Los días vividos no pueden volver atrás: una historia de familia, recuerdos y secretos revelados en una noche de domingo en una casa madrileña

Los días vividos no se pueden devolver

Sentada en la cocina de su piso en Madrid, Alejandra no conseguía entrar en calor, aunque se abrazaba a la taza de té como si fuese el último salvavidas en medio del Atlántico. Sentía ese frío pegajoso por dentro y sabía muy bien que no era culpa del termostato, sino del reciente encontronazo con su padre, don Gonzalo. Llevaba al menos tres horas dándole vueltas a la conversación que había tenido lugar esa tarde, mientras la imagen de la espalda encorvada de su padre no paraba de desfilar ante sus ojos.

¿Cómo has podido, papá? le espetó llorando a lágrima viva antes de salir corriendo como si le persiguiera la mismísima Santa Inquisición.

Su marido, Ramón, apareció en la cocina con ese paso prudente de los que no quieren pisar charcos emocionales.

He acostado a Carlitos, ya está roncando como un fraile.

Alejandra asintió, y las lágrimas se desbordaron otra vez. Entre sollozos, farfulló:

Ramón, ¿cómo ha podido hacerme esto?

Él le pasó la mano por la espalda como quien intenta convencer a un gato de que le gusten los baños.

Tu padre siempre te ha querido mucho, Ale. Cuando perdió a tu madre temía que ella también te llevara consigo. Si es que sólo te tiene a ti intentó calmarla como buen castellano, nada cómodo con los dramas familiares.

Y razón no le faltaba: para don Gonzalo, Alejandra era la niña de sus ojos. Siempre anteponía sus citas con políticos a las excursiones escolares de la hija. Si tenía que llevar a Alejandra a la Costa del Sol, se traía trabajo a casa y se quedaba hasta las tantas redactando informes, todo por su princesa. Ella volvía morenita y feliz de aquellos veraneos y las demás niñas del cole le miraban con envidia y algo de pelusa.

En la universidad, sus compañeras se quedaban boquiabiertas:

Alejandra, ¿cómo consigue tu padre elegir esos pintalabios y perfumes que todo el mundo quiere? ¿No es hombre?

Hasta se atrevía con las tartas en San Isidro, y a Alejandra le parecía que su padre sabía hacer de todomenos traer de vuelta a su madre, que siempre le faltaba.

Recordaba tener seis años, su madre, Carmen, la abrazaba llorando.

Perdóname, hija, perdóname, mi vida

Alejandra no entendía por qué lloraba ni por qué ese maldito maletón esperaba junto a la puerta. Su madre la dejó en el suelo, se secó las lágrimas, agarró el maletón y salió. ¡Placa! La puerta sonó tan fuerte como el reloj de la Puerta del Sol en Nochevieja.

Mamá, mamá, ¿a dónde vas? gritó la niña, llorando¡Mamá, yo quiero ir contigo!

Nunca más la vio. Don Gonzalo se afanó en consolarla, inventando juegos y aventuras. En cuanto escuchaba una puerta cerrarse, Alejandra corría esperando a su madre, pero nunca llegaba. Su padre llenó el vacío y juntos se pasearon por el Retiro, se subieron a la noria de la feria y se empacharon de helados ese verano.

El tiempo pasó. Alejandra era aún una niña cuando don Gonzalo volvió a casa con una señora a la que presentó:

Hija, esta es Doña Pilar, mi compañera de trabajo. Ahora vivirá con nosotros. Mira qué muñeca te ha traído.

Alejandra cogió la caja y pensó para sí:

Por favor, papá, ¿cómo no te das cuenta de que ni la muñeca ni Doña Pilar me hacen falta? Yo quiero a mi madre.

Los días se sucedían y ni Pilar ni Alejandra conseguían encajar. Un día escuchó a la recién llegada gritarle a su padre:

¡Hace falta tener mucha paciencia para soportarte a ti y a tu niñata!

Alejandra apoyó a su padre cuando, harto, le pidió a Pilar que se buscara otro sitio, y la señora se marchó dando un portazo digno de una obra en la Gran Vía.

Don Gonzalo siempre fue calmado y razonable, entregado a su hija. A Pilar no le gustaba que él dedicara tiempo, dinero y atención a Alejandra; se enfadaba si compraba bombones o ropa nueva para la niña.

Alejandra volvió a recordar a su madre y pedía a su padre, una y otra vez, que la encontrara, que la trajera de vuelta. Pero un día, cansado, don Gonzalo le soltó la verdad:

Ale, tu madre nos dejó. Ya no nos quería, se fue con otro hombre que también tenía una hija.

Alejandra lloró en silencio. Y se dio cuenta de algo.

Si a mi madre le importara de verdad, hubiera encontrado la manera de verme. Si después de todo este tiempo no lo hace, será que no le hago falta.

Don Gonzalo jamás volvió a casarse ni presentó a ninguna mujer en casa. Porque, años atrás, Carmen se enamoró de otrode don Manuely fue honesta:

Gonzalo, amo a Manuel. He descubierto el amor de verdad. Por eso me voy con él.

¿Y lo nuestro qué era entonces? replicó él, pillado por sorpresa.

Quizá nunca fue amor de verdad, al menos por mi parte.

Después del divorcio, Alejandra se quedó con su padre.

Don Gonzalo la amó desde el patio del colegiofueron amigos, luego pareja. Para él, escuchar aquellas palabras de Carmen fue todo un mazazo. Después de la separación, luchó con uñas y dientes para quedarse con su hija.

Alejandra creció y siempre recordaba las escapadas al zoo, elegir a aquel cachorrillo al que llamó Trasto, y las tardes de cine viendo pelis de Disney. También recordaba el desvelo de su padre cuando ella se enamoró. No tuvo miedo en contárselo:

Papá, creo que me he enamorado. Ramón es un buen chico, estudio con él en la universidad.

Bueno, hija, eres mayor ya, solo que no te equivoques con quien eliges. Me alegro de que me lo cuentes.

A veces, al volver de las citas, pillaba a su padre espiando tras la cortina para no interrumpir a los tortolitos. Antes de acabar la carrera, le confesó:

Papá, Ramón me ha pedido matrimonio y he dicho que sí. Le quiero y él también a mí, así que nos casamos.

Muy bien, hija, me parece perfecto Ramón es buen chico, responsable, se le ve buen marido.

Y don Gonzalo casi saltó de alegría cuando Alejandra y Ramón le dieron un nieto, su adorado Carlitos. ¡Qué pasión por el crío! Ese domingo empezó como cualquier otro. Era día de paella familiar. Alejandra, el marido y el niño visitaban a Gonzalo. Comieron juntos, luego Ramón se fue con Carlitos al parque. Alejandra ayudó a su padre a recoger la mesa y fregar los platos.

Pero no entendía por qué de pronto su padre le habló, tropezando con las palabras, como quien busca el valor en un vaso de vino tinto. Le confesó que años atrás no pudo evitar que Carmen, su madre, se fuera con un viudo y su hija, muy lejos, al Norte. Después de un tiempo, llegaron cartas de su exmujer. En ellas pedía que Gonzalo se las leyera a Alejandra, le decía que la quería y que, aunque la vida les hubiese separado, nunca la olvidaría.

Cuatro años después, la última carta llegó: Estoy enferma, hospitalizada. Te ruego, Gonzalo, trae a mi hija a verme.

Don Gonzalo, dolido, respondió con su única carta: Tú lo decidiste. No quiero que Alejandra vuelva a sufrir. No la verás.

Poco después, Alejandra perdió a su madre. Y, ese día, su padre le confesó todo.

Lo sé, hija, fui cruel. Pero tenía miedo por ti, creía que así sería mejor para ti.

Papá, toda mi vida he creído que mamá me abandonó, que no le importodijo Alejandra, temblando¿Por qué decidiste por mí? No quiero verte más

Alejandra salió disparada, cogió el abrigo y se largó de casa dando un portazo, como hiciera su madre años atrás.

Don Gonzalo se quedó cabizbajo en la mesa, hecha un ovillo de tristeza. Sabía que su hija le odiaría, pero ya no la soportaba más, ni el peso de ese secreto. Al menos, la verdad ya no le quemaba por dentro, aunque también entendía el dolor de su hija. Sentía que le había dado todo, pero al final no había sido suficiente. Confesó que, aunque intentó suplir la ausencia de madre, jamás tuvo el alma en paz. Debió llevar a Alejandra a despedirse de Carmen. Pero ya era tarde.

Alejandra apenas recordaba el rostro de su madre, solo un eco borroso. Pero a su padre lo tenía a media hora en metro; él había encontrado en ella el sentido de su vida, dedicándosela por completo.

Sentada a la mesa, Alejandra pensaba:

Papá podría haber seguido callando, como siempre. Pero la culpa no le dejaba dormir. Confió en mí porque, al fin y al cabo, no le queda nadie más. Estará allí, tomando sus gotas de valeriana, dándole vueltas a todo y sufriendo porque le he dicho que no quiero verle. He sido cruel, muy cruel.

Ramónllamó a su marido, no puedo seguir así. Voy a casa de papá, llama a un taxi.

Claro, Ale. Has hecho lo correcto. De Carlitos me encargo yorespondió Ramón, que algo de psicólogo tenía.

Alejandra y don Gonzalo hablaron largo y tendido aquella noche, vaciando por fin todos sus fantasmas. Ambos se sintieron más ligeros, sin ya secretos entre ellos. Y mientras Alejandra se dormía en el sillón, su padre la tapó con una mantacomo hacía cuando era niña en aquel piso de Madrid.

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Los días vividos no pueden volver atrás: una historia de familia, recuerdos y secretos revelados en una noche de domingo en una casa madrileña
La madre de mi esposo alimentaba a sus nietos, pero no a mi hija de mi primer matrimonio – fui testigo de ello con mis propios ojos