Mira, tengo que contarte una historia que siempre me viene a la cabeza cuando veo el mar aquí en la Costa da Morte, cerca de Finisterre. Verás, había un gato al que llamaron Leka, nombre castizo donde los haya que corría por la orilla, maullando todo lo que podía. De repente cerró los ojos, alzó el morro al cielo y siguió adelante. Allí le esperaban sus únicos amigos. ¿Qué sentido tenía su vida sin ellos? Así que, con las patitas, empezó a avanzar como pudo
Los tres, Leka, el perro Jack (bueno, aquí se llamaba Jacinto, pero le decían Jack), y el hombre, estaban sentados al borde del acantilado, mirando el Atlántico sin fin. Cada uno a lo suyo: el hombre, Pedro Cifuentes, movía la pierna buena, porque la izquierda era de metal; Jacinto meneaba el rabo a su manera vivaracha; el gato, Leka, giraba el extremo de la cola con aire soñador y despistado.
De verdad, allí cada uno movía algo la pata, el rabo, el trozo de hierro como si bailaran juntos sin música. El sol caía en el agua, lejos, tan lejos que a Leka le parecía que el horizonte hervía como una caldera de cobre. Él, que siempre imaginaba todo más intenso, estaba convencido de que había un fuego vivo más allá.
Pedro había sido campeón mundial. Sí, ese tipo de los periódicos, el que salía en los anuncios y en programas de televisión. Dominaba las olas grandes de Razo y era leyenda entre los surfistas. Todo: fama, eventos de patrocinadores, clases a ricos y famosos, una vida de excesos en Madrid y una casa enorme con vistas en la costa gallega. Allí él mismo montó su escuela de surf. Sólo los que podían pagar se apuntaban, porque el curso era carísimo, más de mil euros por semana, y la lista de espera iba para casi un año. Pedro instaló torres de vigilancia y contrató socorristas pagándolos de su bolsillo y sólo salía cuando el mar se ponía difícil de verdad.
Su familia allí era Jacinto, el perro, y Leka, el gato. Los recogió en cuanto se instaló allí para siempre. Jacinto era un perro pelirrojo, siempre alegre, que prefería jugar en la espuma de la orilla antes que nadar. Y Leka apareció una tarde, arrastrado por Jacinto, que lo encontró siendo apenas un micifuz en mitad de la playa. Desde entonces, Jacinto fue como el padre del gato, y Pedro los quiso desde el primer minuto.
Eso sí, Leka odiaba el agua. Se iba con Pedro y Jacinto a los entrenamientos, pero siempre desde la seguridad de la arena, con ese aire de guardián sospechando de las olas. Observaba todo fijamente, como si cuidara el destino de ambos.
Un día, no se sabe cómo, el gato presentía peligro. Se cruzaba en el camino de Pedro, se colgaba de los bajos del vaquero con los dientes, no quería dejarle ir al mar. Era como si adivinara una amenaza en el aire. Pero Pedro se rió, le apartó suavemente y bajó a la playa con su tabla.
Como siempre, Jacinto fue tras él, dando saltos. Leka también bajó, maullando como nunca, como avisando por última vez. Intentó tirar del rabo de Jacinto, frenarlo, pero el perro era más grande, y siguió tan campante. La ola cubrió sus patas y el gato, instintivo, dio media vuelta.
Mientras tanto, Pedro ya estaba en el agua, con alumnos y asistentes, esperando la ola perfecta. Y llegó pero aquel día algo más entró en la ría.
De pronto, una sombra desde el fondo: un tiburón en Galicia, de vez en cuando, aparecen algunos cuando las corrientes cambian, enorme, que mordió la pierna izquierda de Pedro. Normalmente, allí no se acercaban, pero ya sabes: las excepciones no avisan.
Pedro cayó bajo el agua y, cuando salió, gritó como nunca, de dolor y pánico. Los alumnos salieron remando hacia la orilla, mientras dos socorristas se tiraban a por él. Al poco llegó el helicóptero de rescate. Durante la recuperación, a Jacinto y Leka se los llevaron conocidos de Pedro.
Meses más tarde, Pedro regresó, sin parte de la pierna, pero con un protésico que era casi tan elegante como él. Y pronto aprendió a andar, y luego increíblemente a surfear otra vez. Salió en La Voz de Galicia, en los telediarios, en campañas de ropa y todo eso. Era la historia de superación que a la gente le encanta.
Leka, eso sí, seguía sin dejar de avisarle. Se interponía en su camino cada vez que Pedro se acercaba al mar, pero él ya estaba acostumbrado y simplemente lo ignoraba.
Grave error.
La mañana en que el oleaje era excepcional, Leka fue aún más insistente. Se cruzaba, se lanzaba a sus pies, maullaba, saltaba Pedro, harto, lo empujó suavemente y bajó decidido. Justo en la orilla Jacinto y Leka tuvieron su propio drama: el gato, esta vez, se aferró literalmente a la oreja de Jacinto para que no fuese, pero el perro no le hizo caso y se metió feliz en las olas.
Ahí se quedó Leka, temblando, ciego de miedo en la orilla. Maulló a todo pulmón, miró el mar, y por fin desesperado se tiró también. Nadó como pudo, torpemente, tragando agua, saliendo y hundiéndose. El maullido apenas superaba el rumor de las olas. Pero Jacinto, desde el agua, lo oyó.
No dudó ni medio segundo y nadó como un rayo hacia él.
Pedro también escuchó los ladridos. Giró la tabla y entre los dos, Pedro y Jacinto, lograron sacar al gato. Pedro intentó hacerle el boca a boca sin tener ni idea, claro pero sirvió: Leka tosió, escupió el agua y, cuando vio sus caras, apenas pudo parpadear de alivio.
Mientras, al fondo de la ría, pasaba lo que nadie esperaba. Tres grandes tiburones cazando juntos, algo rarísimo en Galicia, coordinaron una emboscada. A todos los surfistas; no quedó ni uno vivo.
Cuando Pedro volvió, no había ya ni sombra de los demás.
Policía, prensa, Protección Civil, todo el mundo preguntaba cómo podía ser que solo Pedro sobreviviera, y encima fuese el mismo del ataque anterior. Él hablaba de Leka y Jacinto, del aviso, pero nadie le creyó del todo.
Y nadie imaginó que si sobrevivió fue gracias al maullido desesperado de Leka y a Jacinto, que no dudó en arriesgar su vida.
La escuela de Pedro cerró. Nadie quería volver a esa ría. Él podría haber seguido pero nunca más entró en el agua. No por miedo, sino porque Leka y Jacinto le gruñían cada vez que lo intentaba.
Así que ahora los tres pasan las tardes juntos en el acantilado, mirando el sol caer sobre el Atlántico. Pedro balancea la pierna y el hierro cromado, Jacinto lo mira con cariño y le da con el rabo, luego mira el sol casi rojo deshaciéndose en el mar. Leka duerme cerquita, de vez en cuando mueve el rabo como en sueños. Él está tranquilo, porque ha hecho lo que tenía que hacer: proteger a los suyos.
A veces a Pedro le entra nostalgia de las horas en el agua, de las olas, del bullicio de los surfistas. Pero sabe que, si la vida le dio una segunda oportunidad, un tercer aviso ya no habrá.
El atardecer tiñe el horizonte de tonos rosados. Allí abajo, tras la roca, parece que el agua se calienta con ese reflejo. Burbujea y tiembla despacio, como esperando un nuevo díaQuizás mañana, piensa Pedro, el mar le devuelva una sonrisa. Mientras tanto, deja que Jacinto apoye el hocico sobre su bota metálica; nota el suave ronroneo de Leka subiendo por la manga de su chaqueta. El viento huele a sal y a promesa vieja. Hubo un tiempo en que buscaba tempestad y gloria. Ahora, solo quiere proteger este pequeño reino de paz: una roca, un perro leal y un gato que nunca supo nadar, pero lo salvó todo.
El último rayo de sol corona las cabezas de los tres amigos. Y, por un momento breve y secreto, Pedro cree escuchar en las olas cómo el mar agradece también, y les pide que no se vayan nunca, que cuiden ese borde del mundo para siempre.
Así, en la Costa da Morte, donde los viejos marineros dicen que termina la tierra y empieza lo desconocido, Pedro, Jacinto y Leka hacen guardia. Porque a veces los guardianes del destino son solo un hombre cansado, un perro feliz y un gato testarudo. Y en ese atardecer, por fin, Pedro entiende que ya no necesita las olas para sentirse vivo, porque la aventura verdadera era quedarse y cuidar lo que aún late junto a él.







