Se escapó para siempre
¿Otra vez le llevaste la contraria? preguntó mi madre mientras sacaba la compra. Alicia, ¿cuándo vas a aprender de una vez? Sergio es un buen hombre, trabaja, no sale de fiesta Sí, tiene su genio, pero es porque tiene muchas responsabilidades. Esa cabezonería tuya, hija, guárdatela.
Mamá, me ha levantado la mano. Solo porque le hablé del cole para Pablo. ¿Te parece normal?
¡Ya estamos con el drama! resopló mi madre, dando un manotazo al aire. Antes nos educaban con la zapatilla y aquí estamos, ¡las familias aguantaban! ¿Tú has visto lo mucho que te quiere? ¡Te cuida, te lleva a todas partes! ¿Dónde vas a encontrar otro igual, con un niño además? ¿Quién te va a querer?
Yo estaba frente a los fogones, removiendo el cuarto plato de la noche. En la olla sonaba el cocido, en la sartén chisporroteaba carne, en el horno se hacía una empanada y en el cazo la salsa, que Sergio quería con la textura justa: ni líquida ni una pasta.
Sudor resbalando por la cara, los mechones sueltos pegados en la frente, pero ni pensaba alejarme.
En el salón, la tele a todo trapo. Sergio odiaba el silencio, decía que le estrujaba el cerebro.
Pablo dormía en la habitación más alejada y yo, inquieto, no dejaba de estar atento, por si con una risa enlatada lo despertaban.
Sergio entró en la cocina sin ruido, como un gato. Me abrazó por la espalda; me sobresalté.
Huele de maravilla musitó en mi nuca. Mi ama de casa. ¿Estás cansada?
Me quedé quieta, agarrado a la cuchara. En esos momentos parecía el hombre del que me enamoré hace tres años: tierno, protector, confiable. Pero
Sí, Sergio. ¿No podríamos hablar realmente lo del colegio? Pablo ya tiene edad, le vendría bien estar con otros niños. Yo podría incluso volver a trabajar
Retiró las manos.
¿Otra vez? Ya lo hablamos. Fue una semana y se pasó el mes entero enfermo. No te importa que el niño lo pase mal, ¿eh? ¿Solo quieres estar de charlas en la oficina?
Al principio todos enferman Lo dicen los médicos
Me da igual lo que digan tus médicos me cortó. He dicho que el cole lo deje para el año que viene. ¿Te ha quedado claro? ¿O te crees más lista que yo?
Solo quiero mi propio dinero intenté mirarle a los ojos. Quiero crecer, no estar solo aquí entre cazos.
El bofetón sonó más alto que la carne friendo. Salí despedida hacia el fregadero, me di en la cadera con el mueble. Me zumbaban los oídos.
¿Que quieres tu propio dinero? escupió Sergio, acercándose. Pero si yo te lo doy todo, te visto, te hago regalos. ¿Qué te falta? ¿Te aburres o qué?
Me callé, la mano en la cara. Conozco esa mirada. Discutir era inútil: más palabras, más moratones.
Siéntate y come ordenó él, sentándose. No quiero oír ni una palabra más de trabajo. Eres esposa y madre. Ese es tu sitio.
***
Al día siguiente vino mi madre. Trajo una bolsa de manzanas del pueblo y más lecciones de vida.
Vio el bulto casi invisible bajo mi maquillaje y volvió al discurso de siempre: la mujer ha de ser obediente.
Quiero separarme le interrumpí bajito.
Se quedó parada, la manzana en la mano.
¿Pero tú has perdido la cabeza? ¿Quieres que te interne un loquero o qué? ¡Ni se te ocurra cruzar esa puerta! No vuelvas si te vas, ¿me oyes? ¡Aguanta, que todas aguantan!
Recordé aquel domingo en El Corte Inglés, hace seis meses. Sergio se había ido a fumar fuera y yo esperaba en la puerta de Prenatal. Un hombretón, con prisa, me chocó el hombro y me caí. Encima, él se puso a gritar: “¡Vaya manera de estorbar!”
Sergio apareció de la nada. Nunca le había visto así defendió mi honor como un animal salvaje.
Tuvo que separarlos un vigilante. Después me abrazó, temblorosa:
Perdóname, pequeña, por dejarte sola. Por ti haría lo que fuera.
Entonces creía que eso era amor verdadero, contundente, arrebatador.
Ahora no entendía cómo ese caballero cabía en el mismo cuerpo que el hombre capaz de darme una patada porque la silla no estaba recta o el café frío.
Ya ni caballero era: últimamente, delante de la gente me gritaba en la cola del Mercadona, me insultaba si tardaba buscando la tarjeta en el bolso.
Eres una inútil, Alicia me rugía, arrebatándome la compra. Deberían mirarte la cabeza. No sé cómo aguanto.
***
Mi único hilo con el exterior era Lidia, una pariente lejana de Barcelona. Hablábamos a escondidas, yo le llamaba cuando Sergio no estaba.
Déjalo todo, Ali me insistía. Mi marido tiene un restaurante, me hace falta alguien de confianza de encargada.
Eres lista, sabes moverte, eres guapísima. Te pago los primeros meses de alquiler, el cole privado para Pablo también.
¡Vente ya!
Lidia, me da miedo. Ha prometido que nunca me dejará ir. Antes me mata
Te lo dice para asustarte. Sabe que libre tú eres peligrosa. Necesita a alguien sumisa.
Pero, ¿esa es tu vida? Fogones, lágrimas y hostias. Soñabas con pilates, leer novelas ¿Te acuerdas cómo reías antes?
Claro que lo recordaba. Por las noches, antes de dormir, me veía paseando por la Rambla, de la mano con Pablo hacia la guardería.
Nadie chillando, nadie decidiendo lo que comía o veía en la tele. Volvía al gym, leía lo que quisiera, no lo que Sergio permitía.
Pero al abrir los ojos y verle dormir, perdía valor. Le quería todavía, al de antes.
En algún recoveco soñaba que esto era una mala racha, que bastaba soportar un poco más, hacerse perfecta y él volvería a ser tierno.
***
El domingo volvimos a discutir. No contesté a su madre como Sergio quería al teléfono.
Al pasar, me dio una patada cuando me agachaba por un juguete de Pablo. Vi estrellas.
Mientras me reponía, él se fue; por la tarde volvió con un ramo de lirios.
¿Todavía me pones esa carita? me buscó cuando acosté a Pablo. Ya te he pedido perdón. Mira qué flores. A las mujeres: flores. Al hogar: paz. ¿Vienes?
Me empezó a arrastrar hacia el dormitorio. Se me heló la sangre. Otra vez exigiría cariño y yo no podía ni mirarle.
¡Sergio, no! Me duele hasta respirar.
Se enfadó, me pegó y luego sonrió:
Bueno, si no tú, será otra. No te creas imprescindible.
No dormí esa noche. Oía cómo trasteaba en la cocina, cómo cerraba la nevera, hablaba bajo, seguro con otra.
Por la mañana, como si nada: hacía huevos, silbaba.
¡Pablo, despierta! ¡El desayuno está listo, campeón!
Yo entré en silencio. Al pasar, me dio una palmada en el trasero.
¿Por qué esa cara?
Me duele el costado, Sergio.
Déjate de excusas. Fue sin querer.
Arrojó la espátula al fregadero y, en plan amo, me levantó el mentón.
Como sigas de reina ofendida, te aviso: esto no me va a durar. No era broma anoche.
Soy joven, fuerte. Si en casa me recibes con esa cara, buscaré fuera. ¿Te enteras?
Asentí.
Así me gustas. Ahora vendrá mi madre, trae unas plantas. Arréglate, que no empiece con preguntas.
Sergio fue al cuarto. Pablo jugueteaba con el desayuno, mirándome con unos ojos enormes. Me aterré. Él lo ve todo ¿Y si crece como su padre?
***
Al poco llegó mi suegra. No tardó en increparme.
¿Qué pasa, Alicia? ¿Por qué está el suelo del recibidor sin fregar? entornó los ojos, examinado el linóleo. Sergio trabaja, se cansa y ¿tiene que pisar porquería?
Anoche acosté tarde a Pablo, no me dio tiempo intenté sonreír.
No me dio tiempo rió sarcástica, dejando raíces sucias sobre la mesa. Vaga, eso eres. Mi hijo se desvive por vosotros. Otra te lavaría los pies y tú, con esa cara.
Me contó Sergio que otra vez hablabas de divorcio.
¿Te lo dijo?
Sí. Dice que no le aprecias. ¿Adónde irías tú? ¿Quién te va a querer con el niño?
Tu madre tiene razón: chorradas todas. Mírate al espejo: ni piel ni gracia. Solo Sergio te aguanta.
Mamá, deja de cargarle las pilas entró Sergio, la rodeó con un brazo y me guiñó. Es que Alicia es una artista, siempre con ideas, pero se le pasa. ¿Qué tal las plantas? Vamos a verlas al balcón.
Se fueron hablando de tomates y yo, pegado a la mesa.
El mantel se manchaba con la tierra. Cogí el móvil. Me temblaban tanto las manos que apenas atinaba.
Lidia, sí. Acepto. ¿Cuándo voy?
Tardó un minuto en contestar:
Ven ya. Te compro los billetes. Te espero. No le digas nada, por lo que más quieras.
Guardé el teléfono. Una idea se iba formando en mi cabeza.
¡Alicia! gritó Sergio desde el balcón. ¿Te has dormido? Hazle café a mi madre. Y a mí también.
Voy ahora contesté. Ya mismo.
Ese día fui la esposa perfecta: dejé el piso reluciente, reí sus tonterías, todo bien. Así, él tan contento.
Llegó con detalles: una caja de bombones y entradas de cine para el sábado.
¿Ves? me abrazó. Cuando no me calientas la cabeza, soy el mejor. Olvídate de todo lo malo. Una familia, ¿vale?
Esperé a que se durmiera. En la habitación de Pablo metí lo imprescindible en una mochila pequeña para él. Nada mío: Lidia insistió en comprarme todo, lo importante eran mis papeles.
Cogí a Pablo en brazos, envuelto en una manta, pedí un taxi. Ya en la puerta, el pequeño abrió los ojos.
¿Mamá? ¿Adónde vamos?
Shh, vida. Nos vamos de viaje. ¿Te apetece un tren grande?
Sí susurró, confiado.
A las tres de la madrugada, nos fuimos. Para siempre.
***
Sergio me buscó, pero no logró dar conmigo en la capital.
Lidia hizo de todo por ayudarme y por fin empecé una nueva vida.
Hasta el divorcio se resolvió: el abogado lo arregló.
Sergio no tardó en casarse. Por dentro me dio pena por su próxima esposa. Los hombres como él no cambian nunca.







