Querido diario,
Hoy he vuelto del supermercado, cansada pero satisfecha con mis compras. Mientras me afanaba colocando la compra en la despensa, un ruido extraño llamó mi atención desde la habitación de mi hijo y su esposa. Decidí acercarme, algo inquieta.
Beatriz, ¿dónde vas con esa maleta? pregunté, incapaz de ocultar mi sorpresa al ver que mi nuera estaba recogiendo sus cosas a toda prisa.
Me marcho, Carmen contestó entre sollozos mi querida Beatriz.
¿Pero cómo que te vas? ¿Adónde? ¿Qué ha pasado? insistí, el corazón en un puño.
En silencio, ella me entregó una carta. Temblando la abrí y, al leer unas líneas, sentí que el tiempo se detenía.
***
Mi hijo Alonso trajo a Beatriz a nuestra casa de un pequeño pueblo de Castilla, a la casa familiar. Alegre y esperanzada estaba yo; con más de treinta años, por fin se había decidido a sentar cabeza y formar su propio hogar. Pensé que, al fin y al cabo, ya había disfrutado de la vida y que ahora, tal vez, podría ayudarme un poco en mi vejez.
Nuestra casa siempre ha estado llena, mi marido dejó un buen hogar y tierras que cuidar, pero la vida en el campo es dura y solitaria; después de tener a Alonso, no pude tener más hijos. Entre el trabajo diario, los animales, la huerta y las faenas del hogar, el esfuerzo me terminó pasando factura. Recuerdo los últimos años con mi marido enfermo, yo haciéndome cargo de todo: aprendí a manejar el tractor, a plantar y cosechar, a cuidar de todo lo nuestro. Pero nada de eso servía de consuelo.
Beatriz, tan joven y frágil, quizá una década menor que Alonso, me recordaba tanto a mí cuando llegué también con mi maleta pequeña y pocas pertenencias, pero una gran esperanza. Además, era huérfana; tal vez por eso lo acepté mejor. La verdad es que nos entendíamos, y la traté como a una hija más que una nuera.
Las chicas del pueblo miraban con cierta envidia a Beatriz: Alonso era un buen partido trabajador, apuesto y de buena familia y no faltaban las que suspiraban por él, aunque ya estaba casado. Pero él jamás se fijó en ellas: de casa al trabajo y del trabajo a casa, siempre junto a su esposa y sus hijos. Tuvieron dos niños y una niña, nuestra alegría.
Todo empezó a cambiar cuando, con la mayor de cinco y el pequeño de diez, Alonso se puso en la cabeza irse a Madrid con un amigo a buscar un mejor futuro.
¿Pero te falta dinero, hijo? Aquí tenemos de todo le intenté convencer, dos sueldos, mi pensión, comida no falta, y yo ya no puedo con todo el campo.
Estoy harto, madre. Ya es hora de dejar el campo. Cuando esté bien instalado, nos iréis. Los niños necesitan estudiar. Es hora de vender la casa. Tú también vendrás.
Pero si aquí hay colegio, Alonso intervino Beatriz, angustiada.
Tú eres de ciudad, allí estarás mejor.
¿De ciudad? ¡Si ni me acuerdo! Crecí en un orfanato. ¿Y tu madre, Alonso? También necesita ayuda. ¿Cómo nos arreglaremos en Madrid con tres niños? Beatriz no pudo disimular las lágrimas.
Ya está decidido. Ponte guapa, da lástima verte tan agotada.
Nuestra convivencia fue tranquila y sincera. Yo la trataba con cariño de madre y ella me empezó a llamar mamá casi desde el principio. Cuando Alonso se fue, nos apoyamos la una en la otra y, con los niños, la vida tenía sentido.
Alonso escribía cartas de vez en cuando aún no había móviles y cada vez que volvía, traía regalos y dejaba algo de dinero, pero siempre marchaba de nuevo pronto. Su amigo regresó antes y su mujer me contó, entre susurros, que Alonso se había quedado en Madrid, viviendo con una señora adinerada para quien le había hecho una reforma… Ya los rumores corrían por el pueblo, pero no quise preocupar a Beatriz hasta estar segura.
Aquel día, Beatriz andaba desolada, recogiendo las cosas. Le pregunté adónde se iba. No contestó, solo me dio la nota. Era casi un trozo de papel arrancado apresuradamente:
“Beatriz, lo siento, pero he rehecho mi vida. La casa la heredaré tras mi madre. No pierdas el tiempo, vete. Aquí tienes algo de dinero para empezar, pero tendrás que apañártelas sola. Alonso”.
Me senté, sin palabras. Sentí furia y pena a la vez.
Si él se ha ido, que se quede allí. Aquí tenéis vuestra casa, no pienso dejar que arrastres a los niños de un lado para otro. No puedo vivir sin vosotros. Y él no tiene derecho a echaros, no lo permitiré.
Pasó el tiempo, la vida siguió su curso. Un día, Alonso volvió al pueblo al volante de un coche nuevo, llevando a su nueva pareja. No esperaba encontrarse a los niños aquí; yo nunca creí necesario avisarle. La niña, ya hecha una mocita de doce años, se lanzó a sus brazos llorando. El mayor fue hasta él, pero apenas lo miró; tomó de la mano a su hermana y la llevó lejos. El mediano les siguió tras un rato.
Ese no es nuestro padre. Venga, a trabajar le oí decir al mayor.
Alonso se quedó mirando cómo los niños continuaban con el trabajo: el mayor al tractor, los otros alimentando a los conejos; nuevos animales que nunca tuvimos antes y un campo cada vez mayor. Los hijos crecieron, y él ni se enteró.
¿Dónde está su madre? ¿Te los dejó? preguntó a media voz.
No juzgues a los demás por ti mismo. Se llama Beatriz. ¿Ya no te acuerdas? Pronto vendrá de trabajar. ¿Por qué venís los dos?
Venimos a hablar contigo.
Pues adelante, y luego os vais antes de que vuelva Beatriz.
Queremos que te vengas con nosotros. Vende la casa, la tierra. Con lo que saques te compramos un piso cerca. Vivirás mejor.
¿Y los niños, qué?
Que Beatriz se los lleve a Madrid, allí tendrán más futuro.
Las oportunidades están, pero nadie quiere irse de aquí, si fuera por eso ya nos habríamos marchado.
Ya está dicho, tenemos incluso comprador. Pero no tardes…
No tengo nada que pensar. Ya no soy la que decide en esta casa.
¿Cómo dices eso, madre?
En ese momento apareció Beatriz por la puerta.
Menuda visita…
Beatriz había cambiado mucho, estaba radiante. Vestía con gusto, llevaba pendientes que fueron míos, un corte de pelo moderno. Nada que ver con la mujer cansada de otros tiempos. Alonso la miró embobado hasta que su nueva mujer le dio un codazo.
Mamá, ¿no vas a poner la mesa para nuestro invitado? preguntó Beatriz con una media sonrisa.
El invitado ya se marcha. Ya ha dicho lo que tenía que decir. Gracias por la visita, hijo. Y a ti, guapa, que te vaya bien, espero que sea la última vez que os vea.
Mamá, aquí tienes mi número, si cambias de idea Alonso dejó el papel en la mesa y salió.
Con el tiempo, Alonso solo volvió para despedirse de mí. Era ya abuelo, sus hijos mayores, el mayor incluso con familia propia. Apenas le dirigieron la palabra. La niña ni se acercó.
Beatriz, los niños ya son mayores. La casa es mía, y tengo derecho a vivir aquí. Me he separado. Quiero volver. Si quieres quedarte bien y, si no, tampoco te lo impediré.
En silencio, Beatriz sacó los papeles del mueble. La casa estaba a su nombre, firmada por mí el mismo año en que Alonso le escribió aquella triste nota. Sin más, Alonso se fue. Beatriz tampoco le detuvo. Ya no le unía a él absolutamente nada, salvo los hijos. Y ahora, también los nietos.







