¡Perdonadme por no haber estado a la altura de vuestras expectativas!
Dejad que rememore aquellos días, tan lejanos ya, que a veces parecen una fábula o un capítulo de un antiguo culebrón de sobremesa en la televisión. Todo ocurrió una tarde cálida de verano, cuando el sol caía tras los tejados de Madrid. Mi marido, Santiago, estaba como siempre frente al ordenador en el salón, mientras yo, Leonor, me afanaba en las tareas de la casa, repasando aquí el polvo, colocando allá un libro. Del patio llegó de pronto el sonido estridente de la alarma del coche, y Santiago se lanzó fuera, sin detenerse a pensar menos mal que era verano y no hacía falta abrigarse mucho.
Fue entonces, mientras yo seguía limpiando y, sin querer, moví el ratón del ordenador, cuando la pantalla cobró vida otra vez. Nunca había sido costumbre mía fisgonear el móvil de mi marido ni rebuscar en sus bolsillos, ni mucho menos espiarle por encima del hombro cuando estaba en el ordenador; siempre me pareció una falta de respeto. Pero aquel día todo sucedió de manera fortuita.
Miré la pantalla un instante, sin pensarlo, y vi de reojo una conversación abierta en una página que no reconocía. El pudor me hizo apartar la mirada al instante, pero ya había alcanzado a leer la palabra querida. Sentí una punzada en la consciencia, diciéndome que bien podría ser querida esposa o, en una de esas, incluso un chascarrillo sobre una querida tortilla de patatas. Pero no pude evitar mirar de nuevo.
Allí quedaban escritas las palabras de Santiago, con su propia foto puesta en lo que resultó ser un sitio de citas: Sí, querida, por supuesto que nos veremos mañana, tal como acordamos. A cada hora recuerdo nuestro último encuentro. ¡Eres puro fuego! Y la respuesta de una mujer pelirroja, flaca y pizpireta: Tú sí que eres bestia, mi osito todavía me duele todo el cuerpo. Más abajo, en el chat, comenzaban los mensajes nerviosos, probablemente justo cuando Santiago salió corriendo: Osito, ¿estás ahí? ¡Ya te echo de menos! ¿Dónde te has metido?
Me dejé caer en el sofá, sosteniendo aún el trapo mojado. Claro, ahora todo encajaba. Santiago me había dicho que al día siguiente tenía una reunión importantísima en la oficina y que no podía faltar de ninguna manera, así que yo, esa misma tarde, le había planchado los pantalones cuidando de que la raya quedara perfecta, elegido una corbata elegante y repasado la camisa con esmero para que no quedaran arrugas en los puños. Ahora, por fin, entendía a qué clase de evento iba a asistir mi querido marido
Cuando volvió, traía consigo una historia furiosa sobre unos chavales del barrio que, jugando al balón en la acera, habían golpeado su coche. Gritaba, gesticulaba yo asentía en los momentos precisos, pero sentía que estaba a mil leguas de allí, le escuchaba con el gesto ausente y el corazón encogido.
Por suerte, esa noche Santiago no tuvo ánimos de romanticismo y los dos nos fuimos a dormir. Mañana pensaré en todo esto, decidí, como alguna heroína de novela, aunque en realidad pasé la noche entera dando vueltas en la cama, incapaz de conciliar el sueño.
A la mañana siguiente, Santiago salió temprano para el trabajo y yo, Leonor, me entregué a la limpieza. Ese día mi madre iba a traerme a Daniel, nuestro hijo de dos años y medio, que había pasado una semana en la casa de los abuelos, en el pueblo. A lo largo de la mañana el eco de la pregunta ¿qué hago ahora? retumbaba sin piedad en mi cabeza, mientras frotaba los suelos y la loza con una rabia nueva.
Todavía no había asimilado del todo lo que significaba lo que había visto, pero mi memoria, traicionera, empezaba a recordarme gestos, frases y escenas de Santiago que ahora adquirían un sentido totalmente distinto. El mundo conocido se había venido abajo, tocaba recoger los pedazos.
De algo sí estaba segura: no podía perdonarle. Jamás. Ni aunque pidiese perdón, ni aunque jurase que había sido solo un desliz, ni aunque me prometiera que nunca volvería a suceder. Quizá con los años dolería menos, y la herida dejaría de sangrar, pero la traición jamás desaparecería de mi memoria.
Sin embargo, también comprendía que Daniel apenas tenía dos años y medio, que el Ayuntamiento no nos aseguraba plaza en la guardería hasta otoño y que, por tanto, yo no podía volver a trabajar aún. ¿Acaso debía cargar sobre mis padres ya mayores? ¿Enzarzarme en una lucha cruel por la pensión de manutención? ¿Lanzarme a un divorcio doloroso movida por el shock y la rabia, o dejarme convencer por Santiago, si intentaba persuadirme para que lo reconsiderara? No. El divorcio era inevitable, pero no podía precipitarme.
Así que opté por el silencio. Continué ocupándome de la casa y del niño, planchando las camisas de Santiago y eligiendo los gemelos para su traje, incluso reí sus chistes en las contadas ocasiones en que se dignaba a recordar que yo era algo más que la encargada de barrer el salón. La repulsión, sin embargo, era un muro insalvable: encontraba cualquier excusa para evitar aquellas obligaciones matrimoniales, aunque me daba la sensación de que Santiago suspiraba aliviado. De hecho, parecía rejuvenecido: sonreía, tarareaba canciones antiguas de Joaquín Sabina, alguna vez me trajo un ramo de flores sin motivo aparente, y yo fingía creer en sus historias de reuniones, viajes de trabajo y cursos de formación.
Fue en octubre cuando, por fin, nos concedieron una plaza en la guardería municipal. Volví al trabajo y, sin demora, inicié los trámites del divorcio. Decir que Santiago se quedó desconcertado sería poco: estaba convencido de que yo nunca sabría nada de sus andanzas. Cuando supo la verdad, estalló en gritos, llamándome materialista y traidora.
¡Interesada! ¡Baja y ruin! Ahora entiendo por qué nos llaman a las de tu calaña prostitutas domésticas Así que te quedaste a vivir de mí, esperando a que el niño creciera, y cuando ya estaba todo hecho, adiós muy buenas, ¿no? Yo pensaba que mi mujer era distinta, pero eres igual que todas
Nuestros amigos en común se pusieron de su lado ¡menuda víbora, decían, que poco le importaban los sentimientos!. Incluso mi madre me miraba con decepción: ¿Cómo has podido? Si querías divorciarte, lo justo habría sido hacerlo en cuanto te enteraste, y no dejar pasar los meses, esperando, guardando rencor en silencio No creí nunca que mi hija sería tan calculadora.
Perdonadme por no haber estado a la altura de vuestras expectativas, respondía yo a todos, con la misma serenidad con la que había decidido no dar marcha atrás. Y nunca me arrepentí de mi decisión.







