Diario, enero.
La caja con los adornos de Navidad sigue en la mesa, por tercer día consecutivo. Hoy he vuelto a pasar a su lado, deslizando la mano por la tapa, y he ido a poner agua para el té. Encendí el fuego, apoyé la cadera en el fregadero, y otra vez pensé en guardar la caja en el altillo. Era la misma sensación de siempre, como si esconderla pudiera retrasar lo que no quiero enfrentar.
Antes, Víctor y yo la sacábamos a principios de diciembre. Protestaba, «siempre te adelantas», pero acababa subido al taburete, rebuscando entre las cuerdas con polvo. La bola envuelta en periódico, la figura del Rey Mago a la que le falta la nariz, el espumillón que se pega al jersey… Ahora el taburete está vacío, junto a la pared. La caja la bajó mi hijo en primavera, cuando vino por el aniversario, y desde entonces no ha cambiado de sitio.
El té empezó a hervir y apagué el fuego. Coloqué la bolsita en la taza y encendí la luz de la cocina. Ese amarillo me ciega y los muebles parecen apretujarse. Cuatro sillas rodean la mesa, como siempre. Sobre la que mira a la ventana, la camisa a cuadros de Víctor, desde abril. No sé qué hacer con ella; esconderla me parece traición, quitarla y dejar la silla desnuda, aún peor.
Me vibra el móvil: mensaje de mi hijo, foto de mi nieta en el cole, niños haciendo un muñeco de nieve con algodón. «Mamá, ¿cómo estás? Tenemos ensayo de villancicos, hablamos luego». Me quedo mirando la pantalla hasta que las letras se desvanecen. Respondo como he aprendido: «Todo bien. Hago mis cosas. No te preocupes por mí».
Mis cosas son sencillas. Ayer vino la chica de la comunidad, trajo los recibos y una hoja para reclamar el agua. Debo ir al ayuntamiento y firmar. Se terminaron las pastillas de la tensión, la médico insiste en no saltar la dosis. Lo sé, pero reunir fuerzas para salir de casa es más difícil que, en otros tiempos, bajar cortinas para lavar.
Tocan el timbre. Me sobresalto, dejo la taza en la mesa y abro. Es Rita, la vecina, con gorro de lana y una bolsita.
Buenas, Esperanza, pasé por la tienda y había oferta de mandarinas. Cogí de más y pensé en traerte unas.
Me da el paquete. Huelen a invierno, dulce y ácido.
Ay, Rita, todavía me quedan le digo, suspirando.
No las voy a comer todas, anda, acéptalas. ¿Cómo andas? ¿Te arreglas?
Aparta la mirada, casi arrepentida de preguntar.
Vivo, gracias. ¿Quieres entrar un momento?
No, tengo prisa, los niños con deberes. Si necesitas algo, me avisas. Cambié la bombilla del rellano, ahora hay más luz. Para ti, por si sales por la noche.
Asiento, aunque apenas salgo. Cierro y me apoyo en la puerta. El frío de las mandarinas en la mano.
Vuelvo a la cocina. Las dejo junto a la caja de adornos, suspiro y acerco la silla de Víctor. Me siento. El respaldo de madera me empuja en la espalda, diferente. Antes estaba frente a la ventana, ahora miro la pared vacía, donde antes colgaba la guirnalda de papel.
Colgar la guirnalda de nuevo me da reparo. Como organizar fiesta sin quien daba sentido a esas fiestas. Dicen los médicos y conocidos que hay que seguir adelante, «el tiempo lo cura». Por ahora el tiempo solo me muestra cuántas cosas hay en casa a las que mejor no acercarse.
Faltan tres semanas para Nochevieja. En el patio, la nieve es ya montículos grises; los niños la han marcado con petardos. Por las mañanas, me asomo a ver cómo el barrendero lucha con la pala. Después hago mi avena, pongo la tele por la compañía. No aguanto mucho; los presentadores gritan ofertas, milagros, y me entra ese asco sordo.
Me llama mi amiga, Carmen. Habla sin rodeos, pero no abandona.
Oye, Esperanza, tengo entradas para el concierto en el centro cultural, día treinta. Vente conmigo, no te quedes sola…
No sé, Carmen. Entre papeles, medicinas…
Los papeles no corren. Sal al menos un rato, ve gente.
Le dije algo dubitativo, promete llamar en dos días «para no dejarme escapar». Después me acerco al salón y trato de tocar la chaqueta de Víctor, cuidada en la silla. Meto los dedos en el bolsillo, aunque sé que está vacío. Solo el forro y un billete de autobús arrugado que nunca retiré.
Ya al atardecer saco la caja de adornos, la llevo al salón y la pongo en el suelo. Quito la tapa, me llega el olor a algodón y vidrio viejo. Saco algunas bolas, paso el dedo por los relieves brillantes. Recuerdo cómo Víctor protestaba si las ponía cerca de la ventana, «para que desde la calle se vea bonito». Lo veo claro, y tengo que cerrar la caja. La arrastro con el pie hacia la pared. Que se quede ahí.
Las pastillas se acabaron. Aguanto hasta la última, buscando por los cajones, pero nada. Toca ponerse el abrigo, el gorro, los guantes. En el perchero, junto a mi chaqueta, el abrigo de Víctor. Evito mirarlo al abrocharme.
El viento en la calle me corta las mejillas. El frío, en estos meses, parece distinto. Camino despacio, rodeando los montones de nieve hasta la parada de bus. Decido andar hasta la farmacia, son tres manzanas. El autobús pasa ruidoso, por el ventanal reconozco las caras cansadas de siempre.
En la farmacia, se acumula gente. Antes de Navidad, todos recuerdan sus males. Huele a yodo y colonia barata. Me pongo al final, agarrando bien el bolso. Un hombre tose a mi derecha, una chica mira el móvil a la izquierda.
¿También para la tensión? pregunta alguien delante.
Levanto la vista. Un hombre bajo, canoso y con chaqueta verde, sostiene la receta.
Sí, la tomo siempre.
Yo acabo de empezar. El médico dice que es la edad. Y yo aún pienso que ayer jugaba fútbol en la plaza.
Sonrío, con los ojos serios.
Qué va, ayer… Tengo sesenta. Ayer llevaba al niño al cole, ahora vengo aquí cada mes.
Eso es vivir dice. Si seguimos viniendo.
La fila avanza y la charla se quiebra. Al pagar, oigo su voz detrás:
¿Es usted del bloque? La cara me suena.
Sí, portal dos.
Yo en el primero. Nos veremos.
Asiento y salgo. No preguntamos nombres, no hace falta. Al volver, caminar se hace más liviano, como si alguien hubiese limpiado el cristal entre la calle y yo.
Los días desaparecen como la nieve en la ventana. Al ayuntamiento, aún no fui, el papel sigue listo en el recibidor. Carmen vuelve a llamar, insiste en el concierto. Al final, me escudo diciendo que me siento regular. Es casi cierto: en el pecho arde y la cabeza golpea como resfriada, pero el termómetro está bien.
El día treinta y uno despierto temprano. No hay planes. Mi hijo llamó y ofreció buscarme para pasar los días juntos, pero le insistí que mejor yo voy en marzo: la carretera en invierno es mala, y no quiero ser un paquete de cuidados urgentes.
Cocino macarrones, corto media mortadela, abro una lata de guisantes. El salpicón sale pequeñito, en cuenco de cereales. Antes hacíamos un barreño y comíamos hasta el día tres. Guardo el cuenco en la nevera, tapado. Ni toco las mandarinas: están ahí, brillando como bolas navideñas.
Por la tarde, llaman del ambulatorio, recuerdan la cita con la doctora. Apunto la fecha en la agenda. Abro por fin el paquete de mantel que compré antes de primavera, lo extiendo en la mesa. Tiemblo al acercarme al sitio de Víctor; ahora está vacío.
Al anochecer, llegan mensajes: una tía de Segovia, la vecina de la casa de campo, una prima segunda. Tarjetas de felicitación, árboles y deseos. Respondo breve: «gracias», «igualmente». Uno me da rabia: «será el mejor año de tu vida». Apago el sonido y dejo el móvil en el aparador.
De la casa de Rita llegan risas, vajilla, olor a carne frita. Media comunidad tiene la televisión puesta, se oye la resonancia. Camino del cuarto a la cocina, mil veces. Reviso enchufes apagados, lo sé de memoria. El agua se enfría en la tetera. En el taburete, ahora hay un cable enrollado.
A las 23:50 me siento en el sofá. La tele sin volumen: presentadores bailando, artistas, público agitando banderas. El año nuevo llega, sin pedir permiso.
Miro la silla con la camisa de Víctor. La taza vacía ante mí. Cierro los ojos. Pienso: en unos minutos, las campanadas, fuegos, llamadas, felicitaciones, todo normal, y contestar con voz animada.
Se enciende la luz en el rellano. Voces, el ascensor. Me pongo en pie y busco el cubo de la basura, lo atasco con la bolsa cerrada. Me pongo zapatillas y la chaqueta: lógica ninguna, solo salir de ese circuito entre tele y silla.
Abro la puerta justo cuando estallan los primeros cohetes sobre la ciudad. El ruido sacude los cristales. En el rellano está Rita, con su marido en chándal y, para sorpresa, el hombre de la farmacia. Doblan el cuello por la ventana, ven cómo los fuegos pintan el patio.
¡Esperanza, ven! ¿A tirar basura? Quédate, aquí se ve todo perfecto.
Me apuro, la bolsa en la mano.
Íba… sólo quería tirar esto.
Ya lo harás luego dice el hombre de verde. Un espectáculo así no se pierde.
Aparta el brazo y me deja sitio en la ventana. Dejo la basura en el suelo. Explosiones de luz se suceden. Gente grita ¡viva!, se oyen silbidos. Móviles brillan en la oscuridad.
Es mi hermano, Bruno dice Rita, señalando al hombre. Está con nosotros estos días.
Buenas noches saluda él. Nos vimos en la farmacia.
Sí, le recuerdo.
Estamos los cinco juntos, apretados. Huele a comida frita, frío por la ventana, y cáscaras de mandarina. Alguien pone las campanadas en el móvil. Rita reparte un poco de cava en vasos de plástico.
Una copita, simbólica dice.
Casi digo que no, pero los dedos toman el vaso. El vino está frío, dulce, calienta la garganta.
Bueno… dice Bruno, que vivamos. Como sepamos.
La frase suena torpe. Nadie comenta. Chocamos vasos, uno dice «feliz año». Espero que alguien hable de Víctor, del peso que llevo, pero Rita sólo roza mi codo.
Si necesitas algo, ven susurra. Aunque sea un té. Por la noche vemos pelis viejas.
Gracias balbuceo.
Pasado el rato vuelvo a casa, tiro la bolsa al contenedor. Me quito zapatillas y la chaqueta. No deseo volver a encender la tele. El estruendo de los fuegos se apaga, el mundo baja el volumen.
Saco el cuenco con el salpicón. Pruebo una cucharada, el guisante cruje. El sabor, familiar. Como con calma, mirando la silla con la camisa. Después me levanto, la tomo, la doblo y la abrazo. Solo huele a detergente.
La cuelgo en mi armario, entre mis jerseys, no al fondo. Tomo la silla y la acerco a la ventana. Las patas crujen en el suelo. Queda junto al cristal.
Me siento, miro el patio desde otra perspectiva. Veo el colegio detrás, ventanas ajenas brillando. Imagino desayunar aquí, observar los primeros coches salir.
Pensar que ahora ocupo ese sitio me duele y consuela. La silla ya no es sagrada, es sólo una silla junto a la ventana.
Pasadas las fiestas, la ciudad se aquieta. Las tiendas quitan los letreros, la gente ya no sale con bolsas enormes. Al fin fui al ayuntamiento, firmé el papel de la pensión. Pasando por la farmacia, compré vitaminas.
No había cola. La farmacéutica hojeaba una revista. Junto al té, una clienta miraba cajas.
Perdona, ¿has probado este de manzanilla? ¿A qué sabe?
Normal, respondí acercándome. Lo tomo por las noches. No es magia, pero está bien.
Sonríe.
Ahora nada es magia me dice. Mi marido falleció el año pasado. Busco algo que alivie, pero nada ayuda, salvo levantarse e ir a por té.
Habla con sencillez, sin lágrimas, casi como parte del clima.
A mí también me pasó dije bajo. En primavera.
Nos miramos, shortamente, y punto.
Pues llevémonos el mismo, propone ella. Así sabremos que otra, en otro sitio, lo está probando.
Vale.
No hubo nombres, ni teléfonos. Al salir, el aire me parece menos cortante. Por primera vez pienso en el pan y la verdura del mercado en vez de tumbarme en el sofá.
En casa, dejo las bolsas. Miro la silla de la ventana. En el respaldo, mi chal de lana. En el alféizar, el periódico recién comprado. Me siento, ordeno las compras. Las mandarinas nuevas van al bol, las viejas se van.
El móvil suena en la otra habitación: Carmen, «¿todo bien? La semana que viene paso, ¿vale?». Sonrío y escribo: «Ven. Haré bizcocho».
Abro la agenda, apunto la cita con la médica en enero. Más abajo: «Infusión en casa de Rita». Ayer, en el ascensor, Rita me ofreció empanadillas y ver una peli de guerra, que echan en la tele. No rechacé.
La casa sigue quieta. Pero el silencio ya no asusta: ahora hay espacio para el crujido de hojas, el golpe rítmico del cuchillo, la televisión amortiguada de Rita.
Tomo el periódico, lo dejo en la silla de la ventana. Infusiono manzanilla, llevo la taza allí, me acomodo y miro la calle.
El patio está gris, la nieve cubre el suelo. Dos niños con gorros vivos hacen un muñeco desproporcionado. Uno intenta colocar una zanahoria y se ríe cuando cae. Por la acera, una mujer pasea el perro. En la casa de enfrente alguien sacude una alfombra.
Bebo té. Es amargo, sencillo. Siento cansancio, pero soportable: para salir, comprar pan, invitar visitas, responder mensajes. Víctor sigue en la memoria, y el sitio vacío permanece. Sólo ahora, junto, está la silla junto a la ventana, donde estoy yo.
Paso página del periódico, detengo la vista en la programación. Esta noche emiten una película antigua, la veíamos juntos. Pienso en invitar a Rita, o verla sola, envuelta en el chal.
Este año por delante, sin promesas, solo más días: médico, mercado, visitas, recibir amigos. Y, al regresar, encender la luz sin miedo.
Dejo la taza en el alféizar y ajusto la silla hacia el radiador. El calor sube por las piernas. El nudo se afloja, no se disuelve, pero se hace menos duro.
Alguien lanza un bola de nieve al portal y huye. Reloj late suave en casa. Paso la mano por el respaldo y pienso: mañana saldré al patio, caminaré entre la nieve y compraré otra caja de manzanilla. Por tener ocupación.
Y volveré aquí, a esta silla junto a la ventana. Para vivir, como sé ahora.






