Con las manos aún mojadas, Leonor gimió por el dolor de espalda y fue a abrir la puerta

Con las manos aún húmedas, suspiré por el dolor en la espalda y fui a abrir la puerta.
Me había levantado del sofá tras escuchar el timbre sonar por tercera vez, y lo hice con esa mezcla de hastío y resignación típica de quien ya no está para carreras. Estaba limpiando los cristales y no logré llegar antes. Al otro lado, me encontré con una muchacha de rostro cansado, aunque vestía una sonrisa delicada.
Doña Pilar, ¿le han dicho que usted alquila habitaciones?
¡Ay, esos vecinos, que no dejan de mandar gente a mi casa! Pero ni alquilo habitaciones ni pienso hacerlo. Jamás lo he hecho.
Había oído que tiene tres habitaciones
¿Y eso qué? ¿Por qué tendría que alquilar alguna? Me gusta vivir sola.
Perdone, me dijeron que usted es muy devota y pensé
La joven se giró dispuesta a bajar las escaleras, a punto de romper a llorar.
¡Niña, vuelve aquí! No te he echado todavía. Qué sensibles sois los jóvenes hoy en día, que por cualquier cosa os caen lágrimas. Pasa y charlamos un rato. ¿Cómo te llamas?
Inés.
Bonito nombre ¿Tu padre es pescador?
No tengo padre. Crecí en un orfanato, tampoco conocí a mi madre. Me dejaron en la puerta de un edificio y la policía me recogió. Apenas tenía unas semanas.
Ay, hija, no te apures. Vamos a tomar una infusión y hablamos. ¿Quieres comer algo?
No, he tomado una napolitana antes
¿Pero cómo vais a alimentaros solo con una napolitana? Así termináis con el estómago hecho polvo antes de los treinta. Siéntate, que te sirvo un caldo caliente de verduras. La infusión después. Me queda aún mermelada casera que preparé antes de que falleciera mi Paco, hace ya cinco años. Después podrás ayudarme a limpiar los cristales.
Doña Pilar, ¿puedo hacer otra tarea? Me siento mareada y no quiero caerme estoy esperando un hijo.
¿¿Embarazada, dices?? ¡Válgame Dios, solo me faltaba eso! Pero ¿estás casada?
Sí, estoy casada con Sergio, que también creció en el orfanato. Está haciendo el servicio militar obligatorio. La casera nos echó en cuanto se enteró de mi embarazo. Me dio una semana para irme. No me ha quedado otra que marcharme.
Desde luego, menudas circunstancias A ver, ¿qué hago contigo? Quizá puedas quedarte en el cuarto vacío. Pero ni una palabra sobre el dinero, que eso sí que me enfada. Vete a por tus cosas.
Están cerca. Las dejé en el portal de al lado. Se me acabó el plazo de la casera esta mañana y me he pasado el día con las bolsas buscando alojamiento.
Y así comenzamos a vivir juntos. Inés estudiaba diseño de moda, mientras yo, jubilada tras un accidente en RENFE, tejía encajes que vendía en el mercadillo del barrio. También sacábamos algo vendiendo la fruta y las verduras del huerto que cultivábamos los sábados juntas. Los domingos, yo iba a misa y ella se quedaba en casa leyendo y contestando las cartas de Sergio, siempre con ilusión.
Uno de aquellos sábados, mientras preparábamos la tierra para el invierno, Inés, agotada, decidió descansar dentro. Yo seguía quemando ramas secas y de repente escuché: ¡Mamá! ¡Ven rápido!. Se me desbocó el corazón de la impresión. Me olvidé del dolor de piernas y corrí. Encontré a Inés doblada, con la mano sobre la barriga, y llena de dolor. Tuvimos que pedirle a un vecino, Jorge, que nos llevara al hospital en su SEAT antiguo. Inés lloraba del miedo, convencida de que era demasiado pronto para parir.
En el hospital se la llevaron en camilla. Pasé la noche rezando, pidiéndole a la Virgen por ella y por el bebé. A la mañana siguiente recibí una llamada del hospital asegurándome que tanto madre como hija estaban bien, pero que Inés debía guardar reposo varias semanas.
Mientras estuvo ingresada, yo aprendí mucho más de Sergio, por largas conversaciones con la propia Inés. Admiraba el amor entre ellos. Me enseñaba fotos, y aunque apenas los veía bien con las gafas viejas que llevo, me parecía un chico bien plantado.
Llegó la Nochebuena y preparamos juntas la cena, charlando sobre el Niño Jesús, esperando la primera estrella. Inés, algo inquieta, de pronto pidió que llamáramos una ambulancia: el bebé ya venía.
El 6 de enero, Día de Reyes, nació una niña, llenando mi corazón de alegría. Le mandé un telegrama a Sergio para compartir la buena nueva. Decidieron ponerle Pilar, el mismo nombre que yo, y eso me emocionó como nunca.
Las semanas siguientes fueron un remolino de cuidados al nuevo miembro de la casa. Inés y yo nos turnábamos las noches, agotadas pero felices. Yo sentí como si la vida me diera una segunda juventud.
En uno de esos días tibios de enero, salí a hacer la compra y al regresar vi a Inés en el jardín, paseando a la niña. Subí y, al entrar en el salón, me percaté de una foto de mi difunto Paco en una estantería. Sonreí, pensando cómo la habría encontrado.
Inés, ¿cómo has dado con las fotos de mi Paco? le pregunté.
No sé de qué me habla, Doña Pilar.
Esa foto de la mesa le señalé.
Ah, ésa es de Sergio. Le pedí que posara para tenerla más grande cuando nos volvamos a ver.
Entonces cogí el marco. Miré bien y, de repente, creí ver a Sergio mirándome, tan idéntico a mi Paco Fue un impacto. Me pregunté si el destino nos habría unido por algún lazo insospechado.
Inés, déjame el álbum le pedí, dudando.
Al repasar las fotos antiguas, ambas vimos el parecido asombroso entre Sergio y Paco. Inés, perpleja, me miró buscando respuestas.
Emocionado, le expliqué a Inés que la vida está llena de milagros y casualidades. Nos abrazamos, llorando de emoción, conscientes de que el destino había unido a una familia nueva y extrañamente familiar bajo un mismo techo.
Aquella noche, ya solo en la sala, escribí en mi diario: Jamás creí que a mi edad pudiera encontrar tanto amor y compañía. La vida, con todos sus quebrantos, a veces nos regala otra oportunidad para formar un nuevo hogar. Basta con abrir la puerta.

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Con las manos aún mojadas, Leonor gimió por el dolor de espalda y fue a abrir la puerta
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