—¡Que se vaya sola! ¡Igual allí la raptan!—frunció el ceño la suegra Una sofocante tarde antes de las vacaciones debía estar llena de ilusión y preparativos agradables. Sin embargo, en el piso de Antonio y Alicia el ambiente era tenso. En el centro del salón, erguida como un monumento a la inquietud, estaba doña Sofía León. En las manos apretaba el mando de la tele. —¡No lo consiento! ¿Os habéis vuelto locos?—su voz, acostumbrada a mandar en la sala de profesores (era maestra jubilada), retumbaba con firmeza. En la pantalla, congelada la imagen del presentador del telediario, rostro serio y fondo de mapa de Asia, flechas rojas dibujando amenazas lejanas. Alicia, mientras hacía la maleta con una calma sorprendente para tanta tensión, solo suspiró. Sabía cómo terminaba aquello. Antonio, con la paciencia agotada en el rostro, intentó intervenir. —¡Mamá, basta! ¡Son tonterías! Nos vamos a un hotel normal, con agencia de viajes de aquí… —¿Tonterías?—doña Sofía agitó los brazos, el mando estuvo a punto de salir volando—. ¡Antonio, hazle ver! ¡Esa mujer te va a llevar al otro mundo! ¡En Tailandia… allí todo el mundo trafica con personas! Seguro que te mandan por una cerveza y acabas sin hígado en una nevera. Y a ella…—señaló a Alicia con gesto trágico—¡la venden como esclava o la meten de madame! ¡Lo he visto en la tele! Alicia dejó de doblar ropa y sostuvo la mirada atónita de la suegra, con una pausa que Antonio jamás habría resistido. —Doña Sofía, ¿de verdad usted cree todo eso? ¿Que todos los tailandeses son mafiosos y a la vez cirujanos clandestinos y proxenetas de oficio? —¡Ni se le ocurra ponerse chistosa! ¡No tienes argumentos! ¡Lo dicen en las noticias! ¡Gente que no tiene nada que perder va allí por “exotismo barato” y después mandan a los familiares los órganos en un bote! Antonio se frotó la cara. —Mamá, eso es sensacionalismo para jubilados faltos de emociones. Les meten miedo a propósito para que no cambien de canal. ¡Van millones de personas! —¡Y miles desaparecen!—rebatió Sofía—. Alicia, ¿a que ya tienes los billetes comprados? ¿No los vas a devolver? —Ya están comprados. Y no los devuelvo—respondió Alicia simplemente—. Llevamos dos años ahorrando para este viaje. He leído opiniones, foros, reservado con una agencia de aquí de confianza. No vamos a meternos en ningún suburbio de noche. Haremos excursiones, tomaremos el sol en la playa de Pattaya y comeremos sopa picante… —¡A saber qué llevan esos caldos! Seguro que os envenenan—refunfuñó la suegra—. Antonio, hijo, piénsalo por favor. Que vaya ella sola, si tiene tantas ganas. Su riesgo, su problema. Tú por lo menos te quedas vivo y sano. El corazón de madre siente el peligro. Quedó un silencio muy pesado. Entonces Alicia, quizás con años acumulados, dijo: —De acuerdo—dijo cerrando la maleta—. Tiene razón, doña Sofía. Arriesgarse tiene su punto de nobleza. Volaré sola. —¡Alicia! ¿Qué dices?—balbuceó Antonio. —Ya has oído a tu madre. Ella presiente la desgracia. No puedo hacerme responsable de tus riñones ni de tu hígado. Ni ponerte en riesgo de acabar de “esclavo”. Quédate en casa, tomas un té con mamá y veis reportajes sobre conspiraciones mundiales. Yo…—sonrió helada—me iré al infierno ese, sola. Doña Sofía parecía al mismo tiempo victoriosa y anonadada. Había logrado su objetivo, pero la inesperada entereza de su nuera la dejó desarmada. —Bien—pronunció ya sin tanto énfasis—. Te lo has buscado. Antonio intentó protestar, pero Alicia fue inflexible. La noche antes del vuelo durmieron de espaldas. —¿Seguro que no cambias de opinión?—insistió él. —¡No!—zanjó ella. ***** El avión aterrizó en Bangkok; una ola húmeda y perfumada envolvió a Alicia. ¿Miedo? Ninguno. Solo agotamiento y una intensa curiosidad. Siguiendo su plan, recorrió las calles animadas asombrándose con los templos y la simpatía de la gente; la comida callejera era espectacular. Nadie intentó ni robarle la cartera, mucho menos secuestrarla. Los vendedores solo sonreían y regateaban unos cuantos baht. Envió al chat común de Antonio y… doña Sofía (que lo había exigido) una foto: Alicia sonriente, zumo y mar turquesa de fondo. Texto: “Los órganos siguen en su sitio. Todavía no han venido a esclavizarme. Os echo de menos”. Antonio le mandó corazones. Sofía leía y callaba. Luego Alicia viajó al norte, a Chiang Mai. Allí, en una humilde pensión familiar, la propietaria, una señora llamada Nok, le enseñaba a preparar Pad Thai y ocurrió lo inesperado. Nok, que chapurreaba inglés, le recordaba muchísimo a doña Sofía. La mujer también sufría por su hija, emigrada a Seúl. —Está sola, allí hace frío, la gente no sonríe, la comida es rara…—se lamentaba mientras removía fideos—. He visto en la tele que hay radiación en el aire y todos son muy serios. Alicia miró su gesto preocupado y rompió a reír, hasta llorar. Nok la miraba boquiabierta. Así que Alicia, a golpes de traductor, fotos y gestos, le explicó lo de doña Sofía, la televisión, los órganos y la esclavitud. Nok abrió los ojos y luego también se echó a reír, claro y alto. —¡Ay, las madres!—exclamó—. ¡Somos todas iguales! ¡Tememos lo desconocido! En Tailandia la tele también vende absurdos. Aquella noche, bajo el porche y las estrellas, Alicia llamó no a Antonio, sino directamente a doña Sofía, por videollamada. La suegra se veía cansada y a la defensiva. —¿Qué tal? ¿Sigues viva?—fue su saludo. —Entera y con los órganos en orden, doña Sofía. Mire. Alicia giró la cámara hacia la terraza; con una bandeja de té y frutas apareció Nok, que al ver la expresión severa de la española saludó alegre. —¡Hola! Tu nuera es muy buena cocinera. No te preocupes, la cuido. ¡Aquí no hay esclavitud!—y la abrazó por los hombros. Sofía callaba. Alternaba la mirada entre la tailandesa sonriente y el rostro relajado y moreno de Alicia. —¿Y… los órganos?—balbuceó, ya sin la seguridad habitual. —Todos, en su sitio—sonrió Alicia—. Y hasta me ha vuelto el apetito. Doña Sofía, aquí la gente es amable y el lugar precioso. Nok dice que su hija está en Corea y que tiene miedo porque allí es muy frío, y lo ha visto en la tele. Largo silencio. —Déjame hablar con esa… Nok—pidió de pronto Sofía. Alicia pasó el móvil. Ambas mujeres, divididas por miles de kilómetros y cultura, conversaron diez minutos. No se entendían literalmente, pero era obvio que se comprendían. Nok asentía y reía; Sofía, seria al principio, fue ablandando el gesto. Incluso, al acabar, intentó sonreír. Torpemente, pero ya sin el rictus del miedo. Tras colgar, Antonio escribió: “Mamá acaba de apagar el telediario. Dijo: ‘Ya está bien de este agobio’. Y pregunta cuándo vuelves”. Alicia tardó en responder. Miraba las estrellas. Luego sacó otra foto: ella y Nok, abrazadas, sonrientes. Y la subió al chat. Texto: “He encontrado aliada. Mañana vuelo en parapente. Si pasa algo, tengo los riñones bien. Besos”. El regreso fue tranquilo. Antonio la recibió en el aeropuerto; un poco más atrás, con un ramo de absurdos y brillantes asters, estaba doña Sofía. No la abrazó, pero tampoco montó un drama. Carraspeó y le tendió las flores. —¿Has sobrevivido? —Ya ve. Y sin amo nuevo… —Bueno…—musitó la suegra—. Luego cuentas cómo fue… ¿Y tu amiga Nok? De camino, Alicia relataba templos, sabores, la cordialidad de la gente y anécdotas divertidas. Doña Sofía escuchaba, preguntaba a ratos. El televisor, en silencio. En su pantalla negra, reflejadas, tres siluetas: marido abrazando a esposa, y una suegra que al fin decidía mirar el mundo sin filtro de “sensaciones”, a través de los ojos vivos de quien había vuelto “del mismísimo infierno” no solo entera, sino… feliz. Y por la noche, con el té, doña Sofía, bajito y tanteando, dijo: —El año que viene… si os apetece… quizá podría ir yo también. Pero nada de sitios salvajes… Antonio y Alicia se miraron y sonrieron, satisfechos. Inesperado que Sofía viera las cosas desde otro punto. Pero días después irrumpió en casa, roja y nerviosa: —¡Que no voy con vosotros a ningún lado! ¡A ti, Alicia, simplemente te ha salido bien de milagro! He visto que acaban de rescatar a mucha gente de allí. ¡No pienso caer en esas! —Como quiera,—rió Alicia. —Antonio, tú tampoco tienes por qué ir tan lejos. Descubrir España también está muy bien—añadió la señora con autoridad. Su hijo negó con la cabeza, resignado. Y entendía que era inútil debatir.

Que viaje sola. Igual allí la secuestran gruñó la suegra, con el ceño fruncido bajo la luz cálida de la tarde sevillana.

La ciudad ardía en ese aire denso de verano, y en el piso de Antonio y Lucía, en Triana, faltaba lo único propio de las vísperas de vacaciones: la ilusión. Había, en cambio, una tensión que casi se tocaba. En medio del salón, como un fiero centinela, se alzaba doña Mercedes Álvarez, sosteniendo el mando a distancia como si fuera un cetro.

¡Que no lo permito! ¿Se os ha ido la cabeza o qué? su voz, acostumbrada a mandar en los claustros de cualquier instituto, rebotaba con dureza en las paredes.

En la televisión quedaba congelada la imagen de un presentador sombrío, encorbatado delante de un mapa del sudeste asiático, dibujando flechas rojas y amenazas. Un programa donde la alarma era la reina, los peligros acechaban en cada esquina lejana.

Lucía, que seguía haciendo la maleta con un temple inusual, solo suspiró. No era la primera vez que vivía esta función.

Antonio, con la expresión rendida de quien aprende a sobrevivir en trincheras domésticas, intentó interceder:

Mamá, basta ya. Que eso son exageraciones Que vamos a un hotel normal, tenemos todo hecho con agencia

¿¡Exageraciones!? Mercedes alzó brazos y casi estampó el mando contra la pared. ¡Mira, Antonio, ábrele los ojos a esa! ¡Te va a llevar al cementerio antes de tiempo! ¡A Tailandia! Allí, cada dos por tres, desaparecen turistas. Y los órganos, los hígados, los riñones, los mandan a Alemania en neveras de playa. ¡Y ella! señaló trágica a Lucía ¡A ella la venderán de criada o la meterán en un burdel! ¡Lo he visto en la tele!

Lucía interrumpió su labor, cerró la cremallera del neceser y encaró a Mercedes con una serenidad fría que Antonio jamás habría conseguido.

Doña Mercedes dijo, con voz pausada y clara, ¿de verdad cree usted todo eso? ¿Que cada tailandés es mafioso de bata blanca y proxeneta de noche?

¡No te pongas sarcástica! ¡No tienes cómo rebatir los hechos! ¡Lo enseñan en la tele! Allí va la gente buscando exotismo barato y después vuelven en un tarro, a trozos.

Antonio se tapó la cara con la mano, desesperado.

Mamá, a los jubilados os llenan la cabeza de sustos para que no cambiéis de canal. Hay millones de turistas al año

¡Y miles desaparecen! replicó Mercedes, rápida como un resorte. ¿Y tú, Lucía? Imagino que ya tienes los billetes. ¿Vas a devolverlos?

Los tengo. No pienso devolverlos. Lucía habló con calma. Llevamos ahorrando dos años para esto. He leído todos los foros, contratado con una agencia de Sevilla de toda la vida. No vamos a meternos en barrios raros, haremos excursiones y pasaremos el día en la playa de Pattaya, comiendo sus platos típicos

¡Os van a envenenar allí, si es que no os quitan antes el bolso mientras coméis esa sopa suya sospechosa! Mercedes murmuró sombría. Antonio, hijo, te lo ruego, piénsalo bien. Si tanto le apetece, que viaje sola. Que asuma ella el riesgo. Así tú te quedarás vivo y entero. De verdad, el corazón de una madre lo siente

El silencio se volvió espeso, casi insoportable. Entonces Lucía dijo lo que quizá llevaba demasiado tiempo tragándose.

De acuerdo afirmó, cerrando la maleta con un golpe seco. Tiene usted razón, doña Mercedes. El riesgo es mío. Viajaré sola.

¿¡Lucía, pero qué dices!? Antonio palideció.

Has oído a tu madre. Su corazón siente peligro. No puedo cargar con la culpa de tus riñones, de tu hígado, ni mucho menos exponerme a que acaben vendiéndote en cautiverio. Te quedas aquí. Mejor, haces tertulia con mamá y veis juntas el programa de conspiraciones. Yo, su sonrisa fue tan helada como la de una mujer que ya ha perdido la paciencia, yo me lanzo a ese infierno sola.

Mercedes parecía dividida entre el triunfo y la perplejidad. Lo había conseguido, pero no supo qué hacer con esa valentía desafiante.

Pues eso, mejor. murmuró ya sin tanto fuego en la voz. Que apechugue sola.

Antonio protestó, suplicó, pero Lucía no cedió. La noche antes del vuelo, se acostaron espalda contra espalda, en un silencio apremiante.

¿No te lo vas a pensar mejor? preguntó él en la penumbra.

Ni hablar dijo ella, cortante.

*****

El avión descendió en Bangkok y el aire húmedo y dulce envolvió a Lucía como una mantita extraña y cálida.

¿Miedo? No. Solo cansancio y una curiosidad viva que lo quemaba todo. Siguió su plan con precisión. Caminó por las callejuelas alegres y luminosas, se asombró ante el brillo de los templos y degustó auténtica comida en cualquier puesto improvisado.

Nadie intentó robarle, menos aún secuestrarla. Los vendedores del mercado apenas regateaban con sonrisas tímidas y trataban de sacarle cuarenta baht de más.

Subió una foto al chat familiar al que Mercedes se había apuntado por obligación con un mensaje: Todos los órganos en su sitio. Aún nadie me ha ofrecido ser esclava. Os echo de menos.

Antonio le contestó con emojis de corazones. Mercedes leía, veía, y callaba.

Después Lucía viajó al norte, a Chiang Mai. Allí, en un pequeño hostal familiar, la dueña, una mujer mayor tailandesa llamada Nok, la enseñó a cocinar verdadero pad thai. Y de repente, algo cambió.

Nok, entre chapurreo de inglés y gestos, resultó idéntica a doña Mercedes en sus desvelos maternales: tenía una hija trabajando en Seúl y andaba consumida por la preocupación.

Está allí sola, hace frío, la gente no sonríe, la comida es rara se lamentaba Nok mientras removía los fideos. En la tele dicen que hay radiación y que todos miran mal.

Lucía, viendo aquel rostro arrugado y nervioso, rompió a reír tanto y tan fuerte que terminó llorando.

Nok la miró confusa hasta que Lucía, entre gestos, dibujos en el móvil y palabras sencillas, le explicó quién era doña Mercedes, el poder de la televisión y la leyenda de los órganos robados.

Nok escuchó boquiabierta; luego, se unió a la risa, brillante y contagiosa.

¡Ay, las madres! exclamó. Iguales en todas partes. Tenemos miedo de lo que no entendemos. ¡La tele mete miedo aquí igual!

Esa noche, bajo el cielo estrellado de Chiang Mai, Lucía marcó por videollamada el número de doña Mercedes, no el de Antonio.

Mercedes apareció en pantalla, ojerosa y alerta.

¿Sigues entera? fue su saludo.

Entera del todo. Mire dijo Lucía, girando la cámara para mostrar la terraza. Nok apareció con una bandeja de té y fruta, saludando entre risas a la española seria del otro lado.

¡Hola! gritó Nok. ¡Tu nuera es magnífica! Cocina de maravilla y la cuido yo. Nada de esclavitudes aquí y la abrazó por el hombro.

Mercedes guardó silencio. Observaba la escena, dudosa, casi afectada.

¿Y los órganos? soltó, ya sin la vehemencia de antes.

Todos en su sitio sonrió Lucía, y el apetito, inmenso. Aquí es todo tan bonito y la gente tan amable Hasta Nok sufre por su hija en Corea. La tele le ha metido miedo, igual que a usted.

Hubo un silencio largo.

Pásame con esa ¿Nok? pidió Mercedes, de improviso.

Lucía accedió y durante diez minutos ambas mujeres, divididas por miles de kilómetros y la barrera de los idiomas, dialogaron solo con sonrisas, cabeceos y gestos. Nok reía; Mercedes, primero solemne, fue relajándose y hasta esbozó una torpe sonrisa, apenas perceptible, pero humana.

Al terminar, Antonio escribió: Mamá acaba de apagar la tele. Ha dicho: Ya cansa tanta alarma y ha preguntado cuándo vuelves.

Lucía no contestó enseguida. Se quedó mirando el cielo de Chiang Mai, luego mandó una foto: ella y Nok abrazadas, sonriendo.

Mensaje: He hecho aliada. Mañana vuelo en parapente. Todo en su sitio. Besos.

El vuelo de regreso fue apacible. Antonio la esperaba en el aeropuerto y, un poco más atrás, Mercedes nerviosa y con un ramo de estrellitas del Perú cutre y colorido.

No hubo abrazos, tampoco reproches. Mercedes, tosiendo enérgicamente, tendió las flores.

¿Ves? ¿Entera?

Como puede ver, y ni un gramo menos respondió Lucía con humor.

Bueno, bueno refunfuñó Mercedes. Luego me cuentas cómo es eso ¿Y esa Nok qué tal?

En el coche, Lucía relató templos, sabores nuevos, bromas y anécdotas. Mercedes escuchaba, preguntando de vez en cuando, sin dejar que el televisor (esta vez apagado) interrumpiera la conversación.

En la pantalla negra se reflejaban tres figuras: el hijo abrazando a su mujer y la suegra que, por primera vez, escuchaba el mundo sin titulares ni alarmas, sólo la verdad de quien había vuelto no solo completa sino feliz.

Aquella noche, entre sorbos de té, Mercedes, bajito y como quien tantea el hielo, dijo:

El año que viene si os parece quizá podría ir yo también. Pero nada de junglas, ¿eh?

Antonio y Lucía se miraron, sonrientes y sorprendidos. A doña Mercedes, de repente, le había dado por otro prisma.

Pero dos días después, irrumpió en el piso, sonrojada y alterada:

¡No quiero ir a ningún sitio! ¡Fue cuestión de suerte que te salieras bien! El otro día vi que han rescatado gente de un secuestro. No quiero acabar así.

Usted misma se encogió de hombros Lucía.

Antonio, tú tampoco tienes que andar por ahí. Por España se viaja muy bien, añadió Mercedes, con aires de sentencia experta.

Antonio negó con la cabeza, ya ni siquiera intentando discutir. Algunas rutinas, sabía, requieren más de un viaje y más de una vida para cambiar.

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—¡Que se vaya sola! ¡Igual allí la raptan!—frunció el ceño la suegra Una sofocante tarde antes de las vacaciones debía estar llena de ilusión y preparativos agradables. Sin embargo, en el piso de Antonio y Alicia el ambiente era tenso. En el centro del salón, erguida como un monumento a la inquietud, estaba doña Sofía León. En las manos apretaba el mando de la tele. —¡No lo consiento! ¿Os habéis vuelto locos?—su voz, acostumbrada a mandar en la sala de profesores (era maestra jubilada), retumbaba con firmeza. En la pantalla, congelada la imagen del presentador del telediario, rostro serio y fondo de mapa de Asia, flechas rojas dibujando amenazas lejanas. Alicia, mientras hacía la maleta con una calma sorprendente para tanta tensión, solo suspiró. Sabía cómo terminaba aquello. Antonio, con la paciencia agotada en el rostro, intentó intervenir. —¡Mamá, basta! ¡Son tonterías! Nos vamos a un hotel normal, con agencia de viajes de aquí… —¿Tonterías?—doña Sofía agitó los brazos, el mando estuvo a punto de salir volando—. ¡Antonio, hazle ver! ¡Esa mujer te va a llevar al otro mundo! ¡En Tailandia… allí todo el mundo trafica con personas! Seguro que te mandan por una cerveza y acabas sin hígado en una nevera. Y a ella…—señaló a Alicia con gesto trágico—¡la venden como esclava o la meten de madame! ¡Lo he visto en la tele! Alicia dejó de doblar ropa y sostuvo la mirada atónita de la suegra, con una pausa que Antonio jamás habría resistido. —Doña Sofía, ¿de verdad usted cree todo eso? ¿Que todos los tailandeses son mafiosos y a la vez cirujanos clandestinos y proxenetas de oficio? —¡Ni se le ocurra ponerse chistosa! ¡No tienes argumentos! ¡Lo dicen en las noticias! ¡Gente que no tiene nada que perder va allí por “exotismo barato” y después mandan a los familiares los órganos en un bote! Antonio se frotó la cara. —Mamá, eso es sensacionalismo para jubilados faltos de emociones. Les meten miedo a propósito para que no cambien de canal. ¡Van millones de personas! —¡Y miles desaparecen!—rebatió Sofía—. Alicia, ¿a que ya tienes los billetes comprados? ¿No los vas a devolver? —Ya están comprados. Y no los devuelvo—respondió Alicia simplemente—. Llevamos dos años ahorrando para este viaje. He leído opiniones, foros, reservado con una agencia de aquí de confianza. No vamos a meternos en ningún suburbio de noche. Haremos excursiones, tomaremos el sol en la playa de Pattaya y comeremos sopa picante… —¡A saber qué llevan esos caldos! Seguro que os envenenan—refunfuñó la suegra—. Antonio, hijo, piénsalo por favor. Que vaya ella sola, si tiene tantas ganas. Su riesgo, su problema. Tú por lo menos te quedas vivo y sano. El corazón de madre siente el peligro. Quedó un silencio muy pesado. Entonces Alicia, quizás con años acumulados, dijo: —De acuerdo—dijo cerrando la maleta—. Tiene razón, doña Sofía. Arriesgarse tiene su punto de nobleza. Volaré sola. —¡Alicia! ¿Qué dices?—balbuceó Antonio. —Ya has oído a tu madre. Ella presiente la desgracia. No puedo hacerme responsable de tus riñones ni de tu hígado. Ni ponerte en riesgo de acabar de “esclavo”. Quédate en casa, tomas un té con mamá y veis reportajes sobre conspiraciones mundiales. Yo…—sonrió helada—me iré al infierno ese, sola. Doña Sofía parecía al mismo tiempo victoriosa y anonadada. Había logrado su objetivo, pero la inesperada entereza de su nuera la dejó desarmada. —Bien—pronunció ya sin tanto énfasis—. Te lo has buscado. Antonio intentó protestar, pero Alicia fue inflexible. La noche antes del vuelo durmieron de espaldas. —¿Seguro que no cambias de opinión?—insistió él. —¡No!—zanjó ella. ***** El avión aterrizó en Bangkok; una ola húmeda y perfumada envolvió a Alicia. ¿Miedo? Ninguno. Solo agotamiento y una intensa curiosidad. Siguiendo su plan, recorrió las calles animadas asombrándose con los templos y la simpatía de la gente; la comida callejera era espectacular. Nadie intentó ni robarle la cartera, mucho menos secuestrarla. Los vendedores solo sonreían y regateaban unos cuantos baht. Envió al chat común de Antonio y… doña Sofía (que lo había exigido) una foto: Alicia sonriente, zumo y mar turquesa de fondo. Texto: “Los órganos siguen en su sitio. Todavía no han venido a esclavizarme. Os echo de menos”. Antonio le mandó corazones. Sofía leía y callaba. Luego Alicia viajó al norte, a Chiang Mai. Allí, en una humilde pensión familiar, la propietaria, una señora llamada Nok, le enseñaba a preparar Pad Thai y ocurrió lo inesperado. Nok, que chapurreaba inglés, le recordaba muchísimo a doña Sofía. La mujer también sufría por su hija, emigrada a Seúl. —Está sola, allí hace frío, la gente no sonríe, la comida es rara…—se lamentaba mientras removía fideos—. He visto en la tele que hay radiación en el aire y todos son muy serios. Alicia miró su gesto preocupado y rompió a reír, hasta llorar. Nok la miraba boquiabierta. Así que Alicia, a golpes de traductor, fotos y gestos, le explicó lo de doña Sofía, la televisión, los órganos y la esclavitud. Nok abrió los ojos y luego también se echó a reír, claro y alto. —¡Ay, las madres!—exclamó—. ¡Somos todas iguales! ¡Tememos lo desconocido! En Tailandia la tele también vende absurdos. Aquella noche, bajo el porche y las estrellas, Alicia llamó no a Antonio, sino directamente a doña Sofía, por videollamada. La suegra se veía cansada y a la defensiva. —¿Qué tal? ¿Sigues viva?—fue su saludo. —Entera y con los órganos en orden, doña Sofía. Mire. Alicia giró la cámara hacia la terraza; con una bandeja de té y frutas apareció Nok, que al ver la expresión severa de la española saludó alegre. —¡Hola! Tu nuera es muy buena cocinera. No te preocupes, la cuido. ¡Aquí no hay esclavitud!—y la abrazó por los hombros. Sofía callaba. Alternaba la mirada entre la tailandesa sonriente y el rostro relajado y moreno de Alicia. —¿Y… los órganos?—balbuceó, ya sin la seguridad habitual. —Todos, en su sitio—sonrió Alicia—. Y hasta me ha vuelto el apetito. Doña Sofía, aquí la gente es amable y el lugar precioso. Nok dice que su hija está en Corea y que tiene miedo porque allí es muy frío, y lo ha visto en la tele. Largo silencio. —Déjame hablar con esa… Nok—pidió de pronto Sofía. Alicia pasó el móvil. Ambas mujeres, divididas por miles de kilómetros y cultura, conversaron diez minutos. No se entendían literalmente, pero era obvio que se comprendían. Nok asentía y reía; Sofía, seria al principio, fue ablandando el gesto. Incluso, al acabar, intentó sonreír. Torpemente, pero ya sin el rictus del miedo. Tras colgar, Antonio escribió: “Mamá acaba de apagar el telediario. Dijo: ‘Ya está bien de este agobio’. Y pregunta cuándo vuelves”. Alicia tardó en responder. Miraba las estrellas. Luego sacó otra foto: ella y Nok, abrazadas, sonrientes. Y la subió al chat. Texto: “He encontrado aliada. Mañana vuelo en parapente. Si pasa algo, tengo los riñones bien. Besos”. El regreso fue tranquilo. Antonio la recibió en el aeropuerto; un poco más atrás, con un ramo de absurdos y brillantes asters, estaba doña Sofía. No la abrazó, pero tampoco montó un drama. Carraspeó y le tendió las flores. —¿Has sobrevivido? —Ya ve. Y sin amo nuevo… —Bueno…—musitó la suegra—. Luego cuentas cómo fue… ¿Y tu amiga Nok? De camino, Alicia relataba templos, sabores, la cordialidad de la gente y anécdotas divertidas. Doña Sofía escuchaba, preguntaba a ratos. El televisor, en silencio. En su pantalla negra, reflejadas, tres siluetas: marido abrazando a esposa, y una suegra que al fin decidía mirar el mundo sin filtro de “sensaciones”, a través de los ojos vivos de quien había vuelto “del mismísimo infierno” no solo entera, sino… feliz. Y por la noche, con el té, doña Sofía, bajito y tanteando, dijo: —El año que viene… si os apetece… quizá podría ir yo también. Pero nada de sitios salvajes… Antonio y Alicia se miraron y sonrieron, satisfechos. Inesperado que Sofía viera las cosas desde otro punto. Pero días después irrumpió en casa, roja y nerviosa: —¡Que no voy con vosotros a ningún lado! ¡A ti, Alicia, simplemente te ha salido bien de milagro! He visto que acaban de rescatar a mucha gente de allí. ¡No pienso caer en esas! —Como quiera,—rió Alicia. —Antonio, tú tampoco tienes por qué ir tan lejos. Descubrir España también está muy bien—añadió la señora con autoridad. Su hijo negó con la cabeza, resignado. Y entendía que era inútil debatir.
Oksana llegó a casa de su madre y su hermana para Nochevieja sin avisar, queriendo darles una sorpresa. Al llamar a la puerta, fue recibida por su hermana pequeña, Anuska, y el día pasó entre risas y preparativos: juntas hacían ensaladas mientras su madre cocinaba el plato favorito de Oksana, carne al estilo francés. “Sabía que vendrías, pero pensé que no lo harías sola… ¿No hablas con nadie desde lo de Íñigo?”, le preguntó su madre. “No, mamá”, respondió Oksana justo cuando sonó su móvil y, al mirar la pantalla, se quedó de piedra ante la sorpresa