Oye, ¿y esos kilos de más, Olya? ¿No es un problema? — La madre de Diego no daba su brazo a torcer. —En mi opinión, no tengo ninguno de más, y además, a mi futuro marido le gustan tal y como están. No todas tenemos que ser muñequitas ni palillos —dijo Olya, mirando a Elena y a la madre de Diego con sorna. Ante semejante descaro, Elena se sonrojó. —¡Mamá! ¿Has comprado té para adelgazar? ¿Y las semillas de chía? ¿Por qué me has puesto tanta mantequilla en la avena, son calorías de más! Diego, ¿otra vez pan de masa madre? ¡Eso es malísimo! Hay que beber tres vasos de agua en ayunas, si no, el peso no baja… ¿Dónde está mi agua? — Comentarios así Diego los aguantaba desde niño.

Mira, Alba, ¿y esos kilillos de más? ¿No te parecen un problema? La madre de Mateo no daba su brazo a torcer.
Pues yo creo que no tengo ninguno de más, y a mi futuro marido tampoco le molestan, fíjate. No todas tenemos que ser como una sílfide, finísimas. Alba echó una mirada sarcástica a Marta y a la madre de Mateo. A Marta, la hermana de él, aquello le encendió la cara.
¡Mamá! ¿Has comprado té detox? ¿Y las semillas de chía? ¿Por qué me has puesto tanto aceite en la ensalada, que eso son calorías? ¡Mateo, otra vez trayendo pan de masa madre, que eso es malísimo! Así se habían escuchado frases en la casa de Mateo desde siempre.
Su madre y su hermana siempre con la cabeza ocupada con la dieta y el peso, incluso más que con el trabajo. Marta, que ya tenía treinta y ocho, no había tenido pareja estable en la vida y a Mateo se le asemejaba a un caballo flaco y encorvado, siempre mirando hambrienta. La madre, por su parte, era como una aguja de tejer: rígida y finísima.
Por eso, a Mateo le agotaba el tema, y buscaba refugio en gente alegre, de buen comer y buen humor. Soñaba con una mujer distinta a su familia y la encontró.
Se llamaba Alba. Solo el nombre sonaba dulce, cálido, como un bizcocho recién hecho. No, no era una mujer gorda, pero sus 85 kilos bien puestos en su 1,73 de altura irradiaban vitalidad y alegría. Tenía el pecho alto, una cinturita, unas curvas femeninas y hoyuelos en las mejillas que daban ganas de pellizcar. Mateo cayó rendido a sus pies desde la primera vez que la vio.
Una tarde llevó a su hermana al banco, tenía que hacer unas gestiones. Marta cogió su turno y se sentó, mientras Mateo deambulaba mirando el móvil. De repente, le llegó una risa de cristal, contagiosa, que le obligó a mirar. Decidido, se acercó al mostrador. Era la operaria del banco, que charlaba con un señor mayor y reía de sus ocurrencias. A Mateo se le fue la vista, no podía hacer otra cosa.
El cabello ondulado, la boca pequeña y, además, una presencia rotunda, nada de esa delgadez de su entorno. Fue a casa en el coche con Marta, pero tenía la cabeza en el banco, con aquella chica.
¿Mateo, me escuchas? protestó ella.
Claro que sí, Marta, te escucho respondió, fingiendo atención.
Pues le estaba diciendo a ese tontaina que yo no como nada frito, solo pechuga hervida se quejó ella. Él asintió con compasión, disimulando.
Al día siguiente, a última hora, Mateo volvió al banco. Su musa estaba allí. Al cerrar, le llevó un ramo con rosas y se plantó delante.
Perdona ¿Te sobra un hombre, o quizá buscas yerno para tu madre? le soltó, torpísimo. A ella le hizo gracia su cara y soltó esa carcajada maravillosa. Cogió las rosas.
¡Vaya, qué maravilla! ¡Y cómo huelen! dijo, embelesada.
Y desde aquel día fueron inseparables. Hay gente que aparece en tu vida y te das cuenta de que no hace falta buscar nada más. Eso le pasó a Mateo con Alba. Al mes, le pidió matrimonio y ella aceptó encantada. Ahora tocaba conocer a la familia.
La familia de Alba los recibió con una mesa llena de comida casera, risas y charla animada. La madre de Alba, Carmen, una mujer imponente y elegante, le dio dos besos que lo dejaron azorado. El padre, Manuel, le dio una palmada en la espalda y lo arrastró a la cocina.
Escápate un rato conmigo, muchacho, que tanta mujer te volverá loco. Pero no te preocupes, Carmen es de las buenas, por eso la llevo treinta años aguantando. Y nuestra Alba es un sol, cuídala, hijo. sentenció Manuel, mirándole serio.
A la mesa, todos comían con ganas, contaban anécdotas y reían. Después Manuel tocó la guitarra y cantaron a coro. Mateo se sintió parte de aquella familia, como si los conociera de toda la vida.
Tres días después, tocaba ir a casa de los padres de Mateo. De camino, Alba paró en una pastelería y compró unos eclairs artesanos para llevar. Llegaron justo a las cinco.
Abrió la puerta la madre de Mateo, María Luisa.
¡Ah, hola, queridísimos! dijo sorprendida, quedándose clavada al ver a Alba con la caja de dulces.
También te quiero, mamá. ¿Nos dejas pasar, o nos quedamos en el felpudo? bromeó Mateo, empujando suavemente a su madre.
Pasad, pasad así que tú eres Alba, ¿verdad? la examinó de pies a cabeza sin disimular.
Esa misma, y encantada de conocerte. Alba le tendió la mano con una sonrisa. María Luisa no salía de su asombro.
Papá, Marta, mamá: esta es Alba, mi prometida. Ya hemos echado los papeles, pronto habrá boda. anunció Mateo.
La noticia dejó a todos boquiabiertos y silenciosos, solo se oía el entrechocar de los tenedores hasta que el padre, Arturo, rompió el hielo:
¡Bienvenida, Alba! Por aquí veo botellita ¡Eso está bien! ¿Y esos dulces son para nosotras las chicas, verdad?
No, no, nosotras de dulce nada, y menos a estas horas protestó María Luisa, apartando la caja como si quemara.
A ver, ¡que los dulces no son veneno! Tráelos para acá se animó Arturo, guiñando el ojo.
Poco a poco, se relajó el ambiente: algo de chocolate, unos canapés y una botella de cava. Brindaron y otra vez silencio incómodo.
He conocido a los padres de Alba, son gente estupenda, seguro que os caen bien dijo Mateo para romper el hielo. Mientras, Alba miraba su copa y Marta apenas la rozaba con los ojos. Arturo contó un chiste y todos rompieron a reír.
Alba, tranquila, conozco una nutricionista maravillosa. Te la paso y te soluciona el problema interrumpió de repente María Luisa.
¿Problema? Perdona, pero yo no tengo ninguno replicó Alba, asombrada.
¿Cómo que no? ¿Y esos kilos de más? Eso no puede ser bueno.
Mira, para mí no sobran, y a mi futuro marido se le ve feliz. No todas las mujeres tienen que ser de talla 36 respondió Alba, mirando a Marta y María Luisa de arriba abajo. Marta enrojeció aún más.
Alba, tienes veinte kilos de sobra, y eso es malísimo para la salud. El día que tengas un hijo, ya veremos
Ese día estaré aún más guapa, con mi marido y mi hijo conmigo. Por cierto, Marta, tú estarás casadísima, ¿no? Con esa figura seguro que tienes al menos dos churumbeles, ¿verdad? se vengó Alba, dándole un mordisco a un pastel.
Marta tragó saliva y estuvo a punto de replicar, pero Arturo llenó las copas y alzó la suya:
¡Brindo por las mujeres de esta familia, que aunque sean diferentes, todas son muy queridas!
Salieron dos horas después, se miraron y, al instante, rompieron a reír.
¡Vaya! Lo que nunca pensé: que mi suegra fuera la primera en llamarme rellenita
Alba, eres preciosa y lo sabes. Mira, lo de mi madre y mi hermana, paciencia: parientes no se eligen.
La boda se fijó para el 25 de agosto. Familia y amigos se reunieron en el registro civil y luego todos a celebrar al restaurante.
Alba deslumbraba con un vestido espectacular que realzaba sus curvas, radiante. Mateo no le quitaba ojo. La madre de Alba, Carmen, era igual de guapa y rotunda; la mitad de los hombres no podían mirar a otra parte. La suegra, menuda y tensa en su vestido negro, era el polo opuesto; Marta, una copia joven.
Sonó la música y la pareja salió a bailar el vals nupcial. Se notaba que ahí, en ese momento, no existía nadie más en el mundo para ellos. Los invitados les miraban embelesados.
Madre mía A la novia no le vendría mal quitarse algo. Ese vestido le marca todo susurró María Luisa, descontenta.
Dicen que las palabras se las lleva el viento, pero aquéllas volaron demasiado lejos Carmen la oyó perfectamente.
Pues mira, la mayoría de los hombres no buscan esqueléticas El tuyo, sin ir más lejos, está conmigo tan a gusto. Y tú, suegra, cuida tus palabras, que aunque sea dulce, soy de armas tomar si tocan a mi hija le soltó Carmen, plantándole su impresionante escote, acorralándola contra la pared.
Se miraron unos segundos, Carmen desafiante, María Luisa como un cervatillo. Manuel intervino rápido:
¡Venga, que os veo animadas! Pero debo robar a mi esposa, doña María Luisa. ¡Natita, te toca bailar conmigo! Ya han bailado los novios; ahora es nuestra ronda.
Y se puso a bailar con Carmen entre carcajadas y aplausos. La música sonaba, todo era alegría y el salón rebosaba felicidad.
Por suerte, parece que a los novios les espera una vida llena de amor y buenos momentos Y al final, eso es lo único que importa, ¿no crees?

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Oye, ¿y esos kilos de más, Olya? ¿No es un problema? — La madre de Diego no daba su brazo a torcer. —En mi opinión, no tengo ninguno de más, y además, a mi futuro marido le gustan tal y como están. No todas tenemos que ser muñequitas ni palillos —dijo Olya, mirando a Elena y a la madre de Diego con sorna. Ante semejante descaro, Elena se sonrojó. —¡Mamá! ¿Has comprado té para adelgazar? ¿Y las semillas de chía? ¿Por qué me has puesto tanta mantequilla en la avena, son calorías de más! Diego, ¿otra vez pan de masa madre? ¡Eso es malísimo! Hay que beber tres vasos de agua en ayunas, si no, el peso no baja… ¿Dónde está mi agua? — Comentarios así Diego los aguantaba desde niño.
Mi amiga no me regaló nada para mi boda y ahora me invita a la suya.