Tomás y su esposa Almudena nunca supieron vivir en calma bajo el mismo techo, ni entre las piedras quietas del viejo Madrid ni entre las naranjas del sur. Sin embargo, entre discusiones silenciosas y palabras que enroscaban el aire, acabaron teniendo un niño. Eso era sencillo, lo complicado venía después. Él, criado en una familia de profesores universitarios, educado con libros y tertulias, y ella, con apenas el título de un ciclo formativo, los ojos chispeantes como las chispas de Sevilla.
Pero en aquellos años, cuando eran jóvenes, el amor, o quizás sólo un vendaval de deseo, borró cualquier diferencia. Quizás eso fue un error.
Aquella tarde, estaban firmando el divorcio. Y, aunque sólo Tomás sentía un hueco en el pecho, era principalmente por su hijo, Gabriel, que iba a quedarse con Almudena. Dada la expresión de ella, no parecía probable que permitiera a menudo las visitas con el niño.
Y, efectivamente, Almudena se marchó enseguida, camino de Valladolid, a casa de su madre. Ni siquiera le dejó una dirección. Parecía que no le hacía falta.
Y para Tomás, los días se convirtieron en una calle larga, húmeda y desierta. Cada anochecer volvía de la oficina a una casa vacía, sin la promesa de zapatillas ni risas.
Pasaron seis meses. Durante todo ese tiempo, ni una palabra sobre Almudena ni sobre Gabriel. Por eso le sorprendió tanto aquella llamada, cuando la noche de mayo parecía tragarse la ciudad entera. Una voz de mujer, lejana y profesional, desde el otro lado del teléfono.
Tras descifrar las palabras como quien sigue los dibujos en la niebla, Tomás comprendió que llamaban desde los servicios sociales. El tono imperturbable informó que Almudena había fallecido repentinamente, y él debía desplazarse para recoger al niño.
Al llegar a aquel pequeño pueblo de la sierra de Segovia, Tomás supo que Gabriel no estaba bajo cuidado de servicios sociales. Resultó que la madre de Almudena había muerto hacía años, y ella había dejado al niño con la bisabuela, una anciana de huesos finos y manos como raíces de olivo arrugado, mientras se entregaba al vértigo de la vida.
El final de la madre fue una botella de vino demasiado vacía. Se pasó de la rayaliteralmente, una sobredosis de vino de la tierra.
Ahora era el turno de Tomás, tocaba criar a Gabriel. Pero antes debía recoger al niño de la casa de la bisabuela.
Al entrar en aquella vivienda fría, lo primero que encontró fue al pequeño Gabriel, que, a pesar de la alegría que traía la llegada de su padre, no quería dejar a la viejecita. La abrazaba con la fuerza de quien agarra un ancla en medio del océano y gritaba: ¡Abuela, no me dejes ir!
A Tomás se le encogió el alma. La anciana no decía nada, pero estaba claro que tampoco ella quería soltar a su bisnieto.
Sin agallas para arrebatarlo todo de golpe, Tomás salió a la galería, donde el aire tibio de la meseta parecía flotar detenido. Encendió un cigarro y pensó bajo la luz amarilla de una farola. Nada en su cabeza cobraba forma.
Al volver, Gabriel dormía con la cabeza en el regazo de la bisabuela, y ésta le acariciaba las sienes mientras tarareaba coplas antiguas y desgastadas. Tomás decidió dejarlo todo para la mañana, recordando aquello que decían las abuelas: la noche es sabia consejera.
A la mañana siguiente le pidió a la anciana que preparara sus cosas y las del niño. Su plan era que la abuela viviera con ellos al principio, mientras Gabriel se acostumbraba de nuevo al padre, hasta que llegara el momento en que la abuela pudiera marcharse suavemente, como quien se desliza en un sueño.
Pero la vida, siempre con su propio guión, no dejó que Tomás llevara a cabo sus planes. Sin apenas darse cuenta, fue él quien se encariñó perdidamente con esa mujer llena de ternura sin gasto, con sus churros en la mesa al amanecer, sus anécdotas delirantes sobre tiempos de hambre y sus manos dulces, que arropaban tanto a él como al niño, cuando caía el sueño pesado por las noches.
No pudo, simplemente no pudo prescindir de ella. Habría sido un crimen, tanto contra su hijo como contra él mismo.
Así, la abuela se quedó con ellos, indispensable, como el olor a leña vieja en los inviernos, hasta el último suspiro de su largo y surrealista sueño.






