Me tienes celosa hasta de los pacientes, enfermeras, médicos… ¡incluso de cada farola del barrio! Esto ya pasa de castaño oscuro… Y la verdad, estoy agotado, de verdad

Tú me celabas hasta de los pacientes, de las enfermeras, de los médicos. Incluso de cualquier farola de la calle. Aquello había pasado todos los límites Y De verdad, estaba muy cansado.
¿Miguel, qué es esto? preguntó Clara con gesto severo, sosteniendo en la mano una camisa. ¿Qué es esa mancha rosada? ¿Pintalabios? ¿Quién ha sido? Así que por eso te retrasaste en el hospital
¿Pero qué dices, Clara? respondió Miguel, agotado mientras sacaba sus cosas del trabajo. Acabo de salir de guardia. ¿Pintalabios? En nuestro turno solo está la enfermera Doña Natividad, y, en fin Estoy agotado.
Clara apretó los labios, arrugó la camisa y se fue al baño. Miguel soltó un suspiro largo y resignado.
Habían pasado ya más de seis meses desde que Clara y Miguel empezaron a verse. Todo parecía funcionar a la perfección entre ellos, salvo por un detalle: la desmedida celosía de Clara. Ella encontraba motivos para desconfiar hasta donde no los había.
Mira se lamentaba Clara. Él seguro que me engaña. Mira esto.
Le entregó la camisa a su hermana Inés, cruzándose de brazos, visiblemente dolida.
Inés olisqueó la mancha y luego soltó una carcajada.
¿Te parece gracioso? se indignó Clara.
Es mermelada de frutas dijo Inés riendo.
Clara le quitó la camisa, la olió y quedó entre desconcertada y sorprendida.
Tienes que calmarte ya, Clara. No comprendo de dónde sacas tantas sospechas le dijo Inés mientras se sentaban la una frente a la otra.
Clara suspiró.
Yo no empecé con Miguel así como así Me metí en su vida cuando aún estaba con la otra, ¿lo entiendes? Me eligió a mí pero ahora pienso que se puede ir de la misma manera que vino. Que sí, que puede dejarme. Y no lo soporto.
Nada de eso justifica lo que haces. Tienes que aprender a confiar.
Confío, de verdad, pero no puedo evitar preocuparme. Tengo miedo de perderle.
Inés negó con la cabeza, impotente.
¿Dónde estabas? preguntó después Clara, recibiéndolo de madrugada, cruzada de brazos. Es la una, Miguel.
Miguel suspiró, cansado.
Clara, me diste permiso para salir con los amigos. Vimos un poco el fútbol, charlamos y ya. ¿Cuál es el problema?
Damián hace rato está en casa, he llamado a Elisa. ¿Dónde has estado las últimas dos horas?
Damián se marchó antes, tenía que cuidar de su mujer. Yo me quedé con Sergio un rato más. Por favor, Clara, tranquilízate, me voy a dormir.
Miguel fue al dormitorio y se tumbó, intentando olvidar todo aquello, buscar el sosiego de cuando empezaron y todo fluía con naturalidad. Pero Clara volvía a romper la armonía. Como de costumbre.
Un día, saliendo de la tienda, Clara caminaba distraída mirando su teléfono. De pronto, al levantar la vista, vio al otro lado de la calle a Miguel abrazando a una joven rubia, que reía y se agarraba de su cuello. De inmediato, a Clara se le nubló la vista de la ira; dejó caer la bolsa de la compra y corrió hacia ellos. Agarró a la joven por el brazo y tiró de ella aparte.
¡Lo sabía! gritó Clara. ¡Sabía que me engañabas! ¡Eres un sinvergüenza! ¡Todo este tiempo me has mentido! No, no me equivoqué, ¡eres un traidor!
Miguel la miraba serio, con gestos de rabia e impotencia. De reojo lanzó una mirada de disculpa a la joven, que se había quedado boquiabierta.
Clara
Ni se te ocurra hablarme. Sé perfectamente lo que vas a decir. No quiero tus excusas absurdas.
Es mi prima, Clara. Prima segunda, hija de tía Inés. Tú la conoces. Se llama Valeria y hemos crecido juntos. Será mejor que volvamos a casa, ahí hablamos tranquilamente.
Clara, derrotada, pidió disculpas a la joven y se marchó.
Miguel regresó a casa tarde esa noche. No miró a Clara. Sus labios formaban una línea tensa y sus ojos la esquivaban.
Miguel
Estoy harto confesó él. No entiendo la raíz de tus celos. Día tras día, desde que empezamos, vivo bajo sospecha. Me celas hasta del aire que respiro, de mis pacientes, de las enfermeras, de los médicos de todas partes. Esto sobrepasa cualquier límite, y estoy muy cansado.
¡Miguel! sollozó Clara. No me dejes, te lo ruego. Te quiero con toda mi alma Perdóname, no sé qué me pasa, pero lo intentaré. De verdad. Esto no volverá a ocurrir.
Clara casi de rodillas le pidió que se quedara, sujetándolo con fuerza, mirándole a los ojos. Miguel se apiadó de ella. Él la amaba de verdad y había sido capaz de romper una relación de más de cinco años por estar con Clara. Nunca creyó que sería capaz de algo semejante, pero Clara conquistó su alma. Ahora, sin embargo, las dudas lo devoraban por dentro.
Te quiero susurró él apretándole la mano, pero esto no es normal. No puedo seguir así
No volveré a hacerlo, lo juro lloriqueó Clara. Solo quédate conmigo. No sabría vivir sin ti.
Miguel suspiró y la abrazó. No pudo irse, ni siquiera después de todo aquello.
Durante algunos meses todo pareció mejorar. La relación fue armoniosa, Clara ya no mostraba sus celos y Miguel disfrutaba de su compañía, sin buscar pretextos para irse temprano ni perderse en el trabajo.
Pero llegó el otoño y, con él, la temporada de gripes. Aumentaron los pacientes y Miguel no daba abasto. Estaba agotado, solo cenaba y caía rendido en la cama cada noche.
Los recelos de Clara regresaron. Al principio trató de confiar, evitando preguntar por qué olía a perfume femenino la ropa; después de todo, en el hospital predominaban las mujeres de mediana edad, pensaba que no había de qué preocuparse. Pero cada día que pasaba crecía la desconfianza. Empezó a vigilarlo, a revisar sus camisas, a buscar pistas.
Una tarde Miguel llegó directamente a la ducha y salió enseguida, pues solo quería acostarse. Pero al abrir la puerta del dormitorio descubrió a Clara revisando su móvil con rapidez.
Clara ¿Qué haces?
Ella, sobresaltada, tiró el teléfono al colchón.
Nada, solo quería hacer una llamada.
Miguel señaló el suyo, de funda rosa, sobre la mesilla.
¿Y por qué no usas el tuyo?
Se ha quedado sin batería.
Justo entonces el móvil de Clara vibró por un mensaje entrante.
Vaya, ¿de verdad sin batería? Así que encima me mientes dijo Miguel sin poder contenerse. ¿Hay algo más que deba saber de ti?
Perdona musitó ella cabizbaja.
¿Y qué? ¿Has encontrado algo, inspectora? replicó Miguel, ya sin paciencia.
Clara negó.
Miguel guardó silencio y se puso a meter sus cosas en una bolsa. Ella saltó de la cama y le cogió el brazo.
Por favor, no. Te juro que no volverá a pasar. Te confío, Miguel, de verdad
No, Clara, ya lo perdoné una vez. No voy a repetir esta historia. Basta. Yo solo quiero vivir en paz, confiar y que confíen en mí. Esto no es vida
En media hora Miguel había recogido sus cosas, mientras Clara lloraba sentada en la cama, abrazando sus rodillas.
Te quiero pero no puedo seguir así. Tú tampoco vas a cambiar.
Miguel dejó el piso de alquiler y se fue a casa de sus padres. Estaba verdaderamente agotado.
La desconfianza acaba destruyendo cualquier relación, por fuertes que sean los lazos. Al final, uno siempre acaba juzgando por sí mismo. Quizá Clara temía que Miguel la dañara, como ya había hecho con su anterior pareja. Pero ella lo eligió. Ella optó por un hombre así. Y sin confianza no puede haber amor, ni amistad, ni ningún otro lazo verdadero. Ese fue su mayor error.
Si alguna vez sentís algo semejante, recordad lo importante que es saber confiar.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

9 − seven =

Me tienes celosa hasta de los pacientes, enfermeras, médicos… ¡incluso de cada farola del barrio! Esto ya pasa de castaño oscuro… Y la verdad, estoy agotado, de verdad
Bueno, ¿ya habéis llegado, señores? —la voz de la madre rompió el silencio de la calurosa siesta en cuanto el todoterreno de su hijo apareció junto a la verja.