Fernando, necesito que me eches una mano con el regalo para mamá.
Carmen dejó el móvil sobre la mesa y se giró hacia su marido, que estaba tirado en el sofá, perdiéndose entre canales con el mando de la televisión. Fernando ni siquiera levantaba la vista, avanzaba de uno a otro sin importarle nada.
¿Qué regalo ni qué regalo?
Una cocina nueva, la buena de verdad. En dos semanas es el cumple de mi madre, ¿no te acuerdas?
Al fin Fernando se dignó a mirarla. Se le escapó un gesto de fastidio, pero lo camufló rápido detrás de su sonrisa de compromiso.
¿Y la vieja qué? Parece que aún funciona, ¿no?
Carmen se sentó en el brazo del sofá, alisándose las arrugas del vestido casero sin pensar.
Si lo viste tú mismo la última vez. El horno calienta de pena, dos fuegos ni encienden. La pobre está siempre quejándose de que sus bizcochos ya no salen como antes. Para ella eso es sagrado, tú lo sabes.
…María Ángeles siempre había sido una artista con las masas. Su cocina olía a vainilla y canela, en el alféizar reposaban bollos recién hechos y los vecinos se pasaban a tomar café porque sabían que iban a salir con la barriga llena. La cocina, comprada allá por los años de Franco, ya no daba más de sí.
Bueno vale, Fernando se enderezó. ¿Y qué quieres que haga yo, exactamente?
Elige tú el modelo, que entiendes más de eso que yo. Vete a la tienda, échale un ojo y ponte con la entrega. Yo ahora con el trabajo no me da la vida.
Carmen sacó la tarjeta del bolso y se la pasó. Tenía ese brillo azul oscuro que da el flexo cuando te está iluminando la noche.
Es la paga extra de este mes, son mil euros y pico. ¿Da para una cocina buena?
Fernando giró la tarjeta entre los dedos. Se le movió la boca como queriendo decir algo.
Da de sobra, no te preocupes. Yo me encargo de todo.
Carmen asintió, confiando. Después de cinco años de matrimonio, tenía claro que los líos cotidianos se le daban de maravilla a Fernando. Buscaba chollos, renegociaba hasta el último céntimo, sacaba promociones de debajo de las piedras. Ahí era un hacha.
Pero no te duermas, ¿eh? Quiero tener la cocina lista para el cumple, sí o sí.
Sin problema Fernando guardó la tarjeta en el bolsillo de su chándal y volvió a su ritual de zapping.
Pasó una semana. Carmen volvía del trabajo, encajonada en el bus de la línea 27, cuando le entró la curiosidad de mirar el saldo desde la app. Deslizó el dedo y ahí apareció el movimiento.
El cargo: 1.050 euros.
Carmen sonrío al ver el número. Así que Fernando había cumplido. Mil euros no era cualquier cosa, seguro que eligió una cocina con grill, temporizador y puerta abatible, justo lo que la madre llevaba soñando hace tiempo. María Ángeles por fin iba a poder preparar sus milhojas sin miedo a que el horno la traicionase.
Carmen no pudo evitar imaginarse la cara de su madre cuando recibiese el regalo. Los ojos se le arrugarían de alegría, quizá se le escapara una lagrimilla, y María Ángeles diría su frase de siempre: ¡Pero hija, qué necesidad teníais de gastar tanto! Y al momento empezaría a pensar qué pastel haría primero.
Una buena cocina es para toda la vida. Carmen se acordaba de las historias de su abuela y la Fagor que sobrevivió tres décadas sin fallar ni una vez. Ahora las cosas son distintas, claro, pero apurando en calidad te dura más de lo que marca el manual.
…El cumpleaños fue el sábado. Mientras Carmen preparaba el ramo y envolvía los regalitos secundarios, Fernando rondaba por la casa, mirando el reloj de reojo.
No te olvides el sobre, le soltó Carmen, abrochándose las botas. ¿Metiste los papeles de la cocina?
Todo listo, Fernando se dio una palmadita en el bolsillo interior de la chaqueta.
Llegaron a casa de María Ángeles al mediodía. El aroma de magdalenas lo impregnaba todo incluso con la cocina vieja, la madre lograba que quisiera comerte la mesa. El recibidor se llenaba de primos, tíos, copas tintineando, risas por el salón.
Carmen abrazó fuerte a su madre.
Felicidades, mamá. Esto es para ti.
Le dio el sobre color marfil que había pillado de manos de Fernando por el camino. Ni se molestó en mirar dentro: él ya lo habría cuadrado todo.
María Ángeles sonreía de oreja a oreja.
¡Ay, hijos, qué exagerados sois! Abrió el sobre despacito, casi temblando de anticipación.
Carmen la observaba sonriendo cálida, hasta que, de golpe, vio cómo a su madre se le cayó la expresión. Pasó del júbilo al desconcierto.
Esto… ¿qué es?
Carmen frunció el ceño, se acercó. Miró por encima del hombro.
Un vale para una tienda de cosméticos. Trescientos euros.
Tres. Cientos.
Fernando, Carmen lo buscó con la mirada. Él ya se escabullía hacia el pasillo. ¿Pero esto qué es?
Tranquila, Fernando forzó una sonrisa. Ese vale está genial, ahí tienen cremas buenísimas…
¿Y la cocina?
Nada, ni caso. Fernando se metió en el balcón y cerró detrás de sí, en plan huida.
Carmen lo siguió. Abrió la puerta de golpe, casi se salta los cristales.
Explícate, pero ya.
Fernando se apoyó contra la barandilla.
Mira, es que Inés está que no puede más en su curro, necesitaba vacaciones… Y yo…
¿Pero qué vacaciones? ¿Quién es Inés? Carmen le clavaba la mirada. ¡Te di el dinero para la cocina de mi madre!
Salió una súper oferta: ochocientos setenta para Turquía, todo incluido, sólo para esta semana… se iban a perder, ¿me entiendes?
Antes de que Fernando se escabullera, Carmen le sacó el móvil del bolsillo. Abrió los mensajes. Ahí estaba la conversación con la agencia de viajes, las fechas, los precios, los ¡¡gracias hermano, eres el mejor!! con corazones de Inés.
¡Me voy el viernes, eres un sol!
Carmen levantó la cara. Fernando parecía querer escaparse por las baldosas.
Marcó el número de la agencia, apenas le temblaba la voz.
Buenas tardes, Agencia Horizonte, le atiende Elena, ¿en qué le ayudo?
Sí, mire. Hay una reserva a nombre de Inés López, dirección Turquía, salida el viernes. Quiero cancelarla.
Disculpe, ¿usted es…?
Soy la titular de la tarjeta, se hizo el cargo sin mi autorización. Así que quiero anularlo.
Fernando intentó acercarse pero Carmen le paró con la mano.
Un momento la voz de la chica sonó repentinamente seria. Sí, estoy viendo la reserva. Tendría que pasar por el local y allí lo gestionamos. El reembolso tardará unos diez días hábiles.
Perfecto, mañana voy.
Colgó. Le dejó el móvil como quien te suelta una patata caliente.
Carmen, no seas así, anda. Siéntate, hablemos…
Pero ella ya había vuelto al salón, ignorando las miradas incómodas de los demás, que se escudaban detrás del bol de ensaladilla. Llegó hasta su madre, que aún mantenía ese vale en las manos, desencajada.
Mamá, vámonos. Te voy a comprar el regalo como Dios manda.
María Ángeles no discutió. Agarró el abrigo y el bolso, saliendo detrás de su hija y olvidándose por completo de la fiesta.
En la tienda de electrodomésticos olía a cables y plástico nuevo. El dependiente un chaval llamado Javier, según su chapa les explicó pacientemente las diferencias entre cocinas.
Esta es la joya de la corona, señaló el modelo blanco de esquina. Para los bizcochos es perfecta, hornea homogéneo, tiene grill, temporizador y todo lo que te puedes imaginar.
María Ángeles tocó la superficie, fascinada.
Es una maravilla.
Nos la quedamos dijo Carmen. ¿Hay entrega mañana?
Por la mañana, entre nueve y doce.
El papeleo apenas les llevó un cuarto de hora. María Ángeles apenas dijo nada en el camino de vuelta, sólo al llegar al portal tocó la manga de su hija.
Carmelita, gracias corazón. Pero estoy preocupada por ti.
No te preocupes, mamá.
Es que Fernando… ¿y tú?
Carmen la abrazó.
Lo arreglo, mamá. Hoy sólo piensa en celebrar.
Volvió a casa de noche. Fernando estaba en el sofá, la luz apagada, sin tele ni nada.
Tenemos que hablar, empezó él, levantándose.
Carmen no le contestó. Se fue directa al armario, sacó sus camisas y fue metiéndolas en la maleta, ordenadas y con rabia.
¿Pero qué haces? Fernando se abalanzó hacia ella. Carmen, por favor. Sólo quería ayudar a Inés; está fatal en su empresa, era la única opción…
Carmen siguió, metódica, con los vaqueros, camisetas, los calcetines.
¡Estás echando a perder nuestra familia por una cocina! Solo tú tienes la culpa.
Se detuvo, se giró despacio.
Te confié mi dinero, el que gané yo. Era para el regalo de mi madre. Y decidiste gastar todo en tu hermana.
Bueno, gastar… no me parece…
Ni preguntaste. Te lo llevaste y me mentiste.
Fernando dio un paso, quiso abrazarla. Carmen levantó el jersey entre los dos, como escudo.
No me toques.
Inés lo estaba pasando muy mal, entiéndelo…
Coge tus cosas y vete.
…Un mes después, Carmen estaba en casa de María Ángeles. La cocina blanca relucía en la esquina, el horno funcionaba a tope y la casa olía a bizcocho de vainilla.
¿Sabes que me he apuntado a un curso de repostería, hija? María Ángeles brillaba de ilusión. Mi vecina Nati se enteró y me lo recomendó: es con un chef francés buenísimo.
Carmen probó el pastel. Era puro cielo.
Está riquísimo, mamá. De diez.
…El divorcio fue rápido, sin dramas. Fernando nunca entendió por qué Carmen no le perdonó aquella pequeña travesura. Inés se fue de viaje con sus propios ahorros o quizá ni se fue, Carmen ya no quería saber.
Ella miraba a su madre, feliz entre vapores y moldes, y el mundo parecía empezar de nuevo. Afuera caía la tarde. Por delante le esperaba otra vida: sin mentiras, ni engaños, ni nadie que te robe la confianza como quien gasta el saldo de tu tarjeta.
Carmen sonrió, cogió otro trozo de pastel y pensó: ¿Por qué no?







