguna quería. Todas le daban de lado.

Habría seguido solterón si no le hubiera cambiado un gitano ambulante una armónica por un trozo de chorizo. Y resultó que tenía un oído exquisito.

Empezó a tocarla en las verbenas y luego componía sus propias canciones. Recuerdo el primer baile al que llegó con ella: tocó con un arte que a muchas se nos saltaron las lágrimas. Yo sentí algo en el pecho… como si el alma se me asomase a la suya.

Desde entonces iba a las fiestas solo por verlo tocar. Hasta que un día me planté en casa y les dije a mis padres que quería casarme con Eusebio. Mi madre lloró diciendo que estaba loca, que cómo iba a querer yo a un hombre con esas heridas, que qué diría la gente. Mi padre dijo que si Eusebio me quería, menos mal, que ya creía que ninguna quería casarse conmigo se rió Asunción.

Empecé a darle indirectas, pero él, cabezota, que no, que no pensaba estropearme la vida por su aspecto, que no quería que la gente me señalase al pasear por el pueblo.

Así que tramé mi plan. Pasé toda la noche sentada con él en el banco de la plaza. Cuando volví a casa por la mañana, mi padre me estaba esperando con la vara. Me tiré a sus pies llorando, diciéndole que había pasado la noche con Eusebio. Así que, ya no había escapatoria: a casarnos tocaba.

Al principio muchos cuchicheaban. Que si mi madre le había echado mal de ojo, que si yo estaba embrujada. Y doña Rufina, mi suegra, decía que yo le llevaba la sal por las noches para dañarle el alma… Después, decían que llevaba algo roto por dentro. Pero luego empecé a tener hijos: un chico, una chica, otro chico, otra chica. Y todos se callaron.

Vivimos felices. Cuando yo regresaba del campo ordeñando, él ya tenía el huerto regado y las patatas cociendo. La col él mismo la encurtía, decía que no me fiaba de mis manos para darle el toque. Y con los niños, siempre ayudando; otros hombres ni asomaban la cabeza por casa para no oír el bullicio, pero el tuyo jugaba y les cantaba.

Eso sí: hasta el último día le pudo la timidez. Siempre decía anda tú delante y yo después, y yo le respondía: ¿Eusebio, eres mi marido o una sombra?. Y entonces le agarraba del brazo y paseábamos juntos.

Hace ya diez años que no está a mi lado. Cuando me atrapa la nostalgia, cojo su guitarra, la abrazo y lloro sin consuelo. Y me parece que está conmigo, pero no puede decirme nada.

Ya ves, nieta mía. Hay que casarse no por una belleza que deslumbre, sino por lo que siente el corazón.

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— Abuela, ¡qué guapa eras de joven! Y el abuelo, aunque buen hombre, muy feo. ¿Te obligaron a casarte con él? —curioseaba Valentina, la nieta de Anfisa. — ¡Que va! Yo de joven era una fiera, mis padres apenas podían conmigo. ¡Fui yo la que, a la fuerza, le obligó a casarse conmigo! —reía Anfisa. — ¿En serio? ¿Pero si novios te sobrarían, no? —se asombraba Valentina. — Sí, muchos tuve —presumía Anfisa con coquetería—, pero yo me enamoré de Egor. Bueno, en realidad, de su acordeón. — Siempre fue un trasto. De niño encontró una bala vieja y la tiró a la hoguera, el muy tarambana. Los críos salieron corriendo, pero él se quedó hurgándose la nariz. Total, que perdió la oreja, media nariz y un dedo. — Pero eso no le impidió trepar vallas ni robar manzanas en huertos ajenos. Cuando tocó casarse, no encontraba novia. Se habría quedado soltero si un día un paisano no le cambió la armónica por un trozo de tocino. Y menuda oreja musical tenía Egor. — Empezó a tocar y a componer canciones. Recuerdo la primera vez que fue a la fiesta del pueblo con la acordeón. Tocó tan bonito que muchas lloraron. A mí el corazón se me paró en seco. Como si al oír su voz mirara dentro de su alma. — Desde entonces sólo salía para verle tocar. Y luego me planté: le dije a mi padre que quería casarme con Egor. Mi madre a llorar, «nuestra hija se ha vuelto loca, casarse con un tullido». Mi padre dijo que si tal tonta aceptaba, él hasta se santiguaba. — Empecé a insinuarme, pero él nada, que no iba a arruinarme la vida siendo un feo. Que me avergonzaría con él de la mano por el pueblo. — Así que hice trampa. Pasé la noche sentada a su lado en la banca. Llegué a casa y mi padre con el látigo esperándome. Me tiré de rodillas y lloré diciendo que la noche la pasé con Egor. No les quedó otra que casarnos. — Muchos murmuraron después. Decían que mi suegra me había embrujado, o que estaba maldita. Pero luego me puse a tener hijos: hijo, hija, hijo, hija. Y todos se callaron. — Y vivíamos bien. Yo venía de ordeñar y él ya tenía el huerto regado y las patatas al fuego. Hasta la col encurtía él sólo, no me dejaba. Siempre ayudaba con los niños. Otros hombres se iban para no oír lloros, pero él jugaba con ellos. — Pero siempre fue vergonzoso. Me decía: anda, ve tú delante, yo iré después. Y yo: ¿pero tú eres mi marido o qué? Lo cogía del brazo y así íbamos. — Hace diez años que no está. Cuando me ataca la pena abrazo su acordeón y lloro. Siento que está a mi lado pero no puede hablarme. Así es, nieta mía. No te cases por la belleza deslumbrante, sino por lo que te dice el corazón.
Cuando cumplí 67 años, me senté en mi butaca favorita y miré atrás. Me di cuenta de que había entrado en el último capítulo. Lentamente, las ilusiones a las que me aferré durante décadas empezaron a desvanecerse, reemplazadas por verdades más silenciosas pero más agudas. Comprendí que los hijos construyen sus propios mundos, que la vitalidad no es infinita y que esperar a que el mundo te salve es un juego de espera que siempre se pierde. Envejecer no solo desgasta el cuerpo: también desmantela las mentiras reconfortantes con las que vivimos. Por eso me establecí siete nuevas reglas para vivir con dignidad: La libertad financiera es dignidad. Ama a tus hijos sin condiciones, pero no los conviertas en tu plan de jubilación. Los ahorros son tu escudo. La salud es tu ocupación a jornada completa. Muévete, estira y cuida tu sueño. Las enfermedades respetan a quienes respetan su propio cuerpo. Sé arquitecto de tu propia alegría. No delegues tu felicidad en los demás. Encuentra placer en un desayuno tranquilo o en un buen libro. Cuando creas tu propia paz interior, la soledad pierde fuerza. Renuncia a la impotencia. Quejarse es una trampa. La resiliencia atrae. La gente se acerca a quienes se mantienen firmes, no a quienes se rinden. Libérate del pasado. La nostalgia es un lugar bonito para visitar, pero no puedes vivir allí. Aferrarse al ayer roba el día de hoy. Guarda tu paz interior. No toda discusión merece tu voz. No todo familiar debe tener acceso a tu alma. La paz es valiosa – úsala sabiamente. Nunca dejes de aprender. El momento en que dejas de ser curioso es el momento en que envejeces de verdad. Mantén tu mente en movimiento. Envejecer es un examen que has de aprobar tú solo. Puedes esperar el rescate, que quizás nunca llegue, o puedes levantarte y ser tu propia fuerza.