Mi tía apareció de visita con su hija y el flamante yerno, trayendo un buen montón de carne y vino caro, pero mi madre los echó por la puerta en menos que canta un gallo.
Mi madre tiene una familia más grande que un autobús en hora punta. Tuvo seis hermanos, aunque ya solo quedan tres en este mundo. Ella y una de mis tías viven en el mismo pueblito, se dejan la espalda trabajando en verano y sobreviven el invierno tirando de lo ahorrado en la temporada. En nuestra pequeña parcela, todos sembramos cuatro cosas: tomates, patatas y, para dar ambiente, las peleas familiares de vez en cuando.
La otra hermana de mi madre se siente importante, porque vive en Madrid, con un piso luminoso y hasta una casita pintoresca junto al Pantano de San Juan. Su marido, todo él pompa y corbata, dirige una empresa de construcción. Pero ojo, que tampoco han sido siempre señoritos. Antes también arañaban la tierra del pueblo, y entonces era mi madre quien les sacaba las castañas del fuego. Pero claro, mejoró la cosa y, vaya hombre, se olvidaron de que existimos.
Un buen día, mi madre se entera por el portero del bloque que su hermana ha casado a la niña. Primero se quedó de una pieza, luego fingió que lo sabía todo de antemano, porque el orgullo del pueblo pesa más que una vaca en brazos. ¡A ver quién no se muere de vergüenza si su propia hermana ni la invita a la boda de la sobrina!
Al volver a casa, mi madre compartió el drama con mi otra tía, quien casi se atraganta de la impresión. Dolidas como estaban, se aliaron para llamarla y felicitarla a ver si al menos le removían la conciencia. Pero la respuesta fue un seco «gracias» y, plas, teléfono colgado.
Pero algo le debió cosquillear el alma, porque apareció de visita con la familia. Mala suerte, porque mi madre seguía con la mosca detrás de la oreja y, dignidad por delante, los puso de patitas en la calle. Dijo que si para ir a un restaurante con nosotros les daba vergüenza porque éramos pueblerinos y ellos de alta alcurnia, tampoco hacía falta que pisaran nuestra casa.
El marido de mi tía, ni corto ni perezoso, soltó que sí, que como fuéramos todos juntos a un restaurante, aquello iba a oler a cochino frito. Y, claro, eso hizo que a mi madre se le hincharan las narices del todo y juró que no quiere verles el pelo ni en pintura. La otra tía la animó desde el fondo: tampoco quería saber nada más. Cosas de familia, pero ¡ay!, qué novela se monta uno en cualquier rincón de España.







