¿Otra vez te ha vuelto a comer el coco? — Hija, tienes que dejarle hoy mismo. ¿Me oyes? ¡Hoy mismo! Irene apretó el móvil contra su oído, cerrando los ojos. Afuera rugía la ciudad al atardecer y por el auricular venía la indignación de su madre, densa y pegajosa. — Mamá, yo… — ¿Qué pasa, mamá? —no la dejó terminar doña Luisa—. ¿Hasta cuándo piensas aguantar? Que si la pelirroja de contabilidad, que si la del gimnasio, y ahora esa… ¿cómo se llama? ¿Marina? ¿Vas a seguir dejándole que te pisotee? Irene callaba. No había cómo rebatirlo. Tres infidelidades en dos años de matrimonio —una estadística imposible de discutir. — He hecho como si no viera tantas veces… — ¡Eso! —sollozó la madre—. Y él, encantado. Piensa que si le has perdonado una, le perdonarás dos, tres… Prepara tus cosas, tu cuarto está listo. Te espero. El teléfono se quedó en silencio. Irene permaneció quieta, mirando la alianza. El oro brillaba apagado bajo la luz de la lámpara— bonito, pero tan inútil como un adorno de una felicidad inventada. La maleta se abrió sobre la cama, como una boca hambrienta. Irene fue doblando jerséis, vaqueros, ropa interior— mecánicamente, sin mirar, las manos ajenas al pensamiento. — ¿Qué estás haciendo? Andrés apareció en la puerta, despeinado, en pantalón de estar por casa. Irene ni se volvió. — Me voy. — ¿A dónde? — A casa de mamá. Él bufó. — ¿Otra vez tu madre comiéndote el coco? Irene, ¿cuánto tiempo vas a seguir escuchando a esa histérica? En el aparador, la foto de la boda. Irene la cogió, pasó el dedo por los rostros felices. Recién casados, alegres, ignorando en qué acabaría todo. La dejó boca abajo. — ¿Y cuánto tiempo tengo que aguantar tus cuernos? — Venga ya… — No, basta. Irene agarró el bolso, la chaqueta, las llaves del coche. — Ya volverás— gruñó él—. En una semana, aquí estarás de rodillas. ¿Quién te va a querer, de todas formas? Irene no respondió— guardó fuerzas para el trayecto al otro lado de la ciudad. Doña Luisa esperaba en la puerta, envuelta en su rebequita de lana. — Has debido de pasar un frío… Ven aquí, mi vida. El abrazo olía al perfume de siempre y al calor de hogar. Irene se recogió en el hombro de su madre, permitiéndose, por fin, una tregua. — Vamos a tomar algo caliente, con miel, y tengo empanadillas— tus favoritas. La casa materna recibió con silencio y calor. Todo era igual: tapetitos en la tele, geranios en la ventana, aroma a canela en la cocina. Un refugio tras dos años de tormenta. — Gracias, mamá —susurró Irene—. Gracias por estar ahí… …El divorcio se alargó cuatro meses. Juzgados, papeles, el reparto de las cuatro cosillas— una trituradora burocrática borrando los restos de la vida en común. Irene firmó sin mirar. ¿Qué más da el robot de cocina o la mesita de salón? — Firme aquí y aquí —indicó la secretaria judicial. El bolígrafo corría sobre el papel. Firma— trazo— sello. Matrimonio disuelto. Oficial e irrevocablemente. Calle abajo, la nieve mojaba el suelo. Irene avanzó bajo el aguacero, el paraguas sin abrir. No dolía el vacío— simplemente estaba allí. Inmenso, hueco, interminable. Los seis meses siguientes se fundieron en un borrón gris. Irene comía por rutina, miraba el techo por costumbre. La querencia por Andrés— absurda, inexplicable— seguía clavada como astilla, doliendo cada noche. Doña Luisa no reprochaba nada. Preparaba calditos, acariciaba el pelo de su hija. — Duerme otro poco, cariño. Descansa. Irene cerraba los ojos mansamente. Los sueños eran grises, sin argumento— pura niebla. Solo el trabajo la mantenía a flote, tampoco del todo… …La apatía empezó a remitir con el buen tiempo. Irene quiso, al fin, salir a la calle, tomar un helado, sentarse en un parque. — ¿A dónde vas? —doña Luisa apareció en el recibidor. — Al super. A por pan. — Si hay pan en casa. — Entonces solo a pasear un rato. — ¿A pasear? —su madre frunció el ceño—. ¿Por qué llevas esa falda? ¡Si es cortísima! Irene se quedó clavada con las llaves en la mano. ¿Quince años? No, tenía veintiocho. Era una mujer adulta, ¿o no? — Mamá, solo es un paseo. — ¿Y a qué hora vuelves? Irene reprimió la irritación, sonrió cortés. — En una hora. — ¿Seguro? Que me preocupo. Las preguntas se hicieron rutina. ¿Dónde vas, con quién, por qué tardas, a qué dentista, qué diagnóstico, cuándo vuelves? Hasta para el dentista había que dar parte. — ¿Qué te ha dicho? ¿Qué muela? ¿Empaste o extracción? ¿Cuándo la próxima cita? ¿Por qué no llamaste nada más salir? Irene aguantaba. Mamá cuida, mamá quiere, mamá se desvive. No se puede ser desagradecida. — Mamá, he pensado… ¿Y si me busco un piso? Doña Luisa se puso traslúcida. La mano al pecho. — ¿Qué? ¿Un piso? ¿Tan mal estás aquí? — No, sólo… — Ay, el corazón… —cayó desfallecida en la silla—. Me sube la tensión… Irene fue corriendo a por el tensiómetro, las gotas, agua. Sus planes del piso disueltos en lágrimas maternas. …Segundo intento: un mes después. Un estudio barato a veinte minutos, señal puesta, maleta hecha. Doña Luisa tumbada en el sofá, ojos en blanco, la mano en el pecho, jadeando. — ¡Mamá! ¿Qué tienes? — El corazón… me pilla… Vete si tan necesario es para ti. Ya me apañaré. Irene se arrodilló junto al sofá, le tomó la mano. Fría y húmeda. ¿O era imaginación? — No me voy a ir. ¿Me oyes? Me quedo contigo. Doña Luisa entreabrió un ojo— fugaz, escrutador. Irene lo captó, pero prefirió pensar que se lo había inventado. Mamá no fingiría. ¿O sí? Renunció al estudio esa misma noche… Un mes más tarde: lo mismo. Habitación económica cerca del trabajo. Bolso preparado. — Ay, ay… —doña Luisa doblada en la cocina, abrazándose el vientre—. ¡La úlcera! O apendicitis. Irenita, ¡llama al Samur! — Mamá, ayer comiste huevos con chorizo, ¿qué úlcera ni qué apendicitis? — ¿No me crees? —y lágrimas rodando—. ¡Una hija que no cree a su madre! Déjame aquí, sola… como si me pasa algo, ni te vas a enterar… Irene volvió a vaciar la bolsa. La sospecha asomó, pronta la reprimió. No puede pensar mal de mamá. ¡No puede! …Dmitri apareció por casualidad— jefe nuevo de recursos humanos. Alto, con hoyuelos y risa contagiosa. — Irene, ¿te gusta el teatro? — Creo que sí, hace mucho que no voy. — El “Jardín de los cerezos”. Es el sábado. ¿Me harás compañía? Un vuelco verdadero en el alma. Una cita real, con un hombre que la miraba como si fuese especial— no una divorciada sin rumbo. Solo faltaba contárselo a mamá. — Mamá, el sábado voy al teatro. Luisa levantó la vista de la tele. — ¿Con quién? — Un compañero, Dmitri. Es nuevo en la empresa. — ¿Dmitri? ¿Es guapo? — Mucho. — Ya veo. A ver, cuéntamelo todo. Irene se sentó, le apetecía charlar, compartir, reírse. Su madre escuchaba, preguntaba, asentía… El destello astuto en sus ojos Irene no lo vio— o no quiso verlo. El sábado amaneció radiante. Irene elegía vestido, se pintaba los labios, tarareando. Faltaban horas, pero la ilusión la desbordaba. — Voy a la farmacia —dijo doña Luisa desde la entrada—. Luego veré a una amiga. — Vale, mamá. Puerta cerrada. Irene siguió maquillándose— rímel, colorete, brillo. Dos horas después, lista para salir… Pero… las llaves no estaban por ninguna parte. Irene llamó. Tono. Tono. Tono. “El abonado no responde”. Catorce llamadas la siguiente hora. Nunca lo cogió. A las siete era la función. A las seis aún tenía esperanza. A las seis y media, recorría el piso como una fiera enjaulada. A las siete, se desplomó en el recibidor. Dmitri la esperaba en la puerta del teatro. Miraba el móvil, miraba el reloj. Quizá llegaba tarde, quizá atascos. Escribió tres mensajes, llamó dos veces. Irene leía las notificaciones llorando de rabia. …Doña Luisa volvió pasadas las diez. Olía a bollos recién hechos y a otro perfume. — ¿Qué haces sentada ahí? Irene la miró. Las palabras mordían la garganta— urticantes, venenosas. — Las llaves —articuló al fin. — ¿Llaves? Ah, esas. No sé cómo, cogí las dos llaves, las mías y las tuyas. Estoy perdiendo la cabeza, hija… Claro… Casualmente se llevó los dos juegos y “casualmente” no contestó el móvil en todo el día. Irene se puso de pie. Le temblaban las piernas, pero por primera vez en año y medio la cabeza era suya. …Por la mañana, esperó a que su madre bajara al estanco. Recogió documentos, metió la ropa en la maleta— la misma con la que llegó—, y se fue, dejando el llavero encima del felpudo. …Carmen le abrió en pijama. — ¿Irene? ¿Qué ha pasado? — ¿Puedo quedarme aquí esta noche? — Claro que sí. Ni preguntas ni reproches. Solo té caliente, sofá y una manta. El móvil de Irene no paró de sonar— veinte, treinta, cuarenta llamadas perdidas. Un aluvión de mensajes: “¿Dónde estás?”, “¿Cómo has podido?”, “Me duele el corazón de tanto preocuparme”, “No me cuidas nada”. …Pasó una semana en casa de Carmen. Después, alquiló un estudio pequeño en las afueras, ventanas al polígono y vecinos ruidosos arriba. A los ocho días, llamó a su madre… — ¡Hija! Por fin… Me tienes al borde de un infarto, vuelve a casa, te lo ruego. — No. — ¿Cómo que no? Irene, soy tu madre, te quiero más que a mi vida… — Lo sé, mamá. Pero necesito distancia. — ¿Distancia? ¿Para qué? ¡Si todo lo hago por ti! Irene respiró hondo. — Si quieres que siga en tu vida, tendrás que cambiar. Nada de control. Nada de encierros. Nada de desmayos cada vez que quiera irme. — Estás siendo muy dura… — Son mis condiciones. O las aceptas, o te despides de tu hija. Silencio. Denso, total. — Piénsalo, mamá. Te llamaré en un mes. Irene no sabía si su madre sería capaz de cambiar. Pero ella sí. Y al final, Irene y Dmitri fueron juntos al teatro… aunque fuera para otra función. Pero eso, ya ni importaba.

Hija mía, tienes que dejarle hoy mismo. ¿Me oyes? ¡Hoy mismo!

Isabel aprieta el teléfono contra la oreja, con los ojos cerrados. Afuera, la ciudad de Madrid retumba bajo las luces del atardecer, y en la línea, la indignación de su madre, espesa y pegajosa.

Mamá, yo…
¿Qué, mamá? María Luisa no la deja terminar. ¿Hasta cuándo vas a aguantar? Primero fue, esa pelirroja de contabilidad, luego la del gimnasio, y ahora esa… ¿cómo se llamaba? ¿Marta? ¿Vas a permitirle que siga pisoteándote?

Isabel no contesta. No tiene argumentos. Tres infidelidades en dos años de matrimonio: una estadística que no se puede negar.

He hecho la vista gorda demasiadas veces…
¡Por supuesto! solloza su madre. Y él lo aprovecha. Piensa que si le perdonaste una vez, se lo vas a perdonar dos o tres veces. Haz la maleta, que tu habitación te espera. Te estoy esperando.

El teléfono se queda mudo. Isabel se queda sentada un rato largo, mirando el anillo de boda. El oro brilla apagado bajo la lámpara: un adorno bonito y completamente inútil de una felicidad que ya no existe.

La maleta sobre la cama se abre como una boca hambrienta. Isabel mete jerseys, vaqueros, ropa interiortodo de forma automática, sin pensar. Sus manos trabajan solas, la mente se niega a reaccionar.

¿Qué estás haciendo?

Andrés aparece en la puerta, despeinado y en pantalón de casa. Isabel ni se gira.

Me voy.
¿A dónde?
A casa de mamá.

Él resopla.

¿Otra vez te ha lavado el cerebro esa histérica? ¿Hasta cuándo vas a hacerle caso?

Sobre la cómoda descansa una foto de la boda. Isabel la coge, pasa el dedo por los rostros sonrientes. Novios riendo, incapaces de imaginar en lo que acabaría ese matrimonio.

Deja la foto boca abajo.

¿Y hasta cuándo tengo que aguantar tus infidelidades?
Venga ya…
No, basta.

Isabel coge la bolsa, la chaqueta, las llaves del coche.

Volverás, dice Andrés desde la puerta. En una semana estarás arrastrándote otra vez. ¿Quién te va a querer?

Isabel no le contesta: guarda sus últimas fuerzas para cruzar la ciudad.

María Luisa la espera en la puerta, envuelta en una cálida toquilla.

Ven, mi niña. Entra, que debes de estar helada.

El abrazo huele a colonia familiar y a hogar. Isabel se acurruca en el hombro de su madre, dejando escapar, al fin, la tensión.

Siéntate, vamos a tomar un té bien caliente con miel. Y he hecho empanadillas, tus favoritas.

El piso huele a canela y a ropa limpia. Encima del televisor, las típicas puntillas de encaje, geranios en la ventana. Un remanso de paz tras la tormenta de los últimos dos años.

Gracias, mamá. Gracias por estar aquí…

…El divorcio se prolonga durante cuatro meses. Juzgados, papeles, el reparto de las cosas; una trituradora burocrática que despedaza los restos de la vida compartida. Isabel firma sin mirar, como una autómata. ¿Qué importa si el robot de cocina, o la mesita baja, son de uno u otro?

Firme aquí, aquí y aquí ordena la secretaria con el dedo.

Firma, trazo, sello. El matrimonio se disuelve. Oficial, irreversible, definitivo.

En la calle cae aguanieve. Isabel camina ausente, sin abrir el paraguas. La ausencia dentro de ella no duele: simplemente está ahí. Grande, hueca, infinita.

Seis meses después del divorcio, la vida se convierte en un borrón gris y uniforme. Isabel come por compromiso, mira al techo; el amor por Andrésabsurdo, inexplicableno desaparece, está ahí como una astilla, doliendo por la noche.

María Luisa no le reprocha nada. Hace calditos de pollo, le acaricia el pelo.

Duerme un poco más, cariño. Descansa.

Isabel cierra los ojos dócilmente. Los sueños se llenan sólo de niebla; no hay argumento, sólo vacío.

Solo el trabajo la distrae un poco, pero nunca del todo…

…La apatía retrocede al llegar el verano. Por primera vez en medio año, Isabel quiere salir a la calle, comprar un helado, sentarse en un banco del Retiro.

¿A dónde vas? pregunta María Luisa, en la entrada.
A la panadería. A por pan.
Pero si queda pan.
Entonces salgo a dar un paseo.
¿Un paseo? la madre frunce el ceño. ¿Por dónde? ¿Vas a tardar? ¿Has desayunado? Esa falda es muy corta…

Isabel se queda inmóvil con las llaves en la mano. ¿Tiene quince años de nuevo? No, veintiocho. Ya es una mujer adulta.

Mamá, es sólo un paseo.
¿A qué hora vuelves?

Siente la molestia subirle por la espalda, pero la traga y sonríe.

En una hora.
¿Seguro? Porque me preocupo.

El interrogatorio se convierte en rutina diaria: ¿adónde vas?, ¿con quién?, ¿cuánto vas a tardar?, ¿por qué llegas siete minutos tarde? Hasta ir al dentista requiere informe detallado.

¿Qué te ha dicho el médico?, ¿qué muela era?, ¿empaste o extracción?, ¿cuándo te cita otra vez?, ¿por qué no llamaste al salir?

Isabel aguanta. Mamá cuida, mamá quiere, mamá se preocupa. No puede ser malagradecida.

Mamá, he estado pensando… ¿y si alquilo un piso?

María Luisa se pone lívida y se lleva la mano al pecho.

¿Alquilar qué? ¿Aquí no estás bien?
Sí, pero…
Ay… el corazón, gime, sentándose. No me encuentro bien, seguro que tengo la tensión alta…

Isabel corre por el tensiómetro, las pastillas, el vaso de agua. Su plan de una habitación propia se diluye entre lágrimas.

…Lo intenta otra vez al mes siguiente. Encuentra un estudio barato lejos del centro, paga la señal, hace la maleta.

María Luisa está tumbada en el sofá, los ojos en blanco, la mano al corazón, respirando entrecortadamente.

¡Mamá! ¿Estás bien?
El corazón… Ay, si tienes que irte, vete. Yo me las apañaré. No te preocupes.

Isabel se arrodilla a su lado y le agarra la mano, fría y húmeda. ¿O lo imagina?

Me quedo. ¿Me oyes? Me quedo.

María Luisa abre un ojoun segundo. Comprobando. Isabel lo nota, pero prefiere pensar que es paranoia. Mamá nunca fingiría. ¿O sí?

Esa misma noche renuncia a la habitación…

Un mes después, se repite la historia. Encuentra un cuarto barato, cerca del trabajo, prepara la maleta.

Ay ay ay… se dobla María Luisa en la cocina. La úlcera, seguro. O el apéndice. Isabelita, llama a urgencias.
Mamá, ayer cenaste papas fritas con chorizo. ¿Qué úlcera?
¿No me crees? llora desconsolada. ¿No confías en tu madre? Déjame, vete. Muérete sola, nadie sabrá si me pasa algo…

Isabel deshace la maleta. Una sospecha le corre por la espalda, pero la reprime. No se puede pensar mal de una madre.

…Damián se cruza en su vida de casualidadnuevo jefe en otro departamento. Alto, con hoyuelos y risa contagiosa.

Isabel, ¿te gusta el teatro?
Sí, hace mucho que no voy.
La Casa de Bernarda Alba, este sábado. ¿Te apetece venir?

El corazón le brinca por primera vez en un año. Una cita de verdad. Un hombre que la mira como si no fuera una fracasada, sino alguien especial.

Solo queda avisar a mamá.

Mamá, el sábado voy al teatro.

María Luisa aparta la vista del televisor.

¿Teatro? ¿Con quién?
Un compañero del trabajo, Damián, acaba de llegar.
¿Damián? ¿Es majo?
Mucho.
Qué curioso. Cuenta, cuenta.

Isabel se sienta a su lado. Por primera vez en un año, le apetece hablar, reír. Su madre escucha, pregunta, asiente. Isabel no ve ni quiere ver el destello astuto en sus ojos.

El sábado amanece perfecto. Isabel elige vestido, se maquilla, tararea. Faltan horas para la función, pero ya se siente feliz.

Voy un momento a la farmacia, anuncia María Luisa en el recibidor. Y luego paso por casa de Lola.
Vale, mamá.

La puerta se cierra. Isabel sigue arreglándoserímel, colorete, brillo labial. Hora de irse.

Pero no encuentra las llaves.

Coge el móvil. Tono tras tono. Este móvil está apagado o fuera de cobertura. Llama catorce veces más, nadie contesta.

La función empieza a las siete. A las seis, aún espera. A las seis y media, da vueltas por el piso, furiosa. A las siete se deja caer en el pasillo, abrazando sus rodillas.

Damián la espera frente al teatro. Mira el teléfono. ¿Llegará tarde? ¿Habrá atasco? Manda tres mensajes, llama dos veces. Isabel ve las llamadas y llora de rabia.

María Luisa vuelve a casa a las diez de la noche. Huele a bollería recién hecha y perfume ajeno.

¿Por qué estás sentada en el suelo?

Isabel solo la mira, sin palabras.

Las llaves balbucea al fin.
¿Qué llaves? Ah, claro. Me he llevado tus llaves también. ¡Qué despiste tengo!

¿Despiste? Seguramente. Se llevó las dos llaves y no contestó en todo el día, sí. Casualmente.

Isabel se levanta. Le tiemblan las piernas, pero la cabeza le va clara por primera vez en año y medio…

A la mañana siguiente, espera a que su madre vaya a Correos, recoge documentos, llena la misma maleta con la que llegó y se va, dejando el llavero sobre la consola.

Katia le abre la puerta en pijama de gatitos.

¿Qué pasa, Isa?
¿Puedo dormir aquí hoy?
Claro, pasa.

Ninguna pregunta, ningún reproche. Solo té caliente, una manta y el sofá. El móvil de Isabel no para de sonar: veinte, treinta, cuarenta llamadas perdidas. Mensajes sin parar: ¿Dónde estás?, ¿Cómo has podido?, Me encuentro fatal, No te preocupas por mí.

Pasa una semana en casa de Katia. Luego, un estudio minúsculo en Carabanchel, con vistas a la autopista y vecinos ruidosos de arriba.

Isabel llama a su madre al octavo día.

¡Hija! Por fin. Me tienes preocupadísima, vuelve a casa, te lo ruego.
No.
¿Cómo que no? Isabel, soy tu madre, te quiero más que nada…
Lo sé, mamá. Pero necesito distancia.
¿Distancia? ¿Por qué? Si todo lo hago por ti…

Isabel respira hondo.

Si quieres seguir en mi vida, tienes que cambiar. Nada de control. Nada de llaves escondidas. Nada de dramas cuando quiero irme.
No eres justa…
Es lo que hay. O lo aceptas o tendrás que olvidarte de tu hija.

Silencio. Largo, pesado.

Piénsalo bien, mamá. Te llamaré en un mes.

Isabel no sabe si su madre cambiará. Pero ella ya no es la misma. Y al teatro con Damián, sí fue, aunque a otra obra. Pero eso, ya da igual…

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¿Otra vez te ha vuelto a comer el coco? — Hija, tienes que dejarle hoy mismo. ¿Me oyes? ¡Hoy mismo! Irene apretó el móvil contra su oído, cerrando los ojos. Afuera rugía la ciudad al atardecer y por el auricular venía la indignación de su madre, densa y pegajosa. — Mamá, yo… — ¿Qué pasa, mamá? —no la dejó terminar doña Luisa—. ¿Hasta cuándo piensas aguantar? Que si la pelirroja de contabilidad, que si la del gimnasio, y ahora esa… ¿cómo se llama? ¿Marina? ¿Vas a seguir dejándole que te pisotee? Irene callaba. No había cómo rebatirlo. Tres infidelidades en dos años de matrimonio —una estadística imposible de discutir. — He hecho como si no viera tantas veces… — ¡Eso! —sollozó la madre—. Y él, encantado. Piensa que si le has perdonado una, le perdonarás dos, tres… Prepara tus cosas, tu cuarto está listo. Te espero. El teléfono se quedó en silencio. Irene permaneció quieta, mirando la alianza. El oro brillaba apagado bajo la luz de la lámpara— bonito, pero tan inútil como un adorno de una felicidad inventada. La maleta se abrió sobre la cama, como una boca hambrienta. Irene fue doblando jerséis, vaqueros, ropa interior— mecánicamente, sin mirar, las manos ajenas al pensamiento. — ¿Qué estás haciendo? Andrés apareció en la puerta, despeinado, en pantalón de estar por casa. Irene ni se volvió. — Me voy. — ¿A dónde? — A casa de mamá. Él bufó. — ¿Otra vez tu madre comiéndote el coco? Irene, ¿cuánto tiempo vas a seguir escuchando a esa histérica? En el aparador, la foto de la boda. Irene la cogió, pasó el dedo por los rostros felices. Recién casados, alegres, ignorando en qué acabaría todo. La dejó boca abajo. — ¿Y cuánto tiempo tengo que aguantar tus cuernos? — Venga ya… — No, basta. Irene agarró el bolso, la chaqueta, las llaves del coche. — Ya volverás— gruñó él—. En una semana, aquí estarás de rodillas. ¿Quién te va a querer, de todas formas? Irene no respondió— guardó fuerzas para el trayecto al otro lado de la ciudad. Doña Luisa esperaba en la puerta, envuelta en su rebequita de lana. — Has debido de pasar un frío… Ven aquí, mi vida. El abrazo olía al perfume de siempre y al calor de hogar. Irene se recogió en el hombro de su madre, permitiéndose, por fin, una tregua. — Vamos a tomar algo caliente, con miel, y tengo empanadillas— tus favoritas. La casa materna recibió con silencio y calor. Todo era igual: tapetitos en la tele, geranios en la ventana, aroma a canela en la cocina. Un refugio tras dos años de tormenta. — Gracias, mamá —susurró Irene—. Gracias por estar ahí… …El divorcio se alargó cuatro meses. Juzgados, papeles, el reparto de las cuatro cosillas— una trituradora burocrática borrando los restos de la vida en común. Irene firmó sin mirar. ¿Qué más da el robot de cocina o la mesita de salón? — Firme aquí y aquí —indicó la secretaria judicial. El bolígrafo corría sobre el papel. Firma— trazo— sello. Matrimonio disuelto. Oficial e irrevocablemente. Calle abajo, la nieve mojaba el suelo. Irene avanzó bajo el aguacero, el paraguas sin abrir. No dolía el vacío— simplemente estaba allí. Inmenso, hueco, interminable. Los seis meses siguientes se fundieron en un borrón gris. Irene comía por rutina, miraba el techo por costumbre. La querencia por Andrés— absurda, inexplicable— seguía clavada como astilla, doliendo cada noche. Doña Luisa no reprochaba nada. Preparaba calditos, acariciaba el pelo de su hija. — Duerme otro poco, cariño. Descansa. Irene cerraba los ojos mansamente. Los sueños eran grises, sin argumento— pura niebla. Solo el trabajo la mantenía a flote, tampoco del todo… …La apatía empezó a remitir con el buen tiempo. Irene quiso, al fin, salir a la calle, tomar un helado, sentarse en un parque. — ¿A dónde vas? —doña Luisa apareció en el recibidor. — Al super. A por pan. — Si hay pan en casa. — Entonces solo a pasear un rato. — ¿A pasear? —su madre frunció el ceño—. ¿Por qué llevas esa falda? ¡Si es cortísima! Irene se quedó clavada con las llaves en la mano. ¿Quince años? No, tenía veintiocho. Era una mujer adulta, ¿o no? — Mamá, solo es un paseo. — ¿Y a qué hora vuelves? Irene reprimió la irritación, sonrió cortés. — En una hora. — ¿Seguro? Que me preocupo. Las preguntas se hicieron rutina. ¿Dónde vas, con quién, por qué tardas, a qué dentista, qué diagnóstico, cuándo vuelves? Hasta para el dentista había que dar parte. — ¿Qué te ha dicho? ¿Qué muela? ¿Empaste o extracción? ¿Cuándo la próxima cita? ¿Por qué no llamaste nada más salir? Irene aguantaba. Mamá cuida, mamá quiere, mamá se desvive. No se puede ser desagradecida. — Mamá, he pensado… ¿Y si me busco un piso? Doña Luisa se puso traslúcida. La mano al pecho. — ¿Qué? ¿Un piso? ¿Tan mal estás aquí? — No, sólo… — Ay, el corazón… —cayó desfallecida en la silla—. Me sube la tensión… Irene fue corriendo a por el tensiómetro, las gotas, agua. Sus planes del piso disueltos en lágrimas maternas. …Segundo intento: un mes después. Un estudio barato a veinte minutos, señal puesta, maleta hecha. Doña Luisa tumbada en el sofá, ojos en blanco, la mano en el pecho, jadeando. — ¡Mamá! ¿Qué tienes? — El corazón… me pilla… Vete si tan necesario es para ti. Ya me apañaré. Irene se arrodilló junto al sofá, le tomó la mano. Fría y húmeda. ¿O era imaginación? — No me voy a ir. ¿Me oyes? Me quedo contigo. Doña Luisa entreabrió un ojo— fugaz, escrutador. Irene lo captó, pero prefirió pensar que se lo había inventado. Mamá no fingiría. ¿O sí? Renunció al estudio esa misma noche… Un mes más tarde: lo mismo. Habitación económica cerca del trabajo. Bolso preparado. — Ay, ay… —doña Luisa doblada en la cocina, abrazándose el vientre—. ¡La úlcera! O apendicitis. Irenita, ¡llama al Samur! — Mamá, ayer comiste huevos con chorizo, ¿qué úlcera ni qué apendicitis? — ¿No me crees? —y lágrimas rodando—. ¡Una hija que no cree a su madre! Déjame aquí, sola… como si me pasa algo, ni te vas a enterar… Irene volvió a vaciar la bolsa. La sospecha asomó, pronta la reprimió. No puede pensar mal de mamá. ¡No puede! …Dmitri apareció por casualidad— jefe nuevo de recursos humanos. Alto, con hoyuelos y risa contagiosa. — Irene, ¿te gusta el teatro? — Creo que sí, hace mucho que no voy. — El “Jardín de los cerezos”. Es el sábado. ¿Me harás compañía? Un vuelco verdadero en el alma. Una cita real, con un hombre que la miraba como si fuese especial— no una divorciada sin rumbo. Solo faltaba contárselo a mamá. — Mamá, el sábado voy al teatro. Luisa levantó la vista de la tele. — ¿Con quién? — Un compañero, Dmitri. Es nuevo en la empresa. — ¿Dmitri? ¿Es guapo? — Mucho. — Ya veo. A ver, cuéntamelo todo. Irene se sentó, le apetecía charlar, compartir, reírse. Su madre escuchaba, preguntaba, asentía… El destello astuto en sus ojos Irene no lo vio— o no quiso verlo. El sábado amaneció radiante. Irene elegía vestido, se pintaba los labios, tarareando. Faltaban horas, pero la ilusión la desbordaba. — Voy a la farmacia —dijo doña Luisa desde la entrada—. Luego veré a una amiga. — Vale, mamá. Puerta cerrada. Irene siguió maquillándose— rímel, colorete, brillo. Dos horas después, lista para salir… Pero… las llaves no estaban por ninguna parte. Irene llamó. Tono. Tono. Tono. “El abonado no responde”. Catorce llamadas la siguiente hora. Nunca lo cogió. A las siete era la función. A las seis aún tenía esperanza. A las seis y media, recorría el piso como una fiera enjaulada. A las siete, se desplomó en el recibidor. Dmitri la esperaba en la puerta del teatro. Miraba el móvil, miraba el reloj. Quizá llegaba tarde, quizá atascos. Escribió tres mensajes, llamó dos veces. Irene leía las notificaciones llorando de rabia. …Doña Luisa volvió pasadas las diez. Olía a bollos recién hechos y a otro perfume. — ¿Qué haces sentada ahí? Irene la miró. Las palabras mordían la garganta— urticantes, venenosas. — Las llaves —articuló al fin. — ¿Llaves? Ah, esas. No sé cómo, cogí las dos llaves, las mías y las tuyas. Estoy perdiendo la cabeza, hija… Claro… Casualmente se llevó los dos juegos y “casualmente” no contestó el móvil en todo el día. Irene se puso de pie. Le temblaban las piernas, pero por primera vez en año y medio la cabeza era suya. …Por la mañana, esperó a que su madre bajara al estanco. Recogió documentos, metió la ropa en la maleta— la misma con la que llegó—, y se fue, dejando el llavero encima del felpudo. …Carmen le abrió en pijama. — ¿Irene? ¿Qué ha pasado? — ¿Puedo quedarme aquí esta noche? — Claro que sí. Ni preguntas ni reproches. Solo té caliente, sofá y una manta. El móvil de Irene no paró de sonar— veinte, treinta, cuarenta llamadas perdidas. Un aluvión de mensajes: “¿Dónde estás?”, “¿Cómo has podido?”, “Me duele el corazón de tanto preocuparme”, “No me cuidas nada”. …Pasó una semana en casa de Carmen. Después, alquiló un estudio pequeño en las afueras, ventanas al polígono y vecinos ruidosos arriba. A los ocho días, llamó a su madre… — ¡Hija! Por fin… Me tienes al borde de un infarto, vuelve a casa, te lo ruego. — No. — ¿Cómo que no? Irene, soy tu madre, te quiero más que a mi vida… — Lo sé, mamá. Pero necesito distancia. — ¿Distancia? ¿Para qué? ¡Si todo lo hago por ti! Irene respiró hondo. — Si quieres que siga en tu vida, tendrás que cambiar. Nada de control. Nada de encierros. Nada de desmayos cada vez que quiera irme. — Estás siendo muy dura… — Son mis condiciones. O las aceptas, o te despides de tu hija. Silencio. Denso, total. — Piénsalo, mamá. Te llamaré en un mes. Irene no sabía si su madre sería capaz de cambiar. Pero ella sí. Y al final, Irene y Dmitri fueron juntos al teatro… aunque fuera para otra función. Pero eso, ya ni importaba.
No conocía la teoría de la silla cuando estaba con él. Simplemente me sentía cansada, no físicamente…