Vacaciones sin horarios En la cocina zumbaba la campana extractora y Andrés releía por tercera vez el mensaje en el chat familiar. «¿Cómo vais, ya preparando? Nosotros, como siempre, sepultados de ensaladas», escribía la prima de su mujer y añadía un emoticono sudoroso. Dejó el móvil sobre la mesa, junto a la tabla de cortar. En ella reposaba una solitaria zanahoria. No pensaba pelar más. —¿Otra vez recuento de picadillo? —preguntó Nadia, asomándose desde la cocina con una pinza en la boca. Colgaba las toallas lavadas en el radiador para que no estuvieran húmedas en la fiesta. Andrés asintió y señaló la pantalla: —Ya llevan tres barreños de ensaladilla y una lubina rellena. Adjuntan pruebas fotográficas. Nadia retiró la pinza, echó un vistazo y sonrió de lado: —Cada casa con su vicio. Lo decía tranquila, pero Andrés notó tensión en su voz. No era para menos: 28 de diciembre, siete de la tarde, y sobre su mesa no había ni las habituales montañas de menús, ni el calendario de compras, ni el planning para recibir y llevar gente. El año anterior por estas fechas ya corrían por el hipermercado, discutiendo si hacía falta otro rollo de carne y regañando porque Andrés olvidó pedir el taxi para la tía. El anterior fue una maratón de colas, brindis y fregoteos hasta las tantas. Cada vez Nadia decía que el siguiente año sería distinto, pero nunca ocurría. Aquel diciembre la conversación llegó en el coche, aparcados frente al portal. Andrés recordaba cómo se quedaban sentados en el frío, mientras, desde el asiento de atrás, se escuchaba el ronquido suave del perro agotado de tanto viaje al pueblo. —No quiero pasar más así —dijo Nadia con la frente apoyada en el volante—. Estoy harta de recibir la fiesta en la cocina. Andrés se quedó callado, mirando las luces de la guirnalda en la ventana del edificio. Él también estaba cansado: de llamadas obligatorias, de visitas «breves» que duraban hasta el alba, de organizar la diversión de otros. —Vamos a no hacerlo —dijo él—. Este año sin maratón. Al principio lo hablaron con cautela. Quizás reducir gente. Pedir parte de la cena a domicilio. Nadie, de pronto, suspiró: —¿Y si no invitamos a nadie? Lera, por supuesto. Y mis padres, solo un día, nada más. No le sorprendió tanto la idea como el tono: como si propusiera algo prohibido. —¿Y si a nadie? —respondió él—. Llevamos los regalos a los padres el 31, nos quedamos dos horas. Y la noche, los tres. Nadia tardó en responder, luego asintió. En ese momento parecía un juego. Ahora, a tres días de las fiestas, el juego era real. —Mamá, papá —Lera, su hija de veinte años, los llamó desde el pasillo—. No encuentro mis botas. —Mira bajo la mesilla —contestó Andrés—. Las tiraste ahí ayer. Lera apareció en la cocina, en un calcetín de lana y móvil en mano. —Ya está —sonrió—. Oye, seguro que nadie viene en Nochevieja, ¿no? A mi amiga le dije que no podía ir, que es día familiar. —Familiar será —respondió Nadia—. Pero sin invasión. —¿Significa que estaré sola con vosotros dos? —Lera se hizo la escéptica—. ¿No me obligaréis a ver el especial de Nochevieja? —Ni nosotros vamos a verlo —dijo Andrés—. Plan: no hacer nada. Programa completísimo. Lera resopló, se puso el abrigo y ya con la bufanda, preguntó: —¿La abuela sabe que no invitáis a nadie? —Lo sabe —suspiró Nadia—. El abuelo también. Dicen que es raro, pero lo superarán. —¿Y la tía Concha? —insistió Lera. —De momento, sigue escribiendo sobre la lubina —informó Andrés sombrío. Lera se rió, saludó y salió dando un portazo. El perro, dormitando en la alfombra, levantó la cabeza y volvió a tumbarse. —Pues nada —dijo Andrés mirando la zanahoria—. Es verdad que lo vamos a hacer. Nadia no contestó enseguida. Se acercó a la ventana y descorrió la cortina. Fuera ya colgaban farolillos, niños deslizándose por el montículo de nieve, padres en plumíferos cambiando de pie. —De verdad lo hacemos —repitió ella en voz baja—. Y me da hasta miedo. La mañana del 31 no empezó con despertador. Andrés despertó solo, ya amaneciendo, sorprendido por el silencio. Otros años a esas horas la cocina era un hervidero de ollas y llamadas de cuándo llegar. Esta vez solo se oía el reloj. El cuarto de Lera a oscuras, la puerta cerrada. Nadia dormía a su lado, con la nariz bajo la manta. Andrés se estiró, miró el móvil. Un par de correos de trabajo, ya sin prisa. Ayer todos se deseaban «descansar aunque sea un poco», aunque planeaban acabar informes hasta el último minuto. Se levantó, se puso el batín y fue a la cocina. Café, tostadas, queso. El día anterior Nadia había dejado una nota: «Menú: ensaladilla, pescado, algo caliente sencillo. Ya». La nota pegada en la nevera, con un imán de la costa. Andrés coció huevos, los peló, cortó embutido y pepinillos. Tardó menos que otros años en solo hacer la lista de la compra. Al mezclar todo en una fuente grande, le dio un vuelco. La fuente parecía vacía. Antes elegían la más grande «por si acaso y que sobre». Ahora «todos» eran tres. Se sorprendió cogiendo más embutido, y detuvo la mano. —No —dijo en voz alta—. Suficiente. —¿Para quién suficiente? —preguntó Nadia apareciendo, despeinada y en batín. —Para nosotros. Ensaladilla. No hago reserva para un regimiento. Ella se acercó a mirar y frunció el ceño: —Parece… poco. —Somos tres —recordó él. —Sí, pero… —ella removió con la cuchara, como comprobando cuán profundo llegaba—. ¿Y si alguien se presenta? —Acordamos que esta vez no. Negó con los hombros, se sirvió café. —Sabes —apoyándose contra la mesa—, toda la noche he pensado que mamá llamará al final y querrá pasarse. Y no voy a saber decirle que no. —Llamará —aceptó Andrés—. Y le dirás que vamos mañana, como acordamos. Nadia suspiró y bebió. —Vale. Probamos. Al mediodía montaron en el coche con bolsas de regalos y una tarta que Nadia horneó «por si acaso». Cuarenta minutos hasta los padres, con Andrés bromeando sobre atascos y Lera enseñándoles memes de «locura navideña». En la casa de los padres, Nadia se fue directa a ayudar en la cocina, pese a habérselo prohibido. Andrés y su suegro brindaron con anís, charlaron de política y del precio de la gasolina. La madre de Nadia murmuraba que «ya no es igual» y miraba el reloj cuando se recordaba que debían irse pronto. —¿Cómo que celebráis en casa, solo los tres? —preguntó cuando se ponían el abrigo—. ¿Y Concha con los críos? —Concha celebra en su casa —dijo Nadia ajustando la bufanda—. Queremos hacerlo diferente. —Diferente, diferente… —refunfuñó—. Antes todos juntos, era más alegre. El viejo sentimiento de culpa subió por dentro. Casi se le escapó un «vale, venid esta noche», pero Andrés, como adivinándolo, le puso la mano en el hombro. —Mañana volvemos —dijo él—. Y nos quedamos tranquilos. Hoy queremos quedarnos. La madre les miró, luego a Nadia, y suspiró. —Vosotros veréis. No os quejéis luego si estáis solos. En el coche de vuelta Nadia se quedó callada. Lera chateaba riendo con los mensajes de voz de las amigas. —Mamá —dijo guardando el móvil—. Debaten si es mejor en casa o de fiesta. Una dice que la familia es sagrada, otra que hay que vivir la noche al máximo. ¿Y tú qué opinas? —Que lo sagrado es no acabar desmayada de agotamiento, nariz en la ensaladilla —refunfuñó Nadia. —Yo opino —añadió Andrés— que el año que quieras irte de fiesta, lo haremos. Sobreviviremos. Lera soltó una carcajada: —Ya veremos. Este año os aguanto, el próximo quién sabe. A las ocho la casa estaba silenciosa y extrañamente espaciosa. Tres platos sobre la mesa, ensaladilla en fuente modesta, pescado, pollo asado, una botella de cava. La guirnalda parpadeaba, pero no como en el salón familiar. —Parece… vacío —dijo Nadia arreglando servilletas. —Es normal —contestó Andrés—. Nos falta ruido. Lera apareció en vaqueros y jersey, sin vestido de gala como siempre preparaba Nadia. —¿Hay código de vestimenta? —dijo girándose—. Pensaba que me obligaríais a arreglarme. —El código es: como quieras —dijo Andrés. —Vaya —se sorprendió Lera—. Qué relajados os veo. Se sentaron a cenar. La tele estaba puesta pero sin volumen alto ni galas musicales. Andrés buscó una película antigua que les gustaba en la universidad. —Sin show interminable —propuso—. Mejor algo tranquilo. —¿Y las campanadas? —preguntó Lera. —Eso sí —dijo Nadia—. Yo no soy tan radical. Cenaron, charlaron. Lera contó del profesor que mandó como deberes «pensar en el futuro» y todos discutían qué demonios significaba. Nadia se dio cuenta de que no se levantaba cada cinco minutos a servir algo. Andrés disfrutaba no tener que hacerse sitio para el siguiente invitado. A las nueve llamó Concha. —¿Cómo vais? —preguntó—. Aquí la casa a rebosar, los niños desatados, no caben las ensaladas. Qué pena que no estéis. Está muy animado. Nadia, con móvil en mano, miraba la mesa pequeña, a Lera enseñando un vídeo a su padre y sintió el clic desagradable. —Aquí también estamos bien —respondió—. Este año diferente. —Ya —notó el fastidio en la voz de Concha—. Bueno, no os molesto. Felices fiestas. Al volver a la mesa, a Nadia ya no le salían las bromas. Dentro revoloteaban las frases: «qué pena que no estéis». —¿Todo bien? —preguntó Andrés cuando Lera fue por zumo. —Bien —respondió demasiado rápido Nadia—. Solo… raro. A las diez y media el móvil vibró de nuevo. El chat familiar: fotos de mesas, niños con espumillón, mensajes «qué pena que no vinisteis», «sin vosotros no es igual». Alguien mandó una foto antigua, ellos dos tras los parientes, cansados pero sonrientes. Nadia se quedó mirando la foto y sintió el nudo. Un pinchazo en el pecho y los ojos húmedos. —Lo he estropeado todo —soltó—. Ellos allí juntos, y nosotros… —También juntos —dijo Andrés suave. —Pero no es igual —se levantó brusca—. Mira qué feliz parecen. Nosotros aquí, los tres, como si no nos hubieran invitado. —Nos invitaron —recordó él—. Decidimos no ir. —Igual nos equivocamos —dijo nerviosa, repasando la mesa—. Igual ha sido un error. Voy a escribir que vamos. Aún llegamos. —Mamá —Lera volvió con el zumo y se quedó en la puerta—. ¿Qué pasa? —Nada —mintió Nadia, ya con voz quebrada—. Chorradas. Cogió el móvil, abrió el chat y empezó a escribir: «Al final vamos, si no es tarde…» Con dedos temblorosos. Andrés la miró y vio que estaban al borde de desandar lo andado. Mañana despertarían agotados, otra vez la fiesta para los demás. —Nadia —se acercó y le cogió la muñeca con suavidad—. Espera un segundo. —Déjame —pidió sin mirar—. Solo quiero preguntar si les parece bien. Quizá nos esperan. —Nos esperan todos los años —insistió él—. ¿Tú qué esperas? Lera aguardaba en silencio, abrazo al paquete de zumo, primero desconcertada, luego firme. —Mamá —dijo—. La verdad, me alegro de estar en casa. No quería decirlo por no hacer daño a la abuela, pero estar en esos banquetes me pesa. Cada año pienso cuándo podré escabullirme. Nadia la miró. —¿De verdad? —De verdad —dijo Lera, encogiéndose de hombros—. Os quiero. Y a la abuela, a todos. Pero cuando es obligación, quiero huir. Hoy, en cambio, es tranquilo. Nadia dejó el móvil sobre la mesa. La pantalla mostraba el mensaje sin acabar. —Me da miedo ser… aparte —confesó—. Que nos dejen de invitar y quedemos solos. —No somos extraños —dijo Andrés—. Solo no tenemos que estar siempre. Se puede estar en casa, a veces. Lo decía calmado, pero también sentía el mismo miedo: quedar fuera del guion familiar, no encajar. Pero él ya lo había asumido. —Propongo esto —sugirió—. Hoy nos quedamos. Mañana, vemos si queremos ir con alguien. No «porque toca», sino porque apetece. Lera asintió. —Y el próximo año decidimos antes adónde queremos ir —añadió—. No por inercia. Nadia se pasó la mano por la cara, respiró hondo. —Vale —aceptó—. Hoy nos quedamos. Borró el mensaje, bloqueó el móvil y lo dejó boca abajo. —Aun así siento culpa —confesó—. Como si abandonásemos a alguien. —No se pasa en una noche —respondió Andrés—. Son muchos años de costumbre. —¿Puedo decir una cosa incómoda? —dijo Lera—. A lo mejor no solo empujabais a todos, sino que os empujaban a vosotros. Podíais decir «basta» hace diez años. Nadia sonrió entre lágrimas: —Gracias, capitana obvia. —De nada —replicó Lera seria. Volvieron a la mesa. Quedaba una hora para la medianoche. La tele cambiaba de espectáculo, pero ya nadie prestaba atención. —¿Jugamos a algo? —propuso Andrés—. Así no miramos el reloj. —¿Cartas? —se animó Lera. —Pues cartas. Barajaron, discutieron las reglas, rieron cuando Lera hacía trampas. Nadia notó que la risa era sincera, no solo amable para que nadie se aburriera. Sí pusieron las campanadas. Brindaron, desearon salud y… descanso. La palabra sorprendió, pero era perfecta. —Quiero que este año aprendáis a descansar —dijo Lera, alzando su vaso de zumo—. Y yo también. —De acuerdo —dijo Andrés. —Vamos a intentarlo —añadió Nadia. Los primeros días de fiesta pasaron lentos. De verdad se quedaron durmiendo hasta las diez, a veces once. Andrés leyó por fin ese libro olvidado, tirado en chándal sobre el sofá. Nadia rebuscó fotos antiguas en el portátil, pero no para hacer un post apresurado, solo por gusto. Lera se iba a pasear con amigas o se quedaba viendo series y dibujando en su tableta. A veces los tres salían juntos, caminaban al parque, donde los niños se tiraban por el hielo y los mayores tomaban café en vaso de cartón. Un día Andrés notó que estaba… aburrido. No como en una reunión, sino distinto. Demasiada calma, pocas tareas. Se acercó a la ventana, vio los chavales lanzando fuegos artificiales a pleno día y sintió esa inquietud de hacer algo mal, desaprovechar el tiempo. —Nadia —llamó—. ¿Vamos a algún sitio? Al centro comercial, al cine. Me parece que… estamos atascados. Nadia alzó la vista del ordenador. —No quiero ir al centro, hay mucha gente. Al cine sí, pero hoy no. Justo ahora disfruto sin tener que hacer nada. —Sin hacer nada… —repitió Andrés—. ¿Y si todo el tiempo no hacemos nada útil? —¿Qué consideras útil? —preguntó ella. —No sé —se rascó la cabeza—. Poner orden en el balcón. Ir a ver a mis padres. Visitar a tu tía. Empezar la reforma del baño. —Reforma en vacaciones, eso sí es fuerte —rió Nadia—. A tus padres iremos. No es que tenga manía a la gente. Es que no quiero correr siempre. Andrés sintió la irritación subirle. —No sé estar tumbado —dijo—. Me siento vago. —Trabajas todo el año —contestó ella suave—. Puedes una semana no ser eficiente. —Eso es fácil de decir —gruñó y se fue a la cocina. Allí empezó a ordenar la caja de bolsas por tamaños. A los cinco minutos se dio cuenta de lo absurdo y se rió. Pero la inquietud seguía. Por la tarde miró la red social. Amigos en pistas de esquí, en el extranjero, en saunas con ramas. Todos con pie de foto: «Vacaciones activas», «Nada de sofá». Andrés se sorprendió enfadado. Con ellos, consigo mismo, por querer competir. —¿Por qué esa cara? —preguntó Lera mirando la pantalla. —Mira —le enseñó un par de publicaciones—. Ellos viven, y nosotros… —¿Y nosotros qué? —le interrumpió—. También vivimos. Pero distinto. Pensó y añadió: —¿Quieres que te enseñe a no mirar donde solo hay motivo para compararse? Sonrió él: —Hablas como si fuese un abuelo. —Vosotros también nos enseñáis algo —replicó Lera—. Yo ya sé que no hay que tomar café a partir de las seis. Le quitó el móvil y scroll arriba-abajo. —Mira —dijo—. Uno en la montaña. Bien, pero llegará agotado. Otro en la sauna, qué calor. Pero tú ahora en casa, en pantalón blando, y sin prisa. Eso también es ventaja. —Lo dices como si fuera un logro —resopló él. —Para vosotros sí lo es —respondió Lera—. No sabéis relajaros. Andrés quiso rebatir, pero no encontró argumento. Al día siguiente hubo bronca, pequeña pero incómoda. Andrés enganchado al serial toda la mañana. Nadia queriendo ordenar todo lo pendiente. Al fin estallaron. —Llevas todo el día en la tele —le recriminó ella—. Se te van a cuadrar los ojos. —Y tú todo el día moviendo cosas —replicó sin mirar—. ¿Eso es más productivo? —Al menos avanzo. —Yo también hago algo. Descanso. —Eso no es descanso —saltó ella—. Es evasión. Paró el serial y se giró. —¿Y tu orden no es evasión? —la desafió—. No puedes sentarte y no hacer nada. Siempre buscas qué mejorar. Se quedaron callados, mirándose. En ese silencio se notó que ambos veían en el otro el reflejo de sus temores. —Vale —cedió Nadia, bajando los brazos—. Media jornada tú ves tu serie, media no toco nada. Nadie se queja. —De acuerdo —asintió él—. Y añadimos que hacemos algo juntos cada día. Da igual qué. —Salir a pasear —ella sugirió—. O ver una película. —O juegos de mesa —propuso Lera desde el pasillo. Resulta que había escuchado todo. —Voto por juegos. Así salió la primera norma de las vacaciones. No borró costumbres viejas, pero sí dio margen. Andrés vio series sin culpa; Nadia a veces se tumbaba con él, sin pensar en qué mandar hacer. Un par de días después visitaron a los padres de Andrés. También había bullicio, pero menos. Los padres mayores, menos visitas. Pasaron unas horas, comieron tarta, hablaron de tiempo y salud. —¿Cómo es que estáis tan libres este año? —preguntó el padre mientras servía té—. Antes todo programado. —Queríamos dejar aire —contestó Andrés. —Bien hecho —apoyó la madre, inesperadamente—. Siempre lleváis todo encima. Descansad de verdad. Andrés se sorprendió. Esperaba críticas y recibió comprensión. Lo compartió con Nadia en el coche. —¿Ves? —le dijo—. No todos creen que traicionamos la tradición. —Igual soy yo la que lo ve así —admitió ella—. Demasiados años en el guion para salir de golpe. —No tenemos que salir de golpe. Escalonando. Asintió. Los días restantes vivieron, efectivamente, por etapas. Uno entero en casa: leer, cocinar sencillo. Otro «excursión» por la ciudad: paseo por las calles iluminadas, café en bistró donde nadie esperaba ni despedía. —¿Sabes? —dijo Nadia al sentarse con chocolate caliente—. Me he dado cuenta que me gusta no tener plan cada día. Por la mañana pienso qué quiero, no qué debo. —¿Y qué deseas hoy? —preguntó Andrés. —Hoy… nada especial. Solo caminar a tu lado. Sonrió él. —Yo quiero no reprocharme que no pasa nada especial. —Eso es más complicado —notó ella. —Pero se puede entrenar. Miraron a los transeúntes. Algunos corrían con bolsas, otros se tomaban fotos junto al árbol, otros llevaban al niño agotado. Cada uno su propia fiesta. El último día de vacaciones amaneció claro y frío. Lera salió con una amiga, prometiendo volver antes de cenar. La casa, especialmente tranquila. —¿Te apetece ir al parque? —propuso Andrés—. Sin perro, sin nadie. Solo andar. —Apetece —respondió Nadia. Se abrigaron, salieron. La nieve crujía, el aire picaba. En el parque menos gente que al principio de enero. Patinadores, algún carrito. Anduvieron, a ratos en silencio, a ratos con frases breves. El silencio no pesaba. Nadia pensaba en que mañana volverían los correos, las llamadas, los «ayúdame, organiza». Pero sentía un raro sosiego. —Pensaba —confesó sentándose en el banco— que si este año no hay gran fiesta, dentro de mí algo se rompería. Que dejaría de ser… buena hija, buena anfitriona. —¿Y ha pasado? —preguntó Andrés. —Nada roto —sonrió ella—. Estoy bien incluso sin eso. —Yo pensaba que si no era útil, sería… prescindible —compartió él—. Pero se puede estar en el sofá y ser valioso. Aunque solo para ti y para Lera. —Para Lera, sobre todo —apuntó Nadia—. Ella ve todo. Anduvieron un poco más y se sentaron de nuevo. Andrés se quitó un guante y le cogió la mano. —Prometamos algo —pidió él—. El próximo año no invitamos «por defecto». Primero vemos qué queremos. Luego, ya intentamos encajar con los demás. —Vale —aceptó ella—. Y si me entra el pánico y empiezo a invitar a todos, me frenas. —Y si yo apunto a todo evento, me frenas tú. —Hecho. Se quedaron un rato; luego volvieron a casa. El portal olía a abeto y mandarina. Alguien puso música, no demasiado alta. En casa, Andrés puso el hervidor, sacó galletas. Nadia encendió una vela en la ventana, no por decoración, sino por costumbre de invierno. —¿Crees que a partir de ahora será siempre así? —preguntó ella sirviendo el té—. Sin carreras. —No lo sé —dijo él sincero—. A lo mejor otro año queremos juntar a todos. Pero, creo, la diferencia es que lo decidiremos nosotros, no será por obligación. Ella asintió. Seguía un poco inquieta, pero ya no era la inquietud la que mandaba. Por la tarde volvió Lera, con la nariz roja y una amplia sonrisa. —La madre de mi amiga se fue al balneario, los padres le dejaron una nota: “Hemos decidido descansar. Ya eres mayor, apáñate tú sola”. Se enfadó al principio, pero dice que mola. —Lo ves —dijo Andrés—. Todos aprenden. —Yo también lo hago —añadió Lera—. Me gusta cuando no estáis corriendo, sino en casa. Aunque discutáis por la tele o las bolsas. Nadia rió. —Intentaremos ser más “simplemente en casa” —prometió ella. Se sentaron los tres en el sofá, pusieron una peli elegida por Lera. El té enfriándose, las galletas desmenuzadas en el plato. Fuera, los últimos fuegos artificiales dibujaban la noche sin tapar las risas suaves. La fiesta que temieron perder no estaba donde más ruido había. Estaba en esa escena sencilla: tres personas que se permitieron descansar juntas, sin demostrar a nadie cómo se celebra el año nuevo. Y era suficiente.

Vacaciones sin horarios

La campana extractora zumbaba en la cocina mientras yo leía por tercera vez el mensaje en el grupo familiar de WhatsApp.

¿Y vosotros qué, ya estáis preparándoos? Nosotros tenemos las ensaladas hasta arriba, como siempre escribía la prima de mi mujer, acompañado de un emoticono sudoroso.

Dejé el móvil sobre la mesa, junto a la tabla de cortar. Sobre ella quedaba una solitaria zanahoria. No pensaba pelar más.

¿Otra vez informes de picado? preguntó Nadina, asomándose a la cocina con una pinza entre los dientes. Estaba colgando las toallas recién lavadas en el radiador, para que estuviesen secas en Nochevieja.

Asentí y señalé la pantalla:

Ya van por tres fuentes de ensalada y una lubina rellena. Fotos incluidas como prueba.

Nadina se sacó la pinza de la boca, echó un vistazo rápido y soltó una sonrisa irónica:

Cada uno celebra como quiere.

Lo decía con calma, pero le noté tensión en la voz, nada raro considerando que era veintiocho de diciembre a las siete de la tarde y nuestra mesa no exhibía, como otros años, la habitual montaña de listas de menú, agendas de compras ni esquemas de quién llegaba cuándo y adónde había que llevarle.

Otros años para estas fechas ya corríamos con el carrito por el supermercado, discutiendo si hacía falta otro tronco de Navidad y enfadándonos porque yo había olvidado pedir taxi para mi tía. Y el año previo fue una secuencia interminable de colas, brindis y fregar platos hasta las dos. Nadina siempre decía que el siguiente año lo haríamos diferente, pero nunca salía.

Este diciembre la conversación clave sucedió en el coche, aparcados debajo de casa. Recuerdo perfectamente que nos quedamos sentados en el frío, con el perro, exhausto de tantos viajes al pueblo, roncando flojito detrás.

Ya no quiero esto confesó Nadina, apoyando la frente en el volante. Estoy cansada de recibir el año nueva metida en la cocina.

Yo no contesté enseguida, miraba las débiles lucecillas de la guirnalda en la ventana del portal. También estaba harto. De las llamadas forzosas, de los invitados que venían un rato y se quedaban hasta el alba, de que siempre acabásemos siendo los organizadores de la juerga ajena.

¿Y si este año no lo hacemos? solté. Sin maratón.

Al principio lo hablamos con cautela. Quizás recortar invitados. Quizás encargar parte de la comida. De pronto Nadina exhaló:

¿Y si no viene nadie? Bueno, salvo Laura, claro. Y mis padres, pero solo un día y poco rato.

Me sorprendió más el tono que la propuesta: como si sintiera culpa de sugerir algo tan fuera de norma.

¿Y si no viene absolutamente nadie? le seguí el juego. A los padres les llevamos los regalos el treinta y uno por la mañana. Nos quedamos un par de horas. Y la Nochevieja la pasamos los tres.

Nadina se quedó pensativa mucho tiempo, luego asintió. Aquello parecía casi una broma.

Ahora, a tres días de la fiesta, la broma era un hecho.

¡Mamí, papi! la voz de Laura, nuestra hija de veinte, retumbó desde el pasillo. No encuentro las botas.

Mira debajo del mueble del recibidor le respondí. Ayer las lanzaste ahí.

Entró en la cocina con un solo calcetín de lana y el móvil en la mano.

Ah, sí, aquí están se rio. Oye, ¿seguro que no viene nadie en Nochevieja? Se lo he dicho a una amiga, que no podía ir a su casa porque tenemos plan familiar.

Habrá plan familiar le asegura Nadina, pero no una invasión.

¿Entonces estaré sola con vosotros? curioseó Laura, entornando los ojos. No me obligaréis a ver Noche de Fiesta, ¿no?

Ni lo veremos nosotros dije. El plan es… no hacer nada. Un programa intensivo.

Laura se encogió de hombros, se puso el abrigo y al atarse el pañuelo preguntó:

¿La abuela sabe que no hay convite?

Lo sabe suspiró Nadina. Y el abuelo también. Dicen que les parece raro, pero lo aceptan.

¿Y la tía María? insistió Laura.

La tía María sigue mandando fotos de lubinas le informé con humor sombrío.

Laura se rió, hizo un gesto despedida y salió dando un portazo. El perro, que dormía sobre la alfombra, alzó la cabeza, suspiró y volvió a tumbarse.

Bueno… suspiré, mirando la zanahoria. Lo estamos haciendo de verdad.

Nadina no respondió inmediatamente. Se plantó ante la ventana, descorrió la cortina. En el patio ya lucían lucecitas en los árboles, los críos se tiraban por un montón de nieve improvisada mientras los padres se movían de pie con los abrigos.

De verdad repitió en voz baja. Me da hasta miedo.

El treinta y uno de diciembre no empezó con alarma. Me desperté solo, con la luz del día entrando por las persianas, sorprendido por el silencio. Otros años a esa hora ya tronaba la vajilla en la cocina y el caldo empezaba a hervir, entraba alguna llamada preguntando a qué hora llegar.

Aquel día sólo sonaban las manecillas del reloj. La puerta de Laura estaba cerrada, todo oscuro en su cuarto. Nadina seguía dormida, acurrucada contra el edredón.

Me estiré, miré el móvil. Dos emails de trabajo, ninguno urgente. Los compañeros ayer se deseaban descanso de verdad, aunque casi seguro que seguían puliendo informes hasta el último día.

Fui a la cocina, me puse el batín. Café, tostadas, queso. Nadina había escrito la lista el día anterior: Menú: ensaladilla, boquerones, algo de segundo sencillo. Punto. El papel lo tenía el imán de la nevera, con una imagen de la costa.

Cocí huevos, los pelé, piqué el jamón y los pepinillos. Me llevó menos que lo que solía tardar sólo en preparar la lista de la compra.

Cuando puse la ensaladilla en la fuente, me picó la conciencia. La fuente se veía casi vacía. Otros años usábamos la grande, para que sobre y se pueda llevar. Ahora todos éramos tres.

Me pillé cogiendo por inercia la segunda bandeja de jamón, y detuve la mano.

No, me dije en voz alta. Con esto sobra.

¿Sobra para quién? preguntó Nadina, entrando entre sueños, con el pelo revuelto y el batín.

Para nosotros. He decidido no preparar reserva para el ejército.

Ella se acercó, miró la fuente y arrugó la nariz.

Es… poco.

Somos tres le recordé.

Ya, pero… removió con la cuchara, como si midiera la profundidad. ¿Y si se presenta alguien?

Si hemos quedado en que nadie viene.

Encogió los hombros, se sirvió café.

Sabes… dijo, apoyada en el borde de la mesa. Toda la noche temí que mi madre llamase diciendo que al final querían pasarse. Y no sabría decirles que no.

Lo hará le admití. Y le dirás que mañana vamos nosotros. Como quedamos.

Nadina suspiró y dio un sorbo.

Vale. Probemos.

A mediodía nos subimos al coche; en el asiento de atrás, las bolsas con regalos y un tupper de empanada que Nadina horneó por si acaso. Tardamos unos cuarenta minutos en llegar a casa de los padres; yo me divertía haciendo chistes sobre el tráfico, Laura pasaba memes de locura de fin de año desde el móvil.

Nada más llegar, Nadina se fue a ayudar en la cocina, aunque había jurado no hacerlo. Yo brindé con mi suegro, charlamos de política y del precio de la gasolina. Mi suegra refunfuñaba que ya nada es como antes y miraba el reloj cada vez que recordábamos que nos iríamos pronto.

¿Cómo que vais a recibir el año en casa los tres? preguntó cuando nos echábamos el abrigo. ¿Y María y los niños?

María se queda en su casa esta vez explicó Nadina, ajustándose el pañuelo. Queríamos probar algo distinto.

Distinto, distinto… murmuró la madre. Antes todos juntos era más alegre.

A Nadina le inundó esa culpabilidad familiar, a punto de decir bueno, pues venid esta noche, cuando sentí que le puse la mano en el hombro.

Mañana venimos otra vez le prometí. Nos quedamos más rato. Hoy queremos estar tranquilos.

Me miró, miró a su hija, suspiró.

Bueno, vosotros mismos. No os quejéis si luego es como si no estuviéramos.

En el coche, de vuelta, Nadina iba callada. Laura se reía con audios en el chat de sus amigas.

Mamá le dijo guardando el móvil, allí discuten si es mejor en casa o en la discoteca. Una dice que la familia es lo más, otra que hay que salir mientras se es joven. ¿Tú qué opinas?

Opino que lo más santo es no quedarse dormida encima de la ensaladilla del cansancio bufó Nadina.

Y yo añadí opino que el año que viene puedes ir donde quieras. Sobreviviremos.

Laura bufó:

Ya veremos. Este año me quedo con vosotros.

A las ocho nuestra casa resultaba silenciosa y espaciosa. Tres platos en la mesa, la fuente modesta de ensaladilla, boquerones, pollo al horno, una botella de cava. La guirnalda relucía en la ventana, pero nada que ver con el salón de los padres, donde solía juntarse toda la familia.

Está… vacío murmuró Nadina, arreglando las servilletas.

Está bien contesté. Solo no estamos acostumbrados al silencio.

Laura salió en vaqueros y jersey; nada del vestido de fiesta que Nadina solía comprarle por adelantado.

¿Qué dress code hay? preguntó, girando sobre sí. Pensé que me ibais a obligar a arreglarme.

El dress code es como te dé la gana dije.

Vaya se sorprendió. Sois raramente relajados.

Nos sentamos. La televisión seguía de fondo pero sin la estridencia habitual. Busqué una película antigua que Nadina y yo veíamos en la universidad.

Mejor sin actuaciones interminables propuse. Apetece algo tranquilo.

¿Las campanadas no? preguntó Laura.

Las campanadas sí concedió Nadina. No estamos para rupturas radicales.

Comimos, charlamos. Laura contó que un profesor les había mandado pensar en el futuro como tarea y que el grupo discutía qué quería decir eso. Nadina se sorprendía de que no saltase cada cinco minutos a calentar o servir más comida. Yo disfrutaba de no tener que moverme para dejar sitio a ningún invitado.

A las nueve llamó María.

¿Qué, cómo vais? quiso saber. Nosotros la casa llena, los niños imparables, las ensaladas ni caben en la nevera. Pena que no estéis aquí, nos lo estamos pasando fenomenal.

Nadina, móvil a la oreja, miró nuestra mesa pequeña, a Laura mostrando memes al padre, y sintió ese resorte incómodo en el estómago.

Aquí también estamos bien contestó. Este año toca distinto.

Sí, ya me han dicho en el tono de María se notaba rispidez. Bueno. No entretengo más. ¡Feliz año!

Al colgar, Nadina volvió a la mesa pero ya no habló tan desenvuelta. Le rondaba la frase pena que no estéis.

¿Va todo bien? pregunté, aprovechando que Laura se había ido por zumo.

Sí respondió demasiado deprisa. Es… raro.

A las diez y media el grupo familiar cobró vida: fotos de mesas, críos con espumillón, qué pena que no vinisteis, sin vosotros no es igual. Hasta algún recuerdo antiguo, Nadina y yo detrás de los tíos, con cara cansada y sonrisa educada.

Nadina se quedó mirando y sintió un nudo en el pecho, se le humedecieron los ojos.

Lo he estropeado todo susurró. Ellos todos juntos, y nosotros…

Nosotros juntos también dije suave.

Pero no es igual se levantó brusca. Mira lo bien que lo pasan. Nosotros aquí tres gatos, como… como si no nos invitaran.

Nos invitaron le recordé. Decidimos no ir.

Quizá fue una mala decisión Nadina agitó la mano sobre la mesa. Quizá habría que haber hecho lo de siempre. Si mando mensaje todavía podemos aparecer.

Mamá Laura entró con el cartón de zumo. ¿Qué pasa?

Nada mintió Nadina, la voz temblante. Saldrían tonterías.

Cogió el móvil y empezó a teclear: Al final nos pasamos por ahí, si no es tarde… Le temblaban los dedos.

Yo la miraba, sabiendo que estábamos al borde del retroceso. Mañana nos despertaríamos reventados, sintiendo que otro año más, el festejo había sido para los demás.

Nadina me levanté, le cogí la muñeca con delicadeza. Para un segundo.

Suéltame pidió, sin mirarme. Solo pregunto si aún esperan.

Siempre esperan dije yo. La cuestión es qué esperamos nosotros.

Laura, con el zumo en brazos, dudó un momento y luego fue rotunda.

Mamá dijo dando un paso, la verdad: me alegro de estar en casa. No quería decírselo a la abuela para no hacerle daño, pero me resultan duras esas sobremesas. Cada año sólo pienso cuándo se podrá salir de la mesa.

Nadina la miró sorprendida.

¿En serio?

En serio Laura encogió hombros. Os quiero a todos, de corazón, pero si es por deber, dan ganas de escaparse. Hoy, no. Hoy es tranquilo.

Nadina dejó el móvil en la mesa. En la pantalla parpadeaba un mensaje sin terminar.

Solo temo que acabemos apartados confesó. Que dejen de contar con nosotros, que nos quedemos solos.

No vamos a ser extraños respondí. Solo no hace falta estar en todas partes. A veces el lugar es casa.

Lo dije sereno, aunque también sentía ese miedo. El miedo al margen, a no encajar en el guión familiar, aunque yo lo había asumido antes y ya me reconciliaba con ello.

Propongo algo sugerí. Hoy nos quedamos. Mañana vemos si apetece ir a alguna casa. No porque toque, sino si de verdad queremos.

Laura asintió.

Y el año que viene decidimos a quién ver añadió. Nada de hacer lo de siempre por hábito.

Nadina se frotó la cara y respiró hondo.

Vale concluyó. Nos quedamos.

Borró el mensaje, bloqueó el teléfono y lo dejó boca abajo.

Aun así, tengo culpa admitió. Como si hubiésemos dejado a alguien tirado.

Eso lleva años le respondí. Vivimos así mucho tiempo.

¿Puedo decir algo polémico? interrumpió Laura. Igual no solo arrastrasteis a todos, también os arrastraron. Y podíais haber dicho basta hace diez años.

Nadina soltó una risa llorosa:

Gracias, capitana obviedad.

De nada respondió Laura, formal.

Volvimos a la mesa. Faltaba una hora para medianoche. En televisión desfilaban conciertos, pero nadie prestaba atención.

¿Jugamos a algo? propuse. Así dejamos de mirar el reloj.

¿Cartas? se animó Laura.

Cartas, pues.

Sacamos la baraja, discutimos reglas, reímos con las trampas de Laura. Nadina notó que reía genuinamente, no por compromiso ni cuidando que nadie se aburriera.

Las campanadas sí las pusimos. Brindamos, deseándonos salud y… descanso. Nunca lo había sido tan necesario.

Yo deseo que este año aprendáis a descansar dijo Laura alzando el zumo. Y yo también.

De acuerdo contesté.

Lo intentaremos prometió Nadina.

Los primeros días de vacaciones pasaron despacio. De verdad dormimos hasta las diez o incluso las once. Yo leía aquel libro olvidado hace meses, tirado en el sofá con chándal. Nadina repasaba fotos antiguas en el portátil, sin correr para subir el post navideño, solo por gusto.

Laura salía con amigas o se quedaba viendo series, dibujando en la tablet. Algún día salíamos los tres al parque a tomar café de máquina y ver niños en los toboganes de hielo.

Una tarde me descubrí algo aburrido. No era la sensación de falta de trabajo, sino otro tipo de vacío.

Miré al patio: chavales encendían petardos de día, y sentí inquietud. Como si perdiera el tiempo.

Nadina la llamé, ¿salimos a algún sitio? Al centro comercial, al cine. Me siento como… atascado.

Nadina levantó la cabeza del portátil.

No quiero centro comercial respondió. Está todo lleno. Cine sí, pero hoy no. Ahora empiezo a notar que estoy bien simplemente así.

Simplemente… pensé en voz alta. ¿Y si no hacemos nada útil estos días?

¿Qué entiendes por útil? me preguntó.

No sé me rasqué la cabeza. Ordenar la terraza, visitar a mis padres, ir a ver a tu tía, hacer una chapuza en el baño…

Obras en vacaciones, eso sí es extremo sonrió. A tus padres sí que podemos ir. No tengo nada contra la gente. Lo que no quiero es correr.

Me entró irritación.

No sé estar tirado admití. Siento que estoy perdiendo el tiempo.

Trabajas sin parar todo el año me dijo suave. Permítete una semana sin ser productivo.

Eso lo dices tú bufé, y me fui a la cocina.

Allí empecé a ordenar bolsas de plástico por tamaños. Tras cinco minutos, la absurdez se convirtió en carcajada. Pero el desasosiego no se iba.

Esa noche cotilleé Instagram. Fotos de estaciones de esquí, escapadas a Lisboa, sesiones de spa. Todos poniendo vacaciones activas, nada de sofá.

Me cabreé: con ellos, conmigo, con mi necesidad de compararme.

¿Por qué esa cara larga? Laura apareció mirando la pantalla.

Mira le mostré algunos posts. La gente lo vive y nosotros…

¿Y nosotros qué? me interrumpió. También vivimos, a nuestra manera.

Se quedó pensativa y me ofreció:

¿Te enseño a no mirar nunca donde solo hay excusas para comparar?

Me reí:

Me das lecciones como a un abuelo.

Bueno, vosotros también me enseñáis cosas se encogió de hombros. Yo, por ejemplo, sé que no puedo tomar café después de las seis, si no luego no duermo.

Me quitó el teléfono; lo revisó arriba y abajo.

Mira explicó. Uno está en la montaña, guay, pero seguro que está molido de tanto viaje. Otro, en un spa; ahí hace calor. Y tú ahora estás en casa calentito, cómodo, y no tienes nada que hacer. También tiene mérito.

Lo dices como si fuera todo un logro me burlé.

Para vosotros, sí afirmó muy seria. No sabéis descansar.

No encontré argumento.

Al día siguiente tuvimos un rifirrafe. Nada grave, pero feo. Yo puse una serie y me quedé horas. Nadina, de un lado para otro, reorganizando trastos. Al final explotó.

Te vas a quedar con los ojos cuadrados pasó junto a la tele.

Y tú, todo el día moviendo cosas. ¿Es más productivo?

Al menos hago algo.

Yo también: descanso.

Eso no es descanso se enfureció. Es una fuga.

Pausé la serie y la miré.

¿Y tu orden no lo es? le solté. No sabes sentarte quieta. Siempre buscando qué mejorar.

Nos quedamos fijándonos el uno en el otro. El silencio se llenó de miedos compartidos.

Mira cedió Nadina. Medio día de series para ti, medio de no hacer nada yo. Y en ese rato, nadie puede acusar al otro.

Me parece bien acepté. Y añadimos que cada día hacemos algo juntos. Lo que sea.

Pasear sugirió ella. O ver una peli.

O juegos de mesa apuntó Laura desde el pasillo, había oído todo. Yo voto juegos.

Así salió la primera norma de las vacaciones. Sin anular hábitos, dio un marco: yo veía series sin culpa, ella a veces se tumbaba conmigo sin la lista mental de tareas.

A los pocos días fuimos a ver a mis padres. Esta vez menos bulla. Los abuelos más mayores, menos visitas. Charlamos, comimos empanada y hablamos de salud y clima.

¿Qué, este año tan libres? preguntó mi padre mientras servía el té. Antes lo teníais todo planificado.

Queríamos aire libre dije.

¡Bien hecho! apoyó mi madre. Todo a la espalda, y nunca descansabais. ¡Ya era hora!

Me sorprendió. Esperaba reproche y recibí alabanza. De vuelta, se lo conté a Nadina.

¿Ves? le comenté. No todos ven mal romper tradiciones.

A lo mejor solo yo lo veo así admitió ella. He vivido tantos años siguiendo ese guión que cuesta salir.

Nadie te obliga a salir de golpe. Paso a paso.

Asintió.

El resto de días lo hicimos de verdad: paso a paso. Uno fue casero, leyendo y cocinando sencillo. Otro exploramos Madrid: paseamos por calles iluminadas, entramos en una cafetería pequeña donde nadie esperaba ni había que despedir a nadie.

Sabes dijo Nadina, mirando por la ventana con el chocolate, me gusta esto de no tener el día programado. Por la mañana pienso en lo que quiero, no en lo que toca.

¿Y hoy qué quieres? pregunté.

¿Hoy? Nada especial. Simplemente ir juntos.

Me sonreí.

Yo, dejar de castigarme porque no pase nada especial.

Eso sí lleva trabajo advirtió.

Pero se aprende.

Miramos a la calle y vimos gente con bolsas, familias haciéndose fotos, críos de la mano cansados… Cada quien con su propia fiesta.

El último día de vacaciones trajo un sol helado. Laura se fue a casa de una amiga y prometió volver luego. La casa aún más silenciosa.

¿Vamos al Retiro? propuse. Sin perro, solos tú y yo.

Me apetece aceptó Nadina.

Abrimos la puerta, pisamos la acera crujiente de escarcha, con el aire frio mordiendo las mejillas. En el parque apenas había gente. Algunos patinaban, otros empujaban carritos de bebés.

Caminamos largo rato, hablando poco. El silencio no incomodaba. A Nadina le rondaban las tareas del trabajo que volverían, las llamadas, las micro-organizaciones. Pero también una extraña paz.

Pensé que si no montábamos un fiestón este año, me rompería por dentro. Que dejaría de ser… buena hija, buena anfitriona.

¿Y qué tal va? pregunté.

Nada roto sonrió. Se puede ser normal sin eso.

Yo pensaba que, si no era útil siempre, sería prescindible me sinceré. Pero resulta que basta con estar en el sofá, y ya sirvo. Aunque sea solo para ti y Laura.

Sobre todo para Laura dijo Nadina. Nos tiene vigilados.

Caminamos más y nos sentamos en un banco. Me quité un guante y le tomé la mano.

Acuerdos para el año que viene propuse. No se invita a todo el mundo por defecto. Primero decidimos los dos lo que queremos, luego encajamos lo demás.

De acuerdo aceptó. Y si empiezo a agobiarme y mandar mensajes a todos, me frenas.

Y si me apunto a todo de golpe, tú me frenas.

Vale.

Nos quedamos allí hasta que el frío nos animó a volver. El portal olía a pino y mandarinas, alguien ponía música baja.

En casa puse el hervidor, saqué galletas. Nadina encendió una vela en la ventana, no de adorno, sino por costumbre del invierno.

¿Siempre será así? preguntó ella, sirviendo el té. Sin esos maratones.

No lo sé admití. Quizá algún año queramos fiesta multitudinaria. Pero será decisión, no obligación.

Asintió. Aún inquieta, pero ya menos esclava del miedo.

Por la tarde, Laura volvió con las mejillas rojas y contenta.

La madre de mi amiga se fue con el padre a un balneario contó, quitándose las botas. Le dejaron una nota: Nos vamos a descansar. Tienes la edad para apañarte sola. Al principio se enfadó, luego me dijo que hasta le gustó.

¿Ves? comenté. Todos se adaptan.

Yo también añadió Laura. Me he dado cuenta de que me gusta estar aquí si vosotros no entráis en modo nos vamos, corremos. Aunque discutáis por series y bolsas.

Nadina se rio.

Prometemos estar más solo en casa le aseguró.

Nos sentamos los tres en el sofá, pusimos la peli elegida por Laura. El té se enfriaba, las migas de galleta caían. Fuera, los petardos del barrio chisporroteaban, pero no ahogaban nuestras risas tranquilas.

El festejo que temíamos perder no estaba donde más ruido había. Estaba aquí: tres personas permitiéndose descansar juntos, sin demostrarle a nadie cómo hay que celebrar los nuevos comienzos.

Y fue más que suficiente.

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Vacaciones sin horarios En la cocina zumbaba la campana extractora y Andrés releía por tercera vez el mensaje en el chat familiar. «¿Cómo vais, ya preparando? Nosotros, como siempre, sepultados de ensaladas», escribía la prima de su mujer y añadía un emoticono sudoroso. Dejó el móvil sobre la mesa, junto a la tabla de cortar. En ella reposaba una solitaria zanahoria. No pensaba pelar más. —¿Otra vez recuento de picadillo? —preguntó Nadia, asomándose desde la cocina con una pinza en la boca. Colgaba las toallas lavadas en el radiador para que no estuvieran húmedas en la fiesta. Andrés asintió y señaló la pantalla: —Ya llevan tres barreños de ensaladilla y una lubina rellena. Adjuntan pruebas fotográficas. Nadia retiró la pinza, echó un vistazo y sonrió de lado: —Cada casa con su vicio. Lo decía tranquila, pero Andrés notó tensión en su voz. No era para menos: 28 de diciembre, siete de la tarde, y sobre su mesa no había ni las habituales montañas de menús, ni el calendario de compras, ni el planning para recibir y llevar gente. El año anterior por estas fechas ya corrían por el hipermercado, discutiendo si hacía falta otro rollo de carne y regañando porque Andrés olvidó pedir el taxi para la tía. El anterior fue una maratón de colas, brindis y fregoteos hasta las tantas. Cada vez Nadia decía que el siguiente año sería distinto, pero nunca ocurría. Aquel diciembre la conversación llegó en el coche, aparcados frente al portal. Andrés recordaba cómo se quedaban sentados en el frío, mientras, desde el asiento de atrás, se escuchaba el ronquido suave del perro agotado de tanto viaje al pueblo. —No quiero pasar más así —dijo Nadia con la frente apoyada en el volante—. Estoy harta de recibir la fiesta en la cocina. Andrés se quedó callado, mirando las luces de la guirnalda en la ventana del edificio. Él también estaba cansado: de llamadas obligatorias, de visitas «breves» que duraban hasta el alba, de organizar la diversión de otros. —Vamos a no hacerlo —dijo él—. Este año sin maratón. Al principio lo hablaron con cautela. Quizás reducir gente. Pedir parte de la cena a domicilio. Nadie, de pronto, suspiró: —¿Y si no invitamos a nadie? Lera, por supuesto. Y mis padres, solo un día, nada más. No le sorprendió tanto la idea como el tono: como si propusiera algo prohibido. —¿Y si a nadie? —respondió él—. Llevamos los regalos a los padres el 31, nos quedamos dos horas. Y la noche, los tres. Nadia tardó en responder, luego asintió. En ese momento parecía un juego. Ahora, a tres días de las fiestas, el juego era real. —Mamá, papá —Lera, su hija de veinte años, los llamó desde el pasillo—. No encuentro mis botas. —Mira bajo la mesilla —contestó Andrés—. Las tiraste ahí ayer. Lera apareció en la cocina, en un calcetín de lana y móvil en mano. —Ya está —sonrió—. Oye, seguro que nadie viene en Nochevieja, ¿no? A mi amiga le dije que no podía ir, que es día familiar. —Familiar será —respondió Nadia—. Pero sin invasión. —¿Significa que estaré sola con vosotros dos? —Lera se hizo la escéptica—. ¿No me obligaréis a ver el especial de Nochevieja? —Ni nosotros vamos a verlo —dijo Andrés—. Plan: no hacer nada. Programa completísimo. Lera resopló, se puso el abrigo y ya con la bufanda, preguntó: —¿La abuela sabe que no invitáis a nadie? —Lo sabe —suspiró Nadia—. El abuelo también. Dicen que es raro, pero lo superarán. —¿Y la tía Concha? —insistió Lera. —De momento, sigue escribiendo sobre la lubina —informó Andrés sombrío. Lera se rió, saludó y salió dando un portazo. El perro, dormitando en la alfombra, levantó la cabeza y volvió a tumbarse. —Pues nada —dijo Andrés mirando la zanahoria—. Es verdad que lo vamos a hacer. Nadia no contestó enseguida. Se acercó a la ventana y descorrió la cortina. Fuera ya colgaban farolillos, niños deslizándose por el montículo de nieve, padres en plumíferos cambiando de pie. —De verdad lo hacemos —repitió ella en voz baja—. Y me da hasta miedo. La mañana del 31 no empezó con despertador. Andrés despertó solo, ya amaneciendo, sorprendido por el silencio. Otros años a esas horas la cocina era un hervidero de ollas y llamadas de cuándo llegar. Esta vez solo se oía el reloj. El cuarto de Lera a oscuras, la puerta cerrada. Nadia dormía a su lado, con la nariz bajo la manta. Andrés se estiró, miró el móvil. Un par de correos de trabajo, ya sin prisa. Ayer todos se deseaban «descansar aunque sea un poco», aunque planeaban acabar informes hasta el último minuto. Se levantó, se puso el batín y fue a la cocina. Café, tostadas, queso. El día anterior Nadia había dejado una nota: «Menú: ensaladilla, pescado, algo caliente sencillo. Ya». La nota pegada en la nevera, con un imán de la costa. Andrés coció huevos, los peló, cortó embutido y pepinillos. Tardó menos que otros años en solo hacer la lista de la compra. Al mezclar todo en una fuente grande, le dio un vuelco. La fuente parecía vacía. Antes elegían la más grande «por si acaso y que sobre». Ahora «todos» eran tres. Se sorprendió cogiendo más embutido, y detuvo la mano. —No —dijo en voz alta—. Suficiente. —¿Para quién suficiente? —preguntó Nadia apareciendo, despeinada y en batín. —Para nosotros. Ensaladilla. No hago reserva para un regimiento. Ella se acercó a mirar y frunció el ceño: —Parece… poco. —Somos tres —recordó él. —Sí, pero… —ella removió con la cuchara, como comprobando cuán profundo llegaba—. ¿Y si alguien se presenta? —Acordamos que esta vez no. Negó con los hombros, se sirvió café. —Sabes —apoyándose contra la mesa—, toda la noche he pensado que mamá llamará al final y querrá pasarse. Y no voy a saber decirle que no. —Llamará —aceptó Andrés—. Y le dirás que vamos mañana, como acordamos. Nadia suspiró y bebió. —Vale. Probamos. Al mediodía montaron en el coche con bolsas de regalos y una tarta que Nadia horneó «por si acaso». Cuarenta minutos hasta los padres, con Andrés bromeando sobre atascos y Lera enseñándoles memes de «locura navideña». En la casa de los padres, Nadia se fue directa a ayudar en la cocina, pese a habérselo prohibido. Andrés y su suegro brindaron con anís, charlaron de política y del precio de la gasolina. La madre de Nadia murmuraba que «ya no es igual» y miraba el reloj cuando se recordaba que debían irse pronto. —¿Cómo que celebráis en casa, solo los tres? —preguntó cuando se ponían el abrigo—. ¿Y Concha con los críos? —Concha celebra en su casa —dijo Nadia ajustando la bufanda—. Queremos hacerlo diferente. —Diferente, diferente… —refunfuñó—. Antes todos juntos, era más alegre. El viejo sentimiento de culpa subió por dentro. Casi se le escapó un «vale, venid esta noche», pero Andrés, como adivinándolo, le puso la mano en el hombro. —Mañana volvemos —dijo él—. Y nos quedamos tranquilos. Hoy queremos quedarnos. La madre les miró, luego a Nadia, y suspiró. —Vosotros veréis. No os quejéis luego si estáis solos. En el coche de vuelta Nadia se quedó callada. Lera chateaba riendo con los mensajes de voz de las amigas. —Mamá —dijo guardando el móvil—. Debaten si es mejor en casa o de fiesta. Una dice que la familia es sagrada, otra que hay que vivir la noche al máximo. ¿Y tú qué opinas? —Que lo sagrado es no acabar desmayada de agotamiento, nariz en la ensaladilla —refunfuñó Nadia. —Yo opino —añadió Andrés— que el año que quieras irte de fiesta, lo haremos. Sobreviviremos. Lera soltó una carcajada: —Ya veremos. Este año os aguanto, el próximo quién sabe. A las ocho la casa estaba silenciosa y extrañamente espaciosa. Tres platos sobre la mesa, ensaladilla en fuente modesta, pescado, pollo asado, una botella de cava. La guirnalda parpadeaba, pero no como en el salón familiar. —Parece… vacío —dijo Nadia arreglando servilletas. —Es normal —contestó Andrés—. Nos falta ruido. Lera apareció en vaqueros y jersey, sin vestido de gala como siempre preparaba Nadia. —¿Hay código de vestimenta? —dijo girándose—. Pensaba que me obligaríais a arreglarme. —El código es: como quieras —dijo Andrés. —Vaya —se sorprendió Lera—. Qué relajados os veo. Se sentaron a cenar. La tele estaba puesta pero sin volumen alto ni galas musicales. Andrés buscó una película antigua que les gustaba en la universidad. —Sin show interminable —propuso—. Mejor algo tranquilo. —¿Y las campanadas? —preguntó Lera. —Eso sí —dijo Nadia—. Yo no soy tan radical. Cenaron, charlaron. Lera contó del profesor que mandó como deberes «pensar en el futuro» y todos discutían qué demonios significaba. Nadia se dio cuenta de que no se levantaba cada cinco minutos a servir algo. Andrés disfrutaba no tener que hacerse sitio para el siguiente invitado. A las nueve llamó Concha. —¿Cómo vais? —preguntó—. Aquí la casa a rebosar, los niños desatados, no caben las ensaladas. Qué pena que no estéis. Está muy animado. Nadia, con móvil en mano, miraba la mesa pequeña, a Lera enseñando un vídeo a su padre y sintió el clic desagradable. —Aquí también estamos bien —respondió—. Este año diferente. —Ya —notó el fastidio en la voz de Concha—. Bueno, no os molesto. Felices fiestas. Al volver a la mesa, a Nadia ya no le salían las bromas. Dentro revoloteaban las frases: «qué pena que no estéis». —¿Todo bien? —preguntó Andrés cuando Lera fue por zumo. —Bien —respondió demasiado rápido Nadia—. Solo… raro. A las diez y media el móvil vibró de nuevo. El chat familiar: fotos de mesas, niños con espumillón, mensajes «qué pena que no vinisteis», «sin vosotros no es igual». Alguien mandó una foto antigua, ellos dos tras los parientes, cansados pero sonrientes. Nadia se quedó mirando la foto y sintió el nudo. Un pinchazo en el pecho y los ojos húmedos. —Lo he estropeado todo —soltó—. Ellos allí juntos, y nosotros… —También juntos —dijo Andrés suave. —Pero no es igual —se levantó brusca—. Mira qué feliz parecen. Nosotros aquí, los tres, como si no nos hubieran invitado. —Nos invitaron —recordó él—. Decidimos no ir. —Igual nos equivocamos —dijo nerviosa, repasando la mesa—. Igual ha sido un error. Voy a escribir que vamos. Aún llegamos. —Mamá —Lera volvió con el zumo y se quedó en la puerta—. ¿Qué pasa? —Nada —mintió Nadia, ya con voz quebrada—. Chorradas. Cogió el móvil, abrió el chat y empezó a escribir: «Al final vamos, si no es tarde…» Con dedos temblorosos. Andrés la miró y vio que estaban al borde de desandar lo andado. Mañana despertarían agotados, otra vez la fiesta para los demás. —Nadia —se acercó y le cogió la muñeca con suavidad—. Espera un segundo. —Déjame —pidió sin mirar—. Solo quiero preguntar si les parece bien. Quizá nos esperan. —Nos esperan todos los años —insistió él—. ¿Tú qué esperas? Lera aguardaba en silencio, abrazo al paquete de zumo, primero desconcertada, luego firme. —Mamá —dijo—. La verdad, me alegro de estar en casa. No quería decirlo por no hacer daño a la abuela, pero estar en esos banquetes me pesa. Cada año pienso cuándo podré escabullirme. Nadia la miró. —¿De verdad? —De verdad —dijo Lera, encogiéndose de hombros—. Os quiero. Y a la abuela, a todos. Pero cuando es obligación, quiero huir. Hoy, en cambio, es tranquilo. Nadia dejó el móvil sobre la mesa. La pantalla mostraba el mensaje sin acabar. —Me da miedo ser… aparte —confesó—. Que nos dejen de invitar y quedemos solos. —No somos extraños —dijo Andrés—. Solo no tenemos que estar siempre. Se puede estar en casa, a veces. Lo decía calmado, pero también sentía el mismo miedo: quedar fuera del guion familiar, no encajar. Pero él ya lo había asumido. —Propongo esto —sugirió—. Hoy nos quedamos. Mañana, vemos si queremos ir con alguien. No «porque toca», sino porque apetece. Lera asintió. —Y el próximo año decidimos antes adónde queremos ir —añadió—. No por inercia. Nadia se pasó la mano por la cara, respiró hondo. —Vale —aceptó—. Hoy nos quedamos. Borró el mensaje, bloqueó el móvil y lo dejó boca abajo. —Aun así siento culpa —confesó—. Como si abandonásemos a alguien. —No se pasa en una noche —respondió Andrés—. Son muchos años de costumbre. —¿Puedo decir una cosa incómoda? —dijo Lera—. A lo mejor no solo empujabais a todos, sino que os empujaban a vosotros. Podíais decir «basta» hace diez años. Nadia sonrió entre lágrimas: —Gracias, capitana obvia. —De nada —replicó Lera seria. Volvieron a la mesa. Quedaba una hora para la medianoche. La tele cambiaba de espectáculo, pero ya nadie prestaba atención. —¿Jugamos a algo? —propuso Andrés—. Así no miramos el reloj. —¿Cartas? —se animó Lera. —Pues cartas. Barajaron, discutieron las reglas, rieron cuando Lera hacía trampas. Nadia notó que la risa era sincera, no solo amable para que nadie se aburriera. Sí pusieron las campanadas. Brindaron, desearon salud y… descanso. La palabra sorprendió, pero era perfecta. —Quiero que este año aprendáis a descansar —dijo Lera, alzando su vaso de zumo—. Y yo también. —De acuerdo —dijo Andrés. —Vamos a intentarlo —añadió Nadia. Los primeros días de fiesta pasaron lentos. De verdad se quedaron durmiendo hasta las diez, a veces once. Andrés leyó por fin ese libro olvidado, tirado en chándal sobre el sofá. Nadia rebuscó fotos antiguas en el portátil, pero no para hacer un post apresurado, solo por gusto. Lera se iba a pasear con amigas o se quedaba viendo series y dibujando en su tableta. A veces los tres salían juntos, caminaban al parque, donde los niños se tiraban por el hielo y los mayores tomaban café en vaso de cartón. Un día Andrés notó que estaba… aburrido. No como en una reunión, sino distinto. Demasiada calma, pocas tareas. Se acercó a la ventana, vio los chavales lanzando fuegos artificiales a pleno día y sintió esa inquietud de hacer algo mal, desaprovechar el tiempo. —Nadia —llamó—. ¿Vamos a algún sitio? Al centro comercial, al cine. Me parece que… estamos atascados. Nadia alzó la vista del ordenador. —No quiero ir al centro, hay mucha gente. Al cine sí, pero hoy no. Justo ahora disfruto sin tener que hacer nada. —Sin hacer nada… —repitió Andrés—. ¿Y si todo el tiempo no hacemos nada útil? —¿Qué consideras útil? —preguntó ella. —No sé —se rascó la cabeza—. Poner orden en el balcón. Ir a ver a mis padres. Visitar a tu tía. Empezar la reforma del baño. —Reforma en vacaciones, eso sí es fuerte —rió Nadia—. A tus padres iremos. No es que tenga manía a la gente. Es que no quiero correr siempre. Andrés sintió la irritación subirle. —No sé estar tumbado —dijo—. Me siento vago. —Trabajas todo el año —contestó ella suave—. Puedes una semana no ser eficiente. —Eso es fácil de decir —gruñó y se fue a la cocina. Allí empezó a ordenar la caja de bolsas por tamaños. A los cinco minutos se dio cuenta de lo absurdo y se rió. Pero la inquietud seguía. Por la tarde miró la red social. Amigos en pistas de esquí, en el extranjero, en saunas con ramas. Todos con pie de foto: «Vacaciones activas», «Nada de sofá». Andrés se sorprendió enfadado. Con ellos, consigo mismo, por querer competir. —¿Por qué esa cara? —preguntó Lera mirando la pantalla. —Mira —le enseñó un par de publicaciones—. Ellos viven, y nosotros… —¿Y nosotros qué? —le interrumpió—. También vivimos. Pero distinto. Pensó y añadió: —¿Quieres que te enseñe a no mirar donde solo hay motivo para compararse? Sonrió él: —Hablas como si fuese un abuelo. —Vosotros también nos enseñáis algo —replicó Lera—. Yo ya sé que no hay que tomar café a partir de las seis. Le quitó el móvil y scroll arriba-abajo. —Mira —dijo—. Uno en la montaña. Bien, pero llegará agotado. Otro en la sauna, qué calor. Pero tú ahora en casa, en pantalón blando, y sin prisa. Eso también es ventaja. —Lo dices como si fuera un logro —resopló él. —Para vosotros sí lo es —respondió Lera—. No sabéis relajaros. Andrés quiso rebatir, pero no encontró argumento. Al día siguiente hubo bronca, pequeña pero incómoda. Andrés enganchado al serial toda la mañana. Nadia queriendo ordenar todo lo pendiente. Al fin estallaron. —Llevas todo el día en la tele —le recriminó ella—. Se te van a cuadrar los ojos. —Y tú todo el día moviendo cosas —replicó sin mirar—. ¿Eso es más productivo? —Al menos avanzo. —Yo también hago algo. Descanso. —Eso no es descanso —saltó ella—. Es evasión. Paró el serial y se giró. —¿Y tu orden no es evasión? —la desafió—. No puedes sentarte y no hacer nada. Siempre buscas qué mejorar. Se quedaron callados, mirándose. En ese silencio se notó que ambos veían en el otro el reflejo de sus temores. —Vale —cedió Nadia, bajando los brazos—. Media jornada tú ves tu serie, media no toco nada. Nadie se queja. —De acuerdo —asintió él—. Y añadimos que hacemos algo juntos cada día. Da igual qué. —Salir a pasear —ella sugirió—. O ver una película. —O juegos de mesa —propuso Lera desde el pasillo. Resulta que había escuchado todo. —Voto por juegos. Así salió la primera norma de las vacaciones. No borró costumbres viejas, pero sí dio margen. Andrés vio series sin culpa; Nadia a veces se tumbaba con él, sin pensar en qué mandar hacer. Un par de días después visitaron a los padres de Andrés. También había bullicio, pero menos. Los padres mayores, menos visitas. Pasaron unas horas, comieron tarta, hablaron de tiempo y salud. —¿Cómo es que estáis tan libres este año? —preguntó el padre mientras servía té—. Antes todo programado. —Queríamos dejar aire —contestó Andrés. —Bien hecho —apoyó la madre, inesperadamente—. Siempre lleváis todo encima. Descansad de verdad. Andrés se sorprendió. Esperaba críticas y recibió comprensión. Lo compartió con Nadia en el coche. —¿Ves? —le dijo—. No todos creen que traicionamos la tradición. —Igual soy yo la que lo ve así —admitió ella—. Demasiados años en el guion para salir de golpe. —No tenemos que salir de golpe. Escalonando. Asintió. Los días restantes vivieron, efectivamente, por etapas. Uno entero en casa: leer, cocinar sencillo. Otro «excursión» por la ciudad: paseo por las calles iluminadas, café en bistró donde nadie esperaba ni despedía. —¿Sabes? —dijo Nadia al sentarse con chocolate caliente—. Me he dado cuenta que me gusta no tener plan cada día. Por la mañana pienso qué quiero, no qué debo. —¿Y qué deseas hoy? —preguntó Andrés. —Hoy… nada especial. Solo caminar a tu lado. Sonrió él. —Yo quiero no reprocharme que no pasa nada especial. —Eso es más complicado —notó ella. —Pero se puede entrenar. Miraron a los transeúntes. Algunos corrían con bolsas, otros se tomaban fotos junto al árbol, otros llevaban al niño agotado. Cada uno su propia fiesta. El último día de vacaciones amaneció claro y frío. Lera salió con una amiga, prometiendo volver antes de cenar. La casa, especialmente tranquila. —¿Te apetece ir al parque? —propuso Andrés—. Sin perro, sin nadie. Solo andar. —Apetece —respondió Nadia. Se abrigaron, salieron. La nieve crujía, el aire picaba. En el parque menos gente que al principio de enero. Patinadores, algún carrito. Anduvieron, a ratos en silencio, a ratos con frases breves. El silencio no pesaba. Nadia pensaba en que mañana volverían los correos, las llamadas, los «ayúdame, organiza». Pero sentía un raro sosiego. —Pensaba —confesó sentándose en el banco— que si este año no hay gran fiesta, dentro de mí algo se rompería. Que dejaría de ser… buena hija, buena anfitriona. —¿Y ha pasado? —preguntó Andrés. —Nada roto —sonrió ella—. Estoy bien incluso sin eso. —Yo pensaba que si no era útil, sería… prescindible —compartió él—. Pero se puede estar en el sofá y ser valioso. Aunque solo para ti y para Lera. —Para Lera, sobre todo —apuntó Nadia—. Ella ve todo. Anduvieron un poco más y se sentaron de nuevo. Andrés se quitó un guante y le cogió la mano. —Prometamos algo —pidió él—. El próximo año no invitamos «por defecto». Primero vemos qué queremos. Luego, ya intentamos encajar con los demás. —Vale —aceptó ella—. Y si me entra el pánico y empiezo a invitar a todos, me frenas. —Y si yo apunto a todo evento, me frenas tú. —Hecho. Se quedaron un rato; luego volvieron a casa. El portal olía a abeto y mandarina. Alguien puso música, no demasiado alta. En casa, Andrés puso el hervidor, sacó galletas. Nadia encendió una vela en la ventana, no por decoración, sino por costumbre de invierno. —¿Crees que a partir de ahora será siempre así? —preguntó ella sirviendo el té—. Sin carreras. —No lo sé —dijo él sincero—. A lo mejor otro año queremos juntar a todos. Pero, creo, la diferencia es que lo decidiremos nosotros, no será por obligación. Ella asintió. Seguía un poco inquieta, pero ya no era la inquietud la que mandaba. Por la tarde volvió Lera, con la nariz roja y una amplia sonrisa. —La madre de mi amiga se fue al balneario, los padres le dejaron una nota: “Hemos decidido descansar. Ya eres mayor, apáñate tú sola”. Se enfadó al principio, pero dice que mola. —Lo ves —dijo Andrés—. Todos aprenden. —Yo también lo hago —añadió Lera—. Me gusta cuando no estáis corriendo, sino en casa. Aunque discutáis por la tele o las bolsas. Nadia rió. —Intentaremos ser más “simplemente en casa” —prometió ella. Se sentaron los tres en el sofá, pusieron una peli elegida por Lera. El té enfriándose, las galletas desmenuzadas en el plato. Fuera, los últimos fuegos artificiales dibujaban la noche sin tapar las risas suaves. La fiesta que temieron perder no estaba donde más ruido había. Estaba en esa escena sencilla: tres personas que se permitieron descansar juntas, sin demostrar a nadie cómo se celebra el año nuevo. Y era suficiente.
Sofía regresa al apartamento presidencial con el corazón encogido