REGALO
Querido diario,
Hoy ha sido uno de esos días de invierno donde la casa se llena de aromas cálidos, de voces queridas y del titilar multicolor del árbol de Navidad. Apenas llegué del trabajo, me senté en el sofá y, como cada tarde, llamé a mi hijo. Cuéntame, Iñigo, ¿cómo te ha ido hoy? ¿Has tenido buen día? Lo subí a mi lado y le despeiné cariñosamente el pelo rubio. Mientras Isabel, mi mujer, preparaba la cena en la cocina, charlaba yo un rato con nuestro único niño, que con sus cinco años tiene ya mil historias que compartir. El piso está acogedor; el belén, con sus figuras de barro, y la pequeña pero vistosa arbolita, iluminada entre el televisor y la estantería, anuncian que mañana es Nochevieja.
¡Todo bien, papá! soltó Iñigo Pero a mi amigo Mateo la cosa no le fue tan bien.
¿Por qué, hijo? ¿Mateo, el del portal de al lado? le pregunté.
Sí, ese mismo confirmó, cabizbajo.
En ese momento Isabel salió de la cocina envuelta en el aroma del pollo asado y añadió:
Al pobre Mateo no le dieron regalo en el festival navideño del cole esta mañana. Me da muchísima pena ese niño Anda, lavad las manos y a la mesa, que está todo listo.
¿Cómo que no le dieron regalo? me extrañé, levantándome del sofá. ¿A todos sí y justo a él no?
Sí, papá, los Reyes Magos repartieron a todos los niños menos a él. Se quedó esperando susurró Iñigo, mientras nos sentábamos a cenar.
Eso no está bien, ¿qué tipo de Rey Mago deja a un niño sin regalo? me indigné yo aún más, tirando de la silla y sirviéndonos el asado.
Yo creo que no fue culpa de los Reyes Magos ni del cole en sí intervino Isabel, encogiéndose de hombros. Puede que la madre de Mateo se olvidara de pagar la cuota para el regalo, o quizá no tenía dinero para ello. Eso ocurre Iñigo, ¿te lavaste las manos?
Claro mamá, papá estuvo conmigo en el baño respondió el niño, mientras devoraba el pollo.
Si es por eso, bueno supongamos que nadie pagó por él, pero ¿cómo pudo permitirlo la directora del cole, cómo se llama doña Carmen Gutiérrez, ¿no? ¿Podía dejar que algo así pasara, que todos vieran cómo a uno sólo le faltaba el regalo?
Doña Carmen era la que hacía de Rey Mago Melchor intervino Iñigo. Y el conserje fue Baltasar.
Pues más grave aún ¿No podían hacer un esfuerzo por ese niño? Al final los padres ya se arreglarían. ¡Es de tener muy poca empatía! suspiré.
Seguramente no pudieron o no supieron cómo reflexionó Isabel. Yo, en su lugar, lo habría solucionado para que ninguno se quedara sin regalo.
¿Y la madre de Mateo? insistí ¿Por qué permitió eso? Es incomprensible Por cierto, Iñigo, ¿compartiste tu regalo con él?
Iñigo me miró con seriedad:
Sí, papá, quise. Y también otros amigos: Álvaro, Lucía, Jaime pero Mateo no quiso aceptar nada de nadie.
¡Mira qué orgulloso! exclamé sorprendido Y, ¿lloró cuando se quedó sin nada?
No sé, papá, no lo vi.
Vaya niño, de verdad No se merecía eso comentó Isabel. Seguro que se sintió fatal.
Me quedé pensando, removiendo la comida, y entonces dije:
¡Hay que hacer justicia! Propongo llevarle un regalo a Mateo. ¿Quién sabe dónde vive?
Nunca he estado en su piso, sólo jugamos juntos en la plaza y en el cole respondió Iñigo, bajando la cabeza.
Déjame preguntar dijo Isabel. Mi amiga María, la del bloque, conoce a casi todos. Le llamo y te informo. Aunque, ¿para qué tanto interés?
Por favor, llama, y rápidamente le insistí.
Vale, pero vosotros recogéis la mesa y fregáis los platos contestó, marchando con el móvil.
Unos minutos después, Isabel regresó:
Viven en el treinta y cinco, se apellidan Sánchez, la madre es Rosa. El padre no está, al parecer los dejó hace tiempo o ella le echó, nadie sabe con certeza. Viven solos madre e hijo.
¿Cómo lo sabes? reí.
María es como Google, todo lo sabe. Además, está en la comunidad de vecinos y se entera de todo.
Entonces está claro reflexioné. Iñigo, ¿te has acabado todo tu regalo?
No, mamá dice que tanta chuchería no es buena.
Sabio consejo dije. ¿Tienes aún la bolsa de regalo?
Sí, papá, la abrí con cuidado.
Perfecto le insté. ¿Te importaría meter lo que te queda en otra bolsa y prestarme la del regalo?
¿Por qué? se extrañó, pero fue a su cuarto y regresó con la bolsa brillante, algo vacía. Volcó su contenido y las golosinas rodaron por la mesa.
Isabel, sin decir nada, observó. Y finalmente habló:
¿Queréis entonces ir a darle a Mateo un regalo, chicos? ¿Cuándo? ¿Y quién lo llevará?
¡Mejor esta noche! dije decidido. ¿Te parece, Iñigo?
¡Sí, vamos ya! estalló el niño Yo le meto algunas de mis chuches.
Si no te importa, hijo le animé.
¿Vamos juntos, papá? preguntó armando su bolsa.
Ya intentaste invitarle tuyo antes, y él no quiso le recordé. Es orgulloso. Propongo hacer algo diferente
Entré al dormitorio y emergí minutos después convertido en Rey Mago. Melchor, con su capa roja forrada de blanco, botas, corona y barba amplia, bastón y saco vacío bordado en estrellas doradas.
Iñigo me miró, incrédulo.
¿Papá, eras tú el Rey Mago los años anteriores?
Claro, hijo. Ya era momento de confesarte. Hace tiempo en el trabajo me pidieron ir de Melchor y desde entonces repito todos los años. Al menos os felicito a ti y a mamá también. ¿Te gustó el Melchor del año pasado?
¡Sí, mucho! Es genial tener un Rey Mago propio me abrazó fuerte.
Isabel añadió más caramelos, ató la bolsa con un lazo rojo y yo la guardé en el saco.
¿Os parece bien que este Melchor visite a Mateo? pregunté, arreglándome la barba.
¡Siiii! respondieron al unísono.
¿Puedo ir contigo, papá? suplicó Iñigo.
¿De paje? sonreí.
¡De conejo! gritó, corrió a vestirse: mono blanco, orejas grandes, máscara con bigotes pintados como esta mañana en el festival.
Vale, pero ponte el abrigo encima, aunque seas conejo blanco, estamos en diciembre le advertí, y nos fuimos. Isabel apenas contenía la risa: un Rey Mago larguirucho con bastón y un pequeño conejo arrastrando la bolsa de regalos.
Diez minutos después volví, algo apurado.
¿Y Iñigo? preguntó nerviosa Isabel.
Se quedó con Mateo, están jugando. Iré a recogerlo en media hora suspiré, quitándome la barba. Me tiré en el sofá, aún vestido de mago.
¡Menuda historia! le conté lo ocurrido: ya éramos los sextos en llevarle un regalo a Mateo esa tarde, y seguro no los últimos. Antes había salido la propia directora, doña Carmen, ya sin disfraz.
Se deshizo en disculpas le relaté, explicando cómo se sintió fatal por el olvido. Resulta que alguien grabó el momento en el colegio y lo subió al portal del pueblo en internet; en pocas horas tenía miles de reproducciones y un aluvión de comentarios.
¿De verdad? Isabel se sorprendió Tengo que verlo.
Pero lo importante le dije es que la madre de Mateo sí pagó la cuota, sólo que algo tarde, y en el colegio fueron tajantes y lo excluyeron.
La mamá tiene parte de culpa, sí, pero siendo madre sola Seguro que lo pasa mal reflexionó Isabel. Aun así, en el colegio podían haberle buscado una solución.
Los responsables apenas indagaron y dejaron fuera al niño proseguí. Y así el pequeño quedó marginado.
Si yo mandara sobre doña Carmen, la mandaba a la calle soltó Isabel indignada.
Quizás le caiga un correctivo, quizá aprenda la lección Quien trabaja con niños nunca debe actuar así.
Me quedé pensando, acariciándome la barba, y conté:
Ah, otra cosa: apareció el padre de Mateo, con cabeza gacha y un regalo, casi llorando
¿En serio? Isabel se animó.
Llamaron al timbre. Era Iñigo, regresando solo.
¿Por qué volviste por tu cuenta? le regañé Yo quería ir a recogerte
Iba siendo hora, papá, y allí ya no quería estar.
¿Por qué, hijo?
Porque los padres de Mateo discutían, luego lloraban y se abrazaban. Mateo fue a la cocina y de repente todos lloraban juntos. Vamos, cosas de mayores. ¡Ni se enteraron de que me fui!
Isabel y yo nos miramos, riéndonos de alivio.
Bueno, familia, vamos a tomar chocolate. Quien no se duerma, esperaremos juntos el Año Nuevodijo Isabel. Que entre con alegría en todos los hogares.
¡Que así sea! afirmó Iñigo generoso.






