Encontrarás tu destino. No hay que apresurarse, todo llega a su tiempo. Polina tenía una antigua y algo descabellada tradición: cada año, en vísperas de Año Nuevo, acudía a una adivina. Vivir en una gran ciudad hacía fácil encontrar una nueva. El caso era que se sentía sola. Por más que intentaba conocer a un joven honorable, nunca tenía suerte; parecía que todos los caballeros ya estaban comprometidos… —¡Este año encontrarás tu destino! —le vaticinó solemnemente la adivina de ojos oscuros, mirando su cristal reluciente. —¿Dónde? ¿Dónde lo encontraré? —insistió Polina—. Cada año me dicen lo mismo, el tiempo pasa y mi destino nunca llega. Me recomendaron acudir a ti por ser la más poderosa; ¡exijo que me digas el sitio exacto! Si no, te caerá la peor publicidad posible… —amenazó la joven. La adivina rodó los ojos, consciente de que tenía delante a una clienta difícil. Sabía que si no le mentía, ella se quedaría allí todo el día, bloqueando la cola de quienes buscaban conocer su destino. —¡En un tren lo encontrarás! —decretó con los ojos cerrados—. Lo veo claramente: alto, rubio y muy guapo, como un príncipe de cuento… —¡Vaya! —exclamó la chica, ilusionada—. ¿En qué tren y cuándo? —Antes de Nochevieja —se burló la adivina—. Ve a la estación; tu corazón te indicará el destino… —¡Gracias! —respondió feliz Polina. Salió de la consulta, tomó un taxi y se dirigió a la estación. Allí, frente a la taquilla, su entusiasmo disminuyó. Miraba los horarios sin entender qué billete pedir. —¡Vamos, di! —la cajera la sacó de su ensimismamiento. —A Córdoba… Para el treinta de diciembre. Vagón-cama, —balbuceó Polina. La joven ya se imaginaba sentada en su compartimiento, tomando té, cuando de repente se abre la puerta y aparece él, su futuro prometido… Al regresar a casa, Polina empezó a preparar las maletas con lo esencial: esa noche salía el tren. No pensaba en las consecuencias del viaje, ni en qué haría en Nochevieja en una ciudad desconocida. Solo quería que el pronóstico de la adivina se cumpliera lo antes posible. Sentirse inútil pesaba; sobre todo en días señalados. Todos acudían en familia a comprar para la cena, intercambiaban regalos… todos menos ella. Horas después, Polina estaba con su té en el compartimiento. Todo como lo había imaginado: solo faltaba esperar al “príncipe”. —¡Buenas! —saludó una anciana, arrastrando una enorme maleta—. ¿Dónde está mi asiento? —Aquí… —indicó Polina, algo confundida—. ¿Seguro que este es su vagón? —No me equivoco, cariño, —sonrió la señora y se acomodó. —Disculpe, déjeme pasar —susurró Polina, ya consciente de lo absurdo de la situación—. ¡Déjeme salir! He cambiado de idea, no quiero viajar. —Espera, que guardo la maleta, —replicó la anciana, sin comprender el drama. —Pues nada, ya arrancamos… —suspiró Polina—. ¿Y ahora qué? —¿Por qué quieres salir? ¿Olvidaste algo? —preguntó la señora. Polina ignoró el comentario y miró por la ventana, sabiendo que la situación era consecuencia de sus propias decisiones. Mientras tanto, Svetlana sacó unos pastelitos caseros de la maleta e invitó a su compañera. —He ido de visita a casa de mi hija —explicó—. Ahora parto urgente, pues mi hijo y su novia vendrán para Nochevieja. —Qué suerte… Yo seguro que la paso en la estación —murmuró Polina, triste. Palabra a palabra, se animó a contarle toda la historia a la anciana. —¡Qué tontería! ¿Para qué vas con esas farsantes? —le reprochó Svetlana—. Encontrarás tu destino. No hay que apresurarse. Todo llega a su tiempo… Al día siguiente, Polina bajó en un andén de ciudad desconocida. Ayudó amablemente a su compañera de viaje y se quedó sin saber qué hacer. —Gracias, Polina… ¡Feliz Año! —le deseó Svetlana. —Igualmente… —respondió Polina, con una sonrisa triste. La señora la observó, sin saber cómo animarla. Comprendía que comenzar el año en una estación no era la mejor perspectiva. —¡Ven a mi casa, Polina! —propuso de repente—. Decoramos el árbol, preparamos una cena especial… —Por favor… No quisiera molestar —dudó la joven. —¿Y en la estación sí te parece mejor? —sonrió la anciana—. Vamos, ¡hecho está! Al final, Polina aceptó la invitación. Svetlana tenía razón: una ventisca azotaba las calles y no tenía sentido quedarse en la estación. —Sasha y Liza ya están en casa —le guiñó la señora. Sasha vio llegar el taxi desde la ventana; salió corriendo a ayudar a su madre con la maleta. —Hola, Sasha, cariño. Traigo conmigo a una invitada, hija de una vieja amiga mía: Polina —la señora le guiñó el ojo cómplice. —¡Encantado! Pasa, Polina. Polina miró al joven rubio y alto, y se sonrojó. Era tal cual lo había imaginado en el tren. Pero quizás la suerte volvía a jugarle una mala pasada… —¿Dónde está Lizita? —preguntó la madre. —Mamá, Liza ya no está, ni volverá jamás. No quiero hablar de ello, ¿vale? —respondió serio Sasha. —Vale… —musitó la señora, confundida. Aquella noche, todos juntos despedían el año en torno a la mesa. —¿Te quedarás mucho tiempo, Polina? —sonrió Sasha, sirviéndole ensalada. —No, me voy por la mañana —contestó ella, triste. Pero no tenía ganas de irse tan pronto de esa casa acogedora. Sentía como si conociera a Svetlana y Sasha de toda la vida. —¿A dónde tienes tanta prisa? —se extrañó la anciana—. Quédate más, Polina. —De verdad, Polina, quédate. Tenemos una pista de hielo maravillosa; mañana por la tarde podemos ir. No te vayas tan deprisa —rogó Sasha. —Me habéis convencido —respondió Polina, sonriendo—. Me quedaré encantada. El siguiente Año Nuevo lo celebraron ya los cuatro: Svetlana, Sasha, Polina y el pequeño Artemio… ¿Y tú? ¿Crees en los milagros de Nochevieja?

Encontrarás tu suerte. No hay que apresurarse. Todo llega a su tiempo.

Desde hace años tenía una costumbre un poco curiosa, casi única. Cada diciembre, justo antes de que llegara el Año Nuevo, acudía a una adivinadora. Madrid está lleno de rincones extraños y de gente con poderes peculiares, así que nunca me resultó difícil dar con alguien nuevo.

Lo cierto es que siempre me sentí sola. Por más que intentaba conocer a algún joven honesto y amable, acababa decepcionada. Al final parecía que todos los buenos chicos hacía mucho que tenían pareja…

¡Este año encontrarás tu destino! anunció solemne la adivinadora, una mujer morena de ojos profundos, mientras observaba atentamente su bola de cristal.

¿Dónde será? ¿Dónde lo voy a encontrar? pregunté apremiante. Cada año me dicen lo mismo. Los años pasan… y mi destino me esquiva.

Me habían recomendado a esta adivinadora por ser la más reputada de Madrid. Esta vez exigí información concreta. ¡Quería la dirección exacta! Si no me lo daba, lo contaría a medio barrio y nadie volvería a visitarla

La adivinadora rodó los ojos, visiblemente harta de mí y mi obstinación. Sabía que si no improvisaba una mentira, me pondría a organizar un motín allí, impidiendo que la próxima clienta entrara.

En un tren lo encontrarás murmuró, cerrando lentamente los ojos. Lo veo claro… es alto, rubio, y muy guapo. Parece sacado de una novela de caballerías…

¡Qué ilusión! exclamé yo con genuina esperanza. ¿En qué tren? ¿Cuándo exactamente?

Antes de Nochevieja siguió divirtiéndose la adivinadora. Ve a la estación y deja que tu corazón te guíe en la dirección al comprar el billete…

¡Gracias! sonreí, entusiasmada.

Salí de aquel viejo portal y corrí a buscar un taxi que me llevara a la estación de Atocha. Pero al llegar frente a la ventanilla de los billetes en la estación, mi emoción se esfumó un poco. Aquel tablón de horarios me resultaba incomprensible. ¿Hacia dónde debía ir?

¿Qué desea? me despertó la voz impaciente de la taquillera.

Sevilla… Para el treinta de diciembre. Asiento en compartimento, por favor apenas pude articular.

Ya me veía sentada en ese compartimento cálido, tomando un té y esperando que, en cualquier momento, se abrieran las puertas y entrara él… mi príncipe azul.

Al llegar a casa, comencé rápidamente a meter lo esencial en mi maleta. El tren salía por la noche, ni tiempo de pensar en las consecuencias: ¿qué haría en la Nochevieja, sola en una ciudad ajena? Solo quería que el presagio se cumpliera cuanto antes.

Es difícil sentirse invisible, prescindible, especialmente en estas fechas. Por todas partes veía familias llevando productos para la cena navideña, con paquetes envueltos y besos de afecto. Todos… menos yo.

Unas horas más tarde, ya estaba sentada en el compartimento, con el vaso de té humeante. Todo tal y como lo había imaginado. Solo faltaba esperar la entrada triunfal del galán…

¡Buenas noches, hija! saludó animada una señora mayor, colocando una maleta gigante en el compartimento. ¿Dónde está el otro asiento?

Aquí… respondí, algo desconcertada, señalando la litera de enfrente. Disculpe, ¿está segura que es este vagón?

Claro que sí, cariño sonrió la abuela, sentándose.

Perdón… Deje pasar murmuré, ya convencida de que estaba cometiendo una locura. ¡Déjeme salir, he cambiado de opinión!

Espera, déjame guardar la bolsa contestó la anciana, sin comprender mi urgencia.

Pues nada… ya hemos arrancado suspiré resignada. ¿Y ahora qué hago?

¿Por qué querías salir de repente? ¿Olvidaste algo? preguntó, curiosa.

Ignoré la pregunta y miré por la ventana. No era culpa suya, era mi desatino.

Mientras tanto, Mercedes González así se llamaba la señora sacó unos empanadillas recién hechas y me ofreció como si fuésemos familia.

He ido a casa de mi hija unos días me explicó Mercedes. Ahora regreso porque mi hijo y su prometida llegan para Nochevieja. Celebraremos juntos.

Qué suerte… Yo seguro la paso en la estación, sola comenté con un nudo en la garganta.

Palabra va, palabra viene, y acabé confesándole toda mi peripecia.

¡Pero mira que eres ingenua! ¿Para qué andar con esos farsantes? me reprochó, casi tiernamente. Encontrarás tu suerte, pero no hay porqué correr. Todo llega a su tiempo.

Al día siguiente, bajé en el andén de una ciudad que no conocía. Ayudé a Mercedes a sacar la maleta y me quedé parada, sin destino claro.

Gracias, Carmen. ¡Feliz Año! me deseó Mercedes.

Igualmente… respondí, intentando sonreír.

Mercedes percibió mi derrota y tras pensar unos segundos, me ofreció:

Carmen, ¿por qué no vienes a casa? Le ponemos luces al árbol, preparamos la cena…

No sé… me da corte dudé.

¿Te da menos vergüenza quedarte en la estación, rodeada de maletas? replicó la anciana. ¡Venga, vamos! No admito discusión.

Al final, acepté. Mercedes tenía razón; además, una tormenta de frío y viento hacía imposible quedarse vagando por la estación.

David y Martina ya están en casa sonrió la señora.

David vio por la ventana cómo su madre llegaba en taxi. Corrió enseguida a por la maleta pesada.

David, cariño, hola. No he venido sola, traigo compañía le guiñó a Mercedes. Esta es Carmen, hija de una amiga muy antigua.

¡Un placer! dijo David con simpatía. Pase, por favor, Carmen.

Le miré: alto, guapo, de pelo claro… tal cual el de la profecía. ¿Sería una broma del destino otra vez?

¿Dónde está Martina? preguntó la madre.

Mamá… Martina ya no está, y no volverá. No quiero hablar del tema, ¿vale? contestó David, serio.

Vale… murmuró Mercedes, sin entender.

Al caer la noche, nos sentamos a la mesa, despidiendo el año.

Carmen, ¿vas a quedarte varios días? me preguntó David, amable, sirviéndome ensalada.

No… Mañana me marcho respondí, aunque no tenía ganas de irme.

Me daba mucha pereza dejar esa casa cálida tan rápido. Sentía como si conociera a Mercedes y David desde siempre.

No entiendo por qué te quieres ir tan rápido protestó Mercedes. Carmen, quédate un poco más.

De verdad, quédate insistió David. Aquí hay una pista de patinaje preciosa. Mañana podemos ir todos juntos. No te vayas aún.

Está bien, me convencisteis sonreí. Me quedo encantada.

Y el siguiente Año Nuevo lo pasamos los cuatro: Mercedes, David, yo y el pequeño Diego…

¿Y tú? ¿Crees en los milagros de Año Nuevo?

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Encontrarás tu destino. No hay que apresurarse, todo llega a su tiempo. Polina tenía una antigua y algo descabellada tradición: cada año, en vísperas de Año Nuevo, acudía a una adivina. Vivir en una gran ciudad hacía fácil encontrar una nueva. El caso era que se sentía sola. Por más que intentaba conocer a un joven honorable, nunca tenía suerte; parecía que todos los caballeros ya estaban comprometidos… —¡Este año encontrarás tu destino! —le vaticinó solemnemente la adivina de ojos oscuros, mirando su cristal reluciente. —¿Dónde? ¿Dónde lo encontraré? —insistió Polina—. Cada año me dicen lo mismo, el tiempo pasa y mi destino nunca llega. Me recomendaron acudir a ti por ser la más poderosa; ¡exijo que me digas el sitio exacto! Si no, te caerá la peor publicidad posible… —amenazó la joven. La adivina rodó los ojos, consciente de que tenía delante a una clienta difícil. Sabía que si no le mentía, ella se quedaría allí todo el día, bloqueando la cola de quienes buscaban conocer su destino. —¡En un tren lo encontrarás! —decretó con los ojos cerrados—. Lo veo claramente: alto, rubio y muy guapo, como un príncipe de cuento… —¡Vaya! —exclamó la chica, ilusionada—. ¿En qué tren y cuándo? —Antes de Nochevieja —se burló la adivina—. Ve a la estación; tu corazón te indicará el destino… —¡Gracias! —respondió feliz Polina. Salió de la consulta, tomó un taxi y se dirigió a la estación. Allí, frente a la taquilla, su entusiasmo disminuyó. Miraba los horarios sin entender qué billete pedir. —¡Vamos, di! —la cajera la sacó de su ensimismamiento. —A Córdoba… Para el treinta de diciembre. Vagón-cama, —balbuceó Polina. La joven ya se imaginaba sentada en su compartimiento, tomando té, cuando de repente se abre la puerta y aparece él, su futuro prometido… Al regresar a casa, Polina empezó a preparar las maletas con lo esencial: esa noche salía el tren. No pensaba en las consecuencias del viaje, ni en qué haría en Nochevieja en una ciudad desconocida. Solo quería que el pronóstico de la adivina se cumpliera lo antes posible. Sentirse inútil pesaba; sobre todo en días señalados. Todos acudían en familia a comprar para la cena, intercambiaban regalos… todos menos ella. Horas después, Polina estaba con su té en el compartimiento. Todo como lo había imaginado: solo faltaba esperar al “príncipe”. —¡Buenas! —saludó una anciana, arrastrando una enorme maleta—. ¿Dónde está mi asiento? —Aquí… —indicó Polina, algo confundida—. ¿Seguro que este es su vagón? —No me equivoco, cariño, —sonrió la señora y se acomodó. —Disculpe, déjeme pasar —susurró Polina, ya consciente de lo absurdo de la situación—. ¡Déjeme salir! He cambiado de idea, no quiero viajar. —Espera, que guardo la maleta, —replicó la anciana, sin comprender el drama. —Pues nada, ya arrancamos… —suspiró Polina—. ¿Y ahora qué? —¿Por qué quieres salir? ¿Olvidaste algo? —preguntó la señora. Polina ignoró el comentario y miró por la ventana, sabiendo que la situación era consecuencia de sus propias decisiones. Mientras tanto, Svetlana sacó unos pastelitos caseros de la maleta e invitó a su compañera. —He ido de visita a casa de mi hija —explicó—. Ahora parto urgente, pues mi hijo y su novia vendrán para Nochevieja. —Qué suerte… Yo seguro que la paso en la estación —murmuró Polina, triste. Palabra a palabra, se animó a contarle toda la historia a la anciana. —¡Qué tontería! ¿Para qué vas con esas farsantes? —le reprochó Svetlana—. Encontrarás tu destino. No hay que apresurarse. Todo llega a su tiempo… Al día siguiente, Polina bajó en un andén de ciudad desconocida. Ayudó amablemente a su compañera de viaje y se quedó sin saber qué hacer. —Gracias, Polina… ¡Feliz Año! —le deseó Svetlana. —Igualmente… —respondió Polina, con una sonrisa triste. La señora la observó, sin saber cómo animarla. Comprendía que comenzar el año en una estación no era la mejor perspectiva. —¡Ven a mi casa, Polina! —propuso de repente—. Decoramos el árbol, preparamos una cena especial… —Por favor… No quisiera molestar —dudó la joven. —¿Y en la estación sí te parece mejor? —sonrió la anciana—. Vamos, ¡hecho está! Al final, Polina aceptó la invitación. Svetlana tenía razón: una ventisca azotaba las calles y no tenía sentido quedarse en la estación. —Sasha y Liza ya están en casa —le guiñó la señora. Sasha vio llegar el taxi desde la ventana; salió corriendo a ayudar a su madre con la maleta. —Hola, Sasha, cariño. Traigo conmigo a una invitada, hija de una vieja amiga mía: Polina —la señora le guiñó el ojo cómplice. —¡Encantado! Pasa, Polina. Polina miró al joven rubio y alto, y se sonrojó. Era tal cual lo había imaginado en el tren. Pero quizás la suerte volvía a jugarle una mala pasada… —¿Dónde está Lizita? —preguntó la madre. —Mamá, Liza ya no está, ni volverá jamás. No quiero hablar de ello, ¿vale? —respondió serio Sasha. —Vale… —musitó la señora, confundida. Aquella noche, todos juntos despedían el año en torno a la mesa. —¿Te quedarás mucho tiempo, Polina? —sonrió Sasha, sirviéndole ensalada. —No, me voy por la mañana —contestó ella, triste. Pero no tenía ganas de irse tan pronto de esa casa acogedora. Sentía como si conociera a Svetlana y Sasha de toda la vida. —¿A dónde tienes tanta prisa? —se extrañó la anciana—. Quédate más, Polina. —De verdad, Polina, quédate. Tenemos una pista de hielo maravillosa; mañana por la tarde podemos ir. No te vayas tan deprisa —rogó Sasha. —Me habéis convencido —respondió Polina, sonriendo—. Me quedaré encantada. El siguiente Año Nuevo lo celebraron ya los cuatro: Svetlana, Sasha, Polina y el pequeño Artemio… ¿Y tú? ¿Crees en los milagros de Nochevieja?
—Mis pendientes de esmeraldas, los que te regalé para la boda… No me digas que los has perdido o vendido, porque de ti ya me espero cualquier cosa. —¿Qué pendientes? —¡Los que te regalé como suegra el día de tu boda! Devuélvemelos. Eran para la esposa de mi hijo y, como ya no lo eres, te exijo que me los devuelvas… La historia de cómo después del divorcio mi exsuegra montó una guerra por los pendientes de esmeraldas, diciendo que eran reliquia familiar, y yo tuve que defender que un regalo es eso: un regalo.