Padre de Corazón: Una Historia de Amor, Duelo y Nuevos Comienzos en una Familia Española

Querido diario,

Hoy ha sido uno de esos días en los que la vida parece que se detiene para cambiar de rumbo. Mamá me ha llamado a la cocina, con ese tono serio que usa cuando algo importante ronda su cabeza.

Hija, tenemos que hablar me ha dicho, con las manos sobre la mesa.

¿De qué, mamá? he contestado, levantando la vista de mi cuaderno.

Quiero que conozcas a alguien.

He puesto los ojos en blanco. No sé por qué, pero ya me temía por dónde iban los tiros.

No quiero conocer a nadie nuevo he refunfuñado.

Por favor, cariño, esto es muy significativo para mí.

Vale, pero no te prometo nada. Yo sigo queriendo mucho a papá.

Cariño, ya sabes que nadie ocupará su lugar. Te lo he dicho mil veces, papá está aquí y se ha tocado el pecho con ternura en nuestros corazones. También a mí me falta. Pero sabes, él habría querido que siguiéramos con nuestras vidas.

Me han escocido los ojos igual que cada vez que pienso en mi padre. Se fue demasiado pronto, yo apenas tenía diez años. Recuerdo cómo mamá pasaba días y días en el cementerio, adecentando la tumba, hablándole al mármol con lágrimas en los ojos. Después, mi abuela y la tía Carmen hablaron mucho con ella a puerta cerrada, y, poco a poco, fue volviendo a la rutina; la vida de los Herrero continuó de otra forma.

Hace meses ya noté que mamá estaba distinta. Iba con prisa al trabajo, algunas tardes llegaba más tarde, pero nunca me dejaba sola mucho tiempo. Por las noches siempre charlábamos antes de dormir, compartiendo secretos y novedades del día. Me sentía mayor: ¡ya trece años!

Mamá, ¿vas a traer a ese?

A Luis me ha corregido.

Eso, ¿Luis va a vivir con nosotras?

No, él propone que nos mudemos a su casa. Es grande y, según me cuenta, hay espacio para todas.

No quiero mudarme.

Vamos a ir paso a paso, ¿te parece?

Vale.

¿Y ese vale?

Que sí, mamá.

Que sí y ha sonreído.

***

Hoy ha sido el conocimiento. Al llegar a la casa de Luis, a las afueras del pueblo, casi tocando el monte, me ha saludado extendiendo la mano enorme y cálida, en la que la mía ha desaparecido.

Encantada, Lucía ha dicho él.

¿Y cómo le llamo, mamá?

Como prefieras, hija.

Bueno, eso de don Luis suena raro. Mejor sólo Luis, si a usted le parece.

Perfecto ha respondido él, desenfadado.

Después, mientras mamá preparaba la ensalada en la cocina, Luis me ha llevado al patio.

Lucía, ¿te gustan los perros?

He sonreído de oreja a oreja. Siempre quise uno, pero mamá decía que en un piso no era vida para un perro.

Mucho.

Entonces ven, que te presento a Trueno. Está cerrado hasta que se acostumbre, pero será tu amigo antes de lo que imaginas.

¿Por qué Trueno?

¡Mira qué cara de pillo tiene! Un pirata, le falta el parche, nada más.

Me he reído. El perro, en efecto, tenía una mirada traviesa, como de bandolero.

Te dejo aquí para que lo mires, voy a dar la vuelta al filete.

Al rato volvieron Luis y mamá. Ella estaba feliz, canturreando mientras cortaba tomates.

Amor, creo que a Lucía le he caído bien le dijo Luis, abrazándola.

Seguro. Y el perro ha hecho el resto le respondió mamá con cara de alivio.

Pasamos allí la noche. Me encantó la habitación: Luis la había decorado pensando en mí, hasta un ramo fresquísimo al lado del espejo.

Mamá, ¿lo ha preparado todo para nosotras?

Ha estado toda la semana pendiente de que no faltara nada.

No hacía falta, pero gracias.

Dime, hija, ¿te ha caído bien?

Mamá, lo que importa es que tú estés feliz. Pero sí, la verdad, me gusta la casa y Trueno más.

Ay, mira que eres blanda, ya le diste salchicha debajo de la mesa.

¡No se malacostumbrará!

Me arropó y me deseó buenas noches. Fue un día largo.

Por la mañana, bajé y no vi a Luis.

¿Dónde está?

Se ha ido al río a pescar.

Me habría gustado ir Recuerdo cuando papá también nos llevaba.

Yo también, hija.

***

Después de unos meses, mamá y yo nos instalamos en casa de Luis. Me hacía sentir arropada. Nos consentía con pequeños detalles, ayudaba en los deberes, y los domingos íbamos a pasear o al río. A veces volvía del instituto y veía a mamá llorar.

Mamá, ¿qué ocurre?

Nada, hija, sólo un mal momento.

Un día, Luis llegó corriendo, con la respiración agitada, preocupado.

Lucía, ¿qué ocurre? Carmen, ¿por qué lloras?

Mamá nos pidió sentarnos. Le entregó un papel a Luis, los dos estaban pálidos.

¿Un tumor? preguntó él con voz apenas audible. Mamá asintió, secándose las lágrimas.

No me lo podía creer.

Empezó entonces una dura etapa. Mamá se apagaba poco a poco. Estaba previsto que comenzara el tratamiento en septiembre, pero su cuerpo no aguantó más. La enterramos a los pocos días, y en la cocina, abuela y Luis hablaron del futuro.

Carmen, si Lucía quiere quedarse aquí, para mí será un honor. Tiene el colegio y sus amigas Cambiar de ciudad sería duro ahora.

Pregúntaselo a ella, Luis respondió mi abuela.

Yo no podría soportarlo si se va dijo él, sin disimular su dolor.

Yo escuchaba detrás de la puerta, y salí.

Abuela, me quedo aquí, con Luis.

Fueron meses largos y silenciosos. Luis volvía del trabajo, preparaba la cena, me ayudaba cuando podía, mientras yo me ocupaba de la casa.

Lucía, ¿por qué no sales con tus amigas?

Ya nadie me habla. Les parece raro que me haya quedado contigo, hasta se ríen. Sólo quería tener amigos Hasta mis mejores amigas me han dado la espalda.

Luis se esforzaba por animarme, salir a pasear conmigo o inventar recetas juntos. Cuando llegó la Nochevieja, cocinamos juntos, brindamos con refresco y reímos. Sentí, por primera vez en mucho tiempo, que estaba en casa.

Lucía, ven, mira esto me llamó Luis desde la puerta.

En el porche estaban acurrucados unos gatitos. Miré a Trueno.

¿No les hará nada, verdad?

¡Si adora a los gatos, hija! Tiene esa manía desde joven.

Así que empecé a cuidar también de los gatitos. Fueron un consuelo en casa.

***

Con el tiempo, aprobé la selectividad y entré en la universidad. Luis y la abuela me ayudaron en todo, siempre acompañándome. Me mudé a Madrid, pero los fines de semana intentaba regresar. En mi boda, vi a Luis emocionado, con lágrimas contenidas cuando el maestro de ceremonias anunció el baile de padre e hija.

¿Puedo bailar contigo, Luis? le pregunté.

Claro que sí, hija.

Bailamos y el mundo desapareció. Al oído, le dije:

¿Sabes una cosa? Para mí, tú eres mi padre.

Él, con los ojos cristalinos, murmuró:

¿De verdad?

De verdad.

Te quiero tanto, hija

Nunca le faltó el cariño ni el apoyo. Cuando nacieron mis niños, Luis venía siempre que podía, jugaba con ellos, inventaba juegos en el jardín, les llevaba de pesca. Los niños le adoraban. Hacía para ellos mapas del tesoro, escondía pistas y acababan todos juntos con un postre delicioso que yo preparaba especial para esos días.

Cuando Luis enfermó, no me separé de su lado. Le cogía la mano, le repetía que todo iría bien. Aunque ya había llegado a los cuarenta, para él yo seguía siendo la niña que bailaba en el jardín con Trueno y soñaba despierta.

Gracias, hija, por todo me dijo una noche.

¿Por qué gracias, papá? Si soy yo la que tiene que dar las gracias siempre.

Y me lo dices cada día.

Pues tendrás que seguir escuchándolo muchos años más le susurré, y él sonrió débil.

Aquella noche, Luis se fue. Todos se marcharon después del entierro, y yo me quedé sentada en su tumba entre las flores.

Gracias por no haberme dejado saber nunca lo que es un padrastro. Eres mi verdadero padre, mi todo. Ven a visitarme en sueños, papá. Ya te echo de menos.

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