¿Pero quién es ese? me sorprendí al entrar en la cocina de mi amiga Clara.
Bajo la luz amarilla de la lámpara, en un rincón junto a la alacena más diminuta, estaba acurrucado un hombre algo calvo, de unos cuarenta años. Y aquel hombre, tímido pero bastante diestro, picaba el perejil con el cuchillo grande de Clara.
Marta, este es Antonio. Antonio, ella es Marta murmuró Clara, visiblemente cortada. Toma el azúcar, vamos.
Me puso en las manos una lata adornada aún con restos de azúcar y casi me empujó al pasillo.
¡Encantada! alcancé a gritar, intentando captar con la mirada al nuevo de mi amiga.
Pero el tal Antonio no tenía nada especial. No veía el motivo de su rápido ascenso al reinado del delantal de Clara con rosquillas de colores.
Antonio, vuelvo enseguida gritó Clara hacia la cocina y cerró la puerta con rapidez.
Nada más salir, la agarré del brazo.
¡Cuenta!
¿Qué tengo que contar? intentó escaquearse, pero suspiró y se rindió. Anda, vamos.
Cruzamos el descansillo y entramos en mi piso, una modesta vivienda doble típica de Madrid.
En mi casa flotaban aromas de canela y perfumes de Dior. Todo, desde el puf blanco junto a la puerta, transmitía el cariño y el esmero con que la cuido.
No como la mía pensaba siempre Clara al entrar, recordando su pasillo con papel pintado a medio poner.
¡Cuenta de una vez! insistí, añadiendo azúcar al bol de crema y empuñando el batidor con mirada inquisitiva.
¿Y Rodri? intentó cambiar de tema Clara.
En una reunión. No llegará pronto. Venga, suelta.
Tampoco hay tanto resopló. Le vi en el mercado. Y lo recogí
¿Cómo que lo recogiste? fruncí el ceño.
Pues eso. Allí estaba, vendiendo perejil, en una gabardina. Buena pinta, pero tenía ese aire de abandono. Me acerqué: ¿A cómo el perejil?, le pregunto. Y va y me dice: ¿Le gustaría que se lo regalara? Yo: ¿Por qué?. Él: Me lo he propuesto; si se me acerca una mujer de ojos tristes, le regalo todo lo que tengo. Lléveselo, lo he cultivado yo.
¿Y tú?
Pues lo acepté. Me iba y le digo: ¿Por qué cree que tengo ojos tristes?, no los tengo. Y él me miró en silencio Y después cogió mis bolsas y se puso a caminar a mi lado.
¿Y tú? se me olvidó que tenía el batidor en la mano y me rasqué el flequillo con él.
Yo caminé, sin decir nada, pensando qué hacer. Pero me pareció un hombre perdido. Y pensé, ¿por qué no? Le conocí en la acera.
¡No puede ser! ¿Y metiste a un hombre en casa así, de la calle? ¿Al menos guardaste las cosas de valor?
¡Marta! se indignó, ¿qué tonterías dices? Es médico. Radiólogo.
¿Y le has visto los papeles?
¡Pero si tú misma me contaste! se entristeció Clara. ¿Te acuerdas de los aguacates?
¿Aguacates? me descolocó.
Pero recordé esa noche, nosotras en mi cocina
El aguacate estaba perfectamente laminado en un degradado de verdes. Las finas lonchas, con ese tono verde intenso cerca de la piel, iban volviéndose oliva y casi blanco junto al hueso.
Clara nunca supo elegir aguacates. Los tocaba, palpaba la piel rugosa, dudaba horas ante los expositores. Creía descubrir el aguacate perfecto por el tacto, pero casi siempre resultaban duros como patatas. Entonces los dejaba madurar en la encimera unos días, hasta que se volvían bastante aceptables.
Aquel día, sin embargo, el aguacate era perfecto. Lo había elegido yo, con mi suerte habitual. Clara pinchó un trocito con el tenedor y se lo llevó a la boca. Era tan suave, que solo hacía falta dejarlo derretirse, llenando la boca de frescura y matices de nuez.
Me dijiste que un buen aguacate no se conoce a simple vista ni al tacto, hay que sentirlo le recordé.
¿Y qué tiene que ver eso con los hombres?
Tú siempre acertabas con ellos y con los aguacates. No como yo Clara bajó la cabeza.
¿Y a este Antonio, le sentiste? me costó recordar el nombre, tan gris como él.
A su lado todo se volvió tranquilo. Aunque en el mercado había alboroto. Pensé, ¿por qué no, aunque sea tan corriente?
Ya bueno. Vete, no sea que te eche en falta.
Le di el bote de azúcar y la acompañé hasta la puerta, pegando la oreja tras ella. Oí la puerta del piso de al lado cerrarse. Silencio.
Bueno, ¿y si? me dije, volviendo a la cocina y hundiendo el batidor en la crema.
Mientras tanto, Clara entró en su recibidor y se encontró allí a Antonio, aún con su delantal de rosquillas, subido a un taburete y pegando un trozo de papel pintado a la pared.
Perdona, lo encontré buscando un tarro para el perejil. Y al lado estaba el pegamento. Pensé, ¿te importa? dijo inquieto, tambaleándose un poco.
Clara saltó con la agilidad de una gata y le abrazó las piernas desconocidas. Sintió bajo los vaqueros sus rodillas como quien palpa un aguacate para adivinar su punto y se sorprendió pensando son mías.
Antonio permaneció inmóvil, tal vez por miedo a soltar el papel aún húmedo o quizá por no espantar algo indeciso, pero importante.
Por fin, apartó las manos de la pared y le acarició con suavidad el pelo a Clara.
¿Te gustan los aguacates? ella preguntó, cerrando los ojos.
¡Muchísimo! contestó sincero, aunque jamás los había probado.
Y en ese instante, sintieron como el papel, aún tibio y húmedo, los envolvía en un silencio dulce. Puede que no fuera solo papel Quizá era la felicidad.
Hoy lo escribo y comprendo: a veces, la calma y lo común esconden la mejor de las sorpresas. A veces, la vida sorprende justo cuando, por fin, te dejas llevar.






