El mensaje apareció en el chat general por encima de informes y correos urgentes, como un adorno brillante entre montones de papeles:
«Compañeros, lanzamos el Amigo Invisible. Intercambio de regalos anónimo en el evento de empresa. Presupuesto máximo: 30 euros. Enlace al formulario abajo».
Luis leyó el texto y miró, casi sin pensar, la esquina de la pantalla donde parpadeaba el reloj. Faltaban diez días laborables para cerrar el año, dos semanas para cerrar el trimestre, y tres días para pagar la hipoteca. Desde hace tiempo, todo en su cabeza se medía en esos cortes.
En el chat llovían ya reacciones: un GIF de un reno, alguien que soltó un «¿otra vez?», otro que preguntaba por el presupuesto. La de RRHH, Marta, añadió enseguida: «No es obligatorio, pero muy recomendado. Hay que crear ambiente navideño».
Luis apuró el café frío y pinchó el enlace. El formulario pedía nombre, departamento, permiso de datos. Abajo, la tecla Participar. Dudó un segundo, imaginándose otra taza inútil o vela mona ocupando espacio en su mesa ya saturada. Luego pensó en su nombre en la lista de participantes, en blanco. Pulsó.
¿Tú también vas a tirarte a la piscina? preguntó Sergio, que pasó por su cubículo. Espero que me toque alguien con gracia. Ya sé lo que voy a regalar: un libro de productividad al jefe.
Es anónimo, le recordó Luis.
Pues mejor aún. Imagínate su cara al abrirlo… Sergio puso cara de circunstancias y se echó a reír.
Luis sonrió por educación y volvió al Excel. Los números bailaban como un solo río gris. Por la oficina se discutían cestas para clientes, si elegir bombones caros o tirar de ahorro. Por la mañana, en la puerta, se había hablado de la extra: ¿será generosa, la recortarán, o nos darán lotes de productos como si fuera premio de consolación?
Todo era un fondo navideño infinito: el árbol de plástico en la entrada, las bolas impersonales, postales con Estimados clientes, les deseamos….
Luis este año tenía dos objetivos: llegar a la prima por cumplir objetivos y no perder la paciencia con el crío por las notas. Las dos le costaban lo mismo.
Por la tarde, recibió un email titulado Tu Amigo Invisible asignado. Lo abrió en el metro, encajonado entre abrigos.
«Hola, Luis. Tu destinatario: Luis García, departamento de análisis».
Lo miró dos veces.
Un traqueteo del vagón lo sacó de la lectura. El chat hervía de pantallazos:
«¿Esto se ha roto?»
«A mí también me ha salido yo mismo».
«Nueva experiencia de autoayuda».
Marta contestó rápido:
«Compañeros, sí, ha habido un error en el sistema. No se puede cambiar, IT dice que está todo ligado al ID. Propongo tomarlo como experimento. Regalamos igual, hacemos como que no lo sabemos. Importante mantener el misterio y la alegría».
«¿Qué misterio si sé que soy yo?»
«Imagina que es un desconocido que de verdad te conoce», contestó Marta, y añadió un arbolito.
Luis cerró el chat y guardó el móvil. A su lado, alguien explicaba, voz en alto, cómo iba a cerrar el año. Miró su reflejo en el cristal: cuarenta y uno. Aún tenía pelo, pero las canas asomaban por las sienes. Cara cansada, no vieja. El traje comprado con tarjeta, el reloj de pagos a plazos, el móvil porque es como el del jefe.
¿Un regalo de mí para mí como si fuera de un desconocido?, pensó. ¿Qué me regalaría ese desconocido?
No tenía respuesta.
Al día siguiente en la máquina de café solo se hablaba de eso.
Yo digo que hay que cancelar, sentenció Pablo, el abogado, sacudiendo el cigarro. Rompe la magia, el secreto es esencial.
Pues a mí me mola, replicó Ana, la de marketing. Por fin puedo regalarme algo que de verdad quiero. No otro cuello de lana con renos.
Pero si tú te compras de todo, comentaron desde atrás.
No todo. Hay cosas que da pena gastarse, Ana sonrió. Eso lo hace interesante.
Luis escuchaba sin decir palabra. Barajaba opciones: auriculares, batería portátil, un ratón nuevo. Todo cosas que podría comprar pasando por el Mediamarkt. Ninguna le parecía un regalo, sólo otro trasto de trabajo.
¿Tú qué te vas a regalar? preguntó Sergio camino del ascensor.
Sinceramente, ni idea.
Hombre, yo me pillaba una Play. Pero no llega el presupuesto, rió. Pues nada, cerveza artesana y una nota que pone de Santa.
¿Y yo?, pensó Luis, volviendo a su mesa. ¿Qué me gustaría si de verdad alguien me viera? No como empleado, pagador, padre que no pasa tiempo con el niño, sino… ¿cómo qué? ¿Como persona?
No encontró la palabra.
Por la tarde entró al centro comercial. Todo brillaba, la música sonando, escaparates con regalos ideales, packs para él, packs para gente exitosa. Todos los carteles mostraban hombres con abrigos caros y mirada segura. Ninguno tenía bolsas en los ojos ni hipotecas.
Entró en una tienda de electrónica. Un expositor con auriculares inalámbricos Top Ventas. Un dependiente explicaba con entusiasmo las diferencias entre modelos.
Eso, auriculares. Útiles. Para música, podcasts. Mírate, te cuidas, pensaba. Cogió la caja, miró el precio. Encajaba en los 30 euros si no elegía los más caros.
Pero, ¿para qué? ¿No me compro yo ya todo lo que se supone que debo tener? Teléfono, reloj, zapatos decentes, abrigo que no parezca de mercadillo. ¿Eso es regalo?
Dejó la caja y salió.
En la librería fue mejor. En la entrada, pilas de libros motivacionales: Sé tu mejor versión, Cómo llegar a todo, Felicidad organizada. Cogió uno, ojeó páginas con sal de la zona de confort y sé eficiente, y se sintió más cansado todavía.
Al fondo, la estantería de novelas. Pasó el dedo por los lomos, leyó apellidos conocidos. Antes leía mucho. En la universidad, se zamparía una novela en una noche y al día siguiente llegaba a clase con los ojos rojos. Luego empezó el trabajo, la hipoteca, nació el niño, y leer se volvió una tarea más de la lista de debería.
¿Quizá un libro?, pensó. Pero, ¿cuál? ¿Un desconocido me regalaría un libro si no encuentro tiempo para leer?
Salió sin comprar nada, aturdido por los anuncios y villancicos de fondo.
En casa, su mujer le dijo:
¿Por qué esa cara larga?
Nada grave, contestó, quitándose los zapatos. Tenemos el juego ese en la empresa. Los regalos.
¿Vas a acabar con otra vela y otra taza? rió.
Esta vez es distinto. Cada uno se regala a sí mismo. El sistema se estropeó.
Pues eso está genial, puso un plato de macarrones en la mesa. Regálate algo para lo que siempre te da pena gastar.
¿Por ejemplo?
No sé. Tú sabes mejor que nadie.
Se cayó. El crío ojeaba el libro de texto, fingiendo estudiar.
¿Qué?, insistió ella. Normalmente quieres algo: móvil nuevo, reloj, mochila. Te gustan los cacharros.
Todo eso me lo compro cuando hace falta, dijo. No por capricho.
Entonces, ¿por qué no algo distinto? propuso. Un vale. Para un masaje, un día libre, lo que sea…
Para un día libre no me hace falta vale, cortó. Necesito jefe que no escriba los domingos.
Ella sonrió.
Pues pídelo a tu Santa.
Eso ya no cabe en el presupuesto, bromeó.
Esa noche tardó en dormir. Imágenes de tiendas, slogans, deseos ajenos: desarrolla tu carrera, nuevas metas, prosperidad económica. Todo eso importaba, pero parecía tan accesorio como la guirnalda que guardabas en enero.
¿Qué regalo querría si nadie me juzgara? Ni compañeros, ni mi mujer, ni niño, ni padres, ni el banco.
Seguía sin respuesta.
A falta de una semana para la fiesta, el ambiente en la oficina era de maratón. Aparecieron los primeros paquetes: algunos escondidos en cajones, otros luciéndose en la mesa. Mensajes sobre código de vestimenta, menú, concursos. Marta avisó que habría presentador, DJ y momento especial de Amigo Invisible.
Luis andaba sin regalo aún.
¿A qué esperas? le preguntó Sergio. Luego no quedará nada decente.
Estoy pensando, dijo.
¿En qué hay que pensar? Sergio encogió hombros. Coge algo práctico. Yo he pedido un set para barbacoa. Siempre lo quise y nunca llegaba el momento. Ahora sí.
En la pausa, bajó a la cafetería del bajo. Gente en fila, hablando de informes, atascos, hijos. Sobre la barra, pantalla con anuncio giratorio: ¡Date un capricho! Packs navideños.
Sentado junto a la ventana, sacó el móvil. Buscó regalo para hombre de 40 años. Salieron relojes, carteras, gadgets, kits de bebida, bonos para barbería.
Esto no habla de cómo me siento, pensó, sólo de cómo debería verme.
Cerró la pestaña y abrió la del correo personal. Montones de emails: Hace mucho que no entras en la web, Descuento para ti, Empieza el año con nueva versión de ti.
Uno era de una plataforma educativa a la que se suscribió hace tiempo. Nuevo curso de fotografía, inscripciones hasta el viernes.
Fotografía.
Recordó aquella vieja réflex que compró hace diez años, cuando aún no tenía niño y la hipoteca era solo una sombra. Él paseaba los fines de semana, hacía fotos a la ciudad, a la gente, los escaparates. La cámara quedó guardada en un armario. Primero falta de tiempo, luego de ganas, y últimamente el pensamiento de tontería.
Esto es lo típico, le reprochó la voz interior. Cuarentañero que recuerda que le gustaba la fotografía. Ahora decide que va a ser artista. Ridículo.
Apartó la bandeja, sintiendo un pellizco. No, no vas a dejar nada. Es solo…
No terminó la frase. Vibró el móvil. El jefe escribía: necesito cifras del tercer trimestre para esta tarde.
Luis suspiró y subió.
Esa tarde rebuscó en el armario y halló la bolsa de la cámara, la batería descargada. Encontró el cargador.
Su mujer alzó las cejas:
¿Te has puesto a hacer fotos?
Era sólo por ver si aún funcionaba.
Cuando cargó algo, salió al balcón e hizo un par de fotos al patio: coches, ventanas, la luz de las farolas. Al mirar por el visor, todo el ruido mental se retiró un poco. No desapareció, pero bajó el volumen.
Respiró más despacio.
¿Será esto el regalo?, pensó. No la cámara, sino el permiso de dedicarle un poco de tiempo a la semana. Un par de horas. Sin sentir que está perdiendo el tiempo.
La idea le pareció sencilla y a la vez extraña. La criticó su voz sarcástica: Sí, cómprate el curso de fotos. Como si fuera a cambiar algo.
Pero otra voz, suave, contestó: ¿Y por qué no? Gastas en cosas que olvidarás en un año. Al menos esto te gustaba de verdad.
Volvió al correo y leyó bien la información. Clases sobre composición, luz, paisajes urbanos. Dos tardes por semana online. Justo entraba en el presupuesto del Amigo Invisible.
Un regalo de mí para mí, puesto en manos de un ‘desconocido’ que recuerda qué solía gustarme y no piensa que es una idiotez.
Le dio a Pagar.
Faltaba el formalismo de envolver el regalo para el juego.
Las instrucciones pedían algo tangible. No podía presentarse en la fiesta diciendo me he apuntado a un curso. Hacía falta algo de verdad.
En la papelería, compró una libreta azul oscuro y un sobre. En casa imprimió el email de confirmación del curso y lo dobló con cuidado. En la primera página de la libreta escribió: Para las fotos que aún te quedan por hacer. A su letra le faltaba arte, pero era legible.
Después se puso con la nota. No quería una frase de coaching, sino algo de quien te conoce de verdad.
Tras varios intentos, dejó esto:
«Luis,
A veces hace falta recordarse que eres más que informes y reuniones. Que puedas dedicar algo de tiempo a mirar el mundo sin prisas ni tablas Excel. Ojalá te animes.
Tu Santa».
Releyó la nota. Le dolió un poco por dentro, no de vergüenza, sino porque esas palabras le resultaban tan ajenas como necesarias.
Ese Santa era más atento de lo que él acostumbra ser consigo mismo.
Metió la confirmación en el sobre, el sobre dentro de la libreta, la libreta en papel marrón y la ató con una cinta roja fina.
El paquete era discreto. Sin logos ni lemas.
La fiesta de empresa fue en el salón de banquetes del bajo. Manteles blancos, luces, un DJ pinchando éxitos de siempre. La gente llegaba poco a poco: algunos en vestidos brillantes, otros en camisa pero sin chapa de empleado.
Los regalos en una mesa aparte. Todos llevaban un post-it con el nombre del destinatario. Luis dejó su paquete, echó un vistazo. Bolsas de colores, cajas con lazo, formas extrañas envueltas en papel de plata.
¿Listo para tu momento de autoestima? Marta le guiñó al pasar.
Lo que se pueda, le devolvió.
Al rato, el presentador anunció el momento especial. Bajaron la música, atenuaron la luz. La gente ya estaba animada, unos reían fuerte, otros debatían en la barra.
Amigos, arrancó el presentador este año nuestro Amigo Invisible es tan secreto… que cada uno se ha convertido en su propio mago. Pero, fingimos que no sabemos, ¿verdad?
El salón respondió con carcajadas.
Uno por uno, pasamos a elegir nuestro paquete para abrirlo aquí. Recordad: lo importante no es el objeto, sino lo que descubrís sobre vosotros mismos.
Otro que habla en slogans, pensó Luis.
Cuando le tocó el turno, sintió un nudo raro. Cogió el paquete que ponía Luis García y se fue a su mesa.
¿Eso qué es? se acercó Sergio. ¿No serán calcetines?
Luis desató la cinta, desenvolvió el papel. Dentro, la libreta y el sobre, con su nombre escrito. Manos templadas.
Eso no es un kit de barbacoa, le dijo Sergio.
Luis abrió el sobre. Vio el email impreso del curso. Alrededor, todos celebraban sus batallitas: «¡Me han regalado un spa!», «Mira mi juego de mesa». Vio de reojo cómo Eva, de contabilidad, ocultaba los ojos con un libro de yoga, y Marta se partía de risa con una taza de Mejor empleada.
Leyó la nota. Más de una vez. Las palabras, aunque eran suyas, sonaban como si de verdad alguien las dirigiera a él.
No eres sólo informes y reuniones.
Algo se le movió por dentro, una mezcla de pudor y alivio. Nadie le juzgaba por ese instante de debilidad.
¿Qué tienes ahí? insistió Sergio.
Un curso, contestó Luis con la voz algo cortada. De fotografía. Y la libreta.
Menuda currada, silbó Sergio. Eso seguro viene de alguien creativo. Hay que adivinarlo, ¿no?
No se puede, dijo Luis.
En fin, Sergio ya distraído con su kit de barbacoa. Así harás las fotos de empresa. Te servirá.
Luis cerró la libreta despacio. El presentador seguía haciendo bromas, alguien bailaba. Todo era bullicio, pero por dentro estaba más callado.
Vio la conversación de su mujer en el móvil: ¿Qué tal va eso? Respondió: Todo bien, los regalos son divertidos. Me he regalado un curso pero borró esa parte y puso Ya te contaré.
Volvió a casa cerca de medianoche. Escalera silenciosa, una puerta se cerró arriba. El piso olía a mandarinas y tenía luz cálida en la cocina. Su mujer con un libro; el crío dormía.
¿Y? preguntó ella. ¿Qué te han dado?
Puso la libreta y el sobre en la mesa.
¿Ya, sólo eso? se extrañó.
Dentro hay algo más, abrió el sobre.
Leyó la nota y le miró.
¿Esto lo has escrito tú? preguntó, suave.
Sí, admitió. Y me he matriculado en ese curso de fotografía.
Ella asintió, sin bromas.
Es buen regalo. Si eso te gustaba…
Hace mucho, dijo él.
¿Y qué? Que haya pasado tiempo no significa que se haya terminado.
Se encogió de hombros, pero algo se movió por dentro. Como cambiar un mueble de sitio.
Veremos dijo.
El uno de enero, despertó sin alarma. Mañana gris, coches en el patio, parches de nieve. La cabeza pesada pero soportable. Su mujer y el niño habían ido a casa de los suegros, él iría después.
Silencio inusual. Preparó café, se sentó y abrió la libreta. La primera página seguía allí: Para las fotos que aún te quedan por hacer.
Encendió el portátil, buscó el email del curso. El primer módulo se podía ver ya. Le dio al play y escuchó la voz tranquila del profesor. No hablaba de productividad, sino de la luz y las sombras.
Sin revisar correos del trabajo. El móvil en otra habitación y sin ganas de buscarlo.
Después salió a la calle con la cámara. El frío soportable. Gente sacando basura, perros paseando. Un petardo abandonado en el parque infantil.
Miró por el visor: ramas, cables, ventanas. Nada especial. Al apretar el disparador sintió que hacía algo pequeño, pero suyo.
Ni para el informe, ni para el KPI, ni para la presentación. Solo para él.
Hizo unas cuantas fotos, volvió a casa, las sacó al ordenador. Algunas malas, otras normalitas. Pero una, donde el reflejo de una ventana aparecía en el cristal de un coche, le llamó la atención.
La aumentó para ver detalles. En el reflejo, su silueta con la cámara.
Regalo de un desconocido, pensó. Resulta que era yo mismo. Y tampoco está mal.
Cerró el programa y apuró el café frío. Por delante, el curro, mails y reuniones. Pero también el curso, y una hora reservada para nada más.
Abrió la libreta, escribió la fecha y una frase: Patio, mañana, reflejo en el cristal. Un apunte sencillo, pero suyo.
De repente, por primera vez en mucho tiempo, pensó en el futuro no solo en términos de pagos y obligaciones. Había un rincón pequeño que le pertenecía.
Era poco. Pero suficiente para respirar mejor.
Se sirvió más café y abrió el horario del curso. Abajo, un campo para notas. Escribió: No cancelar por el trabajo. Sonrió, sabiendo que la vida seguro metería su mano, pero ahora tenía derecho a intentarlo.
Y eso también era un regalo.







