La misteriosa conversación del marido
La mañana en casa de Carmen y Alejandro comienza tarde. El despertador no llegó a sonar o simplemente no lo escucharon, y ahora ambos se mueven de un lado para otro por el piso de Madrid, intentando prepararse para el trabajo y a la vez vestir y organizar a su hijo, Mateo, para la guardería.
¡Cariño! ¿Puedes recoger a Mateo hoy? grita Carmen desde la habitación, mientras se pone unos pantalones al tiempo que mete ropa y juguetes en la mochila de su hijo.
¡Vale! ¿Dónde están mis llaves? responde Alejandro desde el recibidor.
¡No las he visto! responde Carmen con un tono impaciente, buscando desesperada su móvil. Cuando por fin lo encuentra, ayuda a Mateo a vestirse mientras el niño, ajeno al caos, sigue jugando con sus coches de juguete.
En apenas cinco minutos, Carmen y Mateo ya están en la puerta de la guardería. Carmen, con prisas, intenta quitarle la chaqueta a su hijo, pero la cremallera se queda atascada. Al levantar la vista, ve que Mateo parece a punto de llorar.
Mamá, no quiero ir a la guardería solloza el niño, frunciendo el ceño y apretando los puños.
Hijo, venga, no empieces ahora ¡Vamos rápido! intenta tranquilizarle Carmen, aunque en su voz se nota la tensión. Se agacha para mirarle a los ojos y le acaricia la cabeza. En la guardería te vas a divertir, verás a tus amigos, jugaréis juntos
Pero los ánimos no funcionan. Mateo se queda parado, cada vez más apesadumbrado y reacio a marchar. Sale la educadora, le sonríe con dulzura a Carmen y toma la mano de Mateo.
No te preocupes, Carmen, le dice. Nosotros lo calmamos. Mateo, ven que los compañeros te esperan.
Carmen respira hondo, sintiendo cierto alivio, aunque otra oleada de estrés le invade de inmediato.
Madre mía, ¡qué tarde llego! musita mirando el reloj. Sale casi corriendo y decide llamar a su clienta para avisar del retraso. Va a buscar el contacto en el móvil, pero se da cuenta de que no reconoce ninguna agenda. Solo entonces repara en que ese teléfono no es el suyo. Con las prisas, Alejandro y ella han cogido móviles iguales con fundas idénticas y contraseñas similares.
Genial murmura con fastidio, intentando pensar cómo se va a poner en contacto. Decide llamar a su propio número y pedir a Alejandro que le reenvíe el contacto.
En ese momento, el móvil tiembla y aparece una notificación:
Simón: ¿Qué pasó con la chica del gimnasio? ¿Te dio su número?
Carmen se queda en shock. Lee y relee el mensaje, luego, como en una niebla, abre el chat y va pasando los mensajes.
Simón: Entonces, ¿la has conquistado por fin?
Alejandro: Sí, me dio su número. Hemos quedado para este finde. En mi casa.
Carmen relee asustada. ¿Este fin de semana? ¡Ese es el que iba a dejar a Mateo con su madre y quedarse fuera de casa!
Madre mía susurra, sintiendo un nudo en el pecho. Ojalá no hubiera visto esto. Malditas fundas iguales
Le resulta cada vez más difícil fingir que no sabe nada. Día tras día, cada mirada de Alejandro se convierte en un incómodo examen. Quedan tres días hasta el sábado, pero Carmen ya no deja de darle vueltas a la cabeza. Intenta convencerse de que tal vez ha interpretado mal. Pero no puede evitar oír en bucle sus palabras: Este finde. En mi casa.
Alejandro parece no notar nada. Se comporta igual: atento, cariñoso, ayudando en casa, acostando a Mateo por las noches y preguntando siempre por su día. Carmen lo observa buscando respuestas a preguntas que no se atreve a pronunciar. No detecta ni el más mínimo atisbo de culpa en sus ojos. Eso la asusta aún más.
El miércoles por la noche ven juntos una película. Alejandro la rodea con el brazo, igual que siempre, y Carmen debe apretar los labios para no romper a llorar en su hombro. Sus abrazos, ahora, parecen un refugio falso, como si su mundo fuese a desmoronarse en cualquier momento. Cada gesto de él le parece forzado.
El viernes, después de acostar a Mateo, Carmen limpia distraída los platos en la cocina. Alejandro se acerca, la abraza por la cintura y le susurra:
Hoy te noto triste. ¿Te pasa algo?
Ella se queda quieta, notando un escalofrío recorrerle la espalda.
Nada, de verdad responde intentando sonreír. Solo estoy un poco cansada.
Te entiendo dice él, dándole un beso en la cabeza.
Esa noche, Carmen no puede dormir. Cuando Alejandro duerme profundamente, ella se levanta sigilosamente y se encierra en el baño. Abre el grifo y se sienta en el borde de la bañera, llorando en silencio.
¿Por qué? susurra entre lágrimas. ¿Por qué?
La pregunta se repite una y otra vez en su interior, pero no halla respuesta. Su cabeza es un mar de dudas.
¿Cómo ha podido hacerlo? ¿Y ahora qué hago? ¿Se lo digo? ¿Me voy?
El dolor la ahoga. Sabe que a la mañana siguiente tendrá que volver a fingir. Mañana será el día en que la verdad salga a la luz.
El sábado, Carmen lleva a Mateo a casa de su madre en Aranjuez. Se siente hundida y pesada, como si cada paso le costara un mundo. Su madre se percata enseguida.
Carmen, ¿te encuentras bien?
Ella fuerza una sonrisa, esforzándose por parecer tranquila.
Sí, mamá, no te preocupes. Voy con prisa, quería prepararle una sorpresa a Alejandro le da un beso rápido a Mateo y sale apresurada, evitando mirar atrás para no romperse.
La vuelta a casa se le hace eterna. “¿Y si solo va a ver a Simón? ¿Y si al final ella no aparece? ¿Y si he entendido mal?”
Por una parte quiere pillar a Alejandro en esa mentira, ver con sus propios ojos si ha quedado con otra, pero parte de ella reza porque todo sea un malentendido, poder cerrar los ojos y volver a la rutina habitual.
Al llegar a su portal en el barrio de Chamberí, apaga el coche y se queda dentro. Imágenes de los buenos momentos asaltan su memoria: Alejandro riendo juntos en la cocina, paseando con Mateo por el Retiro, tardes de película en el sofá. Su familia le parece sólida y feliz, y sabe que esa breve pausa en el coche es el último respiro de una felicidad que está a punto de venirse abajo.
Finalmente, Carmen sube las escaleras, con la llave temblando en su mano. Cuando la introduce y gira despacio, siente que está a punto de cruzar un umbral hacia otra realidad. En el piso, la penumbra es casi total: apenas una luz tenue desde la cocina. De allí se escuchan unos murmullos, risas y voces bajas. Carmen siente cómo le late desbocado el corazón.
Ya está, lo ha hecho, piensa. Todo ha pasado.
Por un momento casi se desmaya, pero avanza, aturdida, por el pasillo. Cada paso es más pesado. No entiende lo que oye, todo retumba en sus oídos.
¿Alejandro? murmura, con un tono extraño, metálico incluso.
Vuelve a llamarlo:
¡Álex!
Al no recibir respuesta, entra en la cocina de golpe. Lo que ve le descoloca: dos personas, un hombre y una mujer. El hombre no es Alejandro. Es Simón, el mejor amigo de su marido. Carmen se queda paralizada. Simón, nervioso al verla, empieza a justificarse.
¡Carmen! No es lo que parece Simplemente Es que Carmen, ya sabes lo pequeño que es mi piso, ¿dónde iba a ir? ¡A casa de tu madre, no! balbucea.
Carmen, bloqueada, apenas le oye. Mira la escena como si no fuese real, con la cabeza zumbando. Las lágrimas empiezan a correrle por las mejillas, pero, de repente, se da cuenta de que está sonriendo.
Está bien, Simón dice por fin en un susurro, sin poder contener las emociones. Me voy.
Da media vuelta y sale. El aire fresco de la calle la golpea, no sabe si reír o llorar. Saca el móvil, marca el número de Alejandro con los dedos temblorosos.
¿Carmen? responde él. Ella tarda en articular frase, todo lo que consigue decir suena entrecortado y absurdo:
Te quiero Te quiero mucho
Sollozando, entre risas nerviosas y lágrimas, repite palabras desordenadas; emociones que no puede controlar. Todos sus temores, rabia e incertidumbre se derrumban de pronto.
He estado en casa Está Simón murmura.
Ya veo Perdóname, no te enfades, por favor. Estoy en la oficina, ven si quieres. ¿Me oyes? No te enfades conmigo, cariño Sabes cómo es Simón. ¿Te vienes?
Voy ya
Carmen corre hacia el coche, muriéndose de ganas de abrazar a su marido.
En la oficina, sentados en el suelo de la sala de reuniones, Carmen y Alejandro comparten una botella de Rioja. Carmen apoya la cabeza en el hombro de Alejandro, apretando suavemente la copa entre los dedos.
Perdona De verdad, no quise cotillear tu chat. Nunca lo haría así
No, perdona tú por haberte metido en esto. Debí contártelo todo desde el principio.
¿Por qué lo hiciste?
Porque es mi amigo. Porque el día anterior la lió con esa chica.
¿Qué pasó?
Se tropezó y la empapó de bebida energética Le puso el traje blanco azul por completo. Y claro, luego, como siempre, volvió a ser un adolescente de catorce años: No puedo, me da corte, Álex, ayúdame.
Alejandro imita la voz de su amigo. Carmen no puede evitar soltar una carcajada.
Es que es mi mejor amigo Me da pena. Así que cogí su contacto, le vendí a Simón lo mejor que pude, con un poco de humor y voilà.
¿Y por qué la trajo a casa en vez de un hotel?
¿No recuerdas por qué sigue viviendo con su madre?
Por no gastar en alquiler y porque su madre le hace la comida y le lava los calcetines.
Exactamente Alejandro la mira exasperado y divertido.
¡Qué agarrado es el tío! Carmen estalla en carcajadas.
Llevamos veinte años de amistad, desde primero de primaria. Probablemente soy el único ante el que no le da vergüenza enseñar esa parte
Desde luego, eres un santo, Álex.
Carmen niega con la cabeza, sonriente.
Oye, ¿y si todavía están en casa? No podemos dormir en tu oficina Y tampoco quiero volver aún Que recoja Simón.
Alejandro se acerca y la besa.
Yo no soy tan tacaño, y nos merecemos una noche romántica.
¿En serio? ¿Nos vamos a un hotel?
Alejandro asiente, la levanta y la carga sobre el hombro. Carmen se ríe y forcejea, pero él la sostiene con fuerza.
Te llevaré sana y salva, señora.
Carmen ríe a carcajadas, sin creer que, solo unas horas antes, estaba a punto de dar por terminado su matrimonio.






