Lo sé todo sobre ella
¿Quién llamaba?
Martín se sobresalta, casi se le cae el móvil de las manos.
Nadie. Simplemente, uno de esos pesados
Carmen sigue cortando el pepino para la ensalada, sin levantar la cabeza. El tercer pesado de la noche. Curioso para alguien que antes solía quejarse de que solo le llamaban su madre y los repartidores.
Martín guarda el móvil en el bolsillo del vaquero y se va hacia la nevera, aunque claramente no sabe para qué. Se queda allí, con la puerta abierta, mirando los estantes como si buscara algún secreto del universo. Al final, cierra sin haber cogido nada.
La cena estará en veinte minutos le avisa Carmen.
Vale.
Él se marcha al salón, y un momento después, se escucha la tele encendida. A un volumen exagerado para su pequeño piso de Madrid. Carmen sonríe por lo bajo y sigue cocinando.
Los imprevistos laborales comienzan una semana después de esas llamadas sospechosas. Primero es una noche, luego dos seguidas. Al final del mes, Martín vuelve a casa a las nueve prácticamente a diario.
Tenemos un proyecto urgente explica al descalzarse en la entrada. El cliente está de los nervios, el jefe ni te cuento.
Ya veo
Carmen le sirve la comida caliente y se sienta enfrente con un libro. No pregunta detalles. No indaga sobre el proyecto ni por qué le lleva tantas horas extraordinarias. Martín, en el fondo, parece esperar preguntas, como si viniera ensayando excusas de camino. Pero ella no dice nada y se queda descolocado, sin saber qué hacer con sus justificaciones memorizadas.
¿No estás enfadada? pregunta un día, removiendo el filete con el tenedor.
¿Por qué?
No sé por volver tan tarde.
Carmen da vuelta a la página de su novela.
El trabajo es el trabajo.
Martín asiente, incómodo con aquella tranquilidad. La gente que miente nunca se siente a gusto cuando recibe confianza ciega.
Los regalos empiezan en diciembre. Primero unos pendientessin que fuese festividad ni aniversario, sin motivo. Después un pañuelo de seda del escaparate por el que siempre pasaban y en el que ella nunca mostró interés.
Te va a gustar le dice Martín, ofreciéndole la caja. Creo que le va muy bien a tu abrigo beige.
Carmen saca el pañuelo, lo acaricia entre los dedos.
Es bonito.
¿De verdad te gusta?
Claro.
Lo guarda con otras prendas que casi nunca usa. Martín parece feliz, con esa alegría inquieta de quien se siente perdonado antes de confesar nada.
Gasta dinero con una ligereza casi inconsciente. Una tele nuevaaunque la otra funcionaba perfectamente. Una cafetera de gama alta que ella solo mencionó una vez, de pasada. Entradas para el teatro, fila uno.
Carmen agradece todo, siempre con una sonrisa leve. Por dentro, va recomponiendo las piezas: el perfume ajeno en el cuello de una camisa, los mensajes que Martín contesta en el baño, con el grifo abierto, su nueva costumbre de dejar el móvil boca abajo.
La cena de empresa es en un restaurante de la Castellana. Carmen lleva el abrigo beige y el pañuelo de sedaMartín ilumina al verla entrar. Los compañeros revolotean alrededor del bufé, ya corren las primeras copas y brindis.
Ana se acerca cuando Martín va a por unas bebidas.
¿Podemos hablar un momento?
Se apartan a la ventana, lejos del bullicio.
No nos conocemos mucho comienza Ana, tocando el asa de su bolso. Mi marido trabaja con Martín en el mismo departamento.
Lo recuerdo.
Esto es saca el móvil y abre la galería. La semana pasada, yo estaba en el centro. Os vi sin querer y perdona, no sabía si debía enseñártelo o no.
En la pantalla aparece Martín abrazando a una mujer morena. En la siguiente foto se besan frente a la puerta de un restaurante.
Carmen contempla las fotos. Su cara impasible.
Sé que es meterme donde no me llaman añade Ana atropelladamente. Pero pensé que deberías saberlo.
Gracias.
¿Estás bien?
Sí.
Ana asiente, dubitativa.
No se lo enseñaré a nadie. Te lo juro. Ni a mi marido.
Te lo agradezco.
Martín vuelve con dos copas de cava. Carmen acepta la suya y le sonríe como siempre. Él no se entera de nada, ocupado buscando un camarero para pedir canapés.
El camino de vuelta es silencioso. Martín pone la radio y tararea bajito. Ella mira las farolas pasar y piensa en lo extraño que es el ser humano: temen más que nada ser desenmascarados, pero van dejando huellas por todas partes.
Ha estado bien la noche dice Martín, aparcando junto al portal. ¿Te ha gustado?
Mucho.
No tiene prisa. Las siguientes semanas fluyen igual que siempre: desayunos, cenas, conversaciones vacías. Martín sigue llegando tarde. Carmen no pregunta nada.
Los regalos siguen cayendo. Pulsera de oro por Reyes. Bono para un spa. Luz verde para gastar lo que quiera en la reforma de la cocina. Carmen acepta todo.
En enero empiezan las transferencias. Pequeñas sumas que no llaman la atención: ciento cincuenta para masaje, doscientos para estética, trescientos para botas nuevas.
Mamá, ya te hice la transferencia.
Lo veo, hija. Valentina no pregunta el motivo. La voz de Carmen al teléfono lo dice todo. Todo irá bien, cariño.
Lo sé.
Carmen le cuenta a Martín lo que “gasta” en centros de belleza, boutiques, clínicas. Él asiente distraído, sin mirar un solo recibo. Da igual lo que cuesten los tratamientos, si la conciencia puede comprarse a cualquier precio.
Bolso caro comenta un día Martín al ver una bolsa de marca en el recibidor.
Cuero italiano.
Muy bonito.
El bolso era de rebajastreinta euros. Los otros cuatrocientos setenta se los envía a su madre. Martín ni se da cuentaya solo le interesan su móvil y esas eternas juntas.
Valentina aparta el dinero en una cuenta a su nombre. Su hija no explica nada, pero su corazón de madre lo entiende todo. Algo se avecina. Algo importante.
¿Vienes el fin de semana? pregunta ella.
Todavía no, pronto.
Carmen vacía poco a poco la cuenta común. Cursos de inglés a los que nunca se apunta. Matricula de gimnasio que no existe. Dentista caro que no necesita.
Martín accede a cualquier gasto con el alivio de quien paga la penitencia por adelantado. Cada transferencia, una mini-indulgencia, otro ladrillo en el muro de su tranquilidad.
¿Te hace falta algo? le pregunta él por las noches.
Mañana encargaré la compra a esa tienda. Hay oferta en sábanas.
Por supuesto.
Ni siquiera se molesta en saber qué tienda o qué oferta. Carmen sonríe por dentro. Es fácil engañar a quien vive sumergido en sus propias mentiras.
A finales de febrero quedan seiscientos setenta euros en la cuenta común. Carmen lo mira por la mañana, cuando Martín está en la ducha. Revisa el saldo. Cierra la app.
Por la noche le prepara a Martín sus albóndigas preferidas y pone la mesa en el salón en vez de la cocina.
¿A qué viene esto? pregunta él, extrañado.
Siéntate.
Él lo hace. Carmen se queda de pie.
Sé lo de ella.
Martín se queda helado, tenedor en mano. La cara se le va del color al gris en un instante.
¿De qué hablas?
No insistas, Martín.
El tenedor cae contra el plato.
¿Cómo cómo lo sabes?
Eso da igual.
Él intenta levantarse, pero las piernas no le responden. Carmen lo observa serena, casi indiferente. Lleva meses preparándose para este momento, y ahora solo siente cansancio.
Carmen, puedo explicarlo
No hace falta.
Ha sido un error, yo
Mañana presentaré la demanda de divorcio.
Martín se agarra al borde de la mesa.
Espera, hablemos, podemos
No.
Carmen se da la vuelta y se va a la habitación a preparar una maleta. Martín se queda sentado ante unas albóndigas frías, mirando al vacío. El juego ha terminado y ha perdido.
Valentina abre la puerta antes de que su hija toque el timbre.
Hay cocido en el fuego y la habitación está lista.
Carmen la abraza en el umbral. Por primera vez en mucho tiempo, los hombros se le relajan y la tensión desaparece.
Gracias, mamá.
Ven, come. Ya hablaremos.
El divorcio es rápido y discreto. Martín no discute, no pone pegas. La cuenta común vacía, el pisosuyo. Nada que repartir.
Carmen firma los papeles con alivio. Nada de venganza ni amargura. Solo la sensación de libertad.
Los meses en casa de su madre pasan volando. El trabajo, las novelas, largos paseos por las calles de infancia. Y un día, la llamada de la inmobiliaria.
He encontrado un estudio en Chamberí. Se ajusta a su presupuesto. ¿Quiere verlo?
Carmen lo quiere.
El banco aprueba la hipoteca en una semana. Buen historial, nómina estable, entradala misma que fue reuniendo de los ahorros de ambos.
Recoge las llaves un día soleado de finales de agosto. El manojo pesa en el bolsillo de su abrigo como un amuleto.
Esa primera noche la pasa durmiendo en un colchón inflable en medio del salón vacío. Los muebles llegan mañana, pero ella no quiere esperar.
Se tumba, mira el techo y piensa en todo el camino recorrido durante este año.
Nada de remordimientos. Ni preguntas ¿y si?. Solo paz, con olor a paredes recién pintadas y a principios sin estrenar.
Carmen sonríe en la oscuridad
Por la mañana, se hará un café en su nueva cafetera y lo beberá en la ventana. Y después empezará a construir, despacio y sin prisas, su nuevo hogarpiedra a piedra, con la misma paciencia con la que tejió su huida de un matrimonio de mentiras.
Paciencia y cabeza fría. Eso le ha traído hasta aquí. Y eso mismo la hará seguir adelante.






