Tus cosas ya las tengo recogidas anunció el marido.
Hijo, ¿pero para qué la quieres? intentaba disuadirle su madre ante la idea del matrimonio.
La quiero, mamá, ¿acaso no es suficiente? replicaba él, sin entender cómo no era obvio.
Vas a pasarlo mal, hijo. Ella solo mira por sí misma…
La bonita rubia Lucía decidió que, para el quinto aniversario de bodas, debía regalarle a su marido un auténtico obsequio de reina. Y, por favor, ¿quién dijo jamás que todas las rubias son tontas? ¡Que le traigan a ese!
Lucía, o Lourdes como la llamaba Ángelsu maridose tenía en altísima estima. Quería demostrarle a Ángel lo especial de su mentalidad precisamente a través del regalo que le preparaba.
Ni falta que le hacía; Ángel ya adoraba de sobra a su mujer guapísima.
Cinco años llevaban casados; el primer gran aniversario, el momento perfecto para hacerle aquel regalo sorpresa.
Su historia tampoco era de novela: amigos comunes invitaron a ambos jóvenes al cumpleaños de uno de ellos.
Bailaron juntos toda la noche, él la acompañó de regreso, pidió su número y empezaron a verse. Así, los dos, al poco, se preparaban a celebrar cinco años de una vida juntos, en general, dichosa.
Aunque lo cierto es que Lucía últimamente consideraba a Ángel algo aburrido. Todo venía de lo mismo: la rutina de la mujer insatisfecha…
Ángel realmente trabajaba muchísimo: a casa llegaba exhausto y sin tiempo ni energía para grandes conversaciones. Lucía, por su parte, se negaba a complicarse la vida con trabajosus intentos de influencer y bloguera no contaban. El peso de mantener el hogar caía sobre él.
Y de bloguera, Lucía ni veía un euro: nadie tenía prisa por seguir a una guapa medio desnuda, estuviese como estuviese el asunto.
Eso estaba más que de sobra en internet.
La gente tenía sus propios problemas antes de entretenerse mirando traseros bonitos. Pues eso, un trasero bonito… y nada más.
Lucía no cejaba: buscaba nuevos ángulos, probaba luces, y así pasaban las jornadas.
Eso sí, el arduo trabajo tenía pausas: para comer, ir de compras, tomar café con amigas, tratamientos de belleza y ratos de autoayuda.
Vamos, lo habitual en la vida de una musa moderna, que además permitía magnánima que su pareja disfrutase de semejante tesoro.
Ángel la quería con locura: uno ama no por las razones, sino a pesar de todo. Ángel, inteligente, lo veía claro: los intentos de influencer, la altísima opinión que tenía Lucía de sí misma, hasta la pereza para cualquier cosa que no fuese alimentar su propio ego.
¿Y qué? Lucía era así, y uno ama a quien ama, con sus virtudes y resquicios.
Hijo, ¿pero para qué la quieres? repetía la madre cuando se iban a casar.
La quiero insistía Ángel, ¿no es suficiente?
Vas a sufrir; ella no ve a nadie más que a sí misma…
Tonterías, pensaba Ángel. Lucía era una chica normal. Que no conseguía trabajo tras la universidad ¿y qué? Eso hoy pasaba a muchos, y no por ello debías acabar repartiendo paquetería.
Al fin y al cabo, con su sueldo bastaba. Y si llegaba el día de tener un bebé, ya encontraría solución.
Su madre, viendo que de nada valía insistir, desistió.
Y así, el matrimonio cumplió cinco años. ¡Bravo!
Ambos prepararon su regalo: él le dio unos pendientes de brillantes, ella tachán: una cámara para el coche, último modelo, micrófono incluidopara que no dijera nadie que Lucía no sabía de tecnología.
El aniversario lo celebraron en un restaurante: todo salió de maravilla. Ángel apreció el detalle: ¡Qué lista eres, cielo!
Además, Lucía notaba las miradas de envidia entre los amigos de él y sus parejas: Te ha tocado la mejor mujer, desde luego.
Borja el amigo de Ángel desde el colegio se moría de envidia. Su mujer, Irene, parecía menos agraciada…
Lucía flotaba en la gloria: os he dejado a todos a la altura del betún, pensaba. Ni calzoncillos cálidos, ni carteras grabadas; a superarla, ¡a ver quién podía!
Pasó el aniversario, la vida prosiguió su cauce y entonces Ángel empezó a considerar la idea de tener hijos.
Pero Lucía decidió volcarse, todavía más, en el auto-perfeccionamiento. Solo que ahora, decía ella, la clave estaba en los cursos presencialesonline no valía.
Voy a apuntarme a clases presenciales anunció Lucía una tarde cenando pizza a domicilio, con carita de súplica y labios inflados. ¿Me lo pagas tú, bonito?
Por supuesto, cielo respondió Ángel. ¿Cómo negarse?
Las clases eran dos veces por semana por la mañana, justo cuando él estaba en la oficina. ¿Le servirían? Quién lo sabía, pero mejor eso que pasar el día aburrida
A decir verdad, Ángel sentía un poco de vergüenza ante su madre. Él estaba conforme, pero sabía que su madre desaprobaba: ¿Y ésta es tu esposa?
Ni sabía robar ni vigilar los fuegos ni cocinar, ni limpiar; todo lo hacían las empleadas o el propio Ángel.
Hasta la colada: Nunca me aclaro con esos botones, amor.
Su madre callaba y sufría. Como en aquel cuento de Delibes, donde la madre sufría de ver a su hijo haciendo la colada, como la protagonista Clara.
Y en ese otro cuento, la mujer también acaba engañando con el primo del protagonista…
Pero Ángel, cabezón, estaba conforme. Cuando Lucía acabara sus cursos, podrían crear vida: una niña pequeña, de sombrerito y zapatos.
La familia sería completa. Su madre cambiaría el gesto y se convertiría en una abuela entregada.
Pero Lucía acabó un curso y se apuntó a otro: ¡Quiero más!
Y Ángel otra vez pagó. El auto-perfeccionamiento ya desbordaba.
En fin, nada grave; ella tenía veintisiete, él treinta. Hoy día se tienen hijos hasta bien tarde.
Hasta el Congreso retrasa la vejez, los famosos tienen hijos a cualquier edad.
Se acercaba la Navidad. Ángel estaba feliz: ¡la vida le sonreía! Decidieron celebrarla junto a Borja e Ireneeran familias cercanas.
Y entonces Ángel, queriendo revisar o quizás borrar algunos vídeos de la cámara-coche, miró las grabaciones. Y allí, en el asiento trasero, Borja y Lucía auto-perfeccionándose con tanto ahínco.
Para colmo, ni era la única vez ni un desliz aislado: la grabación mostraba encuentros reiterados en las mismas horas en que Lucía iba a sus clases, aprovechando que Ángel le prestaba el coche mientras él iba en metro.
Con el sonido bien captado: ¿para qué avergonzarse? Nadie más miraba, nadie oía
Y luego ellos dos bromeaban sobre sus respectivos esposos: Lucía de Ángel, Borja de Irene.
Lucía, entre risas: Ni siquiera sabe besar, el pobre, ¡solo saliva y burbujas! No es como tú, cielo…
Resulta que cielo no era solo Ángel. Y, encima, ni siquiera sabía besar…
Ángel quedó destrozado: ¿toda la pasión marital era mentira? ¿Siempre había fingido Lucía?
Vale, lo de Lucía era de juzgado, ¿pero Borja? ¿Cómo pudo olvidar que la cámara grababa? ¡Si era el mayor aficionado a los coches!
Ángel se quedó helado. Llevaba casi un año soportando cuernos, y no solo cuernos sino con su supuesto mejor amigo, en su propio coche.
Y ese amigo, para colmo, iba a celebrar la Nochevieja en su mesa. ¡Qué descaro!
Era, vamos, como aquel relato de Delibes donde la esposa termina engañando al protagonista.
Atónito, Ángel aguardó el regreso de Lucía, que aún estaba de cañas con sus amigas.
Lucía entró alegre y empezó a hablar:
¿Sabes que Tamara me aconseja nuevos cursos? ¡Imagínate qué horizontes se me abrirán!
Ángel miraba serio a su mujer y pensaba que su madre había tenido razón: ¿Para qué la querré?
Horizontes… los suyos estaban abiertos de más, y con su propio amigo.
¡No me escuchas! Lucía frunció los labios, en plan niña mimada. ¿Sabes de qué hablaba?
Sí, de que no sé besar respondió Ángel, glacial.
Lucía palideció, luego preguntó bajito:
¿De dónde lo has sacado?
De tu charla con el cielo Borja.
Lucía se puso a manchas rojas, incrédula: ¿cómo sabía él eso?
Veo que como no doy la talla mundial, lo mejor será separarse anunció Ángel, sin levantar la voz. Tus cosas ya están recogidas: vete donde prefieras y busca a alguien que aprecie tus dotes para el auto-perfeccionamiento.
¡Ángel, perdóname! ¡Fue un accidente!
¿Un año de accidentes? ¿Casualmente te subiste con él, te entregaste y me criticaste a escondidas? ¿Y todo por error?
Anda ya, ¿no estarías bajo anestesia un año entero?
La cara de Ángel era irreconocible; Lucía nunca lo había visto así.
Gracias por el regalo continuó Ángel. Si no llega a ser por tu cámara, habría sido cornudo hasta el fin de mis días.
¿La cámara? balbuceó ella. ¿Qué tiene que ver?
Eso mismo, Lucía. Incluso aquí graba la cámara, como decía aquella publicidad Y aquí lo grabó todo, Lucía.
Empezó Lucía a darse cuenta. ¡Menuda la he liado! No me perdonará nunca Y Borja, vaya tela. Por primera vez, la escéptica Lucía rezó en silencio: Dios mío, ayúdame
Pero Dios no respondió. A pesar de llantos y súplicas, Lucía fue echadaliteralmente con cajas y maletasal rellano. Para Ángel, también, aquello le partía el alma.
Lucía se perdió en el crepúsculo de la víspera de fiestas. ¿Adónde fue? Quién sabe; quizás a casa de su madre, en aquel piso modesto de la capital.
Ángel mandó la grabacióncon audioa su ex amigo. Estuvo tentado de enviarla también a Irene, la esposa de Borja, pero prefirió no ser ruin: que lidiasen ellos con sus miserias.
Borja, por su parte, llamó e insistió, pero Ángel lo bloqueó: Con eso no se juega, amigo
Así terminó, con tamaña tristeza, aquel año.
Pronto se divorciaron. No hubo nada que repartir: la vivienda era de Ángel, el coche también; Lucía, dinero propio, no tenía y no parecía que fuese a tenerlo pronto
Con ese auto-perfeccionamiento, Lucía solo tenía futuro en el escenario, y ni eso
Aquella Nochevieja, Ángel la pasó con su madre. En otros sitios, debía fingir normalidad, y aún no podía.
Así Lucía, de rebote, demostró tener mucha cabeza: gracias a ella la vida de Ángel cambióy para mejor. ¿Cómo terminó? Eso ya es otra historia.
Dicen que el mundo no cambia. ¡Claro que cambia! Solo la buena literatura permanece, y los cuentos de Delibes y de los clásicos, siempre.







