Cuando a Lucía se le adelantó el parto, Basilio estaba de ruta una vez más

Cuando a Inés le comenzaron los dolores de parto, Tomás estaba en otro viaje por carretera.

Pasaron un par de días. Sin siquiera parar por casa, condujo directo al hospital, donde le informaron que su esposa había firmado un documento renunciando a los recién nacidos, dos gemelos varones. Dijo que ni a los mayores los quería, así que menos aún a estos. Y se marchó. Tomás, aunque dudaba si de verdad eran sus hijos, sintió una furia tan profunda que la realidad parecía flotar como bruma en una tarde castellana.
¡Inés ha cruzado todos los límites del respeto!

Volvió a casa a toda prisa, pero ya no la encontró. Ella se había llevado sus cosas, dejando a los gemelos mayores de tres años, Mateo y Álvaro, al cuidado de la abuela Violeta, vieja y frágil como las paredes de una casa de pueblo. A Tomás le temblaba el mundo bajo los pies. De su familia ya sólo quedaba la abuela Violeta y ella apenas podía con su alma. Pero tampoco podía mandar a sus hijos a un orfanato. Escuchó entonces el consejo de su amigo: contratar a una vecina, una cuidadora para los niños. Trabajaba Tomás de camionero a largas distancias con su Pegaso, ganando lo bastante como para poder pagar a alguien.

Una mañana, Tomás fue hasta la casa de al lado. Allí vivía Lucía, una chica de diecinueve años, callada y noble, que ya tenía experiencia en una guardería, aunque nunca con tanta responsabilidad. Tomás logró convencerla, y Lucía dejó su trabajo. Juntos recogieron a los bebés del hospital, instalándose después Lucía en la casa de Tomás, porque los niños no podían estar ni un minuto sin atención. Tomás, como padre, era un desastre: ni cambiar un pañal ni bañar a los pequeños. Decía que él era un currante, no un pedagogo. Lucía sufría, entre sueños rotos y cuentos sin final, con dos bebés calladitos y sonrientes, Daniel y Diego, y los otros dos revoltosos de tres años, siempre demandando algo. Al menos los pequeños dormían tranquilos tras la toma de biberón, envueltos en mantitas. Lucía aún tenía tiempo para leer libros de maternidad, aprendía ejercicios y masajes para el buen desarrollo. A veces recibía la visita de Rosario, la enfermera del centro de salud, que le explicaba cómo alimentarles y cuidarlos.

Al principio Lucía sintió que aquello era una pesadilla de la que no podía despertar, temerosa de cometer errores, creyendo que no estaría a la altura. Pero poco a poco se fue acostumbrando, tanto que llegó a querer a los niños como si fueran sangre de su sangre. Tomás, entre viaje y viaje, no pasaba mucho por casa, pero en los trozos de tiempo juntos los cuatro niños formaban familia con Lucía y Tomás: risas en el sofá, debates sobre ropa, juegos de echar a volar almohadas, y así un día despertaron Tomás y Lucía en la misma cama, como si todo fuera la escena absurda de un sueño de verano en la Mancha.

Poco después presentaron papeles en el registro civil. Para entonces Tomás ya había tramitado el divorcio y privado a Inés de la patria potestad. Lucía no quiso oír a quienes murmuraban que él no le convenía, que sólo se aprovechaba de ella. Que con Inés tampoco fue buen marido, que con Lucía sería aún peor Pero Lucía amaba profundamente a aquellos críos y apreciaba a Tomás, creyendo que él la necesitaba de verdad, y por tanto la valoraría, y con cuatro niños propios, pensaba, él no los abandonaría jamás.

La boda fue tan modesta como una siesta sin mantón, sin vestido blanco ni flores en el pelo. Tomás dijo que eso no hacía falta; Lucía bajó la cabeza y asintió. Lo importante, pensó, era vivir bien.

Pero la buena vida no llegó. Tomás demostró no ser el mejor de los esposos: apenas echaba una mano en casa ni con los niños, justificando que estaba agotado de tanto conducir por la península. Le gustaba también tomarse sus copitas de orujo. Cada vez viajaba más, casi nunca estaba en casa y, a la hora de dar dinero, Lucía tenía que pedirle incluso para pañales y fruta. Si Lucía intentaba protestar, él cortaba la conversación de raíz: No te gusta, vete. Pero Lucía no podía dejar a los niños, ahora eran el aire que respiraba.

Así pasaron dos años. Un día, tras un viaje largo, Tomás volvió, cenó, se sentó en el viejo sofá y llamó a Lucía.

No quiero dar más vueltas. La cosa es clara: tengo otra mujer en un pueblo cercano. Nos vemos a menudo, más que contigo, y vamos a tener un hijo. Me casaré con ella. Quiero divorciarme de ti. Lo siento, Lucía.

Las palabras, desplazándose lentas como columnas de humo sobre la meseta, dejaron a Lucía de piedra. No podía creer lo que escuchaba. ¿Y ella, y los niños?

No dejaré que te lleves a los niños susurró.

No los quiero, pronto tendré uno propio.

¿Propio? ¿Y estos de quién son? dijo Lucía, casi ahogada por la indignación.

No empieces con moralinas. No me los has querido dar sólo pido el divorcio.

De acuerdo, pero sólo si aceptas que pueda adoptar a los niños como míos y nunca les digas que no soy su madre de sangre.

Tú también prométeme contestó Tomás que nunca hablarás mal de mí a los hijos. Un padre se respeta.

El divorcio llegó rápido y sin ruido. A los niños Lucía les explicó que su padre se había ido a trabajar a un país lejano, a construir casas para gente pobre, y que tardaría mucho en volver. Vendieron la casa y compraron otra en un barrio diferente. Tomás no puso pegas, y Lucía tampoco quería que nadie supiera que no era madre biológica de los chicos.

Al salir del bachillerato, Lucía hizo un curso de peluquería y en el nuevo barrio empezó cortando el pelo a los vecinos, y por recomendación, a mucha más gente. Tenía manos de oro y bondad en la mirada; la gente acudía a ella buscándola como quien busca un pozo de agua en el verano seco. Ganaba lo suficiente y nunca reclamó nada a Tomás.

Mamá, ¿papá volverá algún día de ese país? ¿Irá con nosotros el primer día de curso? preguntaban Mateo y Álvaro, mientras compartían bolígrafos y gomas de borrar muy serios.

No podían esperar a empezar el colegio, ansiosos de mostrar sus pinturas y lecturas a la maestra. Lucía guardaba las mochilas arriba para que Daniel y Diego no las vaciasen, y les sonreía:

No, mis niños, vuestro padre tiene aún muchos edificios por construir, está muy lejos.

Tomás nunca llamaba, nunca aparecía. Lucía tampoco quería saber de él. Lo importante era que los niños estaban allí, junto a ella. Aprendían juntos a leer, jugaban al balón al alba, se duchaban con agua fría, y por las noches, entre el aroma del té y las risas, inventaban cuentos que Lucía escribía en un cuaderno grueso. Fantaseaba con que un día sus hijos, ya adultos, leyeran esas historias a sus propios retoños y se rieran todos juntos bajo las estrellas.

Juanito el valiente y el Lobo Gris barrieron la era, recogieron harina y hornearon una tarta, Juanito subió al caballo, llevó la tarta a la princesa, la princesa la probó y se convirtió en una perrita chiquitita, que luego actuaba en el circo, hasta que el mago la convirtió de nuevo en princesa.

El tiempo se desató como un viento entre olivos: crecieron los chicos, los mayores se casaron y dieron nietos a Lucía; los pequeños estudiaban en la universidad. Era tradición reunirse los domingos. Cocinaban juntos, reían y abrían el Libro de Cuentos de Mamá, murmurando el pasado entre carcajadas.

Aquel domingo especial era además el cumpleaños de los pequeños, Diego y Daniel. Hacía calor, pusieron una mesa grande en el patio, la música bailaba entre las lilas, las nueras cocinaban, los hombres asaban carne, y las novias de los gemelos preparaban la mesa. Lucía, apoyada en la jamba, sonreía, absorta en su felicidad caleidoscópica.

Tan ensimismada estaba, que no vio entrar al hombre mayor por la cancela. Camisa arrugada de añiles gastados, pantalón chándal caído y zapatillas viejas sin calcetines. Cruzó el patio como dueño y gritó:

¿Es que nadie recibe al padre?

Todos quedaron tiesos. Lucía ahogó un grito: apenas reconocía en aquel rostro demacrado a Tomás. Tropezando, intentó abrazar a Diego, luego a Daniel, pero los muchachos retrocedieron, extrañados por el hedor a alcohol rancio.

Lucía, dilo. Cuéntales a los chicos quién soy. ¡Se respeta al padre! ¿Recuerdas el trato?

El miedo atrapó a Lucía; no sabía cómo explicar a sus hijos que el héroe que construía ciudades lejanas para pobres era sólo un viejo tarambana quien, años atrás, los dejó solos y a la deriva.

Silencio. Los hijos miraban a Tomás, luego a su madre, intentando entender. Al fin, Mateo se adelantó.

¿Que hay que respetar al padre? ¿Y dónde has estado todo este tiempo, papá? ¿Te crees que no sabemos nada? A quien hay que respetar y querer es a nuestra madre. Ella sola nos crió, nos enseñó lo que es la vida.

¿Nuestra madre? ¡Si ni siquiera es vuestra madre, fue sólo la niñera!

La vista de Lucía se nubló y huyó dentro de la casa, a la habitación donde sus nietos soñaban junto a su cuento preferido, se sentó en la cama y se tapó la cara, las lágrimas pesando como piedras. Se acabó la felicidad, pensó.

La puerta se abrió suave, Lucía levantó un rostro empapado y vio a sus hijos ya hombres, fuertes, nobles abrazados, mirándola y sonriendo. En las manos de Álvaro estaba el cuaderno de cuentos. Se lo entregó a Lucía, y en la última página había una inscripción con letras grandes:

Y vivieron largo y felices, porque siempre estuvo con ellos su madre, la más querida y la mejor del mundo.

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Cuando a Lucía se le adelantó el parto, Basilio estaba de ruta una vez más
¡Atención! Ahora soy rico y es hora de divorciarnos,” dijo el marido con arrogancia. No podía imaginar las consecuencias.