Abuela, siempre fuiste tan guapa de joven… Y el abuelo, aunque era buen hombre, guapo desde luego no. Te casaron con él a la fuerza, ¿verdad? preguntaba curiosa Inés, la nieta de Asunción.
¡Ay, qué va! De joven tenía mucho genio, era un culo inquieto y mis padres no siempre podían conmigo reía Asunción. De hecho, fui yo quien le echó el lazo a tu abuelo, y no al revés.
¿Cómo fue eso? se asombró Inés ¿No tenías pretendientes a montones?
Claro que sí presumió Asunción sin perder el brillo en los ojos . Pero me enamoré perdidamente de Eusebio. En realidad, de su guitarra.
Desde pequeño era un revoltoso. Recuerdo que de chiquillo encontró una traca vieja y se le ocurrió tirarla al fuego, el muy zascandil. Los amigos salieron corriendo, pero él se quedó hurgando en la nariz. Total, que le reventó cerca, se quedó sin oreja, perdió media nariz y hasta un dedo.
Pero vamos, que eso no le impidió seguir saltando tapias ni robando manzanas de los árboles de los vecinos. Pero cuando llegó la edad de casarse, ninguna quería. Todas le daban de lado.
Habría seguido solterón si no le hubiera cambiado un gitano ambulante una armónica por un trozo de chorizo. Y resultó que tenía un oído exquisito.
Empezó a tocarla en las verbenas y luego componía sus propias canciones. Recuerdo el primer baile al que llegó con ella: tocó con un arte que a muchas se nos saltaron las lágrimas. Yo sentí algo en el pecho… como si el alma se me asomase a la suya.
Desde entonces iba a las fiestas solo por verlo tocar. Hasta que un día me planté en casa y les dije a mis padres que quería casarme con Eusebio. Mi madre lloró diciendo que estaba loca, que cómo iba a querer yo a un hombre con esas heridas, que qué diría la gente. Mi padre dijo que si Eusebio me quería, menos mal, que ya creía que ninguna quería casarse conmigo se rió Asunción.
Empecé a darle indirectas, pero él, cabezota, que no, que no pensaba estropearme la vida por su aspecto, que no quería que la gente me señalase al pasear por el pueblo.
Así que tramé mi plan. Pasé toda la noche sentada con él en el banco de la plaza. Cuando volví a casa por la mañana, mi padre me estaba esperando con la vara. Me tiré a sus pies llorando, diciéndole que había pasado la noche con Eusebio. Así que, ya no había escapatoria: a casarnos tocaba.
Al principio muchos cuchicheaban. Que si mi madre le había echado mal de ojo, que si yo estaba embrujada. Y doña Rufina, mi suegra, decía que yo le llevaba la sal por las noches para dañarle el alma… Después, decían que llevaba algo roto por dentro. Pero luego empecé a tener hijos: un chico, una chica, otro chico, otra chica. Y todos se callaron.
Vivimos felices. Cuando yo regresaba del campo ordeñando, él ya tenía el huerto regado y las patatas cociendo. La col él mismo la encurtía, decía que no me fiaba de mis manos para darle el toque. Y con los niños, siempre ayudando; otros hombres ni asomaban la cabeza por casa para no oír el bullicio, pero el tuyo jugaba y les cantaba.
Eso sí: hasta el último día le pudo la timidez. Siempre decía anda tú delante y yo después, y yo le respondía: ¿Eusebio, eres mi marido o una sombra?. Y entonces le agarraba del brazo y paseábamos juntos.
Hace ya diez años que no está a mi lado. Cuando me atrapa la nostalgia, cojo su guitarra, la abrazo y lloro sin consuelo. Y me parece que está conmigo, pero no puede decirme nada.
Ya ves, nieta mía. Hay que casarse no por una belleza que deslumbre, sino por lo que siente el corazón.







