La felicidad robada
Se encuentran en un callejón estrecho entre dos tapias: la mujer legítima de Gregorio, y aquella que por todas las razones del alma debió serlo, pero no lo fue Es pleno invierno en Castilla, y el frío brutal ha confinado a todos en el calor de sus casas.
«¡Sólo puede ser una mala pesadilla, nada más!», piensa Clara mientras observa con atención el rostro sonrosado de su rival. Lo curioso es que la rival, Aurora, ni siquiera imagina los sentimientos de Clara.
Gregorio siempre le pareció a Clara un hombre inalcanzable, y ni soñaba que Aurora sería su esposa, la señora García, madre de sus hijos y abuela de sus nietos. Eso, simplemente, no debía haber sucedido jamás; tantas veces lo soñó de otro modo, que terminó por no saber si la pesadilla era la vigilia o el sueño.
«¡No puede ser, aunque me parta un rayo!», se repite Clara siempre que ve a Aurora, aunque sea de lejos. «No puede vivir esta mujer bajo las mismas reglas que todos. Ella vive bajo leyes ajenas, falsas. Si se guiara por las propias, nunca habría sido la esposa de Gregorio, ni la madre de sus hijos, ni la abuela de sus nietos». Pero lo más tremendo es otro aspecto: no existía forma humana de demostrar el engaño. Podía gritar, tirarse al río o prender fuego al pueblo, nadie iba a entender ni a creer nada. Nadie salvo ella misma.
Uno nace a veces con las desgracias a la vista: sin manos, sin piernas, ciego, sordo, mudo, loco; hay de todo, pero al menos son evidentes. Aquí, sin embargo, nació un secreto sordo, ciego y mudo, conocido solo por Clara Palacios.
Y ahora está Aurora, de pie sobre el sendero cubierto de nieve, revolviendo hacia algún lugar desconocido la nube de la mala pesadilla de Clara y preguntando con interés:
¿Y tú qué tal, Clara Palacios?
Ahí sobrevivo
¡Igual que yo, viva sigo! gira sobre sí misma, mostrándose, ¡mira!
Tiene la cara blanca En el barrio todos saben, cuentan incluso, que nunca se acuesta ni soltera ni casada sin lavarse la cara con leche. Los ojos grandes, redondos, un poco saltones. Lleva un abrigo negro de paño con ribete blanco, un mantón de lana y unas botas nuevas sin estrenar.
Nada más verla, Clara recuerda: claro, es domingo. Lo había olvidado, pero Aurora va vestidísima de fiestas de arriba abajo.
¿Y tú, Clara Palacios? ¿Qué haces hoy en nuestro Barrio del lago? ¿A dónde vas?
Clara apenas entró por el Barrio del lago: llevaba tres días sin ver a García, y le había dado por mirar las cortinas de sus ventanas. Si las veía recogidas, sabría que todo iba bien, que Gregorio García seguía vivo.
Mirando a la derecha, desde la tapia, podía divisar las dos ventanas que daban al patio de la casa de los García; pero Clara evitó mirarlas. Aurora echó un vistazo fugaz a su corral y pregunta de nuevo:
¿A dónde vas?
Bah Por nada
Aurora se ríe por lo bajo.
¿Y tu marido, Miguel, cómo va? Hace años que no sé yo de él
Va tirando suspira Clara. Lo de siempre: arreglando el porche, tallando alguna cosa de madera. Vive tranquilo Miguel, nadie habla de él Y, de pronto, adelantándose hacia Aurora, pregunta con voz fuerte y apremiante: ¿Y Gregorio García qué? ¿Cómo está? ¿Sigue tan ocupado y preocupado por todos como siempre?
Cualquier otra habría ya estallado, gritando: «¡Víbora, detrás de mi marido, a hurtadillas, bajo las ventanas, aunque tienes el tuyo! ¡Con gente mirando!» En Castilla ni a las viudas les perdonan esas cosas, menos a las casadas.
Pero Aurora no actúa así. Un segundo retrocede, se ensombrece su blanco rostro, pero en sus mejillas resbalan dos copos de nieve, y ambos, fundiéndose como lágrimas, le lavan la cara de toda mala intención.
Se mantiene igual de elegante y guapa, vestida con pulcritud, y además amable. Y dice:
Si Gregorio García no pasa casi cada día por el ayuntamiento contigo. ¿Preguntas por él?
Claro, ya van tres días sin verlo Ni en el ayuntamiento
Y sí, Aurora tenía ese algo por lo que Gregorio García la eligió esposa, y lo fue. A Clara eso le da más miedo aún y se lamenta, con más rabia porque Aurora no le grite, porque no la insulte.
Gregorio siempre fue hombre de trabajo aclara Aurora. En el ayuntamiento o en la comisión. Ni de joven paró un día. Un hombre responsable como padre y abuelo.
¿No te aburres con un hombre tan serio, tan de fiar? ¿Toda la vida igual?
Aurora se ríe de nuevo y, tras pensarlo, dice:
Sí, hubo momentos de aburrimiento, claro. En mi juventud apenas festejábamos. Mis abuelos criaban a los niños, cuidaban los animales, y nosotros, de jóvenes, apenas nos dio tiempo a bailar ni salir. Pero Gregorio, ni por esas, siempre fue de libro y cuaderno. Cada fiesta igual.
¿Y cómo acabaste casada con él? ¿Con alguien tan serio?
El diálogo es raro, extraño, pero fluye. Aurora responde tranquila, como si hablara con una amiga:
Fue mi padre. En paz descanse. Me enseñó y yo obedecí
¿Le hiciste caso?
Le hice caso. Pensé: paso algo de aburrimiento ahora, pero luego será compensado.
¿Y te fue bien?
Claro Al año, dos años, ya le vi buen carácter. Me sorprendía oír gritos y peleas en otras casas. Hombres borrachos, mujeres apaleadas. Y cuando el hombre manda a la esposa al campo y él se tumba a la lumbre, eso es para mí deshonra. Yo me acostumbré a otra cosa: todo bien, y como algo no esté bien, Gregorio nunca hace daño.
Es vida fácil, pero no es nada femenina.
¡Sí es femenina! Te lo explico: yo me lo gané. Con los años, Gregorio se hizo un hombre respetado. ¿Pero al principio qué era? Nadie se fijaba en él, entre los mozos del pueblo apenas asomaba. Todas las chicas lo ignoraban, como si fuera invisible. Y sin embargo, yo fui con él, gracias a mi padre. Después más de una se mordía los codos de envidia; pero ya era tarde. El tiempo de setas quedó atrás.
Aurora sonríe y hasta se ríe.
Una mujer lista le sonríe a una muchacha ingenua, despistada.
Así era Aurora: no en sueños, sino de verdad. Y mientras tira suavemente del abrigo de Clara para sacarla del callejón, sigue recordando sus años de primera novia. Iba a cada fiesta con botines amarillos de tacón. Mientras, el padre de Clara casi la quiso vender por media botella de vino y unos zapatos viejos, y Clara por defenderse de los pretendientes llevaba una navaja escondida en la bota.
Así solo entendía Aurora la vida desde sus tacones: veía a Gregorio García como un hombre del montón, aceptó casarse con él por resignación, sacrificándose. No veía que muchas chicas le admiraban, y los chicos le respetaban, y que Clara ni se atrevía a mirarlo, y menos aún a decirle a su padre que le gustaba Gregorio García. Nunca lo confesó.
Y ahora caminan juntas por la calle principal, dos de las más guapas del barrio. Como amigas inseparables. Una siempre sobre tacones altos, sin tropezar ni un solo día. La otra, descalza de espíritu, por fin se atreve a tomar del brazo a la primera y propone:
¡Aurora, invítame a tu casa! ¡Jamás he sido invitada en casa de los García!
Aurora se detiene, dudando. Caminan un poco más y aparece el portalón de los García.
Aurora descorre la tranca, de cuero con nudo. Se abre la puerta y aparece el porche, la casa de Gregorio.
Gregorio vive como todos: cocina con un gran mesa bajo las imágenes de la Virgen, horno de cerámica azul Clara mira al salón: está limpio, pero no como el suyo, donde solo hay ficus, una cómoda y una mesita coqueta. Aquí, ropa por el suelo, un balancín, niños pequeños, los nietos de García, y en el centro, sobre un banquito bajo, y cose un abrigo reventado su hija Elisa, descalza, pecosa y embarazada. Al ver a Clara, la saluda y se asombra: ¿Para qué está aquí Clara Palacios?
Elisita es sencilla y buena, pero parece tragarse las palabras
Al fondo, en una salita, están los libros. Solo en casas como la de los García, los Romero o los Ramírez hay tantos libros.
Clara ha visto más libros, pero era en casa de señoritos. Ella de pequeña fue sirvienta allí, cargaba leña, agua, fregaba suelos, y encima gustaba del hijo del señor. Al volver él de Madrid, la ponía a leer y le regalaba libros interminables. Dos paredes llenas, ni un hueco.
Clara aprendía con ganas, y recuerda el día que pensó que, si pudiera leer todo aquello, comprendería el mundo. Pero el hijo del señor un día se propasó, la acorraló en el sofá del león, y ella le dio tal empujón que cayó al suelo.
Terminaron las clases y también la vida de Clara en La Mancha: aquel verano, con su hermano, convencieron a sus padres, engancharon la yegua y marcharon a León, caminando Si el hermano no hubiera enfermado y fallecido en el viaje, quién sabe dónde habrían acabado. Siempre, tiempo después, pensaba en aquel pueblo bueno que nunca conoció y lamentaba no haber leído en casa de los señoritos sobre gente así.
Ahora, en la casa de los García, ante unos libros tras vidrio, aquel deseo incumplido y el dolor la aprietan el pecho. Siente envidia de Gregorio, que sí llegó a saber lo que ella nunca pudo. ¿Por qué no comparte lo sabido? ¿Por qué no se lo cuenta a ella, si a Aurora sí se lo cuenta? ¡Eso sí lo habría querido aprender! Y si el maestro le hubiera dejado ir más allá, no le habría rechazado. No, no lo habría hecho.
Mientras tanto, Aurora cuelga el mantón, el abrigo, y se quita las botas húmedas para ponerlas a secar. Le dice:
Anda, desabrígate Pero Clara sigue mirando hacia los libros, y Aurora la imita. Que lea quien quiera dice, sin precisar quién. Otras habrían quemado esos libros para que su marido no se apasione con niñerías, yo no. Menos bienestar, pero sin reproches. Discusiones tengo bastantes con mi yerno, ¡con ese sí que discutimos! Así que los libros, que se queden. Anda, desabrígate, Clara.
Clara se sienta, se quita el abrigo y abre la puerta a la entrada. De repente, entra corriendo el perro, Duque.
¡Quieto! ¿A dónde vas, bestia? le grita Aurora. Esto no es lugar para ti, fuera, ¡anda! Agarra la varilla del fuego, pero Duque ni se mueve; se tumba en el suelo, tiembla, el lomo sucio del monte, y, alzando la cabeza, aúlla largamente, lastimero y aterrador.
¿Y el señor? pregunta Clara enseguida. ¿Gregorio García está en casa?
A Clara le asustaba más que nada encontrarse con Gregorio no sabía cómo saludarle, qué decir. Pero ahora el miedo es de otro tipo, más helado. Pregunta de nuevo:
¿Dónde está él? ¿Dónde el dueño?
Y Aurora no sospecha nada, solo se avergüenza por su invitada y, dándole la espalda, vuelve a intentar echar al perro.
Dan dos golpes con la varilla y dice apurada:
Está en el monte, desde esta mañana. Marchó con el caballo Duque no deja de aullar; Aurora le grita otra vez: ¡Vete ya, demonio! ¡Te reviento la boca de un hierro! Pero Duque solo tiembla y mueve la cabeza, lleno de barro.
Clara se agacha y palpa la mancha en el lomo del perro. Abre la mano y ve correr un líquido espeso y rojo.
¡Sangre! Es sangre
Bah, habrá saltado una zarza Siendo manso, le arrancó la oreja de cuajo a un mastín mayor hace poco, y tan tranquilo, ¡de un mordisco!
No es de Duque, ¡él no está herido!
¿Y de quién, si tú lo sabes? ¿De quién?
Quizás de Gregorio García responde Clara y rompe a sollozar, tapándose la cara.
Entonces Aurora estalla:
¡Eso es lo que querías, eh! ¡Queridísima invitada, tan esperada! Tira la varilla, empuja al perro y desaparece en el salón. Grita desde allí: ¡Nada le pasará a Gregorio García! Ha sobrevivido a la guerra y volvió entero, volvió por mis oraciones, y hoy ¿le iba a pasar algo? ¡No te creo! ¡Ni a ti ni a los envidiosos!
Las gotas de nieve se deslizan por la ventana, suenan como dedos tímidos queriendo entrar. Pero allá, en el bosque, Clara imagina que no hay sitio para la suavidad, sólo para la rudeza y la sangre.
Elisa entra corriendo, pálida y asustada, sí cree a Clara:
¡Peligro, de verdad! El perro no falla, ¡le ha pasado algo a mi padre!
Clara la agarra por los hombros:
¿En qué caballo fue Gregorio? ¿Y cuándo?
¡En Sultán! El mejor, pero nunca se sabe
Duque ya está rascando la puerta con las patas, llamando a la gente.
¡Vamos ahora! le promete Clara. ¡Elisa! grita mandona. Sal al corral, prepara otro caballo, vamos ya, Duque nos lleva.
¡No hay caballos! Sultán se fue con papá, el otro está en la cuadra de mi marido, la yegua, coja, no puede No hay, ¡no hay! ¡Por más que llores, no hay!
Elisa, abrazando su barriga, se echa a llorar. Clara ya no la escucha, corre fuera.
Media hora después, cuando Miguel sale al patio, ve a su esposa apresurada enganchando a la yegua pía; y a su lado salta, nervioso, un perro que reconoce: Duque, el perro de los García.
¿A dónde vas ya? pregunta débilmente Miguel. Queda poco para anochecer
¡Hace falta! contesta Clara. ¡Ábreme el portón!
***
El rostro de Gregorio le parece a Clara más blanco que la nieve, y solo cuando oye: «¿Quién anda ahí?» cree que sigue vivo. Él pregunta:
¿Mi caballo? ¿Sultán? ¿De verdad está muerto? ¿Mi Sultán?
Está muerto contesta Clara, y rompe a sollozar: no sabe si Gregorio vivirá. Su voz suena lejana, de otro mundo. ¿Cómo les echaste, Gregorio?
Por instinto a dos disparé, huyeron los otros.
Señala, con el abrigo roto, a un lobo caído no lejos, bajo el lomo de Sultán, el caballo. Hay un rastro de sangre y otro desaparece entre los árboles.
Gregorio le guía la mano al hocico frío del caballo. Todavía gotea algo tibio, viscoso
¿De verdad, Clara?
De verdad.
Asombrado, Gregorio la reconoce:
¿Clara? ¿De dónde sales?
Ella calla. Gregorio repite: ¿De dónde sales?
¿Te parece raro? ¿Que no debiera estar aquí? ¿Que otra debería estarlo? Pues no la hay, Gregorio, ni la habrá jamás, ni habría estado aquí nunca.
¿Y Sultán? susurra Gregorio. ¿Lo dejamos aquí?
Ya está frío.
¡Y yo también, del todo!
Mientes. No del todo. Si estuvieras frío, os dejaría a los dos aquí, pero mientras quede algo cálido en ti, te llevaré conmigo. ¡Nadie más! Lo sube al trineo y grita a la yegua: ¡Venga, tira, que puedes!
Duque aúlla; tampoco quiere abandonar a Sultán. Lame el hocico del caballo y cae al suelo como negándose a aceptar que ya no se mueve.
¿Tienes la espalda entera, Gregorio? grita Clara.
Sí
¿Y el vientre?
También
¿Y las piernas?
La derecha, herida. Por encima de la rodilla. ¿A dónde me llevas, Clara?
¡A bueno te hieren poco, Gregorio! ¡Hacen falta hombres y bestias para harcerte daño de verdad! ¡Había que quitarte la lengua!
¿Estás loca, Clara? ¿Por qué?
Para que no preguntaras adónde te llevo. Para que estuvieras callado, y así, por fin, estés tumbado en mi cama, en mi casa. Te voy a cuidar, seré tu enfermera. Porque es hora de que sea así.
¿De verdad, Clara? ¿Te has vuelto loca del todo?
Ya jugamos bastante a lo que no se puede. Si tú tienes mujer y yo tengo marido, ¿nos sirven de algo? ¡Basta! ¡Es para mí, no ajeno! Si preguntan, digo: Recogí lo mío en el bosque, lo mío de la vida. He ido tras mi hombre tantos años y ahora ¿de quién es? ¡Mío!. Eso lo entiende quien tenga corazón. Si tú no entiendes, ni te lo pregunto. Eres el único que no entenderá, pero hoy ni te miro, ni te escucho. Hoy soy tu enfermera, lo seré todo lo que quiera.
Escucha, Clara esto no puede ser
¡Basta! Ya te escuché veinte años con tus no se puede. ¡Basta es basta!
Cruzan saltando baches, entre la oscuridad y la luz insegura de la luna. De pronto, Duque ladra y corre adelante.
Gregorio se agita y dice:
Vienen en el tordo, Clara. Por cómo ladra Duque, vienen en el tordo.
Clara detiene la yegua. Quedan en silencio. Duque calla adelante.
Gregorio piensa: «¿Aurora?» Pero no se lo cree.
Y a Clara también le viene a la cabeza Aurora, el abrigo de paño con ribete, el mantón de lana, el rostro tranquilo de ojos azules y saltones. «¿Será ella? ¿Cómo va a serlo?»
Esperan; ¿quién será?
Llega Alejandro, yerno de Gregorio. Detiene el caballo y pregunta:
¡Eh! ¿Quién va? ¿Son de casa?
Duque ladra primero: ¡No me reconoces, Alejandro! ¿No reconoces al amo?
Gregorio calla. Clara también.
¿Quién? pregunta Alejandro impaciente.
Soy yo dice por fin Gregorio.
¿Por qué no hablas, padre, cuando te preguntan? y preguntando mira: ¿Y con quién vas? Avanza. Reconoce: ¿Clara Palacios? ¿Tú llevas al padre? ¿De dónde?
Lo saco del monte.
¿Qué ocurrió? ¿Y Sultán?
Muerto, del todo. Y yo herido ¿Quién te mandó a buscarme?
Elisa, padre. Estaba en casa de Miguel. Ni él ni yo habíamos bebido, ni jugado.
¿Seguro, Alejandro?
Te lo juro, padre ¿En qué trineo seguirás, en estos o en el mío? ¿No hablas? ¿Te mareas?
Gregorio mira a Clara con tristeza, como si en la decisión estuviera la respuesta: quedarse con ella y desafiar la opinión del pueblo o volver con los suyos y todo seguiría igual, miradas furtivas y sentimientos nunca nombrados ¿O?
En el mío seguiré dice por fin, y aparta la vista.
Alejandro se apresura a mover a su suegro, lo arrastra torpemente más allá de Clara, sobre la paja, y nadie le dice palabra. Finalmente, Clara pregunta:
¿Y yo? ¿Qué pasa conmigo? ¿Qué hago ahora?
Gregorio gimela pierna le duele. Alejandro pregunta: «¿Sangra mucho?» Clara repite: «¿Y yo?» Por fin, todos en el trineo de Alejandro, el caballo da media vuelta y parten hacia casa, sin que nadie mire atrás.






