Oksana llegó por sorpresa a casa de su madre y su hermana pequeña en Nochevieja: quiso darles una alegría y no avisó. Mientras con su hermana preparaban ensaladas y su madre cocinaba su plato favorito —carne al estilo francés—, recordó el extraño sueño de la noche anterior y el inesperado encuentro en el tren con Andrés. De repente, su teléfono sonó y, para su asombro, era él… Esa Nochevieja acabaría trayéndole más sorpresas de las que nunca imaginó.

Mira, te voy a contar cómo fue la última Nochevieja de Macarena, que fue de película, te lo juro. Todo empezó porque ella quería darle una sorpresa a su madre y su hermana pequeña, Leonor, allá en Salamanca. No les dijo nada de su viaje, ni una pista, porque le hacía ilusión aparecer de repente.

La noche antes, en Madrid, Maca estaba que no podía más del curro. Tenía que acabar el cierre anual de la empresa antes del último día del año, y se le juntaron auditorías, informes, cuentas… Vamos, que tenía la cabeza hecha un bombo y sólo soñaba con coger vacaciones, pillar el AVE y plantarse con su gente para comer turrón y reírse un poco.

Esa noche soñó algo rarísimo: se perdió en un bosque y allí, sentada en un tronco, veía a una niña leyendo un libro. Macarena le preguntó si estaba perdida, y la cría le contestó, muy seria: No, sólo no me han encontrado todavía. Oye, no vayas a quedarte dormida hoy, que tienes mucho que hacer, y esta noche la vida te va a sorprender. Tal cual, ni más ni menos. ¡Vaya tela los sueños!

El caso es que a la mañana siguiente, casi se queda dormida. Se levantó de un salto, en plan relámpago, y en menos de quince minutos ya estaba arreglada y rumbo a la oficina. El café se lo dejó para la máquina del trabajo porque iba con prisas, y encima el bus le vino de perlas, con asiento libre y todo. Cuando se sentó y miró alrededor, ¿a que no sabes qué pasó? Delante, vio a la mismísima niña de su sueño. Le guiñó un ojo y en ese instante un chaval la empujó con el mochilón, casi la tira. Cuando se giró para mirar de nuevo, la niña ya no estaba. Vaya rayada, será del estrés, pensó.

Por suerte el día fue rodado: Macarena entregó el informe perfecto, el jefe le guiñó el ojo, le soltó un que disfrutes las fiestasy encima, le dio un sobrecito con una buena prima de 400 euros. Ni te imaginas la ilusión. En cuanto salió del curro, se fue a Gran Vía, le compró a su madre una mantilla preciosa y a Leo una blusa monísima. Luego, con las bolsas y un cava, se plantó en la estación, lista para el AVE que pilló a principio de mes por si acaso.

En el tren, ya cuando estaba entrando en el compartimento, tropezó con una mochila y cayó al suelo entera. Qué vergüenza. Pero justo entonces un chico con buen rollo y sonrisa de anuncio la levantó, disculpándose mil veces porque la maleta era suya. Te juro que fue como en las pelis.

Resulta que él, Hugo, iba al mismo compartimento que ella. Era alto, moreno, con esa pinta entre despistado y simpático. Enseguida le ayudó a guardar la mochila y empezaron a charlar. Él le contó que iba a Salamanca sólo un día por trabajo y luego volvía a Madrid a pasar la Nochevieja. Y ella le confesó que iba a ver a su madre y su hermana, porque llevaba todo el año sin verlas. Cada uno sin pareja, los dos medio descolgados y buscando a alguien especial. Macarena, toda colorada, acordándose de la niña del sueño y sus palabras… ni te imaginas.

El viaje pasó volando, compartieron el bizcocho de la madre de Hugo, un té calentito y hasta charlaron en el pasillo mientras el tren pasaba por Ávila, adornada de luces por Navidad. Hasta una abuela con su nieto compartieron merienda, fue todo súper entrañable. Cuando ya iban a llegar, Hugo le pidió el número y Maca no lo dudó.

En Salamanca, Macarena se bajó del tren ocultando la sonrisa tonta. Hugo se despidió deseándole que encontrase a alguien genial en año nuevo, y ella, no sé cómo, tuvo ganas de decirle que se quedara, que viniera a celebrar con su familia. Pero claro, de esas cosas que no te atreves, ¿no? Así que se dieron un abrazo y cada uno cogió su taxi, en direcciones opuestas.

La sorpresa fue brutal: Macarena abrió con la llave de siempre y, cuando llegó, en la puerta le esperaba Leonor, con los ojos como platos y el grito emocionado de ¡Macarenaaaa!. Después, sólo felicidad: la madre preparó el mejor solomillo al queso azul, comieron, rieron, y la conversación clásica: Hija, ¿sigues sola desde lo de Javier? Mamá, por favor, déjalo ya.

Justo cuando estaban brindando, su móvil empezó a sonar. En la pantalla, el nombre de Hugo. Se le aceleró el corazón. Hola, ¿te pillo en mal momento?No, dimeEs que me he quedado tirado, y no conozco a nadie aquí ¿crees que podrías acoger a un viajero perdido durante vuestra cena de Nochevieja? Ella puso cara de felicidad, miró a su madre, y la madre sin dudarlo: ¡Por supuesto, que venga! Algo de jamón habrá para él.

Y así, tal como la chiquilla en sueños predijo, Macarena no se perdió el destino y aquella Nochevieja, entre la sorpresa y el cava, llegó ese alguien especial que no esperaba.

¿A que parece cosa de magia? Pues así fue.

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Oksana llegó por sorpresa a casa de su madre y su hermana pequeña en Nochevieja: quiso darles una alegría y no avisó. Mientras con su hermana preparaban ensaladas y su madre cocinaba su plato favorito —carne al estilo francés—, recordó el extraño sueño de la noche anterior y el inesperado encuentro en el tren con Andrés. De repente, su teléfono sonó y, para su asombro, era él… Esa Nochevieja acabaría trayéndole más sorpresas de las que nunca imaginó.
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