Martes, 12 de abril
He pensado mucho antes de escribir estas líneas, pero estoy convencido de que nada como poner negro sobre blanco para enfriar el alma. Todo empezó una noche de tormenta en Madrid, de esas en las que el agua golpea las ventanas como si fuera el diluvio universal; ni en Toledo he visto llover así. Eran cerca de las once cuando sonó el portero automático, y al abrir la puerta me encontré a Carmen, mi amiga de toda la vida desde el colegio de Chamberí. Estaba empapada, arrastrando un trolley y tres bolsas, con lágrimas que se mezclaban con los restos de rímel deslizándose por sus mejillas.
¿De verdad me vas a dejar en la calle con este temporal? Pero mira cómo llueve, parece el Manzanares desbordado. Estoy con el corazón hecho trizas, Diego, por favor dijo con esa voz nasal, haciéndose la víctima.
No supe decirle que no. Al fin y al cabo, Carmen y yo compartimos historias y confidencias desde que teníamos diecisiete años, aunque últimamente apenas quedábamos. La casa es grande, un piso de dos habitaciones cerca de la calle Velázquez; trabajo desde casa como contable, así que pensé ¿Qué puede pasar por unos días?
Entra, pero haz poco ruido, los vecinos ya están dormidos le dije, medio resignado.
Así arrancó este periplo que terminó costándome kilómetros de paciencia y un buen puñado de euros.
Los dos primeros días Carmen estuvo recuperándose, que básicamente consistía en tumbarse en el sofá bajo una manta, ver novelas de Antena 3 y pedirme constantemente infusiones con limón. Yo, sintiéndome responsable por su estado de ánimo, jugaba el papel de anfitrión abnegado, escuchando una y otra vez lo miserable que era Enrique (el exnovio) y sus traiciones varias.
Eres el mejor amigo, Diego. Enrique siempre decía que la amistad verdadera no existe entre hombres y mujeres, pero yo se la voy a demostrar. Cuando consiga levantar cabeza, alquilo un pisazo y te invito a la inauguración me decía, devorando la tarta Sacher que guardaba para mi cumpleaños.
Al tercer día, intenté sacar el tema.
Carmen, dijiste que serían un par de días. Ya estamos a miércoles. ¿Has mirado pisos? El mercado está a tope ahora en Madrid; algo encontrarás rápido.
Me miró como si le hubiera roto el alma. Empezó a llorar y me dijo que ahora mismo no estaba para buscar nada, que el estrés la superaba y que la había dejado temblorosa tras una llamada con una inmobiliaria borde. Me pidió otro par de días.
Las cosas de ratoncita se fueron esparciendo por todos los rincones. El baño ya era suyo: cremas, sérums, mascarillas ordenadas en hileras, desplazando mi gel de ducha de supermercado. La entrada se llenó de abrigos de pelo y botines; la cocina olía a perfume ajeno y el salón a incienso barato.
Por educación y por ese no sé qué de cultura española de no ser borde, fui dejando pasar sus desplantes. Con el tiempo, Carmen se adueñó de mi rutina. Trabajar en casa exige concentración: la contabilidad no tolera errores. Pero ella venía cada dos por tres:
Dieguito, ¿hay algo rico para comer? En la nevera solo quedan yogures y calabacines ¿No tienes esas croquetas caseras que haces con jamón y queso?
Respiré hondo antes de responder.
Carmen, estoy en pleno cierre de trimestre. Si quieres croquetas, hay jamón y queso en el frigorífico: hazlas tú.
Uf, no puedo, que me hice la manicura hoy y el olor a queso me da arcadas. Hazme unas, que seguro te viene bien el descanso.
De nuevo, me tocó ceder. Y ni una sola vez propuso ir al supermercado o pagar la compra. Comía con el apetito de un albañil y ni la menor intención de abrir la cartera.
Diego, me tiene bloqueadas las tarjetas. Ahora estoy tiesa, pero en cuanto termine esta pesadilla y el reparto de bienes, te pago hasta el último céntimo. ¡Tú sabes que yo soy legal!
Sabía perfectamente que no había tal reparto, ni pensión ni nada, pero ¿para qué discutir si lo único que consigues es otra sesión de lágrimas?
La siguiente semana fue ya de surrealismo. Carmen decidió redecorar mi salón por el bien del feng shui. Apartó el sillón que es mi refugio lector y giró el sofá hacia la ventana. Plantó una cenicera sobre la mesa aunque le pedí que no fumara dentro (yo ni fumo). He movido todo para que fluya la energía, me soltó, luciendo mi albornoz y una toalla-turbante.
¿Y el olor a tabaco? pregunté.
¡Una caladita con la ventana abierta! Tengo los nervios fatal, Diego, entiéndelo.
Para rematar, anunció que iba a montar un blog sobre cómo sobrevivir a una traición y renacer. Necesitaba que el salón luciera más luminoso para las fotos.
La nueva vida empieza en el propio piso, Carmen. Dijiste dos días, han pasado dos semanas. Necesito trabajar y descansar, dime cuándo te vas.
Se echó a llorar de nuevo, diciendo que la dejaba tirada, que hasta su madre en un pueblecito de Segovia le parecía una condena y que amigos así no hay en la vida.
Al final, le di siete días más. Por favor, busca trabajo o pide prestado a tu hermana. Pero en siete días quiero el piso libre.
¡Gracias, eres el mejor! Por cierto, he terminado tu champú de peluquería ¿me compras otro? Es genial, me deja el pelo brillante.
Ese día, me di cuenta de que la odiaba. Sí, así, con la indiferencia elegante y silenciosa del madrileño hastiado.
La tercera semana fue un infierno. Carmen trajo amigas extrañas mientras yo estaba fuera y, aunque insistía en que solo tomaron té, la basura evidenciaba las botellas de vino. Hablaba por el móvil como si las paredes no existiesen, despotricando contra Enrique y cotilleando sobre mí como ese aburrido de Diego, aunque yo estuviese al lado y lo oyera todo.
El sábado fue el colmo. Volví tarde de casa de mis padres en Aranjuez, agotado y soñando con centrarme en la Liga. Al entrar, música de reggaeton y risas.
En el recibidor, dos pares de zapatos masculinos, embarrados y de talla monstruosa. Al fondo, sobre la alfombra beige recién llevada a la tintorería, había patatas fritas y una mancha de vino tinto. Carmen, en mi pijama de seda, compartía mesa con dos tipos de aspecto dudoso.
¡Mira quién llegó! Diego, te presento a Rafa y Javi, unos cracks. Me ayudan a despejarme ¿te sumas?
Me crucé de brazos y, con voz firme pero templada, ordené:
Carmen, que se marchen tus amigos. Y ve preparando las maletas.
¡Venga hombre, no seas aburrido! Venimos en son de paz, hasta trajeron vino.
He dicho que fuera. Tenéis cinco minutos, si no llamo a la policía.
El más corpulento refunfuñó. ¿Qué te pasa, tío? Solo estábamos charlando.
No soy tu tío, y tienes cuatro minutos ahora.
Ellos captaron el mensaje y salieron a regañadientes, soltando improperios sobre tías histéricas y locos de atar.
Carmen, ofendida, me gritó que la había humillado ante hombres de verdad. Yo solo le contesté: La suerte no se busca en casa ajena.
No me voy esta noche, ¡es ilegal que me eches! Llevo un mes aquí, es mi domicilio de facto. ¡Llamo a la policía!
No me lo podía creer. ¿De dónde tanta cara dura?
Haz lo que quieras, pero mañana al despertar quiero el piso despejado. No doy más.
Esa noche cerré mi dormitorio con llave. Me sentía un intruso en mi propio hogar. Apenas dormí, oyendo a Carmen deambulando por la casa, llamando por teléfono y arrastrando platos.
Al amanecer, me fui. Cogí la cartera y el móvil, y me dirigí al Leroy Merlin de la esquina. Compré un buen cerrojo para la puerta, de los que no se fuerza ni con palanca. Llamé a un cerrajero de barrio el número lo saqué de la revista del supermercado y le pedí que viniera en cuanto pudiera. Pago lo que haga falta, pero hay que cambiar el bombín ya mismo.
Cuando volví dos horas después, el piso seguía en penumbra y Carmen dormía a pierna suelta. Esperé al cerrajero, que me miró con complicidad.
¿Desalojando un inquilino molesto o la ex? bromeó.
Una amiga que se pasó de lista, Angelito respondí con resignación.
Llamé al timbre. Nada. Otra vez, más fuerte. Al final Carmen apareció con el pelo revuelto y mi pijama, viendo al cerrajero detrás de mí.
Tienes quince minutos para vestir, empacar tus cosas y despedirte. El maestro va a cambiar el bombín.
¿Estás loco, Diego? ¿Qué tramas?
Nueva cerradura, llave nueva, no hay copias. Te has excedido. El tiempo empieza a correr.
El cerrajero desplegó herramientas y el ruido de la taladradora la hizo reaccionar. Recogió furiosa sus cosas, soltando gritos e insultos, tratando de llevarse mi secador y mi bata.
Por favor, deja eso, son míos. Solo tus cremas y tus trapos le dije, revisando sus maletas.
¡Ojalá te pudras! Voy a contarle a todo el mundo quién eres de verdad.
Haz lo que quieras, pero la mancha de vino, si todo va bien, la arreglará la tintorería. Tu egoísmo, eso no se limpia con nada.
Al cerrar la puerta detrás de ella y oír el clic del nuevo candado, sentí un alivio que no puedo describir. Angelito me entregó tres llaves nuevas.
Ya está. Nadie entra sin su permiso.
Muchas gracias, de verdad le dije al pagarle los 120 euros. Pagué con gusto.
Abrí ventanas, lavé las cortinas, enrollé la alfombra insultada y dejé el teléfono en silencio total. Carmen llamó, los colegas comunes también. Bloqueé su número, salí de todos los grupos en WhatsApp.
Por fin, silencio. Madrid resplandecía detrás del cristal y solo sonaba el tráfico lejano. Preparé café, verdadero, y lo saboreé en el sillón que mandé volver a su sitio. Nadie interrumpe, nadie juzga, nadie me pide nada.
Al caer la tarde pedí pizza gran tamaño, doble queso y me la zampé viendo fútbol, sin que nadie pusiera pegas. Dormí mejor que en todo el mes.
Carmen apareció una semana después mientras yo estaba fuera, dejó una nota exigiendo que le devolviera un cepillo olvidado. Lo tiré a la basura y ni me molesté en responder. Supe que volvió con Enrique y anda contando que vivió conmigo para salvarme de la depresión, cocinando y limpiando, y que la eché por celos.
Me río cuando lo escucho. Que diga lo que quiera: las llaves solo están en mi bolsillo. Aprendí que hospitalidad está bien, pero confundir ser turista con mudarse ya es otra cosa.
La historia me dejó una lección. Por muchos años de amistad, por muy abierto que seas, tu casa es tu refugio; hay que saber decir basta cuando la invasión es total. Y, por si acaso, tener siempre el número del cerrajero guardado.







