¿Nos das las llaves de tu casa de campo? Viviremos allí un tiempo. Así comenzó aquel extraño sueño que tuve una noche de Reyes.
Todo empezaba en Madrid, en la víspera de Año Nuevo, cuando a la madre de Javier le cayó encima una fiebre alta y, por solidaridad, él y su esposa, Marisol, renunciaron a los planes ajenos para quedarse a cuidar de la madre. Recibieron el año en silencio, entre croquetas y villancicos, mientras las luces de la ciudad titilaban por la ventana.
Sus amigos, Clara y Fernando, sintieron el golpe de la cancelación. Ellos se habían hecho ilusiones con pasar las fiestas en la casa de campo de Javier, en la Sierra de Guadarrama. Pero, ¿quién habría sospechado que doña Carmen enfermaría justo en esas fechas? Marisol, inquieta por la situación, discutía telegráficamente con Clara el dos de enero:
¡No hay quien aguante a mi suegra!exclamaba Clara por teléfono, desesperada. Se mudó a nuestro apartamento el día 31 porque en su piso se estropeó la calefacción y no se irá hasta que el administrador repare la caldera. ¡No lo soporto, Marisol! Voy a separarme de Fernando sólo por culpa de su madre.
Marisol suspiró.
Carmen es buena gente pero su humor se agría con la enfermedad… Me gustaría ayudarte, en serio.
¿De verdad? Pues puedes.
¿Cómo?
Dános las llaves de la casa de campo. Nos escapamos allí y que la suegra se quede sola, así se entretiene sin torturarnos.
Marisol dudó. Lo consultaría con Javier. Al fin y al cabo, aunque ambos consideraban la casita como algo compartido, el nombre en el registro era sólo el de él.
No sé, Clara. Tengo que hablarlo con mi marido.
Clara insistió que irían con cuidado, que Fernando había trabajado en calefacción muchos años, que sabían arreglar cualquier avería, que nada romperían. Finalmente, Marisol cedió y fue a hablarlo con Javier.
¿Seguro que es una buena idea?preguntó él, mientras preparaba una tortilla de patatas.
No lo sé, Javi. Son amigos de toda la vida, y al fin y al cabo íbamos a ir juntos en Nochevieja…
Al final, pensando que la felicidad conyugal de Clara y Fernando dependía de ellos, accedieron: sí, las llaves. Los problemas, que se los gestionasen solos.
Clara agradeció con efusividad dramática y prometió llamar cada día.
La travesía a la casa fue surrealista: pasaron tres horas conduciendo bajo una nevada pesada, el coche resbalaba entre imágenes borrosas de burros azulados y ovejas que les miraban con ojos humanos. La entrada estaba bloqueada por pura nieve de otra dimensión, tan blanca que dolía mirarla. Clara y Fernando llamaron desesperados.
¿Y ahora qué hacemos?gritaron a través del móvil que titilaba como un farolillo.
La voz de Marisol flotó en el aire:
Regresad. Nadie os limpiará la nieve hoy. Todos están de fiesta.
Pero Clara estaba encaprichada.
¡Ni hablar! Cerca hay un pueblo grande, decías que Javier conoce a un tractorista allí.
Marisol les mandó el número del Ayudo, el hombre del tractor. Llamaron, no respondió. Javier tuvo que llamar él mismo, insistente, y el tractorista prometió venir en una hora.
El tiempo allí se volvía gelatinoso; Clara llamó cada diez minutos, como si esperase que la nieve se deshiciera por el sonido de su voz. Por fin, el tractorista apareció, se transformó en cigüeña por un segundo y limpió el camino mágicamente. Pero para abrir la puerta hubo que excavar y Fernando se peleó con una pala que parecía hecha de espaguetis.
El frío persistía en el interior. La caldera rugía como si estuviera viva y tenía tubos por los que corrían ratones con gorros de Papá Noel. Fernando llamó a Javier para entender cómo funcionaba aquel aparato insólito; Javier suspiró, explicando durante dos horas el misterio de la calefacción.
Jamás he visto una caldera así. Será una reliquiadecía Fernando.
Da igual mientras funcionecontestaba Javier, sintiendo que la película aún no había acabado.
Y efectivamente, en ese sueño, la historia continuaba: Clara llamaba por cada nimiedad, desde la sartén extraviada hasta el frío sobrenatural del salón. Por la noche, Javier y Marisol apagaron los teléfonos, en una rebelión dulce de almohadas voladoras.
Al día siguiente, los mensajes se multiplicaban como setas improvisadas. Clara, entre murmullos, contó un drama nuevo:
¡Casi nos quemamos en la sauna! Olía a fuego por todas partes.
Pero si la sauna nunca la usamos en invierno… respondió Marisol, desconcertada. Todo era posible en esa casa onírica. ¿Cómo sabíais usarla?
Tuvimos que adivinar dónde estaba la tapa del tubo de humos. Menos mal que Fernando es listo.
Perdona, nunca pensé que fuerais directos a la sauna…balbuceó Marisol.
Estamos de invitados, ¿no? Usamos todo. ¿Y la barbacoa? No la encontramos.
Se rompió el verano pasado.
Clara se indignó:
¡No avisasteis! ¿Dónde vamos a cocinar la carne entonces?
No sé, buscad en el pueblo algún sitio. Pero por favor, no queméis la casa.
Después del corte súbito, Javier se acercó.
¿Problemas otra vez?
Sí.
Le explicó todo. Javier, realista, zanjó:
La sauna Fernando la conoce, no puede quejarse. La barbacoa… que fueran al supermercado si querían hacer una paella gigante. Que busquen lo que quieran, nosotros no somos hotel. Si necesitan algo, que lo compren y lo usen.
Así lo transmitió Marisol a Clara, quien pareció captar el mensaje y que, sorprendentemente, dejó de llamar.
Pasaron unos días suspendidos en el tiempo. Doña Carmen recuperó fuerzas. Javier decidió ir a recoger las llaves, y de paso inspeccionar la casa y la sauna a la que, según él, podía haberle crecido una barba de moho.
Marisol avisó a los amigos y confiaba en que todo fuera pacífico.
Pero Javier regresó con el ceño fruncido y un ¿por qué? en la lengua.
Al día siguiente, Clara llamó a Marisol y le pidió que pasara por su casa vecina.
¿Te quitaste a la suegra?preguntó Marisol, en su túnica de lunares.
Por suerte sí. Todo arreglado. Pero ven, que te tengo que dar algo.
En la cocina de Clara, los objetos bailaban solos y sobre la mesa había una lista escrita con tinta azul:
Aquí tienes. Todo lo que hemos gastado en la casa de campo.
Marisol revisó la lista: el pago al tractorista, una pala eléctrica, barbacoa, carbón, rejilla para grill, tres bombillas nuevas y varios aceites esenciales para la sauna. Todos rodeados por pequeñas imágenes de margaritas.
¿Y esto?
Son las cosas que compramos allí y que os dejamos para que las uséis. Nos parece justo repartir los gastos.
Marisol la miró incrédula, la realidad se retorcía.
¿Lo dices en serio?
Sí. Si hubiese habido barbacoa, no la habríamos comprado. Si hubiese habido pala buena, tampoco. ¡Y la carretera!, si la hubieran limpiado antes, no habríamos consumido tanta gasolina esperando. Y en la sauna, ¡ni una botella de champú!
Clararespondió Marisol, esto no es un hotel; la pala y la barbacoa las comprasteis vosotros, no las necesitamos, llevároslas. Los aceites, el carbón y la rejilla igual. Por limpiar la carretera, tampoco. Vuestra decisión, vuestro gasto. Pero por las bombillas sí que os puedo pagar.
Así que Marisol, con la cabeza en otro planeta, pasó trescientos ochenta euros a Clara por la transferencia bancaria y se marchó sin mirar atrás. No volvió a contestar llamadas ni mensajes de aquellos amigos surrealistas. Más tarde, Javier y ella fueron a la casa, recogieron las cosas de Clara y Fernando y las enviaron en una caja con etiquetas multicolores por medio de un mensajero vestido de bufón.
Doña Carmen ya estaba casi bien, los fines de semana en la sierra volvieron a ser sólo para Marisol y Javier. Clara y Fernando, en cambio, perdieron la llave y el privilegio, y la amistad se desvaneció como el humo de la sauna en las noches madrileñas. Todo quedó cubierto por una manta de desconcierto y rareza.
Lo hicimos por ellos, queríamos ayudar… ¿y qué recibimos? ¡Ingratos!decía Clara, marcando de nuevo el teléfono de Marisol, mientras la pala eléctrica se reía bajito desde la caja, sabiendo que el ticket seguiría perdido en la casa de los sueños.







