Un regalo de un desconocido El mensaje apareció en el chat general flotando por encima de hojas de cálculo y correos urgentes, como un adorno navideño perdido entre papeles de la oficina: «Compañeros, ¡arrancamos el Amigo Invisible! Intercambio anónimo de regalos en la comida de empresa. Presupuesto hasta 20 euros. Enlace al formulario abajo». Arturo leyó el texto y miró el reloj en la esquina de la pantalla. Quedaban diez días laborables para el fin de año, dos semanas para cerrar el trimestre, tres para la siguiente cuota de la hipoteca. Su cabeza hacía tiempo que pensaba por tramos. Ya llovían reacciones en el chat: un gif de renos, un “¿Otra vez?”, alguien preguntando por el presupuesto. La responsable de RRHH, Marta, aclaró: «Participar no es obligatorio, pero sí muy recomendable. ¡Hay que crear ambiente navideño!». Arturo apuró el café frío y pinchó el enlace. El formulario pedía nombre, departamento, y consentimiento para tratar datos. Abajo parpadeaba el botón: “Participar”. Pensó un segundo en otra vela inútil o taza ocupando sitio en su mesa. Luego imaginó su nombre sin regalo en la lista de participantes. Pulsó. —¿Te has apuntado tú también a la lotería? —preguntó Sergio, del equipo de al lado, asomando la cabeza a su cubículo—. Espero que me toque alguien con buen humor. Ya tengo el regalo: un libro sobre gestión del tiempo para el jefe. —Pero es anónimo —le recordó Arturo. —Más interesante todavía. Imagínate su cara al abrirlo… —Sergio puso cara larga y se echó a reír. Arturo sonrió por cortesía y volvió al informe. Los números se convertían en una masa gris. Al fondo, unos colegas discutían si comprar bombones caros para los clientes o ahorrar. En la pausa de la mañana habían hablado de la extra: si la recortarían, si darían “lotes” otra vez. Todo funcionaba como telón navideño de fondo: árbol de plástico en el hall, bolas, postales impersonales de “Estimada empresa, le deseamos…”. Este año Arturo tenía dos objetivos. El primero, llegar al bonus por cumplir el plan. El segundo, no perder la paciencia con su hijo por las notas. Ambos le parecían igual de duros. Por la tarde llegó un mail: “Tu ahijado de Amigo Invisible”. Lo abrió en el metro, rodeado de abrigos y mochilas. «Hola Arturo, tu ahijado: Arturo Sánchez, departamento de Análisis». Leyó la línea. Y otra vez. El metro se sacudió, alguien le rozó el hombro. En el chat ya salían capturas: «¿Esto es un bug?» «A mí también me tocó yo mismo» «Vaya nivel de autoconocimiento» Marta respondió enseguida: «Compañeros, sí, el sistema se ha equivocado. Ya no da tiempo a cambiarlo, los de informática dicen que depende del ID. Propongo que lo tomemos como experimento. Los regalos se traen igual y hacemos como que no pasa nada. Eso sí, hay que mantener el misterio y la ilusión». «¿Ilusión si sabes que eres tú?» escribió alguien. «Imagínate que es un desconocido que te conoce muy bien», contestó Marta con un emoji de árbol. Arturo cerró el chat y guardó el móvil. En el vagón alguien pontificaba por altavoz sobre “cerrar el año”. Miró su reflejo en el cristal negro. Cuarenta y uno. Aún con pelo, pero ya clareando en las sienes. Cara cansada, pero no vieja. Traje de Zara, el reloj a plazos, el móvil que compró “igual que el jefe”. Un regalo para uno mismo, disfrazado de desconocido, pensó. ¿Qué me regalaría ese desconocido? No tenía respuesta. Al día siguiente, en el rincón del café, sólo se hablaba de eso. —Yo creo que hay que cancelarlo —decía Pablo, el abogado, sacudiendo el cigarro—. Esto va contra el concepto. El Amigo Invisible no puede ser tan poco invisible. —A mí me mola —replicó Ana de Marketing—. Así al menos me compro algo decente. No otro pañuelo con renos. —Si ya te compras todo tú —le dijeron. —No todo. Hay cosas para las que da pena gastarse el dinero —Ana sonrió—. Por eso es divertido. Arturo escuchaba en silencio, pensando en auriculares, batería externa, ratón nuevo. Todo podría comprárselo, sin ayuda de Santa Claus, de camino a casa. Pero no sonaba a regalo, sino a accesorio más para la oficina. —¿Y tú qué te vas a regalar? —le preguntó Sergio camino del ascensor. —Ni idea. —¡Venga ya! Yo me pillaría una Play, pero el presupuesto no da. Bueno, me compraré un pack de cervezas y pondré “de parte de Santa”. ¿Y yo? —se preguntaba Arturo al regresar a su mesa—. ¿Qué querría si realmente alguien me viera? No como empleado, no como pagador de hipoteca, no como padre al que dicen que dedica poco tiempo… ¿y como qué? ¿Como persona? Se dio cuenta de que no sabía ponerle nombre. Por la tarde fue al centro comercial. Todo brillaba, música, ofertas de “regalos ideales”, “packs para él”, “para triunfadores”. En cada póster, hombres con abrigo caro y gesto seguro. Ninguno tenía ojeras ni préstamos. Entró en una tienda de electrónica. Auriculares inalámbricos, “éxito de ventas”. El dependiente explicaba diferencias a un chico con plumas. Auriculares. Práctico. Música, podcasts. Parece que te cuidas, pensó. Cogió una caja, la giró. El precio cabía en el presupuesto, si no elegía la top. Pero esto me lo estoy comprando yo. ¿Qué sentido tiene? Todo el rato me compro cosas que se supone que debe tener un hombre de mi edad. Móvil, reloj, botas decentes, abrigo que no sea del outlet. ¿Es eso un regalo? Dejó la caja y salió. En la librería hacía calor. En la entrada, pilas de libros motivacionales: “Sé tu mejor versión”, “Cómo llegar a todo”, “Felicidad por objetivos”. Cogió uno por inercia, leyó sobre la “zona de confort” y “productividad” y se sintió más cansado. Al fondo, estantería de novela. Pasó el dedo por los lomos, topándose con autores conocidos. Leía mucho en la uni, se tragaba un libro por noche. Luego vino el trabajo, la hipoteca, el niño, y leer pasó a la lista de “debería”. ¿Quizá un libro? Pero, ¿cuál? ¿Y para qué si no saco tiempo para leer? Salió con las manos vacías, la cabeza zumbando por la publicidad y los villancicos. En casa, su mujer le preguntó: —Te veo raro. —Nada, cosas del curro. Regalos. —¿Otra vez velas y tazas? —se rió. —Esta vez es diferente. Tienes que regalarte tú mismo. La informática se ha cargado la gracia. —¡Eso está muy bien! —puso la cena en la mesa—. Cómprate algo que te de pena gastar. —¿Por ejemplo? —No sé. Eso lo sabes tú. Guardó silencio. El niño hojeaba el libro del cole, fingiendo estudiar. —Bueno —ella le miró atenta—. Normalmente quieres cosas concretas: móvil, reloj, mochila. Te gustan los gadgets. —Eso me lo compro cuando hace falta. —Entonces quizá no sea algo material —sugirió—. ¿Un vale para masaje, para tomarte un día libre, para… —Para tomarme un día libre no necesito un vale —bromeó él—. Necesito un jefe que no mande WhatsApps el domingo. Ella sonrió. —Pues pídeselo a tu Santa. —Eso se pasa del presupuesto —rió él. Esa noche, Arturo dio vueltas en la cama. Todas las imágenes de escaparates, eslóganes, deseos ajenos: “éxitos profesionales”, “nuevos logros”, “bienestar económico”, revoloteaban como espumillón, para guardarse en enero en una caja. ¿Qué querría si nadie me evalúa? Ni compañeros, ni familia, ni banco. Seguía sin respuesta. A una semana del evento, el ruido del despacho aumentó. Aparecieron los primeros paquetes en las mesas, unos escondidos, otros exhibidos. En el chat: código de vestimenta, menús, concursos. Marta anunció que habría presentador, DJ y “el momentazo del Amigo Invisible”. Arturo seguía sin regalo. —¿A qué esperas? —le preguntó Sergio—. Después sólo quedarán calcetines. —Estoy pensando. —¿Pensar qué? —Sergio se encogió—. Cómprate algo útil. Yo he pedido un kit de barbacoa. Siempre lo quise y nunca me decidí. Ahora sí. A mediodía bajó al café. Gente en la cola hablando de hijos, atascos y balances. En la tele: “Regálate a ti mismo”, “packs para celebrar”. Se sentó tras el cristal y abrió el móvil. Buscó “regalo hombre 40 años”. Relojes, carteras, gadgets, licores, vales para la barbería. Todo es para parecer algo, pensó. No para sentirte algo. Cerró la pestaña, abrió su correo personal. Mensajes de tiendas avisando de descuentos, “renueva tu versión en el nuevo año”. Entre ellos, un correo de una plataforma educativa: “Nuevo curso de fotografía, última semana de matrícula”. Fotografía. Se acordó de la réflex que compró hace diez años, antes de la hipoteca y el niño. Solía salir a hacer fotos de calles, gente, escaparates. Luego la cámara acabó en un armario. Primero, por falta de tiempo. Luego, por cansancio. Finalmente, porque parecía una tontería. Una idea trillada —saltó su crítico interior—. El cuarentón que recuerda su hobby y ahora quiere ser artista. Patético. Apartó el plato, sintió esa vergüenza fugaz. No voy a cambiar de vida. Sólo… No terminó la frase. El móvil vibró: el jefe pedía los nuevos números para la tarde. Suspiró y volvió al despacho. Por la noche rebuscó en el armario y sacó la vieja cámara. Pesada, fría. La encendió, batería agotada. Encontró el cargador en un cajón. Su mujer alzó las cejas: —¿Vas a sacar fotos ahora? —Sólo quiero ver si sigue funcionando. Cuando cargó un poco, salió al balcón y disparó varias instantáneas a la calle: coches, nieve, farolas. Nada especial; pero al mirar por el visor, se le bajó el ruido de la cabeza. No desapareció, pero sí retrocedió. Respiró más tranquilo. ¿Y si el regalo fuera esto? —pensó—. No la cámara, sino el permiso para dedicarle tiempo. Una hora por semana. Sin sentirte tonto. La idea era sencilla y a la vez daba miedo. El crítico se burló: “Apúntate al curso, como si fuera a cambiar algo”. Pero otro lado, más suave, sugirió: “¿Por qué no? Total, gastas el dinero en cosas que olvidas en un año. Esto, al menos, te gustó de verdad alguna vez”. Volvió al ordenador y leyó la info del curso. Módulos de composición, luz, fotografía urbana. Clases online dos noches por semana, el precio justo para el presupuesto del Amigo Invisible. Un regalo de un desconocido —pensó—. Alguien que recuerda lo que te hacía feliz y no lo juzga. Pulsó “Pagar”. Faltaba formalizarlo: el regalo debía entregarse físicamente, según las normas. No podía soltar: “Me he matriculado en un curso”. Debía ser algo tangible. Compró una libreta azul en la papelería y un sobre. Imprimió el mail de confirmación del curso y lo dobló. En la portada de la libreta escribió: “Para las fotos que aún harás”. Su letra era torcida, pero legible. Luego redactó la nota. No quería el típico lema motivacional, sino palabras como quien sí sabe cómo es tu vida. Después de varios borradores, quedó así: «Para Arturo. A veces es bueno recordarse que eres más que informes y reuniones. Que haya tiempo para ver el mundo sin columnas de Excel. Ojalá lo aproveches. Tu Santa». Al leerlo, se le encogió el pecho. No por cursi, sino porque sonaba ajeno y muy necesario. El Santa era más considerado de lo que él suele ser consigo. Puso el comprobante en el sobre, el sobre en la libreta, la libreta en papel marrón con una cinta roja. El regalo era sencillo. Sin logotipos ni frases hechas. La comida de empresa fue en la sala de banquetes de la planta baja. Manteles blancos, guirnaldas, DJ con éxitos pasados. Gente en vestidos brillantes, en camisas de siempre, pero sin tarjeta. Los regalos acabaron en una mesa aparte. Cada uno con una etiqueta de destinatario. Arturo dejó el suyo y miró la montaña: bolsas de colores, cajas, formas raras en papel plateado. —¿Listo para revelarte a ti mismo? —le guiñó Marta. —Dentro de lo posible —respondió él. A mitad de noche, el presentador animó “el gran momento”. Bajaron la música, luz tenue, gente ya alegre. —Compañeros —dijo—, este año el Amigo Invisible ha sido cien por cien secreto. Tan secreto que cada uno es su propio mago. Pero hacemos como si no lo supiéramos, ¿verdad? Risas en la sala. —Vamos por turnos, cada uno recoge su paquete y lo abre aquí. Recordad: lo importante no es lo que hay dentro, sino lo que descubrís de vosotros mismos. Otro que habla con eslóganes, pensó Arturo. Cuando tocó su turno, tuvo un nudo inesperado. Se acercó, encontró su paquete, volvió a la mesa. —¿Qué llevas ahí? —se acercó Sergio—. Espero que no sean calcetines. Arturo quitó la cinta, el papel. Libreta y sobre. En el sobre, su nombre. Tembló un poco. —No es el kit para barbacoa —observó Sergio. Abrió el sobre y leyó la nota. Alrededor, alguien celebraba un vale de spa, mostraba un juego de mesa, la contable evitaba las miradas con un libro de yoga y Marta se reía con una taza de “Mejor empleado”. Él repasó las frases. Escritas por él mismo, sonaban como si fueran de alguien más. No eres sólo informes y reuniones. Sintió vergüenza, como si alguien le pillara en una debilidad. Pero también alivio, porque ese alguien no juzgaba. —¿Qué es? —preguntó Sergio. —Un curso —balbuceó Arturo—. De fotografía. Y una libreta. —¡Vaya! —chifló Sergio—. Alguien se lo ha currado. Seguro que es alguien de los creativos. No se puede preguntar, ¿verdad? —No se puede. —Pues nada, ya veremos las fotos del próximo año. Mejor así. Arturo cerró la libreta. El presentador seguía con bromas, ya bailaba gente. Ruido afuera, pero dentro, algo más tranquilo. Vio el WhatsApp de su mujer: “¿Qué tal?”. Contestó: “Bien. Regalos muy originales. Me he regalado un curso”. Pero borró esa línea y puso: “Te lo cuento después”. Llegó a casa cerca de medianoche. El portal en silencio, luz cálida, olor a mandarinas. Su mujer leía, el niño dormía. —¿Qué te han dado? —preguntó. Colocó la libreta y el sobre en la mesa. —¿Sólo esto? —se extrañó. —Hay algo más dentro. Ella leyó la nota y le miró suave. —¿Lo has escrito tú? —Sí. Y he pagado el curso. De foto. Asintió, sin bromas ni risas. —Buen regalo —dijo—. Te gustaba. —Hace tiempo. —Bueno, que sea tiempo, no significa que ya no. Se encogió de hombros, pero algo se movió dentro, como muebles que por fin te animas a cambiar. —Ya se verá. El uno de enero despertó sin alarma. Afuera, mañana gris, coches, casi todo nevado. Pesadez en la cabeza, pero se iba. Su mujer y el niño fueron a ver a los abuelos, él iría mañana. Silencio en casa. Preparó café, sacó la libreta. La portada decía: “Para las fotos que aún harás”. Encendió el portátil, el mail del curso. La primera clase empezaba en una semana, pero dejó ver el módulo inicial. Escuchó al profesor hablar no de “desarrollo personal” sino de luz y sombras. Se sorprendió de no repasar el correo de trabajo a la vez. El móvil estaba en otra habitación. Después, cogió la cámara y bajó al patio. Frío, pero soportable. Gente sacando bolsas tras la fiesta, paseando perros. En el parque, una serpentina rota. Miró por el visor. Ramas, cables, balcones. Nada especial. Pero al disparar, era como hacer algo pequeño y a la vez importante. No para el jefe, ni para la empresa. Sólo para sí. Hizo más fotos, volvió y descargó las imágenes. Varias malas, otras, sin más. Pero una, con el reflejo de las ventanas en el coche, le atrapó. Amplió el detalle: allí estaba él, pequeño, con la cámara. Un regalo de un desconocido —pensó—. Resulté ser yo mismo. Y parece que está bien. Cerró el programa y acabó el café frío. El primer día de trabajo, tareas pendientes, mails, reuniones. Y el curso, que empezaría en breve. Y esa hora semanal que intentaría reservar sólo para él. Abrió la libreta, apuntó la fecha. Luego, en pocas palabras: “Patio, mañana, reflejo en el cristal”. Era sencillo, pero suyo. De repente, notó que por primera vez en mucho tiempo pensaba en el futuro no en términos de pagos y balances. Había un pequeño hueco donde se permitía mirar y elegir lo que de verdad quería. No parecía mucho. Pero era suficiente para respirar mejor. Se sirvió otro café y abrió la planificación del curso. Abajo, espacio para notas. Escribió: “No cancelar por trabajo”. Se sonrió, sabiendo que la vida hará lo suyo. Pero al menos ahora tenía derecho a intentarlo. Y eso también era un regalo.

El mensaje apareció en el chat general por encima de informes y correos urgentes, como un adorno brillante entre montones de papeles:
«Compañeros, lanzamos el Amigo Invisible. Intercambio de regalos anónimo en el evento de empresa. Presupuesto máximo: 30 euros. Enlace al formulario abajo».

Luis leyó el texto y miró, casi sin pensar, la esquina de la pantalla donde parpadeaba el reloj. Faltaban diez días laborables para cerrar el año, dos semanas para cerrar el trimestre, y tres días para pagar la hipoteca. Desde hace tiempo, todo en su cabeza se medía en esos cortes.

En el chat llovían ya reacciones: un GIF de un reno, alguien que soltó un «¿otra vez?», otro que preguntaba por el presupuesto. La de RRHH, Marta, añadió enseguida: «No es obligatorio, pero muy recomendado. Hay que crear ambiente navideño».

Luis apuró el café frío y pinchó el enlace. El formulario pedía nombre, departamento, permiso de datos. Abajo, la tecla Participar. Dudó un segundo, imaginándose otra taza inútil o vela mona ocupando espacio en su mesa ya saturada. Luego pensó en su nombre en la lista de participantes, en blanco. Pulsó.

¿Tú también vas a tirarte a la piscina? preguntó Sergio, que pasó por su cubículo. Espero que me toque alguien con gracia. Ya sé lo que voy a regalar: un libro de productividad al jefe.

Es anónimo, le recordó Luis.

Pues mejor aún. Imagínate su cara al abrirlo… Sergio puso cara de circunstancias y se echó a reír.

Luis sonrió por educación y volvió al Excel. Los números bailaban como un solo río gris. Por la oficina se discutían cestas para clientes, si elegir bombones caros o tirar de ahorro. Por la mañana, en la puerta, se había hablado de la extra: ¿será generosa, la recortarán, o nos darán lotes de productos como si fuera premio de consolación?

Todo era un fondo navideño infinito: el árbol de plástico en la entrada, las bolas impersonales, postales con Estimados clientes, les deseamos….

Luis este año tenía dos objetivos: llegar a la prima por cumplir objetivos y no perder la paciencia con el crío por las notas. Las dos le costaban lo mismo.

Por la tarde, recibió un email titulado Tu Amigo Invisible asignado. Lo abrió en el metro, encajonado entre abrigos.
«Hola, Luis. Tu destinatario: Luis García, departamento de análisis».

Lo miró dos veces.
Un traqueteo del vagón lo sacó de la lectura. El chat hervía de pantallazos:

«¿Esto se ha roto?»
«A mí también me ha salido yo mismo».
«Nueva experiencia de autoayuda».
Marta contestó rápido:
«Compañeros, sí, ha habido un error en el sistema. No se puede cambiar, IT dice que está todo ligado al ID. Propongo tomarlo como experimento. Regalamos igual, hacemos como que no lo sabemos. Importante mantener el misterio y la alegría».

«¿Qué misterio si sé que soy yo?»
«Imagina que es un desconocido que de verdad te conoce», contestó Marta, y añadió un arbolito.

Luis cerró el chat y guardó el móvil. A su lado, alguien explicaba, voz en alto, cómo iba a cerrar el año. Miró su reflejo en el cristal: cuarenta y uno. Aún tenía pelo, pero las canas asomaban por las sienes. Cara cansada, no vieja. El traje comprado con tarjeta, el reloj de pagos a plazos, el móvil porque es como el del jefe.

¿Un regalo de mí para mí como si fuera de un desconocido?, pensó. ¿Qué me regalaría ese desconocido?

No tenía respuesta.

Al día siguiente en la máquina de café solo se hablaba de eso.

Yo digo que hay que cancelar, sentenció Pablo, el abogado, sacudiendo el cigarro. Rompe la magia, el secreto es esencial.

Pues a mí me mola, replicó Ana, la de marketing. Por fin puedo regalarme algo que de verdad quiero. No otro cuello de lana con renos.

Pero si tú te compras de todo, comentaron desde atrás.

No todo. Hay cosas que da pena gastarse, Ana sonrió. Eso lo hace interesante.

Luis escuchaba sin decir palabra. Barajaba opciones: auriculares, batería portátil, un ratón nuevo. Todo cosas que podría comprar pasando por el Mediamarkt. Ninguna le parecía un regalo, sólo otro trasto de trabajo.

¿Tú qué te vas a regalar? preguntó Sergio camino del ascensor.

Sinceramente, ni idea.

Hombre, yo me pillaba una Play. Pero no llega el presupuesto, rió. Pues nada, cerveza artesana y una nota que pone de Santa.

¿Y yo?, pensó Luis, volviendo a su mesa. ¿Qué me gustaría si de verdad alguien me viera? No como empleado, pagador, padre que no pasa tiempo con el niño, sino… ¿cómo qué? ¿Como persona?

No encontró la palabra.

Por la tarde entró al centro comercial. Todo brillaba, la música sonando, escaparates con regalos ideales, packs para él, packs para gente exitosa. Todos los carteles mostraban hombres con abrigos caros y mirada segura. Ninguno tenía bolsas en los ojos ni hipotecas.

Entró en una tienda de electrónica. Un expositor con auriculares inalámbricos Top Ventas. Un dependiente explicaba con entusiasmo las diferencias entre modelos.

Eso, auriculares. Útiles. Para música, podcasts. Mírate, te cuidas, pensaba. Cogió la caja, miró el precio. Encajaba en los 30 euros si no elegía los más caros.

Pero, ¿para qué? ¿No me compro yo ya todo lo que se supone que debo tener? Teléfono, reloj, zapatos decentes, abrigo que no parezca de mercadillo. ¿Eso es regalo?

Dejó la caja y salió.

En la librería fue mejor. En la entrada, pilas de libros motivacionales: Sé tu mejor versión, Cómo llegar a todo, Felicidad organizada. Cogió uno, ojeó páginas con sal de la zona de confort y sé eficiente, y se sintió más cansado todavía.

Al fondo, la estantería de novelas. Pasó el dedo por los lomos, leyó apellidos conocidos. Antes leía mucho. En la universidad, se zamparía una novela en una noche y al día siguiente llegaba a clase con los ojos rojos. Luego empezó el trabajo, la hipoteca, nació el niño, y leer se volvió una tarea más de la lista de debería.

¿Quizá un libro?, pensó. Pero, ¿cuál? ¿Un desconocido me regalaría un libro si no encuentro tiempo para leer?

Salió sin comprar nada, aturdido por los anuncios y villancicos de fondo.

En casa, su mujer le dijo:
¿Por qué esa cara larga?

Nada grave, contestó, quitándose los zapatos. Tenemos el juego ese en la empresa. Los regalos.

¿Vas a acabar con otra vela y otra taza? rió.

Esta vez es distinto. Cada uno se regala a sí mismo. El sistema se estropeó.

Pues eso está genial, puso un plato de macarrones en la mesa. Regálate algo para lo que siempre te da pena gastar.

¿Por ejemplo?

No sé. Tú sabes mejor que nadie.

Se cayó. El crío ojeaba el libro de texto, fingiendo estudiar.

¿Qué?, insistió ella. Normalmente quieres algo: móvil nuevo, reloj, mochila. Te gustan los cacharros.

Todo eso me lo compro cuando hace falta, dijo. No por capricho.

Entonces, ¿por qué no algo distinto? propuso. Un vale. Para un masaje, un día libre, lo que sea…

Para un día libre no me hace falta vale, cortó. Necesito jefe que no escriba los domingos.

Ella sonrió.

Pues pídelo a tu Santa.

Eso ya no cabe en el presupuesto, bromeó.

Esa noche tardó en dormir. Imágenes de tiendas, slogans, deseos ajenos: desarrolla tu carrera, nuevas metas, prosperidad económica. Todo eso importaba, pero parecía tan accesorio como la guirnalda que guardabas en enero.

¿Qué regalo querría si nadie me juzgara? Ni compañeros, ni mi mujer, ni niño, ni padres, ni el banco.

Seguía sin respuesta.

A falta de una semana para la fiesta, el ambiente en la oficina era de maratón. Aparecieron los primeros paquetes: algunos escondidos en cajones, otros luciéndose en la mesa. Mensajes sobre código de vestimenta, menú, concursos. Marta avisó que habría presentador, DJ y momento especial de Amigo Invisible.

Luis andaba sin regalo aún.

¿A qué esperas? le preguntó Sergio. Luego no quedará nada decente.

Estoy pensando, dijo.

¿En qué hay que pensar? Sergio encogió hombros. Coge algo práctico. Yo he pedido un set para barbacoa. Siempre lo quise y nunca llegaba el momento. Ahora sí.

En la pausa, bajó a la cafetería del bajo. Gente en fila, hablando de informes, atascos, hijos. Sobre la barra, pantalla con anuncio giratorio: ¡Date un capricho! Packs navideños.

Sentado junto a la ventana, sacó el móvil. Buscó regalo para hombre de 40 años. Salieron relojes, carteras, gadgets, kits de bebida, bonos para barbería.

Esto no habla de cómo me siento, pensó, sólo de cómo debería verme.

Cerró la pestaña y abrió la del correo personal. Montones de emails: Hace mucho que no entras en la web, Descuento para ti, Empieza el año con nueva versión de ti.

Uno era de una plataforma educativa a la que se suscribió hace tiempo. Nuevo curso de fotografía, inscripciones hasta el viernes.

Fotografía.

Recordó aquella vieja réflex que compró hace diez años, cuando aún no tenía niño y la hipoteca era solo una sombra. Él paseaba los fines de semana, hacía fotos a la ciudad, a la gente, los escaparates. La cámara quedó guardada en un armario. Primero falta de tiempo, luego de ganas, y últimamente el pensamiento de tontería.

Esto es lo típico, le reprochó la voz interior. Cuarentañero que recuerda que le gustaba la fotografía. Ahora decide que va a ser artista. Ridículo.

Apartó la bandeja, sintiendo un pellizco. No, no vas a dejar nada. Es solo…

No terminó la frase. Vibró el móvil. El jefe escribía: necesito cifras del tercer trimestre para esta tarde.

Luis suspiró y subió.

Esa tarde rebuscó en el armario y halló la bolsa de la cámara, la batería descargada. Encontró el cargador.

Su mujer alzó las cejas:

¿Te has puesto a hacer fotos?

Era sólo por ver si aún funcionaba.

Cuando cargó algo, salió al balcón e hizo un par de fotos al patio: coches, ventanas, la luz de las farolas. Al mirar por el visor, todo el ruido mental se retiró un poco. No desapareció, pero bajó el volumen.

Respiró más despacio.

¿Será esto el regalo?, pensó. No la cámara, sino el permiso de dedicarle un poco de tiempo a la semana. Un par de horas. Sin sentir que está perdiendo el tiempo.

La idea le pareció sencilla y a la vez extraña. La criticó su voz sarcástica: Sí, cómprate el curso de fotos. Como si fuera a cambiar algo.

Pero otra voz, suave, contestó: ¿Y por qué no? Gastas en cosas que olvidarás en un año. Al menos esto te gustaba de verdad.

Volvió al correo y leyó bien la información. Clases sobre composición, luz, paisajes urbanos. Dos tardes por semana online. Justo entraba en el presupuesto del Amigo Invisible.

Un regalo de mí para mí, puesto en manos de un ‘desconocido’ que recuerda qué solía gustarme y no piensa que es una idiotez.

Le dio a Pagar.

Faltaba el formalismo de envolver el regalo para el juego.

Las instrucciones pedían algo tangible. No podía presentarse en la fiesta diciendo me he apuntado a un curso. Hacía falta algo de verdad.

En la papelería, compró una libreta azul oscuro y un sobre. En casa imprimió el email de confirmación del curso y lo dobló con cuidado. En la primera página de la libreta escribió: Para las fotos que aún te quedan por hacer. A su letra le faltaba arte, pero era legible.

Después se puso con la nota. No quería una frase de coaching, sino algo de quien te conoce de verdad.

Tras varios intentos, dejó esto:

«Luis,
A veces hace falta recordarse que eres más que informes y reuniones. Que puedas dedicar algo de tiempo a mirar el mundo sin prisas ni tablas Excel. Ojalá te animes.
Tu Santa».

Releyó la nota. Le dolió un poco por dentro, no de vergüenza, sino porque esas palabras le resultaban tan ajenas como necesarias.

Ese Santa era más atento de lo que él acostumbra ser consigo mismo.

Metió la confirmación en el sobre, el sobre dentro de la libreta, la libreta en papel marrón y la ató con una cinta roja fina.

El paquete era discreto. Sin logos ni lemas.

La fiesta de empresa fue en el salón de banquetes del bajo. Manteles blancos, luces, un DJ pinchando éxitos de siempre. La gente llegaba poco a poco: algunos en vestidos brillantes, otros en camisa pero sin chapa de empleado.

Los regalos en una mesa aparte. Todos llevaban un post-it con el nombre del destinatario. Luis dejó su paquete, echó un vistazo. Bolsas de colores, cajas con lazo, formas extrañas envueltas en papel de plata.

¿Listo para tu momento de autoestima? Marta le guiñó al pasar.

Lo que se pueda, le devolvió.

Al rato, el presentador anunció el momento especial. Bajaron la música, atenuaron la luz. La gente ya estaba animada, unos reían fuerte, otros debatían en la barra.

Amigos, arrancó el presentador este año nuestro Amigo Invisible es tan secreto… que cada uno se ha convertido en su propio mago. Pero, fingimos que no sabemos, ¿verdad?

El salón respondió con carcajadas.

Uno por uno, pasamos a elegir nuestro paquete para abrirlo aquí. Recordad: lo importante no es el objeto, sino lo que descubrís sobre vosotros mismos.

Otro que habla en slogans, pensó Luis.

Cuando le tocó el turno, sintió un nudo raro. Cogió el paquete que ponía Luis García y se fue a su mesa.

¿Eso qué es? se acercó Sergio. ¿No serán calcetines?

Luis desató la cinta, desenvolvió el papel. Dentro, la libreta y el sobre, con su nombre escrito. Manos templadas.

Eso no es un kit de barbacoa, le dijo Sergio.

Luis abrió el sobre. Vio el email impreso del curso. Alrededor, todos celebraban sus batallitas: «¡Me han regalado un spa!», «Mira mi juego de mesa». Vio de reojo cómo Eva, de contabilidad, ocultaba los ojos con un libro de yoga, y Marta se partía de risa con una taza de Mejor empleada.

Leyó la nota. Más de una vez. Las palabras, aunque eran suyas, sonaban como si de verdad alguien las dirigiera a él.

No eres sólo informes y reuniones.

Algo se le movió por dentro, una mezcla de pudor y alivio. Nadie le juzgaba por ese instante de debilidad.

¿Qué tienes ahí? insistió Sergio.

Un curso, contestó Luis con la voz algo cortada. De fotografía. Y la libreta.

Menuda currada, silbó Sergio. Eso seguro viene de alguien creativo. Hay que adivinarlo, ¿no?

No se puede, dijo Luis.

En fin, Sergio ya distraído con su kit de barbacoa. Así harás las fotos de empresa. Te servirá.

Luis cerró la libreta despacio. El presentador seguía haciendo bromas, alguien bailaba. Todo era bullicio, pero por dentro estaba más callado.

Vio la conversación de su mujer en el móvil: ¿Qué tal va eso? Respondió: Todo bien, los regalos son divertidos. Me he regalado un curso pero borró esa parte y puso Ya te contaré.

Volvió a casa cerca de medianoche. Escalera silenciosa, una puerta se cerró arriba. El piso olía a mandarinas y tenía luz cálida en la cocina. Su mujer con un libro; el crío dormía.

¿Y? preguntó ella. ¿Qué te han dado?

Puso la libreta y el sobre en la mesa.

¿Ya, sólo eso? se extrañó.

Dentro hay algo más, abrió el sobre.

Leyó la nota y le miró.

¿Esto lo has escrito tú? preguntó, suave.

Sí, admitió. Y me he matriculado en ese curso de fotografía.

Ella asintió, sin bromas.

Es buen regalo. Si eso te gustaba…

Hace mucho, dijo él.

¿Y qué? Que haya pasado tiempo no significa que se haya terminado.

Se encogió de hombros, pero algo se movió por dentro. Como cambiar un mueble de sitio.

Veremos dijo.

El uno de enero, despertó sin alarma. Mañana gris, coches en el patio, parches de nieve. La cabeza pesada pero soportable. Su mujer y el niño habían ido a casa de los suegros, él iría después.

Silencio inusual. Preparó café, se sentó y abrió la libreta. La primera página seguía allí: Para las fotos que aún te quedan por hacer.

Encendió el portátil, buscó el email del curso. El primer módulo se podía ver ya. Le dio al play y escuchó la voz tranquila del profesor. No hablaba de productividad, sino de la luz y las sombras.

Sin revisar correos del trabajo. El móvil en otra habitación y sin ganas de buscarlo.

Después salió a la calle con la cámara. El frío soportable. Gente sacando basura, perros paseando. Un petardo abandonado en el parque infantil.

Miró por el visor: ramas, cables, ventanas. Nada especial. Al apretar el disparador sintió que hacía algo pequeño, pero suyo.

Ni para el informe, ni para el KPI, ni para la presentación. Solo para él.

Hizo unas cuantas fotos, volvió a casa, las sacó al ordenador. Algunas malas, otras normalitas. Pero una, donde el reflejo de una ventana aparecía en el cristal de un coche, le llamó la atención.

La aumentó para ver detalles. En el reflejo, su silueta con la cámara.

Regalo de un desconocido, pensó. Resulta que era yo mismo. Y tampoco está mal.

Cerró el programa y apuró el café frío. Por delante, el curro, mails y reuniones. Pero también el curso, y una hora reservada para nada más.

Abrió la libreta, escribió la fecha y una frase: Patio, mañana, reflejo en el cristal. Un apunte sencillo, pero suyo.

De repente, por primera vez en mucho tiempo, pensó en el futuro no solo en términos de pagos y obligaciones. Había un rincón pequeño que le pertenecía.

Era poco. Pero suficiente para respirar mejor.

Se sirvió más café y abrió el horario del curso. Abajo, un campo para notas. Escribió: No cancelar por el trabajo. Sonrió, sabiendo que la vida seguro metería su mano, pero ahora tenía derecho a intentarlo.

Y eso también era un regalo.

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two × five =

Un regalo de un desconocido El mensaje apareció en el chat general flotando por encima de hojas de cálculo y correos urgentes, como un adorno navideño perdido entre papeles de la oficina: «Compañeros, ¡arrancamos el Amigo Invisible! Intercambio anónimo de regalos en la comida de empresa. Presupuesto hasta 20 euros. Enlace al formulario abajo». Arturo leyó el texto y miró el reloj en la esquina de la pantalla. Quedaban diez días laborables para el fin de año, dos semanas para cerrar el trimestre, tres para la siguiente cuota de la hipoteca. Su cabeza hacía tiempo que pensaba por tramos. Ya llovían reacciones en el chat: un gif de renos, un “¿Otra vez?”, alguien preguntando por el presupuesto. La responsable de RRHH, Marta, aclaró: «Participar no es obligatorio, pero sí muy recomendable. ¡Hay que crear ambiente navideño!». Arturo apuró el café frío y pinchó el enlace. El formulario pedía nombre, departamento, y consentimiento para tratar datos. Abajo parpadeaba el botón: “Participar”. Pensó un segundo en otra vela inútil o taza ocupando sitio en su mesa. Luego imaginó su nombre sin regalo en la lista de participantes. Pulsó. —¿Te has apuntado tú también a la lotería? —preguntó Sergio, del equipo de al lado, asomando la cabeza a su cubículo—. Espero que me toque alguien con buen humor. Ya tengo el regalo: un libro sobre gestión del tiempo para el jefe. —Pero es anónimo —le recordó Arturo. —Más interesante todavía. Imagínate su cara al abrirlo… —Sergio puso cara larga y se echó a reír. Arturo sonrió por cortesía y volvió al informe. Los números se convertían en una masa gris. Al fondo, unos colegas discutían si comprar bombones caros para los clientes o ahorrar. En la pausa de la mañana habían hablado de la extra: si la recortarían, si darían “lotes” otra vez. Todo funcionaba como telón navideño de fondo: árbol de plástico en el hall, bolas, postales impersonales de “Estimada empresa, le deseamos…”. Este año Arturo tenía dos objetivos. El primero, llegar al bonus por cumplir el plan. El segundo, no perder la paciencia con su hijo por las notas. Ambos le parecían igual de duros. Por la tarde llegó un mail: “Tu ahijado de Amigo Invisible”. Lo abrió en el metro, rodeado de abrigos y mochilas. «Hola Arturo, tu ahijado: Arturo Sánchez, departamento de Análisis». Leyó la línea. Y otra vez. El metro se sacudió, alguien le rozó el hombro. En el chat ya salían capturas: «¿Esto es un bug?» «A mí también me tocó yo mismo» «Vaya nivel de autoconocimiento» Marta respondió enseguida: «Compañeros, sí, el sistema se ha equivocado. Ya no da tiempo a cambiarlo, los de informática dicen que depende del ID. Propongo que lo tomemos como experimento. Los regalos se traen igual y hacemos como que no pasa nada. Eso sí, hay que mantener el misterio y la ilusión». «¿Ilusión si sabes que eres tú?» escribió alguien. «Imagínate que es un desconocido que te conoce muy bien», contestó Marta con un emoji de árbol. Arturo cerró el chat y guardó el móvil. En el vagón alguien pontificaba por altavoz sobre “cerrar el año”. Miró su reflejo en el cristal negro. Cuarenta y uno. Aún con pelo, pero ya clareando en las sienes. Cara cansada, pero no vieja. Traje de Zara, el reloj a plazos, el móvil que compró “igual que el jefe”. Un regalo para uno mismo, disfrazado de desconocido, pensó. ¿Qué me regalaría ese desconocido? No tenía respuesta. Al día siguiente, en el rincón del café, sólo se hablaba de eso. —Yo creo que hay que cancelarlo —decía Pablo, el abogado, sacudiendo el cigarro—. Esto va contra el concepto. El Amigo Invisible no puede ser tan poco invisible. —A mí me mola —replicó Ana de Marketing—. Así al menos me compro algo decente. No otro pañuelo con renos. —Si ya te compras todo tú —le dijeron. —No todo. Hay cosas para las que da pena gastarse el dinero —Ana sonrió—. Por eso es divertido. Arturo escuchaba en silencio, pensando en auriculares, batería externa, ratón nuevo. Todo podría comprárselo, sin ayuda de Santa Claus, de camino a casa. Pero no sonaba a regalo, sino a accesorio más para la oficina. —¿Y tú qué te vas a regalar? —le preguntó Sergio camino del ascensor. —Ni idea. —¡Venga ya! Yo me pillaría una Play, pero el presupuesto no da. Bueno, me compraré un pack de cervezas y pondré “de parte de Santa”. ¿Y yo? —se preguntaba Arturo al regresar a su mesa—. ¿Qué querría si realmente alguien me viera? No como empleado, no como pagador de hipoteca, no como padre al que dicen que dedica poco tiempo… ¿y como qué? ¿Como persona? Se dio cuenta de que no sabía ponerle nombre. Por la tarde fue al centro comercial. Todo brillaba, música, ofertas de “regalos ideales”, “packs para él”, “para triunfadores”. En cada póster, hombres con abrigo caro y gesto seguro. Ninguno tenía ojeras ni préstamos. Entró en una tienda de electrónica. Auriculares inalámbricos, “éxito de ventas”. El dependiente explicaba diferencias a un chico con plumas. Auriculares. Práctico. Música, podcasts. Parece que te cuidas, pensó. Cogió una caja, la giró. El precio cabía en el presupuesto, si no elegía la top. Pero esto me lo estoy comprando yo. ¿Qué sentido tiene? Todo el rato me compro cosas que se supone que debe tener un hombre de mi edad. Móvil, reloj, botas decentes, abrigo que no sea del outlet. ¿Es eso un regalo? Dejó la caja y salió. En la librería hacía calor. En la entrada, pilas de libros motivacionales: “Sé tu mejor versión”, “Cómo llegar a todo”, “Felicidad por objetivos”. Cogió uno por inercia, leyó sobre la “zona de confort” y “productividad” y se sintió más cansado. Al fondo, estantería de novela. Pasó el dedo por los lomos, topándose con autores conocidos. Leía mucho en la uni, se tragaba un libro por noche. Luego vino el trabajo, la hipoteca, el niño, y leer pasó a la lista de “debería”. ¿Quizá un libro? Pero, ¿cuál? ¿Y para qué si no saco tiempo para leer? Salió con las manos vacías, la cabeza zumbando por la publicidad y los villancicos. En casa, su mujer le preguntó: —Te veo raro. —Nada, cosas del curro. Regalos. —¿Otra vez velas y tazas? —se rió. —Esta vez es diferente. Tienes que regalarte tú mismo. La informática se ha cargado la gracia. —¡Eso está muy bien! —puso la cena en la mesa—. Cómprate algo que te de pena gastar. —¿Por ejemplo? —No sé. Eso lo sabes tú. Guardó silencio. El niño hojeaba el libro del cole, fingiendo estudiar. —Bueno —ella le miró atenta—. Normalmente quieres cosas concretas: móvil, reloj, mochila. Te gustan los gadgets. —Eso me lo compro cuando hace falta. —Entonces quizá no sea algo material —sugirió—. ¿Un vale para masaje, para tomarte un día libre, para… —Para tomarme un día libre no necesito un vale —bromeó él—. Necesito un jefe que no mande WhatsApps el domingo. Ella sonrió. —Pues pídeselo a tu Santa. —Eso se pasa del presupuesto —rió él. Esa noche, Arturo dio vueltas en la cama. Todas las imágenes de escaparates, eslóganes, deseos ajenos: “éxitos profesionales”, “nuevos logros”, “bienestar económico”, revoloteaban como espumillón, para guardarse en enero en una caja. ¿Qué querría si nadie me evalúa? Ni compañeros, ni familia, ni banco. Seguía sin respuesta. A una semana del evento, el ruido del despacho aumentó. Aparecieron los primeros paquetes en las mesas, unos escondidos, otros exhibidos. En el chat: código de vestimenta, menús, concursos. Marta anunció que habría presentador, DJ y “el momentazo del Amigo Invisible”. Arturo seguía sin regalo. —¿A qué esperas? —le preguntó Sergio—. Después sólo quedarán calcetines. —Estoy pensando. —¿Pensar qué? —Sergio se encogió—. Cómprate algo útil. Yo he pedido un kit de barbacoa. Siempre lo quise y nunca me decidí. Ahora sí. A mediodía bajó al café. Gente en la cola hablando de hijos, atascos y balances. En la tele: “Regálate a ti mismo”, “packs para celebrar”. Se sentó tras el cristal y abrió el móvil. Buscó “regalo hombre 40 años”. Relojes, carteras, gadgets, licores, vales para la barbería. Todo es para parecer algo, pensó. No para sentirte algo. Cerró la pestaña, abrió su correo personal. Mensajes de tiendas avisando de descuentos, “renueva tu versión en el nuevo año”. Entre ellos, un correo de una plataforma educativa: “Nuevo curso de fotografía, última semana de matrícula”. Fotografía. Se acordó de la réflex que compró hace diez años, antes de la hipoteca y el niño. Solía salir a hacer fotos de calles, gente, escaparates. Luego la cámara acabó en un armario. Primero, por falta de tiempo. Luego, por cansancio. Finalmente, porque parecía una tontería. Una idea trillada —saltó su crítico interior—. El cuarentón que recuerda su hobby y ahora quiere ser artista. Patético. Apartó el plato, sintió esa vergüenza fugaz. No voy a cambiar de vida. Sólo… No terminó la frase. El móvil vibró: el jefe pedía los nuevos números para la tarde. Suspiró y volvió al despacho. Por la noche rebuscó en el armario y sacó la vieja cámara. Pesada, fría. La encendió, batería agotada. Encontró el cargador en un cajón. Su mujer alzó las cejas: —¿Vas a sacar fotos ahora? —Sólo quiero ver si sigue funcionando. Cuando cargó un poco, salió al balcón y disparó varias instantáneas a la calle: coches, nieve, farolas. Nada especial; pero al mirar por el visor, se le bajó el ruido de la cabeza. No desapareció, pero sí retrocedió. Respiró más tranquilo. ¿Y si el regalo fuera esto? —pensó—. No la cámara, sino el permiso para dedicarle tiempo. Una hora por semana. Sin sentirte tonto. La idea era sencilla y a la vez daba miedo. El crítico se burló: “Apúntate al curso, como si fuera a cambiar algo”. Pero otro lado, más suave, sugirió: “¿Por qué no? Total, gastas el dinero en cosas que olvidas en un año. Esto, al menos, te gustó de verdad alguna vez”. Volvió al ordenador y leyó la info del curso. Módulos de composición, luz, fotografía urbana. Clases online dos noches por semana, el precio justo para el presupuesto del Amigo Invisible. Un regalo de un desconocido —pensó—. Alguien que recuerda lo que te hacía feliz y no lo juzga. Pulsó “Pagar”. Faltaba formalizarlo: el regalo debía entregarse físicamente, según las normas. No podía soltar: “Me he matriculado en un curso”. Debía ser algo tangible. Compró una libreta azul en la papelería y un sobre. Imprimió el mail de confirmación del curso y lo dobló. En la portada de la libreta escribió: “Para las fotos que aún harás”. Su letra era torcida, pero legible. Luego redactó la nota. No quería el típico lema motivacional, sino palabras como quien sí sabe cómo es tu vida. Después de varios borradores, quedó así: «Para Arturo. A veces es bueno recordarse que eres más que informes y reuniones. Que haya tiempo para ver el mundo sin columnas de Excel. Ojalá lo aproveches. Tu Santa». Al leerlo, se le encogió el pecho. No por cursi, sino porque sonaba ajeno y muy necesario. El Santa era más considerado de lo que él suele ser consigo. Puso el comprobante en el sobre, el sobre en la libreta, la libreta en papel marrón con una cinta roja. El regalo era sencillo. Sin logotipos ni frases hechas. La comida de empresa fue en la sala de banquetes de la planta baja. Manteles blancos, guirnaldas, DJ con éxitos pasados. Gente en vestidos brillantes, en camisas de siempre, pero sin tarjeta. Los regalos acabaron en una mesa aparte. Cada uno con una etiqueta de destinatario. Arturo dejó el suyo y miró la montaña: bolsas de colores, cajas, formas raras en papel plateado. —¿Listo para revelarte a ti mismo? —le guiñó Marta. —Dentro de lo posible —respondió él. A mitad de noche, el presentador animó “el gran momento”. Bajaron la música, luz tenue, gente ya alegre. —Compañeros —dijo—, este año el Amigo Invisible ha sido cien por cien secreto. Tan secreto que cada uno es su propio mago. Pero hacemos como si no lo supiéramos, ¿verdad? Risas en la sala. —Vamos por turnos, cada uno recoge su paquete y lo abre aquí. Recordad: lo importante no es lo que hay dentro, sino lo que descubrís de vosotros mismos. Otro que habla con eslóganes, pensó Arturo. Cuando tocó su turno, tuvo un nudo inesperado. Se acercó, encontró su paquete, volvió a la mesa. —¿Qué llevas ahí? —se acercó Sergio—. Espero que no sean calcetines. Arturo quitó la cinta, el papel. Libreta y sobre. En el sobre, su nombre. Tembló un poco. —No es el kit para barbacoa —observó Sergio. Abrió el sobre y leyó la nota. Alrededor, alguien celebraba un vale de spa, mostraba un juego de mesa, la contable evitaba las miradas con un libro de yoga y Marta se reía con una taza de “Mejor empleado”. Él repasó las frases. Escritas por él mismo, sonaban como si fueran de alguien más. No eres sólo informes y reuniones. Sintió vergüenza, como si alguien le pillara en una debilidad. Pero también alivio, porque ese alguien no juzgaba. —¿Qué es? —preguntó Sergio. —Un curso —balbuceó Arturo—. De fotografía. Y una libreta. —¡Vaya! —chifló Sergio—. Alguien se lo ha currado. Seguro que es alguien de los creativos. No se puede preguntar, ¿verdad? —No se puede. —Pues nada, ya veremos las fotos del próximo año. Mejor así. Arturo cerró la libreta. El presentador seguía con bromas, ya bailaba gente. Ruido afuera, pero dentro, algo más tranquilo. Vio el WhatsApp de su mujer: “¿Qué tal?”. Contestó: “Bien. Regalos muy originales. Me he regalado un curso”. Pero borró esa línea y puso: “Te lo cuento después”. Llegó a casa cerca de medianoche. El portal en silencio, luz cálida, olor a mandarinas. Su mujer leía, el niño dormía. —¿Qué te han dado? —preguntó. Colocó la libreta y el sobre en la mesa. —¿Sólo esto? —se extrañó. —Hay algo más dentro. Ella leyó la nota y le miró suave. —¿Lo has escrito tú? —Sí. Y he pagado el curso. De foto. Asintió, sin bromas ni risas. —Buen regalo —dijo—. Te gustaba. —Hace tiempo. —Bueno, que sea tiempo, no significa que ya no. Se encogió de hombros, pero algo se movió dentro, como muebles que por fin te animas a cambiar. —Ya se verá. El uno de enero despertó sin alarma. Afuera, mañana gris, coches, casi todo nevado. Pesadez en la cabeza, pero se iba. Su mujer y el niño fueron a ver a los abuelos, él iría mañana. Silencio en casa. Preparó café, sacó la libreta. La portada decía: “Para las fotos que aún harás”. Encendió el portátil, el mail del curso. La primera clase empezaba en una semana, pero dejó ver el módulo inicial. Escuchó al profesor hablar no de “desarrollo personal” sino de luz y sombras. Se sorprendió de no repasar el correo de trabajo a la vez. El móvil estaba en otra habitación. Después, cogió la cámara y bajó al patio. Frío, pero soportable. Gente sacando bolsas tras la fiesta, paseando perros. En el parque, una serpentina rota. Miró por el visor. Ramas, cables, balcones. Nada especial. Pero al disparar, era como hacer algo pequeño y a la vez importante. No para el jefe, ni para la empresa. Sólo para sí. Hizo más fotos, volvió y descargó las imágenes. Varias malas, otras, sin más. Pero una, con el reflejo de las ventanas en el coche, le atrapó. Amplió el detalle: allí estaba él, pequeño, con la cámara. Un regalo de un desconocido —pensó—. Resulté ser yo mismo. Y parece que está bien. Cerró el programa y acabó el café frío. El primer día de trabajo, tareas pendientes, mails, reuniones. Y el curso, que empezaría en breve. Y esa hora semanal que intentaría reservar sólo para él. Abrió la libreta, apuntó la fecha. Luego, en pocas palabras: “Patio, mañana, reflejo en el cristal”. Era sencillo, pero suyo. De repente, notó que por primera vez en mucho tiempo pensaba en el futuro no en términos de pagos y balances. Había un pequeño hueco donde se permitía mirar y elegir lo que de verdad quería. No parecía mucho. Pero era suficiente para respirar mejor. Se sirvió otro café y abrió la planificación del curso. Abajo, espacio para notas. Escribió: “No cancelar por trabajo”. Se sonrió, sabiendo que la vida hará lo suyo. Pero al menos ahora tenía derecho a intentarlo. Y eso también era un regalo.
El regalo del destino Antón llegó a casa de su madre ya entrada la noche, y ella no se sorprendió; su hijo acostumbra a esas cosas. Desde el divorcio, Antón vive solo, mientras su hijo Misha se ha quedado con la madre. —Misha te estuvo esperando, le prometiste llevarle a la pista de hielo —le comentó su madre—. Se ha quedado dormido hace poco, así que mejor no le despiertes. Ahora te caliento la cena, comes y te acuestas. Antón cenó y se fue a la habitación de Misha, se tumbó a su lado. Le costaba conciliar el sueño, y por algún motivo recordó a su primera esposa, Dina. Después de ella hubo otras dos, pero ninguna fue igual. A Dina jamás consiguió olvidarla. Crecieron juntos desde la guardería, jugaban, eran vecinos. En el colegio compartieron clase, y hasta entraron al mismo instituto. Así, siempre juntos, se casaron casi por inercia. Las familias de ambos estaban encantadas; llevaban toda la vida viendo a esa pareja. Todos les envidiaban como pareja; eran la imagen de la felicidad. Vivían bien, en un piso que Dina había heredado de su abuela. Todo parecía perfecto, salvo porque Dina no podía quedarse embarazada. Salud tenían, amor también, pero el sueño de un hijo nunca llegaba. A Dina le recomendaron irse al mar, a un balneario, para someterse a un tratamiento. Pero su marido se negó. —Solo faltaría que regresaras con un hijo ajeno —le soltó. —¿No confías en mí? —le preguntó ella, con lágrimas en los ojos. Los padres, de ambos lados, sugirieron adoptar un niño de un orfanato, pero Antón no quería ni escuchar hablar de eso. —Yo quiero a mi propio hijo y ya. En el décimo aniversario de bodas invitaron a familiares a casa. Todos esperaban a Antón, que se retrasó. Los invitados esperaron largo rato, el ambiente decaído, y terminaron marchándose. La mesa permaneció intacta, rebosante de comida. Antón no volvió a casa aquella noche. Dina sufrió muchísimo y, aunque se sentía sola, entendía que era lo inevitable. Antón había cambiado mucho ultimamente. A la mañana siguiente llegó y soltó la noticia: se había quedado a dormir en casa de una mujer con dos niños, y ella le había prometido darle un hijo para criar juntos. —¿Cómo has podido hacerlo, Antón? ¿Me has engañado y ni siquiera me has consultado? Jamás te perdonaré la infidelidad. Lárgate… O mejor, ayúdame primero a adoptar a un niño —le suplicaba Dina llorando. —¿Para qué? ¿Para que luego le des mi apellido y tengas derecho a la pensión? Dina vivió el abandono como una herida abierta. Solo la ayudó el apoyo de familia y amigos. Quiso adoptar un niño, pero ninguna institución se lo permitió por ser soltera. Dina cerró la puerta a su marido para siempre. Diez años de espera y desilusiones, de pastillas amargas, inyecciones y olor a hospitales, de un silencio cada vez más denso. Antón se marchó callado, con frialdad. —Perdóname, Dina. Estoy cansado. A los seis meses Dina supo, por conocidos comunes, que Antón había tenido un hijo. El mundo no se vino abajo: simplemente se apagó, como una foto antigua. Un año vivió como autómata: trabajo, casa, insomnio. Un día entró en una cafetería a refugiarse de la lluvia y se encontró con Oleg, viejo amigo de Antón y alma de muchas reuniones. Ya no quedaba rastro de aquel bromista: delante de ella había un hombre cansado, girando una taza vacía en las manos. —¡Hola, Oleg! —le saludó, al ver que él no reparaba en nadie a su alrededor. Alzó la vista, reconoció a Dina y esbozó una sonrisa triste. —Dina, ¡qué sorpresa! ¿Qué haces por aquí? Se pusieron a hablar y, poco a poco, Oleg vació su alma: —Rita me dejó, sabías siempre lo mucho que le importaba el dinero. Pero tuve un problema en el taller, un incendio, deudas… y me echó de casa con mis cosas. Mis padres ya no están, así que no tengo dónde ir… —Ven conmigo —le propuso Dina, sorprendida del tono decidido de su propia voz. No sentía lástima, solo asumía una decisión: ayudar a un amigo. No pensó en salvaciones ni en amor. Solo supo que alguien, peor que ella, había llegado a su fortaleza vacía. —¿Seguro? ¿Y Antón? —¿No lo sabías? Antón me dejó porque no pude darle un hijo… se fue con la que sí pudo. Oleg se sorprendió mucho. —No tenía ni idea, Dina… hace mucho que no coincidíamos. Así son las vueltas del destino. —Ya estoy acostumbrada. Oleg se instaló en el sofá. Los primeros días era una sombra, pidiendo perdón hasta por el pan. Poco a poco fue volviendo a la vida: arregló un grifo, montó una estantería, preparó la cena. Era increíblemente tranquilo y atento. A su lado, el silencio dejó de ser hostil y se volvió cálido. Cada noche charlaban; Dina le ayudó a conseguir un trabajo en su oficina, y Oleg se mostró agradecidísimo. Paso a paso, empezaron a convivir juntos, y un día se casaron. Hasta se cruzaron un día con Rita, la ex de Oleg. Esta los miró con sorna y musitó venenosa: —Disfrútalo, que para algo te lo llevas puesto… a lo mejor te hace un hijo. —Ojalá, gracias por el deseo —respondió Dina. Con Oleg, Dina volvió a sentirse querida y protegida, y por fin reía de verdad, no por compromiso. Empezaron a vivir, a planear juntos, a discutir películas, a compartir el café de cada mañana. Un día, Oleg abordó el tema importante. Sabía que Dina sufría mucho por no poder ser madre. —Dina, ¿y si adoptamos un niño del orfanato? Dina no lo podía creer al principio, se quedó sin habla. Oleg reía. —Sí, sí… has oído bien, Dinita, ¿te has quedado muda? —Sería mi mayor felicidad. Siempre he soñado con ello, Oleg, quería proponértelo pero no sabía si querrías… Gracias por haberlo sentido tú también. Oleg se alegró de conmover así a su esposa. —Pues no pensemos más, esto es cosa de los dos. Mañana mismo vamos a informarnos. —Eres el mejor —rió Dina, ésta vez de pura felicidad. Sentía que la suerte, por fin, estaba a su lado. Empezaron con los trámites de adopción, visitas al orfanato, espera de permisos… Y de repente, Dina cayó en la cuenta: llevaba un mes viviendo con otra ilusión. No dijo nada, fue a la farmacia. El test dio positivo: dos rayas nítidas, dos promesas. Como si le dijeran “tu camino era este”. Sin creérselo aún, corrió a avisar a su marido. —¡Oleg! No te lo vas a creer… Mira, vamos a tener un bebé. —¿De verdad, Dina? ¿Seguro? Mañana al médico, sin falta… La noticia se confirmó: Dina estaba embarazada. En casa de Oleg y Dina estalló una fiesta, la más esperada y alegre de todas. Catorce años de espera; se transformaron en pura felicidad. Oleg cuidó de su esposa con mimo, no dejándola levantar ni medio peso, mimándola y consintiéndola. Al poco nació Aline, una niña preciosa de ojos claros. Oleg lloraba sin pudor cuando la tomó en brazos al salir del hospital: —Por fin estamos en casa; nos espera una vida larga y feliz. Tenemos el mayor tesoro de todos: nuestra hija. La casa se llenó de sentido nuevo: risas, llantos, olor a bebé y noches en vela compartidas. La felicidad no era perfecta: había cansancio, discusiones, momentos duros. Pero era sólida, como un viejo roble. Un día de verano, paseando con el carrito por el parque, casi chocaron de frente con Antón. Él estaba solo, avejentado, con la mirada triste y una cerveza en la mano. Se detuvieron. —Hola —atinó a decir. Miró a Dina, a Oleg, a la niña. —Me han dicho… que todo os va bien. —Sí —contestó Dina sin dudar—, todo va de maravilla. ¿Y tú? —Ya ves… Me he casado dos veces más. Fracasé. Mi hijo vive con mi madre, les visito alguna vez. Yo… básicamente solo. Sin suerte. No había rabia, sólo la tristeza de costumbre. Miró un instante a Oleg, pareció recordar algo, suspiró, y se marchó. —Bueno… no os quito más tiempo. Cuidaos. Siguió su camino, una figura sola bajo el sol de un parque lleno de vida. Oleg abrazó a Dina. —Vámonos, cielo, —dijo en voz baja— que Aline pronto se despierta. Es hora de volver a casa. Dina tomó el carrito y caminaron juntos. Hacia ese hogar, imperfecto pero real, construido no sobre los sueños, sino sobre sus ruinas. Pero esa era la vida, auténtica e irrefutable. Gracias por leer, por vuestros comentarios y apoyo. ¡Muchísima suerte y todo lo mejor!