Isabel llega a la reunión de antiguos alumnos. Han pasado treinta años Decide asistir para saludar a su querida profesora. El encuentro es conmovedor. También han venido chicos de la clase paralela. Isabel se estremece al ver a Víctor, su amor secreto del instituto Un hombre alto, con canas y una barba bien cuidada. Apenas recuerda a aquel jovencito revoltoso. El salón está lleno de ruido y risas. Tras los saludos, todos se agrupan y charlan animadamente. Isabel casi se sienta de la sorpresa al ver quién se le acerca.
Isabel siempre se consideró la más desapercibida de la clase.
Miraba con envidia a las compañeras rubias de ojos azules.
Hija, ya florecerás la consolaba su madre. Yo también tardé en hacerme notar; no me volví señorita hasta los dieciséis. No te apresures, ya llegará tu momento y los chicos caerán rendidos. Ahora aún eres pequeña
Mamá, si yo no tengo prisa le contestaba Isabel, bajando la mirada, aunque sus grandes ojos verdes la delataban.
Se veía reflejada en el espejo con resignación y suspiraba.
Hace tiempo que se fijó en un chico de la clase de al lado: Víctor. Alto, deportista, simpático.
Y esa valentía suya en los juegos, siempre bromeando, rozaba lo imprudente.
En las clases de educación física, Isabel seguía el partido de baloncesto sólo por ver a Víctor. Contagiaba energía y entusiasmo a todos; su equipo ganaba siempre.
Aunque no hubiese sido tan atractivo, le hubiera gustado igual, pero su aspecto llamativo no daba oportunidad de acercarse a alguien así, tan popular
Y siempre rodeado: amigos y amigas por todas partes. Era imposible acceder.
Nunca lo veías solo. Isabel disfrutaba incluso de los breves encuentros fugaces en los pasillos durante los recreos.
Y ahí volvía a brotar su inseguridad.
Si cruzaba a Víctor, le bastaba mirarle un segundo para bajar rápidamente la vista y girarse.
Nunca confesó a nadie su enamoramiento infantil, pero sentía que todos intuían su secreto, y se sonrojaba sólo de pensar que alguien pudiera burlarse de ella, o, peor aún, el propio Víctor
Por eso decidió desechar ese amor platónico e intentar ignorarle por completo.
Al principio le costaba horrores, pero a base de fuerza de voluntad lo fue consiguiendo. Se tranquilizó y se sintió satisfecha de sí misma.
Lo importante es no cruzártelo de cerca se repetía.
Cuando lo veía por el colegio, enseguida cambiaba de dirección o pasaba rápido entre los demás alumnos.
Pasan dos años. Los estudios se le dan bien, ha crecido, ya no es tan tímida, porque la profecía materna se cumple: en un solo verano, Isabel se convierte de niña desgarbada en una joven esbelta y delicada.
Después de octavo, Isabel se marcha a estudiar a un instituto técnico.
De Víctor y el resto de compañeros sólo sabe por casualidad, charlando de vez en cuando con su antigua tutora.
Doña Carmen, la profesora, vive en su misma calle.
A las reuniones de antiguos alumnos casi nunca va; su clase no era demasiado unida, y la verdad es que amigos del cole no le quedan.
Solo una vez, por el aniversario de doña Carmen, se animó a acudir para saludarla.
¡Treinta años después de terminar juntos el colegio!
El reencuentro es emotivo, pues muchos no se habían visto desde aquellos días.
Llegan también chicos de la clase paralela.
Isabel se sobrecoge al ver a Víctor. Alto, elegante, con canas, barba perfectamente arreglada.
Lo único igual que entonces son los ojos, vivaces y llenos de picardía.
En el salón de actos reina un bullicio entrañable. Tras los abrazos a doña Carmen, charlas en grupitos, risas.
Isabel se sobresalta cuando ve acercarse a Víctor.
Él llega sonriente:
Aquí está mi amor secreto del colegio Isabel.
Le besa la mano. Como si no hubieran pasado décadas. Isabel se ruboriza.
¿Amor? ¿Yo? se asombra ella ¿Y cómo me entero tan tarde?
Los dos se ríen. Ya todos tienen su vida hecha, sus familias, sus hijos, igual Víctor que Isabel.
Apartados del resto, Víctor charla con ella de su trabajo, la familia y su hijo.
Yo también tengo un chico, responde Isabel justo lo que siempre quise.
Suspira, y tras mirarle, le pregunta de pronto:
Pero dime la verdad, ¿por qué yo? Era tan callada, tan normalita ni siquiera era guapa.
Pues por eso mismo. Nunca intentaste acercarte como las demás y siempre pasabas con la cabeza bien alta Yo ni me atrevía a saludarte. Tan orgullosa Y cuanto más te veía, más me gustabas. Ahora sólo queda aquel recuerdo dulce
Pues tú también me gustabas, muchísimo, responde Isabel de repente pero nunca había manera de acercarme, siempre rodeado de gente ni loca habría sido yo la primera en dar el paso. Cosas de chiquillos.
¿Quién sabe? dice Víctor pensativo. Quizá nos saltamos algo importante.
Puede ríe Isabel. A lo mejor la próxima vez. En la próxima vida
Buscaré tus ojos verdes susurra Víctor, sonriendo con ternura.
Queda claro que Isabel lo ha fascinado aún. Y ella está realmente guapa.
De repente alguien llama a Isabel.
¡Mamá! Papá y yo hemos venido a buscarte, como dijiste
El hijo de Isabel se abre paso entre la multitud.
Mira, Víctor, presenta ella, este es mi hijo.
Sonríe orgullosa.
Víctor, dice el muchacho, saludando con firmeza.
Víctor García, responde el otro, dando un apretón de manos.
Víctor mira a Isabel, con una mezcla de asombro, cariño y confusión en la mirada.
Isabel le hace un gesto de despedida y va hacia la puerta. Ya casi en la calle, la alcanza Víctor.
Escucha, Isabel dice, con los ojos brillando. Gracias.
¿Por qué? pregunta ella sorprendida.
Por tu hijo. Otro Víctor en el mundo. Gracias por el recuerdo
Isabel asiente y entra en el coche, sentándose atrás.
Su marido le pregunta:
¿Qué tal fue todo?
Muy bien responde ella. Vinieron muchos. Me alegró verles. Y algo de nostalgia, claro. El tiempo nos cambia Me alegro mucho por doña Carmen. Una gran maestra. Ojalá tenga salud por muchos años y muchas generaciones más de alumnosPor la ventana, las luces del colegio iban quedando atrás; Isabel sonrió al mirar a su hijo por el retrovisor. Sintió que el círculo, misteriosamente, se había cerrado al fin: el amor silencioso de la adolescencia, el temblor de los años y ese nombre compartido como una flor secreta en su vida adulta.
Sacó de su bolso la foto que doña Carmen había regalado al grupo, en la que posaban todos, treinta años más jóvenes, bajo la sombra de los viejos álamos. Isabel, en una esquina, con sus trenzas y su timidez impresa en la cara. Junto a ella, inesperadamente, el joven Víctor, que miraba hacia donde estaban sus ojos.
Sonrió para sí, y mientras el coche avanzaba, pensó que la vida tiene formas misteriosas de devolvernos nuestros recuerdos. No había arrepentimiento, solo un destello dulce: los amores callados a veces florecen, no en la historia, sino en la memoria.
Apretó la mano de su hijo y sintió gratitud. Las cosas no siempre suceden como soñamos, pero a veces, los sueños encuentran su sitio. Tal vez, pensó, algunos amores no terminan; simplemente cambian de raíz y permanecen, tranquilos, bajo el corazón.
Y con una última mirada al colegio, Isabel supo que, por fin, había aprendido a mirarse con ternura, igual que lo hacía ahora: de frente, con los ojos abiertos y el corazón en calma.






