Bueno, al menos con la esposa me ha tocado la lotería
¡Candelaria, que he pedido la jubilación anticipada! llamó Manuel a su mujer. ¿Aceptas en casa a un pensionista desempleado?
Depende de cómo te portes le contestó Candelaria.
A don Manuel Ortega García, catedrático y doctor en matemáticas, que impartía clases en una de las mejores universidades madrileñas, le llegó un correo de esos que parecen venidos del Ministerio del Caos: le exigía poner matrícula de honor a cinco estudiantes en el examen de álgebra avanzada.
Vaya paradoja: la álgebra avanzada demandando matrícula de honor ¡Matemáticas convertidas en matemáticas de la política!
El profesor, ya entrado en años y educado en los valores impolutos de la España de los setenta, pensaba que hay que vivir con dignidad Vamos, que mejor morir de pie que vivir de rodillas.
¿Y cómo narices se suponía que tenía que entender aquello? Los cinco alumnos no llegaban ni al aprobado raspado. Y si de asistir a clase hablamos, como mucho, una de cada cuatro.
Su conciencia limpia de hijo del franquismo y exlíder de las juventudes universitarias le pedía todo lo contrario. Pero ahí estaba el rector, que ni se molestó en debatir: directamente le ordenó hacerlo de otra manera.
En fin: ponles matrícula de honor y si puedes, con plus. Y serás bendecido por la Providencia del Rectorado.
Ya decimos que don Manuel no era precisamente un chaval, ni su salud algo digno de promoción. Pero quién le iba a contar sus penas a alguien ¿quién se conmueve en esta ciudad por el sufrimiento de los demás?
Sus estudiantes no es que no le apreciaran, es que le tenían manía. Ni amor ni odio: resquemor puro y duro.
Cuando Candelaria, su mujer, que tenía la santa paciencia de mirar qué decían de su querido en la web de reseñas, se quedó de piedra. Nada de alegrías, sólo sustos.
Toda una antología de improperios prohibidos por las redes, nombres por todas las letras del abecedario. ¿Y por qué? Por exigir. Y por calificar solo según aptitudes.
En opinión de la mayoría de los modernos críos consentidos, eso no era lícito: si pagabas, era para pasar. ¡Aquí no valen exámenes!
Que sí, que la matrícula se había pagado, pero, de pronto resulta que había que saber algo más. ¡Y eso no venía en el contrato! Es más, vamos a ver, señor, ¿te has bebido la lejía?
Solo podía uno imaginar cuánto habrían untado al equipo directivo para soltar semejantes órdenes.
No penséis que el rectorado quería aprovecharse de Manuel gratis, de gorra. Seguramente la mordida era suficiente para repartir.
Y lo intentaron. Pero aquel profesor, listo como una ardilla y con más retranca que un monólogo de El Club de la Comedia, vio el sobre en manos del jefe y supo de qué pata cojeaba el asunto.
Así que improvisó una coplilla que le salió de carrerilla:
El que cobra en mano, puede acabar pagando a abogados.
Y rechazó el sobre.
Dejó claro su postura ciudadana: ¡Naranjas de la China! ¡Aquí no hay matrículas de honor, a barrer las calles se ha dicho!
El rector revoloteó con el sobre un rato y, con el rabo entre las piernas, salió del despacho.
Manuel se quedó sin dinero pero con el pecho henchido de satisfacción moral, ese dulce placer tan castizo de haber hecho lo correcto, aunque no te lo paguen ni con un bocadillo de calamares.
Nuestro profesor era un tipo a lo bollito español: fuerte, sonriente y de fiar, no como el bollito ruso, que al final lo engulle el lobo.
Y mira que no le fue bien ir cantando tonterías por el bosque como el famoso bollito, provocando a la fauna con sus canciones. Moral: ¡Quédate en casa, que con la familia se vive mejor!
¿Qué nos da por ir de excursión como Caperucita Roja? El español busca aventuras hasta en la cola del supermercado.
Don Manuel era más precavido que un gato viejo y jamás iba en busca de jaleos. Pero los líos siempre le encontraban a él.
Llevaba en la universidad más años que los bancos de la Puerta del Sol, y ya solo daba lo justo. Pero hasta lo justo le traía disgustos.
Las administrativas, monísimas ellas, del decanato, cada día le cantaban las órdenes del jefe, que subían más que el precio del aceite de oliva.
Mandatos subían, pero el sueldo ni se movía. Ya deberían pagar plus de peligrosidad por ser profesor.
Las chicas del despacho no sabían de álgebra ni de ecuaciones diferenciales, igual que el resto del rectorado. ¿Para mandar hace falta sumar?
¡Eso tú lo tienes que saber! ¡Y presentar decenas de informes! Por cierto, ¿dónde está el balance anual? ¡Venga, mueve el culo, don seco!
La secretaria la miraba por encima del hombro: ¿Qué se va a esperar de este fósil? ¡Que ni sabe qué es el cringe! Ni habla de postureo.
Y esos pantalones, madre mía ¿De verdad no tienes un euro para unos vaqueros como Dios manda?
Total, el curro daba para comer pero no para reírse: la alegría la traía la familia. Tenía una esposa estupenda, dos hijos y cinco nietos barulleros.
Con Candelaria había empezado todo diferente. Esa dama esbelta y rizosa no soportaba al universitario de mates. Él se enamoró a primera vista, como en los boleros.
Aun así, Candelaria aceptó una cita con él. En pleno diciembre, frío como si se respirara granizo.
Lo primero que preguntó el caballero, con más lógica que arte fue:
¿Has puesto ropa interior de abrigo? ¡Hace un frío del demonio!
¿Ropa interior de abrigo? se quedó pillada Candelaria.
Lo que oyes, ¿llevas pantalones térmicos?
La chica se sonrojó; no era lo que soñaba cuando pensaba en una cita romántica.
No, no pedía pétalos de rosas a sus pies: en esos tiempos, tres claveles eran tope de gama.
Eso sí, pese al frío, Manuel apareció con cinco claveles envueltos en papel del ABC. Se los entregó y los volvió a esconder en el abrigo, todo muy tradicional.
Como en la peli de culto: Pantalones amarillos, tres veces olé.
Aunque esa peli aún no existía. Aquí tocaba pantalones térmicos, tres veces puaj.
Por entonces se hablaba de utopías, de ciudades ideales, de la Presa de Aldeadávila, de debates entre ciencias y letras Pero aquí: ¿Llevas calzoncillos gruesos? ¡Madre mía, qué poco romántico!
Para colmo, Manuel calzaba una gorra que parecía hecha para un niño: cuando se estilaban los gorros de pelo. Y la gorra no le quedaba ni de lejos.
Luego ella descubriría que ese hombre pasaba olímpicamente de la moda.
Por entonces, el corpulento Manuel, con esa gorra, parecía una cafetera con tapadera y un pitorro en el centro.
Candelaria se sintió incómoda y, por no hacerle el feo, buscó la excusa perfecta y se marchó corriendo. No volvieron a verse.
El pretendiente se cruzó de nuevo con ella cuatro años después, por la Gran Vía. ¡Cuatro años, señores! Pero Manuel nunca dejó de pensar en Candelaria.
¿Y ella? Pues a sus veinticinco seguía soltera. En esos entonces, ya era rara.
Como era esto: ¿Tanta belleza y sin marido? Pues no se dio la ocasión.
Todo lo que se presentaba era poco fiable, chiquilicuatre y con la cabeza más en la moda que en el futuro. Y con intenciones que entonces ni se sospechaban.
Los recuerdos de los pantalones térmicos ya no le parecían tan humillantes.
En el reencuentro, don Manuel Ortega ya era doctor en matemáticas y lucía un gorro de nutria, mientras el resto iba con gorrito de conejo.
No creáis que Candelaria era interesada: ni mucho menos. Solo que esta vez lo miró con otros ojos, sin el regusto de aquel desencanto.
Comenzaron a salir y pronto Candelaria fue Ortega, el mejor apoyo para este matemático ingenioso: se enamoró de su retranca y cariño.
Así que hoy nuestro profesor se planta ante su clase y piensa en su mujer: ¡qué suerte tiene de tenerla!
Debía empezar la lección, pero no había quórum. Así que espero que se dignara la gente: de quince personas asistieron tres.
¿Y por qué no? Total, ya lo decía el dicho: Si lo has pagado, ya está aprobado.
No podía esperar más: empezó la clase.
Media hora después, apareció un alumno extranjero con aire elegante.
¿Por qué llegas tarde? le preguntó Manuel.
Estaba en el baño, señor, la tripa me hacía la revolución.
¿Media hora?
¡Ha sido por la diarrea!
La clase se partió de risa
Y qué se hace con esto, qué cruz. La falta de educación ha tocado techo. ¡En los institutos debe de ser la jungla!
La conferencia siguió: no iba a perder el tiempo con perlas para la fauna local. Pero ya tenía decidida su respuesta.
Manuel tomaba sus decisiones con más detenimiento que un notario, sopesando cada detalle.
Y reafirmó su postura cuando ese mismo alumno, en el control, no respondió ni una pregunta; ni para aprobar por los pelos. Y, claro, estaba en la lista de los aprobados VIP.
El tipo se sentó a mirarle con descaro: ¿Qué vas a hacer, viejo? Si el rector ya te lo ha mandado
¿Sabes cuánto le solté? A ver cómo sales de esta
¿Por qué no sabe nada? preguntó don Manuel.
He estado enfermo, no he podido estudiar
¿Qué enfermedad le ha dado?
De tripa, ya sabe usted
El guaperas se balanceaba en la silla
¡Ah, perdone! Cómo he podido olvidar que usted es nuestro agente especial sonrió Manuel, devolviéndole la libreta sin firma A recuperarlo, joven.
El alumno, boquiabierto, se largó sin rechistar.
Después, Manuel envió un correo al rector con lo suyo: ¿Quieren matrículas de honor? Pues pónganlas ustedes mismos.
Luego escribió su carta de dimisión, decidido a no volver ni a terminar la quincena de rigor. Que mancharan su expediente como quisieran: el trabajo estaba finiquitado.
Y que se las apañen como puedan, Ortega era el único profesor de álgebra avanzada.
Candelaria, he pedido la baja definitiva llamó Manuel a su esposa ¿Me aceptas como pensionista desempleado?
Depende de tu comportamiento contestó ella ¿Quieres albóndigas o pescado para comer?
Como soy un héroe, mejor albóndigas respondió profesor, con retranca habitual. Por cierto, hace fresco. Si vas a Mercadona, ponte los pantalones térmicos.
Y yo también te quiero mucho susurró Candelaria.






