Te cuento, tía, lo que le pasó a Maximiliano, aunque lo que más tiene es nombre de personaje de novela, pero bueno El hombre llevaba tiempo arrastrando esa espinita de que, quizás, fue demasiado rápido con la separación. Dicen que los hombres sabios convierten a las amantes en días festivos, y él, en cambio, hizo de su amante su esposa.
El ánimo festivo de Maximiliano se fue en cuanto aparcó su coche cerca de su portal en Alcalá de Henares. Subió a casa y allí estaba lo de siempre: zapatillas de las de toda la vida para entrar, el olor de una cena agradable, la casa impecable y flores frescas en el jarrón.
Nada le conmovió: la esposa en casa, qué otra cosa puede hacer una mujer mayor durante el día Cocinar empanadas, tejer bufandas. Lo de las bufandas es una exageración, claro, pero tú me entiendes.
María, su esposa, salió de la cocina como siempre, con la sonrisa de quien se sabe el guion:
¿Vienes cansado, amor? He hecho empanadas, de repollo y de manzana, justo como te gustan
Ella se quedó callada ante la mirada seria de Maximiliano. Llevaba su traje cómodo de casa, el pelo recogido bajo el pañuelo, como siempre cuando cocina. Costumbre profesional: toda la vida había trabajado como cocinera. Sus ojos pintados con un poco de eyeliner y un brillo discreto en los labios. Otra costumbre que, en ese momento, a Maximiliano le pareció demasiado, ¿sabes? Como si tratara de disfrazar su edad.
Y, aunque no era para ser tan brusco, le soltó:
El maquillaje a tu edad es un despropósito, María. Te queda fatal.
A ella se le frunció la boca, no dijo nada y tampoco fue a ponerle la mesa. Mejor. Las empanadas bajo el paño, el té preparado Se las apaña solo.
Tras la ducha y la cena, el buen humor volvió, medio por inercia, junto con recuerdos del día. Maximiliano, con su bata favorita, se acomodó en su sillón, fingiendo leer. Le vino a la cabeza lo que le dijo la nueva colega del despacho:
Usted es un hombre muy atractivo, y además interesante.
A sus 56 años, era jefe del departamento legal de una firma grande de Madrid. Tenía a su cargo a una jovenzuela recién salida de la Complutense y tres mujeres mayores de cuarenta. Otra compañera había entrado en baja maternal y, en su lugar, contrataron a Alicia.
Justo la primera vez que la vio fue aquel día, porque él estuvo de viaje cuando la ficharon.
La llamó a su despacho para conocerla. Con ella llegó el aroma de un perfume ligero, ese frescor juvenil que hace que todo el mundo se gire a mirarla. Cara delicada, rizos rubios, ojos azules y seguros. Labios jugosos y un lunar en la mejilla ¿Treinta años? Él le habría echado veinticinco.
Divorciada, madre de un hijo de ocho años. Y sin saber por qué, pensó para sí: Bien.
Charlando con Alicia, tonteó un poco, le soltó que ahora su jefa iba a ser un vejete como él. Ella pestañeó divertido y le contestó la frase que ahora Maximiliano no podía sacarse de la cabeza.
María, tras superar el berrinche, apareció con la infusión de manzanilla, como cada noche. Él frunció el ceño: Siempre fuera de lugar. Pero la bebió encantado, no te voy a engañar. De pronto le dio por pensar: ¿Qué estará haciendo ahora Alicia, esa chica tan guapa y joven? Y en su pecho punzó una sensación olvidada: celos.
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Alicia, después del curro, hizo una compra rápida en Mercadona: queso, pan, un poco de kefir para cenar. Llegó a casa seria, sin sonrisa. Abrazó casi por costumbre a su hijo Basilio, que salió corriendo a recibirla.
Su padre trasteaba en la terraza, que era su taller improvisado, y su madre preparaba la cena. Alicia dejó las bolsas y anunció de entrada que tenía migraña, que nadie la molestara. Pero, en realidad, estaba triste.
Alicia lleva tiempo sintiéndose a la sombra, desde el divorcio de Basilio padre. Ninguno de los hombres que ha conocido después está dispuesto a apostar por ella de verdad: todos bien casados y queriendo historias de paso.
El último parecía enamorado, compañero de trabajo y todo, dos años intensos. Hasta le alquiló piso (en realidad, para su propia comodidad), pero cuando la cosa se puso seria, le exigió que dejaran de verse y que ella se cambiara de empresa.
Ahora vivía otra vez con sus padres y Basilio hijo. Su madre la arropaba con cariño, su padre creía que al menos el chaval tendría a la madre cerca, no sólo a los abuelos.
María, la mujer de Maximiliano, había notado que su marido pasaba por una crisis de edad. Aunque en casa nada faltaba, lo esencial parecía ausente. Le asustaba pensar qué sería lo esencial para su esposo, pero hacía lo que podía: cocinaba sus platos favoritos, se cuidaba, no forzaba conversaciones profundas aunque a ella le hacían falta.
Intentó distraerlo con el nieto, el huerto, pero Maximiliano estaba aburrido, sombrío.
Por eso, tal vez, el romance entre Alicia y Maximiliano se desató enseguida. Dos semanas después de que ella entrara en la empresa, él la invitó a comer y la llevó a casa.
Le tocó la mano, ella se giró con la cara sonrosada.
No quiero irme, ¿vamos a mi casa de campo? le dijo Maximiliano, con la voz grave. Alicia asintió y arrancaron.
Los viernes él salía una hora antes del trabajo, pero a las nueve de la noche, María recibió un escueto mensaje: Mañana hablamos.
Maximiliano ni se imaginaba lo acertado de la frase. María entendía que, después de 32 años, uno no arde igual en los amores. Pero su marido era tan esencial para ella, que perderlo era como perder un trozo de sí misma. Que frunza el ceño, que murmure, incluso que se comporte como sólo hacen los hombres al llegar a cierta edad, pero seguía siendo el de siempre, cenando en su silla al lado de ella.
María, buscando qué palabras podían detener la ruina de su vida (más bien de la suya), no pegó ojo.
Sacó el álbum de bodas, donde eran jóvenes y todo por delante. ¡Qué guapa era! Muchos hubieran querido llamarla mi mujer. Quería que su esposo lo recordara. Pensó que, al verlo, él entendería que no todo puede desecharse así.
Pero regresó sólo el domingo. Era otro Maximiliano: el subidón de adrenalina le llenaba hasta las orejas. No había timidez, ni vergüenza.
Él sí quería el cambio casi lo había planeado. Hablaba con un tono tajante.
Desde entonces, María podía considerarse libre. El divorcio lo pediría él, al día siguiente. Su hijo con familia debería mudarse con ella. Todo legal. La vivienda del hijo pasaría a María. El coche, para él. Y la finca, se reservaba el derecho a usarla cuando quisiera.
María se sentía patética y fea, pero no pudo evitar llorar. Las lágrimas no la dejaban hablar y tampoco podía expresar bien lo que sentía. Le suplicó que parara, que recurriera a la memoria, que pensara en su salud, aunque fuera sólo la propia Eso le enfureció. Se acercó y murmuró, entre dientes:
¡No me arrastres contigo a tu vejez!
Sería ingenuo decir que Alicia amaba a Maximiliano. Por eso aceptó su propuesta de matrimonio después de la primera noche juntos, en la casa de campo.
Ser la esposa le apetecía, y le calentaba el corazón pensar en aquel amante que la había rechazado antes.
Estaba harta de vivir en casa bajo el dominio del padre, con sus normas estrictas. Quería seguridad, futuro. Todo eso se lo daba Maximiliano, que, para sus 56, no parecía un abuelo, más bien era atractivo y conservaba su energía. Jefe de departamento, listo y agradable. Incluso en la cama era generoso y apasionado, nada egoísta. Le convencía que no habría pisos alquilados, ni agobios económicos, ni robos. ¿Todo ventajas? Bueno le dudaba lo de la edad.
Pero al año, el desencanto fue creciendo. Alicia se sentía joven, quería disfrutar la vida cada día, no una vez al año y con respeto. Le encantaban los conciertos, el parque acuático, tomar el sol en la playa con bikini atrevido y reuniones de amigas.
Con energía y juventud, podía combinar todo eso con la familia. Incluso con el hijo ya viviendo con ellos, el ritmo seguía igual.
Pero Maximiliano se venía abajo. En el despacho resolvía cosas en minutos, pero en casa a ella le tocaba el marido cansado, que sólo quería silencio y que respetaran sus rutinas. Aceptaba visitas, teatro, playa pero a cuentagotas.
No le decía no a lo íntimo, pero entonces a dormir, aunque fueran las nueve de la noche.
Y encima, había que tener ojo con su estómago: nada frito, ni embutido, ni precocinados. Su exmujer lo había consentido demasiado.
Hasta echaba de menos sus guisos al vapor. Alicia cocinaba pensando en Basilio, su hijo, sin entender cómo podía dolerle un costado por unas croquetas de cerdo.
Nunca recordaba las pastillas necesarias, creía que era cosa de adultos ocuparse de eso. Así, poco a poco, la vida de Alicia empezó a separarse de la de Maximiliano.
Se llevaba al niño de compañero, quedaba con amigas. Curiosamente, la edad de su marido la empujaba a vivir más rápido.
Ya no trabajaban juntos la dirección lo veía poco ético y Alicia se fue a una notaría. Respiró aliviada: ya no tendría que estar todo el día bajo la mirada de su marido, que a veces le recordaba a su padre.
Respeto, eso era lo que sentía por Maximiliano. ¿Bastaba con eso para que fueran felices como pareja?
En vísperas de los 60 de Maximiliano, a ella le apetecía montar una fiesta por todo lo alto. Pero él reservó mesa en un restaurante discreto del centro, el de siempre. Parecía aburrido, pero era lo normal a su edad. Alicia ni se preocupó.
Brindaron familia y colegas. Las parejas con las que antes salía con María ya no eran bienvenidas. Su familia estaba lejos o ni le dirigía la palabra tras casarse con una joven.
Su hijo prácticamente lo borró de su vida. Pero bueno, ¿acaso no tiene derecho un padre a decidir sobre su vida? Aunque se imaginó el decidir de otra manera.
El primer año con Alicia fue casi como una luna de miel. Le encantaba presumir de esposa joven, le dejaba gastar (sin excesos), llegaban las amigas, los entrenamientos Aguantaba conciertos y películas locas. En esa racha, Maximiliano cedió la mitad del piso donde vivían y, al poco tiempo, le dio la mitad de la finca que tenía con María.
Alicia, por detrás, presionó a María para que le vendiera su parte. Amenazaba con vender la suya a cualquiera.
Con dinero de Maximiliano, claro, y acabó la finca a nombre de Alicia. Es bueno para el niño, río y bosque cerca. Los padres de Alicia pasaban el verano ahí con Basilio. Y bien, porque Maximiliano no era muy fan del chaval inquieto de su joven esposa. Se casó por amor, no para criar hijos ajenos y, encima, ruidosos.
La exfamilia se sintió ofendida. Con la venta de la vivienda, se separaron en distintos pisos. El hijo con familia en un piso pequeño; María en una mini-estudio. De ellos, nada quiso saber Maximiliano.
Y llegado el cumpleaños de los sesenta, mucha gente le deseaba salud y amor. Pero él no lo sentía. Ya sólo quedaba insatisfacción.
Quería mucho a su joven esposa, sin duda. Pero no podía seguirle el ritmo. Y controlarla no funcionaba: ella sonreía y hacía su vida. Nada de locuras, lo sabía, pero le fastidiaba.
¡Ay, si pudiera meterle el alma de María en el cuerpo de Alicia! Para que se acercara con la manzanilla, lo tapara si se dormía, paseara despacito por el Retiro, y charlara en la cocina por las noches pero Alicia no soportaba charlas largas y, parece, se aburría en la cama. Y él se ponía nervioso, lo que tampoco ayudaba.
Maximiliano se guardaba, sin decir nada, el pesar de haberse precipitado. Los tipos listos disfrutan a sus amantes como días de fiesta, pero él la convirtió en señora de la casa.
Alicia, aún con su chispa, podría estar diez años jugando a la jovencita, pero aún mayor le sacaría años Una distancia que no se cierra. Con suerte, pensó, todo termina en un cerrar de ojos. ¿Y si no?
Existía esa noche una nube en su cabeza, latía y le apretaba el pecho. Buscó a Alicia con la mirada: estaba bailando, guapísima, los ojos brillando. Es una suerte despertarse y verla a tu lado, claro.
Aprovechó la ocasión y salió del restaurante. Quería airearse, despejar la tristeza. Pero, al momento, lo siguieron algunos compañeros y amigos. Sin saber cómo quitarse esa incomodidad, saltó a un taxi parado y pidió que arrancara rápido. Luego ya diré hacia dónde.
Quería ir a un sitio donde sólo importara él, donde le esperaran de verdad. Donde se valora el tiempo contigo y puedes relajarte, sin el miedo de parecer débil o, peor aún, viejo.
Llamó a su hijo y, casi suplicando, pidió la dirección nueva de la ex. Recibió la respuesta áspera que se merecía, pero insistió, repitiendo que era una cuestión de vida o muerte.
De paso, soltó que era su cumpleaños. El hijo se ablandó un poco y avisó de que su madre podía no estar sola. Nada de pareja; sólo un amigo.
Mamá dice que eran compañeros de clase. Un apellido raro Creo que era Bollón.
Bollo, será Bollón, corrigió Maximiliano, sintiendo los celos. ¡Cómo le gustaba a todos ella! Era guapa y valiente.
Iba a casarse con ese Bollón, pero él, Maximiliano, la conquistó. Hace ya mucho, aunque a veces parece más real que su vida actual con Alicia.
El hijo preguntó:
¿Para qué necesitas eso, papá?
Maximiliano se estremeció y se dio cuenta de cuánto extrañaba a todos. Respondió con sinceridad:
No lo sé, hijo.
El hijo le dictó la dirección. El taxista paró cuando él lo pidió. No quería hablar con María delante de nadie. Miró la hora: casi las nueve. Pero ella siempre fue noctámbula, aunque para él tuviera alma de madrugadora.
Marcó el portero.
Pero respondió una voz masculina y apagada. El hombre dijo que María estaba ocupada.
¿Está bien? ¿Le pasa algo? preguntó Maximiliano, preocupado. El hombre exigió saber quién era.
Soy el esposo, ¡por si te interesa! Y tú, imagino, eres Bollón gritó Maximiliano.
El otro, con cara de pocos amigos, contestó que Maximiliano ya no era nadie; no tenía derecho a molestar a María. No le pareció necesario explicar que ella estaba tomando un baño.
¿Ves cómo el amor viejo nunca se oxida? dijo Maximiliano, listo para pelearse con Bollón. Pero el otro respondió breve:
No, se vuelve plateado.
Nunca le abrieron la puerta.






