Aprendiendo a Vivir Solo: Una historia sobre adaptarse a la vida cotidiana y a la tecnología tras perder a la compañera de toda la vida, en un piso de dos habitaciones en Madrid

Aprendiendo a Vivir Solo

La sartén con los huevos fritos se enfriaba en la cocina mientras en el pasillo sonaba un breve cling: el correo. La bandejita de plástico que antaño recibía cartas y postales ahora recogía sobre todo facturas y folletos publicitarios.

Pedro Jiménez, apoyándose discretamente en la pared, salió al recibidor. Se agachó, recogió los sobres y los fue clasificando con el gesto automático de quien lleva toda una vida haciéndolo: basura, más basura, el periódico del barrio, y, ay, aquí está la de la luz. En el sobre, en letras bien gordas: Urgente. Antes del día quince. Y hoy ya era dieciocho.

Se sentó tal cual sobre el puf. Abrió el sobre rasgando una esquina, desplegó la factura. Las columnas de números bailaban, y al final ponía: Pague en banco, cajero automático o servicio online. Más abajo, una tabla con un código QR de esos tan misteriosos.

¿Y dónde demonios? le salió en voz alta.

Antes, al final de la factura, venía la fila con los datos bancarios, los mismos que Lidia siempre apuntaba en su libreta. Ella iba a la Caja de Ahorros, volvía con los justificantes y los guardaba cuidadosamente en una carpeta. Esa carpeta ahora descansaba en el armario, junto a sus vestidos. Él procuraba no mirar nunca allí.

Se levantó y llevó la factura a la cocina, dejándola sobre la mesa, al lado del plato. Los huevos ya estaban duros como discos, pero igualmente terminó de comer, sin sentir casi el sabor. Solo tenía un pensamiento: ¿Y cómo narices pago yo esto ahora?.

Tras cuarenta y ocho años de matrimonio, se había quedado solo en el piso de dos habitaciones. El hijo vivía con su familia en otro barrio de Madrid; llamaba día sí, día no, pero venía poco. El nieto, universitario, asomaba aún menos, siempre pegado al móvil como si fuera una extensión de la mano. Cuando Lidia enfermó y empezaron hospitales, medicinas y papeleo, fue el nieto quien le ayudó con citas médicas y portales de internet. Todo se fue resolviendo más o menos mientras ella seguía allí. Pedro Jiménez estaba presente, acompañaba y traía cosas, pero nunca se metía en detalles.

Ahora los detalles lo observaban desde un papel blanco lleno de códigos y enlaces web.

Colocó la nueva factura en la puerta del frigorífico con un imán, al lado de otras dos pendientes. En una de ellas, su hijo había escrito con bolígrafo rojo: Pagado por app. Aquella vez, Pedro solo había asentido, sin preguntar siquiera cómo funcionaba.

El teléfono en el alféizar sonó, como si hubiese leído sus pensamientos.

Papá, ¿has comido? preguntó el hijo, sin más saludo.

Comí, sí. Otra factura por aquí. Y ya es la tercera pegada en la nevera.

¿Y a qué esperas? Mejor voy esta tarde y la pago.

No puedes estar haciéndolo todo por mí saltó Pedro, más seco de lo que planeaba. ¡No soy un crío!

Silencio al otro lado.

Papá, no es por eso, es porque te cuesta. Esos códigos, los accesos Te pones nervioso.

Ya me las apañaré dijo, terco, aunque por dentro sentía todo encogido.

Después de colgar, se quedó un rato más sentado mirando la foto del nieto en la playa, pegada con un imán. Salía riendo con una tabla de surf. Él tiene dieciocho, salta por internet como las olas, y yo aquí estancado con un triste papel, pensó Pedro.

Fue al frigorífico y descendió una factura antigua, donde aún figuraban las filas habituales. Puso la vieja y la nueva al lado. La diferencia cantaba. Con la vieja podía ir al banco y hacer cola como siempre. Pero el banco de la esquina había cerrado el otoño pasado. Ahora era una tienda de móviles.

Recordó una visita reciente al Ayuntamiento para preguntar por las ayudas. Una fila interminable hacia la máquina de turnos, donde una chica explicaba a cada vecino dónde apretar. Cuando le llegó el turno, le dio el papel. Ella lo miró por encima.

Eso se hace por el portal, tiene que registrarse con algún familiar explicó, educada pero medio condescendiente. Él preguntó si podía como antes, con DNI y una solicitud, pero la chica puso una sonrisa profesional y repitió: Ahora todo es por el portal.

De vuelta a casa, se sintió ni siquiera viejo, más bien de sobra. Como si el Madrid donde siempre había vivido hubiese cambiado la cerradura sin dejarle copia de la llave.

Aquella misma tarde, el nieto llegó con una bolsa de la compra. Ordenó todo con eficacia y, como siempre, sacó el móvil.

Abuelo, te lo voy a instalar todo. Pagas en dos clics. Mira, el banco, los servicios online ¿Te acuerdas del código?

Los dedos de su nieto volaban por la pantalla. Pedro intentaba seguirlo, pero las letras y símbolos pasaban como en los noticieros de su niñez.

No llego a tiempo confesó.

Ya lo pillarás, abuelo. Sobre todo, no le des a cosas raras.

Una semana después, el nieto llamó entre exámenes:

¿Pagaste ya las facturas?

Todavía no. Me lío al apretar los botones.

Abuelo, ¿qué te pasa? Si tú eras el manitas de la familia.

Eso de como un niño le pinchó. Recordó cuando el nieto no ataba los cordones a los cinco años, y él, con paciencia, le enseñaba vuelta tras vuelta. El niño se crispaba, lloraba, pero acabo aprendiendo. Nadie le dijo entonces pareces un abuelo.

Esa noche, Pedro bajó todas las facturas de la nevera, las metió en la carpeta de Lidia y, decidido, al día siguiente fue al único banco con personas vivas que quedaba cerca.

La oficina olía a sudor y desinfectante, gente amontonada, alguno blasfemando con la máquina de números. Tomó un tique y se sentó. Al lado, una señora gritaba a su hija por el altavoz acerca de la hipoteca, al otro, un hombre en mono de trabajo refunfuñaba: Antes sí que era sencillo.

Cuarenta minutos después, por fin su número. En la ventanilla, una chica de moño perfecto.

¿En qué le ayudo?

Traigo las facturas del piso.

La chica alzó las cejas apenas:

Va con retraso, y aquí recomienda pagar online. Por ventanilla será con recargo.

No importa dijo Pedro, resignado.

Contó euros, los dejó en la bandejita. La chica suspiró:

De verdad, señor, ¿no quiere aprender el banco por internet? Es una tontería. Desde casa y listo.

Sintió una presión en el pecho. En ese es muy fácil se escondía el no sé cómo aún no se aclara.

Aprenderé respondió, sorprendiéndose a sí mismo. Pero hoy paso.

De vuelta, entró al parque, se sentó en un banco. Las facturas pagadas crujían en la bolsa. Recordó palabras del nieto, de la banca, del Ayuntamiento. Todos decían lo mismo: Ahora es otra historia y tú te estás quedando atrás.

Se acordó de las veces que él mismo aprendió a usar el microondas, la cinta de vídeo, incluso el primer móvil. Siempre parecía complicado e innecesario, hasta que al final lo hacía sin pensar. No fue en un día, ni en dos.

Lidia diría: no seas cabezota, Pedro, pídele a Luis pero Lidia ya no está. Y Luis no siempre puede. No quiero quedarme como un trasto sin asa, pensó.

Al día siguiente, al levantarse, sacó una libreta antigua del cajón. Buscó una hoja en blanco y escribió arriba, con letra seria: Pagos, trámites, gestiones. Debajo, dejó espacio. Se sentó en la cocina, puso el móvil y una factura del internet ésta, todavía a tiempo a su lado.

Marcó el número del hijo.

Luis, hola. Necesito que me enseñes algo. No lo hagas tú, enséñame.

¿Ha pasado algo? contestó el hijo, a la defensiva.

Quiero aprender a pagar yo. El internet, la luz, todo. Para no molestarte. Ven cuando puedas. Pero yo apunto todo.

El hijo vino esa tarde, portátil en mano.

Mira, papá, lo hago todo y tú solo tienes que darle a aceptar.

No respondió Pedro, tranquilo. Siéntate aquí y explícame despacio. Lo hago yo.

El hijo quedó en silencio, como si viera a alguien nuevo. Asintió:

Vale, pero ármate de paciencia.

Estuvieron dos horas. El hijo mostró cómo entrar al móvil, sección pagos, buscar Internet, meter el número de contrato. Pedro, tembloroso, a veces erraba en la pantalla o en los números. El hijo se contenía.

No me apures decía Pedro. Yo no soy tú.

Fue apuntando paso por paso en la libreta: 1. Icono verde. 2. Abajo Pagos. 3. Buscar Internet. 4. Poner el número de contrato (ver factura). Hizo flechitas, señaló dónde buscar cada dato.

Al final, cuando salió el mensaje pago realizado, sintió un alivio raro, casi como al salir bien del médico.

¿Ves? dijo el hijo. No era para tanto.

Contigo aquí no respondió Pedro.

Al cabo de unos días decidió probar solo. Libreta, factura, móvil Pulsó sin querer en Transferencias, se asustó, volvió atrás, repasó sus notas, cogió el camino correcto. Al final, una voz robótica le preguntó si quería guardar plantilla: apretó Sí por miedo. Tardó en encontrar la factura, porque ya estaba pagada.

Por la noche, el hijo llamó.

Hoy no hice yo el pago del internet, pero me ha llegado aviso. ¿Fuiste tú?

He sido yo dijo, con orgullo y la libreta en la mano.

¡Ole ahí! Pero mira bien, no vayas a darle a todo

Ya hice una plantilla presumió Pedro. Así la próxima es más fácil.

Lo siguiente fue pedir cita médica. La tensión por las nubes; el médico pedía revisión cada tres meses. Antes, Lidia llamaba a la consulta, luchaba con la centralita hasta conseguir hueco. Luego el nieto enseñó lo del portal de la Seguridad Social, y ahora tocaba a Pedro.

Rescató el papel con contraseña que Lidia pegó en la nevera años atrás. Intentó entrar. Contraseña incorrecta. Llamó al nieto.

Abuelo, más sencillo: con el móvil te saco la cita en un momento, dime médico.

No, espera lo interrumpió Pedro. Quiero hacerlo yo. ¿Puedes explicármelo por teléfono?

Por teléfono es más lío pero venga.

Cuarenta minutos. El nieto: Arriba a la derecha las tres rayas, dale ahí. ¿Ves Mi Salud? No? Baja No, vuelves a salirte. A Pedro le daba vueltas la cabeza, la ratona volaba por donde quería, y hasta cerró la web sin querer. Se enfadó, soltó la ratón.

Abuelo, que yo lo hago y luego vas

No, que ya casi estoy. Dí otra vez dónde están las rayas.

Al final, la cita apareció. Fecha, hora, médico; Pedro lo copió en la libreta, como antes hacía con los teléfonos de la familia, y guardó el papel en el bolsillo.

Eres un crack, abuelo. Yo habría mandado todo a paseo antes.

Lo mandé a paseo, sí admitió Pedro. Pero si no insisto, peor será la siguiente vez.

No todo fue tan fácil. Un día quiso pagar la luz, sonó el timbre, y entre idas y venidas apretó Confirmar dos veces. El doble se cobró. Se dio cuenta al revisar el extracto. Llamó al banco, un infierno de voces automáticas, pulsar botones, equivocarse. Al final, una chica le explicó:

Usted mismo confirmó los dos pagos. Ya está hecho. Llame a la empresa eléctrica, quizá se lo descuenten del próximo mes.

¿No puedo recuperar el dinero?

No se pierde, pero se adelanta al próximo recibo.

Colgó y se sintió al borde del llanto. Ganó a las ganas de quejarse al hijo. Mejor buscó el número de la luz y llamó él, sufriendo otro via crucis telefónico. Una señora agotada le confirmó que sí, el saldo quedaba a su favor.

Por la noche se lo contó al hijo.

Papá, te dije que vieras bien antes de apretar resopló él. Pero bueno, nada grave: para la próxima, más despacio.

Si yo ya iba despacio musitó Pedro.

Hubo un silencio, y después:

Me alegro que hayas llamado tú. Antes me lo habrías dejado a mí.

La libreta de Pedro fue llenándose de apartados: Cita médica, Suministros, Teléfonos importantes. Anotaba detalles, a qué hora era mejor llamar, cómo evitar esperas. Las facturas ya no tapizaban la nevera, solo un folio con una tabla: mes, pagado, pendiente.

Pedía ayuda, claro: si llegaba algo incomprensible de la compañía del gas con fórmulas, se lo preguntaba al hijo. Si se rompía la cerradura, tiraba de nieto. Pero intentaba entender antes de pasar el testigo.

Una noche, ya en otoño, sentado en la cocina con la taza de infusión, se dio cuenta de que llevaba varios días sin molestar a nadie. Había llamado al centro de salud para cambiar una cita porque le coincidía con otro análisis. Había hecho la compra online, usando solo el móvil esa app que le instaló su nieto por primavera, la que entonces ni miró, y ahora manejaba para pedir leche, huevos y pan. Incluso el repartidor le hizo firmar en la pantalla, y aunque se sintió como un marciano, también sintió orgullo.

Ese día tocó otra misión: la empresa de mantenimiento anunció revisión de contadores. Antes, Lidia se encargaba de apuntar y llamar. Ahora, libreta en mano, Pedro marcó el número que había apuntado la semana pasada.

Mantenimiento, buenas tardes.

Buenas, llame por los contadores. Quería pasar lecturas y preguntar cuándo vienen a revisar.

Le pasaron de teléfono en teléfono, cada uno con su forma de hablar, unos deprisa, otros parsimoniosos. Dos veces se equivocó dando cifras, pidió repetir. Al final, le dijeron:

Dejo notadas las lecturas. Si hace falta, ya lo ajustamos el próximo mes.

Gracias dijo Pedro y colgó.

Miró el reloj. Faltaban treinta minutos para su vídeo-llamada semanal con el hijo. Se asomó a la ventana: las farolas encendidas, chavales en patinete abajo, alguien paseando un perro. Enfrente, ventanitas azules de televisión.

Sonó el móvil; en la pantalla, la cara de Luis y, detrás, aparecía medio de lado el nieto.

¿Qué tal por ahí? preguntó el hijo.

Sobreviviendo respondió Pedro, con una media sonrisa. Hoy hablé con la del mantenimiento y pedí la compra para mañana, que tengo médico.

¿Tú solo te has pedido la comida? el nieto se acercó a la cámara.

Con el papel que me diste tú asintió Pedro. La flechita esa me ayudó a encontrar el menú, elegir hora y hasta confirmé por teléfono.

Eres un monstruo, abuelo se rio el nieto. Al final me vas a tener que dar clases tú.

¡No exageréis! protestó Pedro, pero por dentro sentía calorcito. Solo prefiero que no tengáis que estar siempre de aquí para allá por mí.

El hijo quedó pensativo ante la pantalla.

Papá, nunca nos has molestado, hemos ayudado porque queríamos. Y lo seguiremos haciendo. Pero se ve que ahora tú te apañas. Hizo una pausa. Llámanos si algo se te atraganta.

Ahora os llamaré por gusto, no solo por incapacidad dijo Pedro, dubitativo pero convencido. Porque quiero, no porque no me quede otra.

El nieto asintió.

Eso sí es de jefe.

Charlaron un rato más del tiempo, los exámenes del nieto, el curro de Luis. Se despidieron, la pantalla en negro. Pedro dejó el móvil en la ventana y volvió a la mesa.

Allí estaba la libreta, abierta por la última hoja. Esa mañana había escrito: Llamada a Mantenimiento. Pedir compra jueves. Cita a las 10 con médico. Al lado, su taza de manzanilla fría.

Pasó el dedo por encima de las frases, sin leer, solo sintiendo el papel rugoso. A esas pequeñas letras, esas flechas y apuntes, las sentía como un apoyo nuevo, diferente del que le daba Lidia, su hijo o su nieto. Este era íntimo, propio.

Fue a la nevera. En la puerta, una agenda con citas de médicos y pagos. Debajo, una hojita con los teléfonos importantes: Luis, Nieto, Centro de salud, Mantenimiento. Sabía que, si algo se torcía, podía marcar cualquiera de esos números y le responderían. Pero ya no era la única solución; era solo una posibilidad.

Al acostarse, revisó la libreta, comprobó que no se dejaba ninguna tarea para el día siguiente. Apagó la luz de la cocina y cruzó el pasillo. En la mesita de noche, la foto de Lidia. Se sentó en la cama, miró su cara.

Estoy aprendiendo, Lidia dijo en voz baja. No tan rápido como tú querrías, pero aprendo.

No esperaba respuesta. Se tapó, se dejó abrazar por el tic-tac del reloj. Mañana tendría que ir solo al centro de salud, encontrar la consulta, pasar por la farmacia, y de camino parar en el cajero a por algo de efectivo. Todo eso ya no le parecía un laberinto, sino solo cosas por hacer. Cosas que podía, por fin, hacer él mismo.

Cerró los ojos pensando que, aunque le quedaban muchas incógnitas nuevas aplicaciones, nuevas normas, nuevas facturas, la oscuridad ya no era tan oscura. En medio de este camino ya avanzaba, con su libreta en la mano y ese móvil al que, poco a poco, iba perdiendo el miedo.

Y, al menos por hoy, eso era suficiente.

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