Tu esposa se ha desmadrado del todo. Explícale cómo debe comportarse sentenció la madre de Alejandro, con ese tono de siempre como de oráculo de sobremesa.
Lucía, cariño, que mañana tengo la inauguración de mi piso nuevo. He invitado a tanta gente y ya sabes, aún no está nada listo en casa. ¿Vendrás a ayudarme, verdad?
Por supuesto, doña Mercedesrespondió Lucía, aunque había pensado pasar ese fin de semana de otra manera.
Y comenzó la espiral. Canapés para treinta almas. Ensalada de atún y huevo. Tabla de jamón y queso. Una bandeja de frutas dispuestas como en los cuadros de bodegón. Decoración del salón. Colocación de los muebles.
Imagina: el viernes por la noche en vez de cena romántica con tu marido, terminas en el Mercadona. El sábado, antes de que el sol se despierte, tú ya cocinas en una casa que ni siquiera es la tuya.
Alejandro, ¿me echas una mano con las sillas? suplicó Lucía.
Si tú lo haces mejor, amor respondió él sin levantar la vista del móvil.
A las tres, el piso de la suegra había cambiado. En el salón relucía una mesa repleta de manjares, todo decorado con buen gusto, las flores iban como piezas de ajedrez. Lucía miraba el resultado y solo sentía el cuerpo triturado.
Los primeros invitados aterrizaron a las cuatro en punto. Amigos de Mercedes, vecinos de toda la vida, amigas de misa. Todos abrazaban a la anfitriona, admiraban el piso, ofrecían paquetes envueltos con lazos y deseos.
Lucía cortaba limones en la cocina.
¿Y tu nuera? preguntó alguien.
Así, en la cocina trajinando Mercedes la señaló como quien indica dónde está la escoba. ¡Lucía, sal a saludar!
Lucía salió. Sonrió. Saludó.
¡Qué nuera tan atenta tienes! exclamó una señora con traje beis y movió el abanico. ¡Se le nota lo hacendosa!
Claro, yo la he educado bien contestó Mercedes, echando la cabeza atrás en risa engolada. Ahora tengo el apoyo que merezco.
Y lo extraño fue que no había silla para Lucía.
Ay, hija, ni te preocupes por sentarte le dijo Mercedes entre disculpa y mandato. Mejor vas vigilando los aperitivos y trayendo lo que falte.
Lucía asintió. No tenía otra opción.
Se movía por los rincones como camarera invisible, repartía aceitunas, rellenaba copas de cava, recogía servilletas usadas. Los demás conversaban en voz alta, brindaban, reían.
¿Recuerdas, Merche, cuando trabajábamos juntas en el ayuntamiento? empezó una de sus amigas.
Lucía escuchaba las historias ajenas. Aquella vida en la que ella ni siquiera era invitada, solo decorado.
Lucía, ¿puedes refrescar la fruta? gritó Mercedes desde la mesa.
Lucía fue a la cocina. Lavó uvas con cuidado. Las dispuso en círculos sobre un plato de cerámica.
¡Qué maravilla! aclamaban las visitantes. Doña Mercedes, qué joya tienes por nuera.
Alejandro ha sido listo eligiendo a una muchacha tan apañada opinó la señora del traje, moviendo su abanico. Seguro que siempre tiene cena hecha y la casa reluciente.
Todos reían. Alejandro sonreía con aire satisfecho.
¿De qué se sentía satisfecho? ¿De tener criada sin sueldo?
Y aún faltaba lo más surrealista.
La conversación se deslenguó, los invitados estaban ya en modo sobremesa, las voces subían en millares.
Merche, ¿y aquel tiempo cuando Alejandro volvía locas a todas las chicas en la universidad? cacareó una amiga de la anfitriona.
Bah, ni recordar quiero pero Mercedes saboreaba ser el centro del mundo. Todo el curso enamorado de él. ¡Veinte años y ya era galán!
Risas. Alejandro se sonrojaba, pero el bochorno era un teatro. Estaba acostumbrado.
Lucía frotaba las copas en solitario. Nadie reparaba en ella. Ni persona, ni presencia. Solo parte del mobiliario útil.
En la facultad, las chicas hacían colacontinuaba MercedesEl decano decía que Alejandro sería donjuán. ¡Y así fue! Antes de Lucía, ¡cuántas historias tuvo!
Ya basta, mamá murmuró Alejandro.
¿Por qué? Lucía sabe que no fue la única soltó Mercedes. Los hombres deben conocer la vida, si no, ¿cómo van a formar familia?
La señora del traje aprobó:
Así es, Mercedes. Para la mujer, mejor cuando el marido es curtido.
¡Por supuesto! Mercedes remató. Y Lucía es tranquila. Nada celosa.
Todos miraron a Lucía, esperando la confirmación. Ella asintió. No había alternativa.
Lucía, ¿cómo conocisteis tú y Alejandro? preguntó una vecina.
Lucía abrió la boca, pero Mercedes saltó antes:
En el banco. Él ya era gestor, y ella entró como consultora. Se veía que era una chica seria, responsable.
Responsable. Como quien recomienda para un trabajo.
Se lo dije a Alejandro: fíjate en esa chica. No es como las de ahora, sino de casa, para formar familia.
Imagina: hablan de ti como si fueras lote en el mercado. “Para familia apta”.
¡Y no se equivocó! exclamó la señora del traje. ¡Menuda mano tiene! Ha hecho posible esta fiesta.
Ya lo creo Mercedes se creció. Supe enseguida que se le podía confiar la familia. No como las egocéntricas actuales, que solo piensan en ellas.
Lo peor era el silencio de Alejandro. Ni una defensa. Ni un “mamá, basta”. Solo el murmullo complaciente de quien no sabe o no quiere saber.
¿Para cuándo los niños? surgió la pregunta inevitable. Mercedes, ¿no sueñas con nietos ya?
Mercedes suspiró, dramática:
Mucho sueño, pero los jóvenes de ahora solo aplazan. Que si trabajo, que si no sé qué. ¡El tiempo pasa!
Lucía sintió el calor vivo en las mejillas. Aquello dolía. Llevaban dos años intentando tener hijos. Ella a escondidas iba al médico, tomaba vitaminas. Todo en orden, pero cada mes era igual: decepción sin remedio.
Bueno, eso es cosa de ellos matizó la vecina.
¡Claro! concedió Mercedes. Pero yo se lo insinúo: ¡es hora ya! Que el cuerpo lo pide, y yo quiero achuchar nietecitos.
Lucía apretó los labios. “Insinuar” era suave: cada semana la suegra preguntaba, “¿Hay buenas noticias?”. Y siempre Lucía se ponía roja y balbuceaba excusas.
Quizá aún no están preparados sugirió una invitada.
¿Preparados de qué? Mercedes se encogió de hombros. A su edad ya tenía dos hijos. ¡No valen excusas! El instinto maternal no perdona.
Lucía se apartó hacia la ventana.
¡Lucía! llamó Mercedes. ¿Por qué esa carita? Ven, que hablamos de asuntos importantes.
Lucía se acercó y se quedó junto a la butaca de Alejandro.
Mirad qué esposa tan sumisa tiene Alejandro Mercedes seguía en su papel Le mandas, lo hace. No como las modernas, que solo exigen.
¿Qué derechos tiene una esposa? pronunció la señora del traje, en tono filosófico. Lo fundamental es la felicidad del marido y que la familia florezca.
¡Exactamente! apoyó otra invitada. La felicidad femenina está en el hogar y los hijos.
Lucía escuchaba y sentía el nudo apretarse dentro de ella. Las palabras caían sobre ella sin ser para ella.
Merche, ¿verdad que la primera novia de Alejandro fue Mariana? preguntó alguien.
Nada me digas, Mercedes reía. Era guapa, pero difícil. Mandona y respondona. Menos mal que lo dejó.
¿Por qué fue? preguntaron curiosos.
Mercedes miró a todos con solemnidad:
Tenía el temperamento torcido. Siempre quería tener la última palabra. Yo le advertí a Alejandro: esa chica te hará la vida imposible. Mejor busca otra.
Alejandro se removió, pero no dijo nada.
Hiciste bien dijo la señora del traje. Las madres ven mejor qué mujer conviene a sus hijos.
Lucía, tráenos más hielo pidió Mercedes.
Lucía se fue a la cocina, abrió el congelador, sacó el cubo de hielo. Miró los cubitos mientras caían en el cuenco.
De pronto entendió: estaba fuera del festejo. No era invitada, era asistente de sala.
Lucía se quedó quieta con el cubo de hielo, mirando por la ventana. A lo lejos brillaban las luces de los balcones vecinos, donde otros vivían su propia vida.
Del salón llegaban las risas, la música chillona de karaoke. Alguien cantaba mal y todos festejaban.
¡Lucía! vociferó Mercedes. ¿Dónde está el hielo? ¿No pones café?
Lucía encendió la cafetera. Cogió su cubo. Volvió a la sala.
¡Aquí viene la obrera! gritó la señora del traje, entre carcajadas. Lucía, ¿por qué tan seria? ¡Anímate!
Está agotada comentó Mercedes. Todo el día trabajando. Pero las mujeres debemos ser fuertes. Es nuestro destino cuidar de la familia.
Sin duda apoyó la vecina. Que el hombre se encargue de ganar dinero.
¿Es que yo no gano dinero? Lucía susurró.
Silencio. Miraron.
¿Qué dices, hija? preguntó Mercedes confundida.
Que si yo no trabajo Lucía repitió, firme.
Alejandro frunció el ceño:
Lucía, ¿a qué viene esto?
La señora Inés decía que el hombre gana dinero y descansa. ¿Y yo no trabajo?
Las invitadas se miraron de reojo. Nadie esperaba ese giro.
Trabajas, claro dijo la señora del traje pero son cosas diferentes.
¿Diferentes cómo?
Verás dudó Tú eres consultora, Alejandro es gestor de proyectos. Tiene más responsabilidades.
O sea, mi trabajo no es trabajo. Y las tareas de casa también son mías. Así que yo trabajo tanto afuera como dentro, y Alejandro solo fuera. Pero el que descansa es él.
La sala se llenó de incomodidad.
Lucía, por favor protestó Alejandro ¿por qué ahora eso?
Porque llevo dos días preparando esto. Comprando, cocinando, decorando. Hoy no he parado ni un minuto. Y ni silla tengo.
Fue sin querer balbuceó Mercedes. No lo pensamos.
No pensaron. Porque aquí soy la sirvienta.
¡Lucía! Alejandro alzó la voz. ¡Basta!
¿Basta de qué? ¿De decir la verdad?
Lucía, cálmate intentó otra invitada.
¡Ya basta de líos! cortó Mercedes. Ya vale de escenitas ante extraños.
¿Pero ante extraños se puede hablar de mi vida privada? ¿Decir que no tengo hijos, contar las exnovias de Alejandro?
Mercedes palideció.
No era mi intención
Han hablado de Mariana. De lo bien que fue que ella tenía carácter. Y todas han aplaudido. “Bien, que ahora Alejandro tiene esposa dócil”.
Lucía miró uno por uno a los presentes.
¿Sabéis qué? Mariana tenía razón. No debía dejarme convertir en criada.
¿De qué hablas? Alejandro se incorporó ¿Criada?
¿Sabéis qué soñé hoy? Soñé que me presentaban así: “Esta es mi esposa. Es consultora en el banco, lista y creativa”. Pero lo que escuché fue: “Qué hacendosa, qué sumisa, ideal para el hogar”.
Lucía, mujer
¿Qué yo? ¡Tú siempre callas! Cuando tu madre dice que soy cómoda, callas. Cuando tu tía pontifica, callas. Cuando todos analizan mi vida, callas.
La voz se le quebró. Por fin llegaron las lágrimas que tanto había contenido.
Ya basta de ser cómoda.
Lucía se secó las lágrimas.
Perdonad por estropear la fiesta. Pero no puedo seguir siendo la nuera perfecta.
Se encaminó hacia la puerta.
Lucía, espera gritó Alejandro ¿Adónde vas?
Al balcón, a respirar. Seguid vosotros la fiesta, pero ya sin personal de servicio.
Cerró tras ella la puerta del balcón. Dejó atrás el rumor y la música. Allí, bajo el cielo de Madrid, Lucía se permitió ser ella.
Y pudo llorar.
Lucía estuvo sentada en el balcón más de una hora. Primero lloró de rabia, de vergüenza, de desahogo. Luego secó las mejillas y se perdió en las luces de la ciudad.
Las voces de la casa se apagaron. Solo dos, Alejandro y Mercedes.
No entiendo qué le ha dado Mercedes se quejaba Montar semejante escena.
Mamá, igual no ha estado tan equivocada Alejandro murmuró.
¿En qué no está equivocada? ¿En montar un numerito y boicotear la fiesta?
Lucía escuchó.
Todo el día trabajando
Y qué. Yo también trabajé de joven y nunca me quejé. La familia requiere esfuerzo, Alejandro. Una mujer debe saber dónde está su sitio.
Lucía sonrió, amarga. Ni ahora su suegra comprendía.
Pero aún así
Nada de pero. Habla con ella en serio. Enséñale cómo comportarse. Que se le fue la cabeza.
Lucía abrió la puerta y entró. Alejandro y Mercedes entre platos sucios y silencio.
Una conversación seria es lo que hace falta dijo Lucía, tranquila.
Saltaron de la sorpresa.
Lucía, hija, no te enfades, no es con mala intención.
Lo sé Lucía asintió Sólo que no están acostumbrados a oírme.
Lucía, lo hablamos luego, en casa rogó Alejandro.
No. Si empezó aquí, aquí termina.
Lucía se sentó en el sillón del que se había apartado la última invitada.
Alejandro, mañana me voy a casa de mis padres. Una semana. Necesito pensar.
¿Pensar qué? se alarmó Alejandro.
Si quiero vivir donde no se me valora.
Lucía, no seas dramática.
No es drama. Es una decisión. O la relación cambia, o cambio yo de vida.
Mercedes resopló:
Los jóvenes de hoy, siempre con ultimátums.
Alejandro, si te importa nuestro matrimonio reflexionó Lucía piensa. Pero no en cómo “ponerme en mi sitio”, sino por qué tu mujer llora en el balcón, mientras tu madre recibe regalos.
Una semana después Alejandro apareció en casa de sus suegros. Movía nervioso su anillo frente a una taza de café.
Lucía, vuelve, por favor. Todo será distinto.
Lucía lo miró largo.
Está bien. Probemos.
Lucía nunca volvió a llorar en otra celebración familiar.
Porque aprendió a reclamar su derecho al respeto.







