Mira, te voy a contar una historia que viví casi como si la hubiera escuchado en el tren de cercanías de Madrid, de esos trayectos en los que la ciudad se va quedando atrás y la noche parece que se cuela por las rendijas de la ventanilla.
Rocío estaba sentada de espaldas al cristal oscuro y frío del vagón casi vacío, llorando en silencio. Las lágrimas gordas, calientes, le recorrían las mejillas blancas y empapaban sin un ruido la lana azulada del gorro de su niña, Mariluz, que dormía acurrucada sobre su regazo. Bajo la luz pálida y parpadeante del vagón, la cara de Rocío parecía flotando entre la tristeza y el agotamiento, como si fuera un alma en pena, sin edad. Igual ni siquiera se daba cuenta de que lloraba. Su dolor era tan hondo, tan viejo y resignado, que retorcía el corazón de Tomás, sentado enfrente. Y entonces le vino una certeza rara, una especie de presentimiento que helaba: él conocía a esa mujer. Estaba seguro de que, bajo su ojo izquierdo, cerca de la sien, Rocío tenía un lunar en forma de estrella, pequeñito.
Ella apretó fuerte los párpados, pero las lágrimas seguían resbalando por su piel ya mojada. Tomás no podía apartar la mirada. De repente, esa noche se transformó para él en otra noche de hace ya años También era invierno, también volvían en un tren solitario desde la casa de campo, y la llamada del médico les había cambiado los planes. Carmen, su mujer, se preparó en silencio, lavando los platos con mimo, poniéndose el abrigo sin prisa. Solo se detuvo junto a un pino joven que ella misma había plantado cerca de la puerta, lo acarició como quien se despide de alguien querido. En ese gesto mudo a Tomás le entró, por primera vez en la vida, un miedo muy profundo, casi animal. En el vagón, Carmen también se apoyó en la ventanilla y lloró, cerrando los ojos, como Rocío ahora. El médico no trajo buenas noticias entonces.
Rocío había escogido conscientemente ese tren tan poco concurrido para poder dejar caer, al fin, la mascarilla de entereza que llevaba todo el dichoso día, entre la casa de su tía y su propia pena. Tía Encarna era de esas mujeres mayores que ya solo viven para los pocos que le quedan, en este caso Rocío y Mariluz. Les volcaba todo el cariño, toda esa ternura que a veces la hacía saltar en lágrimas, compadeciéndose de las pobres huerfanitas. Rocío entendía el desvelo de su tía, pero al mismo tiempo se rebelaba, porque tanto lamento y compasión la aplastaban; era como si la empujaran a quedarse en ese vacío sin esperanza.
¿Pero qué castigo es este, hija, que Dios no te ha dado ni una alegría? le solía recitar tía Encarna, limpiándose las lágrimas con la puntita del delantal.
A Rocío le pesaban esas palabras en el alma y esas lágrimas salían ya solas, de pura costumbre. Se veía a sí misma desde fuera: cansada, sin brillo en la mirada, enfundada en un abrigo viejo y con las manos agrietadas. No acababa de aceptar que la mujer derrotada de hoy era la misma muchacha vivaracha que hacía muy poco llenaba de música las teclas del piano. Cuando actuaba, sentía que la sala entera, cientos de personas, respiraban con ella. Era como si un solo corazón, enorme, palpitara en el escenario. En el conservatorio le auguraban un futuro brillante. Y ella misma lo creía, porque la música no era sólo su vida: era la médula misma de su alma.
Hasta que los butacones gastados del salón de casa se quedaron vacíos de golpe, para siempre. El frío de las noches vacías, el silencio del piso minúsculo la perseguían. Hasta que un día ya no pudo más y, bajo un aguacero de marzo, salió a la calle en plena tormenta. Se cayó, se rompió la mano. El médico del centro de salud, al saber que era pianista, sólo negó con la cabeza al entablillarle los dedos. Tres se le quedaron sin fuerza. Tuvo que dejar el conservatorio. Pero la música, aunque a otra escala, siguió con ella: entró a trabajar de profesora de música en una guardería.
Fue en esa guardería cuando conoció al capataz de una cuadrilla de obreros que hacía reformas. Era moreno, alto y callado; daba la impresión de que no se movía nunca el suelo bajo sus pies. Rocío no le quiso, pero en él veía un refugio, una seguridad que tanto ansiaba. Se casó y se fue con él a una ciudad fabril en Castilla, llevándose a rastras su viejo y desafinado piano y la lámpara antigua de cristales, esa que canturreaba con la música.
Ahora, años después y volviendo de nuevo a la estación, comprendía dolorosamente que todo en aquel hombre era una apariencia; tras su paz solo había vacío, una calma sin interés ni amor. Ni su suegra ni la cuñada la quisieron, la miraban por encima del hombro con desdén. De su trabajo en la guardería sólo sacaban burlas. El nacimiento de Mariluz no fue alegría para la familia, sino otra carga más.
Al final, cuando Rocío decidió marcharse con su hija y un par de bolsas con lo poco que tenían, nadie les detuvo, ni le preguntó dónde iría. Y aún recordaba con nítida tristeza el día en que Mariluz, apenas despierta, sonriente, estiraba sus manitas al padre y este la miraba con ojos opacos, sin calor. La abuela y la tía sentadas en la cocina, tomando té, ni giraron la cabeza al verlas marchar.
En ese tren, Rocío apretó fuerte los ojos para no volver a llorar bajo la atenta y solidaria mirada de ese hombre de enfrente, Tomás, que la conocía. Sí, la conocía, porque cada día, religiosamente, él iba a ver a la mujer sonriente que en los últimos tres años ella atendía…
El tren chirrió hasta detenerse en la última parada. Rocío, aún adormilada, levantó con mimo la cabeza de su hija:
Despierta, tesorito, que hemos llegado ya.
Tomás se quedó prendado de la dulzura y la pureza de su voz, cristalina, como de campanilla.
Deja, te ayudo con el equipaje, que pesa lo suyo, dijo, ya agachándose a por la mochila deslucida.
Es que tía Encarna me ha dado patatas para el invierno respondió Rocío con una timidez dulce, bajando la mirada.
De una manera natural, terminaron caminando los tres por la plataforma helada y desierta, cada uno cogido de una mano de Mariluz.
Dejé el coche por la mañana aquí, puedo acercaros a casa propuso Tomás, incómodo y temiendo sonar entrometido. ¿Adónde vais?
Al cementerio susurró ella casi sin voz.
¿Perdona?
Es que ahí vivimos, señor dijo Mariluz, abriendo de golpe unos ojillos legañosos y de pronto animándose. ¡Mira, mamá! ¡Es el señor que siempre va a ver a la tía de blanco! ¿Te acuerdas, mamá? Le lleva flores y caramelos dorados, esos que tú guardas para que no se pongan feos las flores ni se coman los gatos los caramelos, ¿verdad que sí, señor?
Anda, Mariluz, calla ya, no seas pesada y mira por dónde pisas Rocío, roja como un tomate, la cortó y bajó los ojos.
Tomás, de repente, hizo la conexión: por eso esa mujer le resultaba tan familiar. Él la veía casi a diario, entre tumbas, cuidando del cementerio con esa delicadeza silenciosa que mantenía siempre hermosa la tumba de Carmen. Claro, la notaba siempre tan ocupada: barriendo hojas, despejando caminos. Y Mariluz, jugando cerca. Toda la vida creyó que era mérito de otra señora, pero no, era Rocío
¡Madre mía, eras tú… tú todo este tiempo has sido tú! la voz de Tomás se quebró y abrazó a Mariluz, cubriéndole las mejillas de besos. Sois mi familia, de verdad Gracias, Dios mío Qué ciego he estado
No, por favor, no se ponga así musitó Rocío, asustada, tirándole del abrigo. Por favor, estamos en público
Ya en el coche, con el olor a gasolina y cuero viejo, Tomás reunió el valor para preguntar cómo había acabado en un lugar así.
Me fui del marido No había a dónde volver, en casa de mis padres ya vivían mi hermano mayor y su familia, sus hijos, él además bebe No quería líos, ni peleas Aquí justo buscaban a alguien para la portería. Y nos dieron un palacio, como quien dice contó Rocío con humildad. Al principio me daba terror, los cementerios nunca me gustaron, pero no tenía otra opción. Ahora es como nuestra casa.
¿Vivís ahí, en la caseta junto a la entrada principal? A veces creí oír sonidos de piano
¡No es piano! ¡Es nuestro teclado, señor! saltó Mariluz, medio dormida. Mamá toca y yo también sé un poquito. ¿Verdad, mamá?
Sí, sí, cariño. Anda, duerme ya, pajarito le susurró Rocío apretándola contra su pecho y la niña no tardó en quedarse frita.
Llegaron al pequeño caserón y Tomás llevó en brazos, con todo el mimo del mundo, a la niña hasta la cama de hierro. Hacía un frío húmedo y cortante en el cuarto. Tomás encendió la estufilla, sin permiso ni nada. Después, sentados en la cocina, tomaron té en tazas descabaladas y, casi sin darse cuenta, acabaron friendo las patatas de tía Encarna.
Hoy es Nochebuena, empiezan las Navidades según el calendario gregoriano dijo Rocío, medio sonriente, mirando el fuego de la chimenea.
Lo sé, y me siento afortunado de celebrarlo contigo y Mariluz. Hacía años que no sentía que tenía una fiesta real Pero, ¿te gustaría que mañana viniera de nuevo?
Pero si ya vienes todos los días, Tomás.
Voy todos los días, pero a ver a Carmen. Pero, ¿puedo venir, aquí, a verte a ti, y a Mariluz?
Le pareció que el silencio duró siglos antes de que ella respondiese. En esos segundos, Tomás supo que de esa respuesta dependía todo: si la vida volvería a tener sentido y calor o si seguiría vagando forastero entre las lápidas de la soledad.
Sí, Tomás. Puedes venir.
El Año Nuevo lo celebraron juntos, como una familia de verdad. Mariluz, subida a un taburete, decoró una pequeña rama de abeto de plástico con espumillón y bolas de colores. Luego la llevaron los tres a la tumba de Carmen, cuya foto enmarcada con el vestido blanco les sonreía serena, como si supiera que los vivos necesitamos siempre una sonrisa para seguir caminando.






