Veinticuatro horas sin mentiras
Cuando Plácido comprendió que el cliente no había vuelto a memorizar el texto, faltaban tres días para Nochevieja y en el estudio ya montaban una pirotecnia que nunca sonarían.
No diga queridos amigos, comentó, mirando al teleprompter . Eso está más que pasado, eso huele a tumba. Mejor empecemos con buenas noches. Sin queridos.
El candidato, presidente de una Comunidad Autónoma ni grande ni pequeña pero sí ambiciosa, bostezó y se rascó el cuello.
¿Y estimados? preguntó. Ellos nos estiman, ¿no?
No le estiman, respondió Plácido por instinto y se corrigió al instante , pero nosotros fingimos que sí y ellos fingen creerlo. Así es la fiesta.
En el despacho del cuarto piso de un centro de negocios alquilado había tres focos, un árbol de Navidad de fondo y un croma con la Puerta de Alcalá de postal. Sobre la mesa de Plácido reposaban dos versiones del discurso. La primera, la clásica: hemos hecho mucho, pero queda más por hacer, cada uno de vosotros, juntos. La segunda era más humana, con una anécdota inventada sobre cómo el presidente celebraba la Nochevieja en su infancia en un piso compartido de Lavapiés.
Empezamos agradeciendo, indicó Plácido, entregando la primera hoja . Luego promesa. Después una imagen cálida de familia. Y al final, un breve puente al futuro. Nada específico, sólo emociones. Usted no es gestor, es símbolo.
No soy gestor, está claro sonrió el presidente . Suspender en matemáticas dos veces me marcó, no se preocupe.
Mejor aún, replicó Plácido . Las cámaras en media hora. Ensayemos.
Ya no escuchaba cómo el cliente tropezaba con inclusividad y pensaba en la edición de vídeo. El discurso saldría grabado, pero debía parecer directo. Añadirían nieve por la ventana, campanadas. Lo fundamental: la voz. Debía sonar como si hablase de memoria, no de un papel.
Ese era su oficio. Dar forma a voces ajenas, colocar acentos, dosificar la falsedad justa. Plácido adoraba esa sensación: convertir a un funcionario temeroso en líder de región. Igual que limpiar una pista de audio llena de ruidos y distorsiones.
¿Mencionamos hospitales? preguntó el presidente en un receso.
Plácido revisó el texto.
Decimos que seguiremos mejorando la calidad de la asistencia sanitaria, explicó. Significa todo y nada. Quien está mal, imagina que usted reconoce el problema; quien está bien, piensa que usted es eficiente. No detalle más.
Pero allí el presidente hizo un gesto vago . Bueno. Tú sabes mejor que yo.
Él sabía, no de sanidad, sino de cómo esquivar la sanidad.
Dos horas después, cuando desmontaban los focos y la maquilladora quitaba el maquillaje al candidato, Plácido corregía en su rincón la nota de prensa: El presidente autonómico hace balance del año y expone planes para el futuro. Eliminó expone, lo cambió por subraya. Menos concreción, mejor.
De la sala contigua venían carcajadas. Hablaban del convite interno. La directora de comunicación, mujer delgada y pelo ya sin color, se asomó.
¿Vendrás? preguntó . Mañana después de la reunión. Algún entretenimiento debemos darles.
Si no hay incendio urgente respondió Plácido . Aunque aquí los incendios tienen horario.
Ella rió por la nariz y se fue. Plácido miró la pantalla; en el chat parpadeaba el mensaje de su mujer: ¿Vas al festival de Constanza? Está emocionado. Ya había escrito: Tengo emisión, imposible, pero no lo mandaba. Sabía que pulsaría enviar y después reescribiría la felicitación de Nochevieja del presidente para Instagram, quitando querido. El presidente no amaba su Comunidad. Amaba el poder y la calma.
Plácido no se tenía por malvado. Se creía maestro del envoltorio: la sociedad pide cuento en Nochevieja y él lo sirve. En vez de balances y datos, una historia cálida sobre estamos más cerca. En vez de admitir errores, promesas de intensificar el trabajo. La mentira no era engaño cruel, sino lubricante; sin ella el engranaje social chirría y se oxida.
Eso pensaba, hasta el día siguiente.
La mañana antes de las campanadas, Plácido despertó con la boca seca y la frase hemos hecho mucho taladrándole la cabeza. Ya no le parecía brillante.
El móvil vibró en la mesilla. Un audio de su mujer: ¿Vendrás seguro hoy? Constanza repasó su poesía. Pulsó escuchar, luego responder:
Iré
La garganta se contrajo. Iré se le quedó atrancado. Tosió, lo intentó de nuevo:
Yo probablemente no podré. Hay trabajo. Lo vuelvo a perder.
Le dolió, pero la frase salió sin resistencia. Se calló, sorprendido de lo sencillo que fue decirlo. Su mujer contestó enseguida:
Ya lo sabía.
Esperaba reproches. No hubo. Sólo cansancio.
Veinte minutos después, sentado en el coche parado en el atasco matinal, la radio hablaba del ajetreo pre-navideño; bromas sobre la lista de propósitos. De repente, la señal cortó y en todas las frecuencias, la misma noticia:
En todo el mundo se da un fenómeno extraño, dijo el locutor. Se reporta incapacidad para pronunciar afirmaciones falsas. Mentir provoca malestar, espasmos, falla el habla. Nadie sabe por qué. Las autoridades piden calma.
Disparate dijo Plácido en voz alta . Otro viral de turno.
Al añadir: Esto seguro se pasa en unas horas, la lengua se le pegó al paladar. Maldijo y calló. Más que pánico, irritación. No le gustaba que algo estropeara sus guiones.
La sede era un caos. Normalmente en diciembre todo va rodado: discurso, notas, invitados. Hoy en tres pantallas distintas, el mismo titular.
En un canal, el presentador intentó bromear, pero al decir esto es un psicósis colectivo se atragantó y confesó: No sé qué es, tengo miedo. En otro, el experto empezó: No hay evidencia, pero terminó admitiendo, gesticulando, que había leído varios informes y no entendía lo que ocurría.
¿Pero esto qué? intentó decir la directora de comunicación, y se quedó a medias; la boca la traicionó. Bueno. Sigamos. Plácido, aclara qué pasa.
Quiso decir: Se irá, sólo hay que esperar, pero de su boca salió:
No lo entiendo. Si es cierto, nuestro guión se va al garete.
¿Por qué? saltó el presidente por la puerta Ya está grabado. Sale en diferido.
Ayer usted mentía cada dos frases soltó Plácido con calma . Si esto es real, la emisión hará que empiece a toser en directo.
Al decirlo, sintió el pecho apretado. Su vocabulario solía ser más suave: datos no exactos, licencias poéticas. Ahora la lengua le vetaba cualquier eufemismo.
¿Será sólo al hablar en vivo? preguntó el presidente La grabación está hecha.
Revisaron el archivo. En la pantalla el presidente sonreía y recitaba: Hemos hecho todo para que cada ciudadano sienta el apoyo de su gobierno. Al pronunciar todo, la imagen se trastocó, el audio chilló y el rostro se crispó como si se ahogara. La grabación se cortó.
El silencio reinó.
¿Ese efecto es montaje? preguntó el operador pálido.
No, respondió Plácido . Es
Quiso decir anomalía, pero la lengua eligió:
Prohibición.
Miraron la imagen congelada. El presidente se quitó las gafas y se masajeó el entrecejo.
No puedo decir que hemos hecho todo dijo lento . Porque es mentira.
Exacto asintió Plácido . Han hecho parte. Algunas cosas bien. Otras, fatal. Pero no todo.
¿Y ahora qué? preguntó la directora de comunicación Mañana toca discurso nacional en directo. Todos esperan brillo. ¿Damos la auditoría en pantalla?
Plácido abrió el portátil. Escribió: Hemos hecho mucho, pero Intentó cambiar mucho por lo que hemos podido, pero la mano vaciló. Por primera vez en años, no podía comenzar con su fórmula habitual.
Probemos propuso . Dígame algo que sea mentira.
El presidente encogió hombros.
Me encanta levantarme a las seis y hacer deporte.
Al decir me encanta se retorció. Tosió, lloró.
Lo odio logró decir . Pero lo hago a veces, porque lo recomienda el médico.
Está claro murmuró Plácido . Funciona.
El día fue una sucesión de planes abortados. En la sala, los abogados chillaban: su cliente, un importante promotor, confesó en televisión que escatimó en materiales porque si no, no cuadraba el margen. El responsable de comunicación saltó a frenarle, pero él mismo, al contestar sobre responsabilidad social empresarial, soltó: Sólo nos interesa el beneficio. Lo demás, puro decorado.
En el chat interno llovían capturas de redes sociales. Bajo las felicitaciones de las marcas, la gente escribía: Despidieron la mitad de la plantilla, subieron precios y lo llaman mejora. Los community managers intentaban responder, pero no podían usar fórmulas habituales. En vez de lamentamos que tengas esa impresión, salía: nos importa poco, seguimos el protocolo. Después borraban sus respuestas, pero los pantallazos ya volaban por Internet.
Esto no puede durar dijo alguien en la sede . Así no funciona el mundo.
El mundo vive de autoengaños explicó Plácido, y sin cinismo, como quien ve las entrañas de la máquina . Sin pequeños adornos, todo cruje.
Quiso añadir que quizás era útil, pero la lengua no lo permitió. No estaba seguro.
A mediodía salió el presidente del gobierno. Compareció ante los periodistas sin la habitual seguridad. Le preguntaron: ¿Controla la situación? Empezó con Por supuesto, pero se frenó y dijo: En parte. En mucho, no. El país quedó en vilo.
Si ni él puede dijo la directora de comunicación , esto va en serio.
Es global añadió Plácido . No es sólo cosa nuestra.
No ayuda musitó ella.
Al atardecer, se reunieron en un despacho sin ventanas. En la mesa, discursos viejos, balances, resúmenes. En la esquina parpadeaba una tele sin sonido; en pantalla, un alcalde confesaba en directo que no leyó los presupuestos por los que votó.
Necesito un texto nuevo ordenó el presidente . Que yo pueda leerlo sin que me crucifiquen.
No le hace falta texto replicó Plácido . Le hace falta formato. Si sale a hablar como siempre, le destrozan. Si sale sólo a pedir perdón, dirán que es débil. Hay que hallar otra vía.
¿Cuál? preguntó la directora.
Plácido no sabía. Las fórmulas habituales no valían. No podía prometer piso para cada uno si no sería posible. No podía afirmar frenaremos la subida de precios si la inflación ya se había tragado media nómina. Ni siquiera decir estimados si en la cabeza sólo tenía exabruptos.
Miró al presidente. Cansado, perdido, no cruel. Sólo un hombre acostumbrado a un tipo de discurso que de pronto había perdido.
Hagamos esto propuso Plácido . Yo le hago preguntas. Usted responde con sinceridad. Armaré el discurso desde ahí.
¿Quieres que cave mi tumba en directo? ironizó el presidente.
Quiero que por una vez diga algo que sea capaz de sostener ante la gente contestó Plácido.
Se extrañó de su tono. No solía hablar así a sus clientes.
Vale suspiró el presidente . Pregunta.
Pasaron la noche allí. Plácido lanzó preguntas simples: ¿Qué ha logrado este año? No de informe, sino de verdad. ¿Qué ha fallado? ¿A qué le teme? ¿Qué espera para usted este nuevo año?
El presidente intentó escabullirse con generalidades, pero la boca se le trababa. Tocaba admitir:
No fui al barrio del accidente porque temía la multitud.
No leo los informes completos, sólo los resúmenes.
No creo poder acabar con los problemas de carreteras en un año.
Quiero repetir mandato porque temo perder estatus y escolta.
La directora tomaba notas en silencio, con gesto taciturno.
Si damos esto al público dijo al fin , nos destrozan.
Si lo escondemos, igual respondió Plácido . Pero de otro modo.
Se sorprendió; nunca pensaba en nosotros, sólo en cliente y audiencia. Ahora se sentía dentro.
Al acercarse la medianoche, llamó su mujer.
¿Vendrás? preguntó sin saludo.
Quiso decir: Aguanto un poco, intentaré, pero no pudo.
No, dijo . No iré. Elijo el trabajo. No por importante, sino porque me es más fácil. Me da miedo quedarme sin palabras con vosotros.
Silencio al otro lado.
Gracias por no mentir contestó al fin . Constanza dirá el poema igual. Te lo grabo.
Colgó y se quedó ante el portátil. El borrador del discurso contenía frases crudas:
No he cumplido la mayoría de mis promesas.
No puedo asegurar que el año próximo será mejor.
Yo también tengo miedo.
No era un discurso, era una confesión. Imposible de emitir.
Así no se puede dijo el presidente, leyendo . La gente apaga la tele en medio minuto.
Cierto admitió Plácido . Hay que construirlo de otra forma.
Empezó a reescribir. No mentir, pero ordenar. Cambiar tengo miedo por entiendo vuestros temores y los comparto. Evitar detalles que solo hieren. Mantener la esencia.
Cada vez que suavizaba la verdad, la lengua le avisaba: la palabra se espesaba, la frase se torcía. Debía encontrar una fórmula sincera y no demoledora.
No he cumplido la mayoría de mis promesas terminó en: No todo lo prometido se ha logrado. La frase pasó sin espasmo, precisa.
No puedo asegurar que el año próximo será mejor mutó en: No puedo prometer un año fácil, pero sí que no simularé que no hay problemas. Esa también salió bien.
Así, paso a paso, hilvanaron el texto. No heroico, ni de arrepentimiento. Un discurso irregular, humano.
Es extraño confesó el presidente al acabar otra lectura . Me siento desnudo.
Al menos puede respirar dijo Plácido . Y, con suerte, ellos también.
La mañana del 31, toda la ciudad parecía un experimento de laboratorio. En tiendas, los dependientes admitían abiertamente el agotamiento y el hartazgo. Los compradores reconocían que compraban dulces por soledad. Los taxistas narraban cómo habían infringido las normas por llegar a casa.
En la sede, los teléfonos sonaban sin parar. Desde Madrid llamaban desde el gobierno central: ¿Saben lo que va a decir su presidente? ¿Controlan el texto? Plácido respondía sinceramente:
Controlado en parte. Él puede desviarse. Pero hemos intentado que no haya mentira evidente.
La palabra todo pasó sin freno. Era verdad: lo había intentado todo.
La directora de comunicación fumaba nerviosa delante de la ventana.
Si esto funciona dijo , nos llevarán a todos los congresos como ejemplo de nueva sinceridad. Si no
Nos echan completó Plácido . Y tampoco es lo peor.
Pensó en sus propios peores momentos, y la lengua no protestó. Debía ser cierto.
Una hora antes de la emisión, fueron al estudio. Sin croma de la Puerta de Alcalá; decidieron mostrar el despacho real del presidente. En la mesa, un pequeño árbol y una pila de documentos.
¿Quitamos los papeles? sugirió el cámara . No lucen bien.
Déjelos, dijo Plácido . Que estén.
El presidente se sentó, arregló la corbata, miró a la cámara y a Plácido.
Si empiezo a decir tonterías, ¿me paras? preguntó.
No podré sinceró Plácido . A mí también me falla la lengua.
El director marcó: Tres, dos, uno. Luz roja.
El presidente respiró.
Buenas noches dijo . Hoy no voy a decir que ha sido un año fácil. Ha sido duro para muchos, también para mí.
Plácido quedó en tensión. La frase pasó. El resto salió apretado, pero salió.
No he cumplido todo lo prometido prosiguió el presidente . Hemos errado, nos hemos retrasado, en ocasiones temimos decisiones difíciles. Lo saben y lo sienten.
Alguien soltó una grosería en la cabina. La directora cerró los ojos.
No puedo prometer que todos los problemas se resuelvan el año próximo, continuó el presidente . Pero sí prometo no fingir que no existen. Y hablar con honestidad, aunque duela.
No fue discurso perfecto. Dudaba, buscaba palabras, miraba las hojas, pero evitaba consignas vacías. En vez de hemos logrado grandes avances, dijo: dimos algunos pasos necesarios, pero no son suficientes. En vez de cada uno de vosotros: muchos de vosotros. En vez de me siento orgulloso de todos: agradezco a quienes no se rindieron.
Al final, improvisó algo personal.
Quiero añadir algo íntimo expresó . Muchas veces no fui donde me esperaban. Me daba miedo mirar a los ojos de la gente. No prometo cambiar en un día. Pero sé que así no se puede seguir.
A Plácido se le erizó la piel. Esa frase no estaba escrita. Pero pasó sin dolor. Era verdad.
Feliz año nuevo concluyó el presidente . Que al menos sea un poco más sincero.
La luz se apagó. El estudio quedó en silencio.
Ya está murmuró la directora . Nos han devorado.
Esperemos contestó Plácido.
La reacción no fue ni eufórica ni rabiosa. Mixta.
En redes, algunos escribían: Más palabras, veremos actos. Otros: Al menos no vendió cuentos. Algunos protestaban: Ya sabemos que estamos mal, ¿para qué en Nochevieja? Y unos daban gracias por no fingir que vivimos en una postal.
En la prensa nacional, los expertos debatían. Unos veían un precedente peligroso; otros, el síntoma de una sociedad que pide algo nuevo. Y quien intentaba calificarlo de truco de marketing, empezaba a tartamudear.
En la sede reinaba una calma rara. Nadie daba palmadas. Cada uno leía sus feeds.
No nos han despedido dijo la directora, mirando el móvil . Desde Madrid escribieron valiente. Luego añadieron ejemplo a estudiar. No sé si felicitan o amenazan.
Ambas cosas respondió Plácido.
Sintió una fatiga vieja, no sólo física. Como si en un día hubiera tenido que reaprender a hablar.
El móvil vibró. Vídeo de su mujer. Constanza, de pie en una silla en la guardería, recitaba su poema del árbol. Al final se detuvo, miró a la cámara y dijo:
Papá otra vez no vino, pero yo lo digo igual.
Plácido vio la escena y sin buscar excusas, admitió: así es.
Escribió: Tengo culpa. No sé cómo arreglarlo, pero quiero intentarlo. Le tembló el dedo, pero la lengua no se rebeló. Era verdad.
Mujer contestó con un simple: Ya veremos.
La noche fue un duermevela. Fuera sonaban auténticos fuegos y no los editados en vídeos. En la ciudad la gente gritaba feliz año, pero también te quiero hace tiempo o estoy contigo sólo por miedo a la soledad. Seguramente algún matrimonio terminó, otros empezaron conversaciones aplazadas años.
Plácido yacía en el sofá de su piso vacío, pensando que su oficio era curvar la realidad con destreza. No romper, curvar a medida. Ahora ese talento se había quedado en el aire. Si el mundo iba a exigir rectitud a ratos, habría que aprender otro arte.
No sabía si quería. Amaba el control. Le gustaba cincelar frases exactas. La sinceridad era incierta.
Al amanecer el móvil vibró sobre la mesa. Ya había luz fuera. Dolía la cabeza.
En pantalla, docenas de avisos: el chat del equipo, boletines, mensajes. Abrió uno al azar.
Parece que pasó, escribió la directora . Acabo de decirle a mi hija que su dibujo era bonito aunque era horrible, y no me ha afectado. Prueba tú.
Plácido se sentó en el borde del sofá. Murmuró:
Me apetece ir hoy a casa de mi suegra.
No hubo espasmo. Una pequeña mentira recorrió la lengua como siempre. La anomalía se había ido.
Sintió alivio y a la vez una ligera pérdida. Como si apagaran una luz intensa cuando apenas comenzaba a ver.
El móvil vibró de nuevo. Ahora llamaba el vicepresidente.
Plácido, buenos días dijo con voz jovial, como si no existiese el día de ayer . Oye, eres un crack. El discurso de anoche ha triunfado. Desde Madrid lo llaman nuevo nivel de confianza. Tenemos una propuesta.
¿Qué propuesta? preguntó.
Queremos empaquetar esa sinceridad. Hacer de ella marca. Nuestro presidente, el más transparente. Eslóganes, vídeos, como tú sabes. La gente lo compra. Imagínate: No te mentimos estamos contigo. ¿Te ocupas?
Plácido guardó silencio. En su mente nacían ideas: logos, hashtags, campañas. Sabía cómo hacerlo. Convertir lo auténtico en formato, en producto. Algo para replicar.
¿Estás ahí? insistió el vicepresidente . Hay que ir rápido, que está de moda.
Quiso decir: Por supuesto, lo hacemos, pero la lengua vaciló. No como anoche, pero sí un mínimo rechazo interior.
Pensó en el presidente diciendo: No voy a fingir. Recordó la mirada de Constanza tras el poema. Recordó su propio mensaje: Tengo culpa.
Yo puedo hacerlo dijo despacio . Es fácil. Lo que no sé es si quiero.
Al otro lado rieron.
No me vengas con cosas. Todos nos pasamos ayer, pero ya pasó la fiesta. Hay trabajo. Tú vives de esto.
Quiso contestar: Vivo de esto. Pero vivo sería mentira. Así que la lengua buscó otro camino:
He dedicado mi vida a esto porque no sabía hacer otra cosa. Ahora no sé si quiero seguir igual.
Silencio.
No me digas que te vuelves moralista, bromeó el vicepresidente . En fin, piénsalo. Si no, ponemos a otro. La sinceridad es producto también; hay que saber servirla bien.
Colgó.
Plácido dejó el móvil sobre la mesa, fue a la cocina y puso a calentar agua. Sus pensamientos revoloteaban, sin orden. Sólo tenía claro que ya no podía volver a mentir con facilidad. No por incapacidad física, sino porque ahora siempre recordaría cómo era decirlo sin máscaras.
Sirvió el té, se apoyó en la ventana y miró el patio. Nieve, basura, el perro callejero hurgando en una bolsa. Nada de postal navideña.
El teléfono volvió a vibrar. Mensaje de su mujer: Salimos a pasear. Si quieres, puedes venir. Sin prometer nada.
Plácido escribió respuesta y la borró. Escribió otra:
Iré si puedo. No prometo. Pero lo deseo.
La lengua no protestó. Era una frase honesta sobre su división interior.
Envió el mensaje y regresó al móvil, donde seguían los chats, los correos marcados urgente. El trabajo seguía allí. El mundo no era mejor ni peor. Sólo había mostrado su verdad un día y volvía a ponerse el disfraz.
Plácido se sentó ante el portátil y abrió un nuevo archivo. Tituló: Concepto de comunicación honesta. Añadió entre paréntesis: sin engañar, en la medida de lo posible.
Sonrió ante la aclaración. Algo se había movido dentro, apenas perceptible. No era revelación, ni revolución, sino un pequeño giro.
No sabía qué escribiría en ese documento, si aceptaría la propuesta, si iría al paseo familiar. No sabía quién sería el año siguiente. Sí sabía que ya no vería la mentira como herramienta inocua. Cada vez que intentara suavizar un ángulo, escucharía por dentro la voz ronca de ayer: No he cumplido todo lo prometido.
Cerró los ojos, respiró hondo y comenzó a escribir las primeras palabras.
Fuera, alguien lanzaba los últimos cohetes; y en los noticieros ya debatían sobre las veinticuatro horas de sinceridad y cómo explotarlas en política o negocios. El mundo corría para capitalizar lo vivido.
Plácido tecleaba despacio, eligiendo palabras como si cada una exigiera, además de habilidad, responsabilidad. No era santo, ni azote de farsantes. Sólo alguien que en una Nochevieja perdió el permiso de mentir y, desde ese instante, no pudo olvidar cómo era contar, aunque fuera una vez, la verdad.
La lección está clara: un día de verdad puede cambiar para siempre la forma en que miras la mentira. Aunque vuelvas a poder mentir, nunca será igual.







