¿Tienes un rato? Te voy a contar lo que me pasó, esto es tan nuestro que seguro te echas unas risas y alguna lagrimilla.
Imagínate: ¿cómo iba yo a cargaros con semejante responsabilidad? Ni mi padre ni la madre de Tania aceptaron llevárselo.
¡Marina, hija, reacciona! ¿Pero con quién te quieres casar? me decía mi madre, recolocando el velo que llevaba puesto.
Pero explícame, al menos, ¿qué tiene de malo Sergio para ti? le pregunté, totalmente descolocada por sus lágrimas.
¿Que qué tiene de malo? Pues mira, su madre trabaja de cajera, le ladra a todo el mundo. Y el padre, vete tú a saber dónde anda. Cuando era joven, solo sabía salir y beber.
Bueno, nuestro abuelo también era bebedor y liaba cada bronca con la abuela en el pueblo. ¿Y qué?
¡Tu abuelo era una persona respetada aquí, de los que mandaban!
Pues eso no le hacía la vida más fácil a la abuela. Yo era niña y aún me acuerdo del miedo que le tenía. Que no, mamá, que con Sergio irá bien. ¡No juzgues a las personas por sus padres!
¡Ya tendrás hijos y verás! me soltó con enfado, y yo solo suspiré.
Ya ves tú… Si mi madre no cambiaba de idea sobre Sergio, no iba a ser fácil.
Pero nos casamos igual, Sergio y yo, en una celebración alegre y familiar y empezamos vida juntos. Menos mal que él tenía en el pueblo una casa de sus abuelos, que le quedó tras desaparecer aquel padre juerguista.
Sergio fue reformando la casa poco a poco y pronto tuvimos un chalé moderno, con todas las comodidades, vamos, que no me podía quejar. ¿Te acuerdas cómo criticaba mi madre a Sergio? Pues menudo marido me salió.
Al año llegó nuestro primer hijo, Iván, y luego nació nuestra hija Marieta cuatro años después. Pero basta que los niños enfermasen o hicieran alguna travesura, aparecía mi madre con su: ¡Ya te lo decía yo! Y siempre añadía: ¡Niños pequeños, problemas pequeños! Cuando crezcan y con esa herencia… ya verás el jaleo.
Yo intentaba no hacerle caso. Ella siempre fue muy de mandar, y nunca me perdonó casarme sin su permiso. Es más, tiempo después asumió que Sergio era, en el fondo, un tesoro.
Pero nunca lo admitiría en voz alta, ¡ni soñarlo! Tendría que reconocer que estaba equivocada, ¡imposible! Y lo de los nietos lo decía más por miedo, porque en realidad los adora y si algo les pasara, sería la primera en lanzarse al río.
A veces confieso que esas grandes preocupaciones me aterran, por aquello de las historias familiares: los hijos crecen y sabemos bien lo que pasa.
Y los niños, claro, crecieron. Iván terminó Bachillerato y se preparaba para entrar en una de las universidades más prestigiosas, la de Valladolid, ahí a ciento cuarenta y tres kilómetros, fíjate tú.
Para mi corazón de madre, esos kilómetros bien podían ser la distancia a Júpiter.
Las primeras cuatro noches ni dormí, ¡solo pensando en qué haría mi niño! ¿Quién le cuidaría? ¿Comería bien? ¿Le irá bien el ambiente de ciudad?
Al principio vivía en una residencia de estudiantes, pero no me pude aguantar y convencí a Sergio de alquilarle un piso en Valladolid. Iván quiso pagar una parte y empezó a trabajar en Internet te lo juro, es un genio.
Todos los fines de semana me plantaba en Valladolid, para verle, ayudarle en lo que fuera, limpiar, cocinar… aunque su piso estaba impoluto.
¡En casa jamás lo había visto así! En su cuarto prefería el caos y nunca cocinaba tanto. Pero en su piso: albóndigas, guisos, de todo.
Tanto ir todas las semanas empezó a molestar a Sergio.
¡Marina! Ya vale de tener a Iván pegado a tu falda, ¡deja que respire! Y tú ya ni tiempo para mí… Con razón me voy a ir con Loli, la cartera, que siempre me saluda.
Él lo decía de broma, pero a mí me llegó. Estaba claro: tocaba dejar que Iván viviera solo.
Costó, ¿eh? Pero con el tiempo logré entender que se había hecho mayor. Bajé el ritmo, dejé de ir tanto… Pero ¡menuda sorpresa me esperaba!
Un día me llaman de la universidad: que Iván apenas iba a clase, ¡estaba al borde de la expulsión! No me lo podía creer. Cogí unos días en el trabajo y me fui para allí, decidida a aclararlo.
Llegué, y aunque Iván pensaba que solo se trataba de recoger y ocultar el desorden, lo real no se podía esconder: tenía una chica viviendo con él Ana, y además un niño de un año.
No tardé en atar cabos. La chica debía de embaucar a mi hijo para casarse con él y cargarle el niño. Soy moderna, pero, por Dios, que Iván ni siquiera estaba preparado para hijos, ¡y ella daba para los dieciocho!
Por dentro llevaba un volcán, pero me contuve, saludé a Ana y después me encerré con Iván en la cocina.
¿Iván, te has enamorado? le pregunté, casi sin poder sonreír.
Mucho, mamá me dijo, igual de serio.
¿Y qué vas a hacer con la universidad? le pregunté, procurando no pisar minas.
Sé que la he dejado un poco, pero es una época. Lo arreglaré, de verdad.
¿Qué te pasa exactamente, hijo?
No puedo contarlo aún, mamá. No es mi secreto. Quizá pronto, cuando conozcas mejor a Ana.
No quería que se cerrara en banda, así que me tomé un tiempo y volví a casa.
¡Esto es culpa tuya! le clamé a Sergio. ¡Mira a qué lleva tanta libertad! ¿Ahora qué hacemos?
¿Pero qué ha pasado? me contestó el optimista. ¿Qué problema hay con el niño? Si Iván ya lo quiere, ¿qué más da?
¿Y vas a ser abuelo?
¿Y por qué no? Cuando eres padre, sabes que algún día serás abuelo.
¡Pero si ni es de la familia!
Marina, ¿cómo va a ser ajeno a nosotros? Un niño nunca es ajeno, piénsalo.
Sergio se fue al dormitorio y yo anduve de madrugada por la casa, primero rabiosa, luego me calmé y pensé: Sergio, como siempre, tiene razón.
La criatura no tiene culpa de nada, y Ana… pues vete tú a saber, hay circunstancias y cada uno su mochila. Por la mañana, tras soltar alguna lágrima, me acerqué a Sergio:
Perdona, Sergio. De verdad, he abierto los ojos. Os quiero tanto…
Ven aquí, mujer… me arropó bajo las mantas y así nos quedamos dormidos. Yo con una sonrisa feliz en los labios. Bueno, pues seré abuela, ¿qué más da? El niño precioso: Miguel, se llama.
Pero claro, la cosa no se quedó ahí. Al poco, Iván nos dijo que se pasaba a la universidad nocturna y iba a casarse con Ana.
Esta vez, fui con cautela y lo pensé unos días. Finalmente, Sergio y yo fuimos a Valladolid a hablar con ellos. Sería Sergio quien nos ayudara a entender todo porque lo de meter la pata, ganas no me faltaban, ¡para todo el invierno hubiera tenido leña!
Llegamos y Ana nos recibió con lágrimas y disculpas:
Perdóneme, no quiero que Iván lo haga, pero él es muy cabezota.
Cabeza dura, sí, pero es listo a rabiar. Si decide algo, lo tiene claro. Ven, Ana, cálmate, y charlamos.
Pasamos a la cocina Iván no estaba.
Está comprando leche, enseguida viene, perdón nos explicó ella.
¿Por qué pides perdón, mujer? le dijo Sergio. No sabemos aún de qué, y ni hemos hablado. ¿Nos das un té? ¡Que nos hemos pegado ciento cuarenta y tres kilómetros de coche!
Ana se puso nerviosa, pero Sergio hizo que se relajase, y supe en ese momento que él ya había aceptado a la chica.
Cuando llegó Iván, dejó las bolsas en la mesa, serio pero con una fuerza en la mirada que me hizo ver que ya era un hombre. Que mis consejos iban a sobrar.
¿Entonces os casáis? preguntó Sergio cuando nos sentamos.
Sí, lo hemos decidido y es innegociable Iván estaba firme.
Vale, ¿pero a qué viene tanta prisa? ¿Hay otro bebé en camino?
¡No, Dios! exclamó Ana, colorada.
Y entonces me invadió un pensamiento: quizás ni siquiera tenían esa relación aún… ¿Cómo era posible?
¿Por qué correr tanto, entonces?
Porque si no, a Miguel le mandan a un centro de acogida dijo Ana.
¿Por qué lo iban a llevar? preguntó Sergio, serio.
Su madre falleció y… bueno, no pudo evitarlo Ana bajó la voz. Tenía un defecto cardiaco de nacimiento.
Ana, no tienes que explicar nada saltó Iván. Madre, padre, aceptad lo que os contamos. Lo demás es cosa nuestra.
Espera, Iván le frenó Ana. Si estamos juntos, mi familia son también tus padres. No puedo ocultar lo que me ha pasado.
Ana respiró hondo y empezó a contar la historia de su familia. Yo veía cómo Iván le cogía la mano bajo la mesa y sentí que lo peor estaba por venir.
Mi madre falleció hace tres años, tenía un carácter volcánico. Se enamoró de un chico diez años más joven, Denis, y de ahí salió Miguel.
Yo estaba feliz con mi hermanito, pero la cosa se torció. Un día, tras una discusión según dijeron los testigos mi madre empujó a Denis, tropezó con una manta y se dio un golpe en la cabeza. Dos días después falleció y mi madre terminó detenida.
Murió en el centro de detención, su corazón no aguantó. No la juzguéis muy dura, os lo pido. Era como un colibrí, inquieta y difícil. Pero la quería mucho.
Ahora perdónanos tú, Ana dijo Sergio, por tener que revivirlo todo ante nosotros. Pero tienes razón, ahora somos familia.
Lo reconozco, en ese instante quería gritarle a Iván: ¡Ni se te ocurra! ¡Nuestra familia nunca fue de criminales!
Pero me frené. Recordé el día de mi propia boda, mi madre llorando y yo obstinada. No juzgues por los padres, Marina, ya lo viviste tú.
Ese ejercicio mental me cambió. Me vino una idea: ¿Y si nos hacemos cargo de Miguel? Que Iván y Ana estudien y sean pareja sin precipitarse.
¿Y si hacemos esto? propuso Sergio. Marina y yo nos ocupamos de Miguel y vosotros seguid estudiando.
¿Cómo? dijo Ana, perpleja.
¡Papá, para ya! saltó Iván.
Miguel estaría bien en el pueblo, como tú estuviste. Y si luego queréis llevároslo, lo hacéis cuando queráis. Tu hermana anda ahora más pendiente de chicos que de padres y a nosotros nos encantaría cuidar de Miguel.
Ana, la decisión es tuya le dije.
¿Pero cómo voy a cargaros con eso? Ni mi padre con Tania aceptaron.
Y sin darnos cuenta, Miguel se había despertado y entró gateando a la cocina, con los brazos alzados hacia Sergio.
Vaya peso, sí… bromeó Sergio, levantándole en brazos.
Sergio, ni tan mal, te veo más de padre que de abuelo me reí.
Espera y verás me susurró al oído con tono picarón.
Los chicos se resistieron, pero acabaron accediendo. La trabajadora social nos dijo que no era raro ver parejas adultas adoptando peques cuando los hijos mayores se van. Y te digo: Sergio y yo rejuvenecimos cuidando de Miguel.
De madrugada, cuando iba a verle, me caían lágrimas de felicidad por ese regalo.
Mi madre, como siempre, nos regañaba, luego amaba a Miguel como a nadie, y él a ella.
¡Ay, Marina! ¡Qué estáis haciendo! lloraba mi madre y después, a Miguel le susurraba: ¿Quién tiene sueño? ¿Quién tiene aquí los deditos llenos de chocolate?
Y así seguimos, viviendo este lío y amor de familia. ¿Ves cómo las vueltas de la vida nos llevan por donde menos lo esperamos?







