¡Vaya recibimiento, papá! ¿Para qué te hacía falta ese balneario si en casa tienes un “todo incluido”? Cuando Dmitri le entregó las llaves de su piso, Eva supo: la Bastilla estaba tomada. Ningún Leonardo DiCaprio esperó el Oscar como Eva aguardaba a su Dmitri, y encima con refugio propio. Desencantada, a los treinta y cinco, cada vez miraba con ternura a los gatos callejeros y los escaparates de “Todo para el bricolaje”. Y ahí estaba él —soltero, con la juventud gastada en la carrera profesional, alimentación sana, gimnasio y otras tonterías modernas, y sin hijos. Eva llevaba soñando con ese regalo desde los veinte y, parece, allá arriba finalmente han entendido que no bromeaba. —Me queda el último viaje de trabajo este año, pero luego soy todo tuyo —le dijo Dmitri, entregándole las ansiadas llaves—. No te asustes de mi cueva; sólo vuelvo para dormir— informó mientras volaba a otra zona horaria durante el fin de semana. Eva cogió el cepillo de dientes, la crema y fue a descubrir la dichosa cueva. Los problemas empezaron ya en la puerta. Dmitri había advertido que la cerradura a veces se atascaba, pero Eva no imaginó hasta qué punto. Luchó con la puerta cuarenta minutos: empujó, tiró, entró la llave de mil formas, pero no cedía. Aplicó presión psicológica, como aprendieron sus compañeros en el instituto tras los garajes. Ante el jaleo se asomó la vecina. —¿Por qué intenta entrar en esa casa ajena? —preguntó, preocupada. —No estoy entrando a la fuerza, tengo llaves —respondió Eva, sudorosa. —¿Y usted quién es? Nunca la he visto— insistió la vecina. —¡Soy su novia! —soltó Eva, plantándose con las manos en las caderas, pero al otro lado sólo se veía una rendija. —¿Usted? —se asombró la mujer. —Sí, ¿hay algún problema? —No, ninguno. Es que él nunca ha traído a nadie (Eva amó aún más a Dmitri), y ahora de repente… —¿De repente qué? —se inquietó Eva. —No debe ser asunto mío. Perdone— y la vecina cerró la puerta. Sabiendo que era ahora o nunca, Eva apretó la llave con todas sus fuerzas y casi gira todo el marco. ¡Por fin entró! El universo íntimo de Dmitri se presentó ante ella y su alma se quedó helada. Entendía el austeridad de los solteros, pero aquello era la celda de un monje. —Pobre corazón, hace tiempo que olvidó lo que es la calidez de un hogar… —exclamó Eva mientras inspeccionaba el humilde piso donde pronto pasaría mucho tiempo. Por otro lado, se alegró. La vecina no mentía: ni una mano femenina había tocado esas paredes, ese suelo ni esas ventanas grises. Eva allí era pionera. No aguantó y corrió al súper por una cortina bonita y una alfombrilla de baño, repasadores y trapos para la cocina. En la tienda se desató… Al alfombrilla y la cortina sumó ambientadores, jabón artesanal y organizadores para cosméticos. “Añadir detalles a una casa ajena no es tan atrevido”, se tranquilizaba Eva, enganchada a dos carros de compras. La cerradura ya no se le resistía. De hecho, dejó de funcionar y parecía un portero de hockey sin casco. Consciente de su lío, Eva desmontó la cerradura con cuchillos y al día siguiente corrió a por una nueva. También hacía falta cambiar los cuchillos, tenedores, manteles… y así, hasta llegar a las cortinas. El domingo Dmitri llamó: el viaje de trabajo se prolongaba unos días. —Me encantará que le des un poco de calidez a mi piso —sonrió él por teléfono, cuando Eva confesó sus “pequeñas reformas”. La calidez llegaba a la casa como camiones, distribuyéndose con planos y toda la burocracia. Años acumulando detalles y ahora, con vía libre, Eva no se frenaba. Al volver Dmitri, sólo quedaba una araña en la ventilación. Eva pensó echarla, pero al ver sus ocho ojos asustados, prefirió dejarla como símbolo de respeto a lo ajeno. Ahora la casa de Dmitri parecía la de alguien casado y desilusionado, pero feliz a pesar de todo. Eva no sólo se hizo cargo del piso, sino de todo el portal: todos sabían que ella era la nueva señora y podían dirigirse a ella con cualquier problema. El anillo era sólo un trámite. Al principio los vecinos miraban recelosos, luego se encogieron de hombros: “Si usted lo dice, allá usted”. *** El día que Dmitri volvía, Eva preparó una cena casera, empaquetó sus curvas aún firmes en una envoltura festiva y sugerente, colocó ambientadores en los rincones y, con la nueva iluminación tenue, se puso a esperar. Dmitri tardaba. Cuando Eva sentía que el vestido le hacía daño en el músculo por el que llevaba meses en el gimnasio, escuchó girar la llave en la puerta. —¡Es nueva, sólo empuja, está abierto! —respondió Eva, entre nerviosa y seductora. No temía el juicio; había hecho maravillas y todo se le perdonaría. Justo cuando la puerta se abrió, Eva recibió de golpe un SMS de Dmitri: “¿Dónde estás? Estoy en casa. Por lo que veo, no ha cambiado nada. Mis amigos decían que lo inundarías todo de cosméticos”. Eva lo leyó después. De momento entraron cinco desconocidos: dos hombres jóvenes, dos adolescentes y un abuelo que, al ver a Eva, se irguió y alisó con dignidad su pelo canoso. —¡Menudo recibimiento, papá! ¿Y para qué querías ese balneario si en casa tienes un ‘todo incluido’? —ironizó uno de los jóvenes y recibió un toque de su esposa por mirar demasiado. Eva se quedó en la entrada con dos copas, paralizada, deseando gritar pero sin voz. De algún rincón, la araña reía de alegría. —Disculpe, ¿usted quién es? —pitó Eva. —El dueño de esta cueva. Y supongo que usted viene de la clínica a hacerme las curas. Pero le dije que me basto solo —contestó el abuelo, mirando el atuendo de enfermera de Eva. —Mm, sí… Don Adán Matías, todo está muy acogedor, nada que ver con antes, que parecía una tumba… Y usted, señorita, ¿cómo se llama? ¿No es un poquito mayor nuestro Adán Matías para usted? Aunque, claro, un hombre respetable con casa propia… —E-E-Eva… —¡Vaya! ¡Adán Matías, qué bien eliges amistades! Por las miradas, el abuelo también estaba encantado con la casualidad. —¿Y Dmitri? —susurró Eva, acabando con las dos copas de un trago. —¡Yo soy Dmitri! —levantó la mano el niño. —No, tú eres demasiado joven aún para ser Dmitri —lo despidió la madre y mandó a los niños con su marido al coche. —P-p-p-perdón, creo que me he equivocado de piso… Esto es Buzková, dieciocho, puerta veintiséis? —No, esto es Bucovina, dieciocho —frotaba las manos el abuelo, listo para estrenar el inesperado regalo. —Ay… —suspiró Eva— me equivoqué. Entrad, acomodaos, que voy a hacer una llamada. Cogió el móvil y corrió al baño, donde se parapetó con una toalla y sólo entonces leyó el mensaje de Dmitri. “Dmitri, llego enseguida, me quedé en la tienda”, envió Eva. “Perfecto, te espero. Si puedes, trae una botella de tinto”, le grabó Dmitri. Tinto iba a llevar, pero ya bien puesto. Tomó la alfombrilla, la cortina, esperó a que los desconocidos pasaran a la cocina y salió disparada del baño. Con todo recogido en una bolsa, se fue a escape. *** —Luego te cuento —explicó Eva, cuando Dmitri abrió la puerta. Casi sin mirar, fue directa al baño, recolocó la cortina y la alfombrilla, y luego se desplomó en el sofá, donde durmió hasta que el estrés y el tinto se evaporaron. Al despertar, encontró a un joven desconocido esperando explicaciones. —¿Puede decirme qué dirección es esta? —Es Butova, dieciocho.

¡Madre mía, chico, menuda bienvenida te han dado! ¿Para qué querías irte a ese balneario, si en casa tienes el auténtico todo incluido, pero con encanto español?

Cuando Daniel puso en manos de Eva las llaves de su piso, ella sintió algo parecido a tomar el Palacio Real por asalto. Vamos, que ni Leonardo DiCaprio deseó tanto el Oscar como Eva había esperado a su Daniel, y encima con techo propio.

Desencantada, con treinta y cinco primaveras a cuestas, últimamente miraba con pena tanto a los gatos callejeros de Madrid como a los escaparates de Manualidades Sol.

Pero de repente apareció él: soltero, que había invertido la juventud en la carrera, comida sana, gimnasio y otras bobadas modernas como buscarse a sí mismo por el mundo, y sin hijos. Todo lo que Eva llevaba pidiendo al cielo desde los veinte años, y parece que los santos por fin se dieron cuenta de que la cosa iba en serio.

Tengo el último viaje de trabajo del año y después soy todo tuyo le dijo Daniel, dándole la preciada llave. Solo no te asustes de mi cueva… apenas entro a casa para dormir sonrió él, y desapareció rumbo a otro huso horario, todo el finde fuera.

Eva cogió el cepillo de dientes, la crema y fue emocionada a ver qué tal era aquella cueva. Y ya tuvo el primer problema nada más llegar. Le advirtió Daniel que el bombín a veces se atascaba, pero Eva no imaginaba cuánto.

Estuvo peleando con la puerta más de cuarenta minutos: empujando, tirando, metiendo la llave hasta el fondo, intentándolo por las buenas… pero la puerta no daba su brazo a torcer ante la nueva inquilina.

Hasta probó a presionar psicológicamente, tal y como le enseñaron sus amigas en la puerta del instituto, cuando la escuchó la vecina y abrió la suya de par en par.

Oiga, ¿por qué intenta entrar en un piso ajeno? preguntó una voz femenina, preocupada.

No estoy intentándolo, tengo las llaves le respondió Eva, exhausta y sudando.

¿Y usted quién es? Yo no la he visto antes insistió la vecina, metiéndose donde no la llamaban.

¡Soy su novia! clavó Eva, con actitud, manos en la cintura. Pero solo vio el hueco de la puerta, desde donde negociaban.

¿Usted? se sorprendió la vecina.

Sí, ¿algún problema?

Pues ninguno… Lo que pasa, que él aquí nunca ha traído a nadie. Y viene usted así, de repente.

¿Así cómo? no captó Eva.

Bah, mire, no es asunto mío, perdone dijo la vecina, cerrando.

Viendo que era ahora o nunca, Eva clavó la llave y apretó con toda la determinación que tenía. Por poco gira todo el marco. ¡La puerta por fin cedió!

La vida entera de Daniel se desplegó ante Eva, y se le heló el alma. Vale que un soltero joven suele ser austero, pero aquello era una celda monacal de las del Escorial.

Pobre, tu corazón hace tiempo olvidó lo que es el calor de hogar… o igual nunca lo supo susurró Eva, recorriendo el piso donde ahora tenía pase fijo.

Pero era la primera, y eso la alegraba. La vecina no mentía: ninguna mujer había tocado nunca esas paredes, ese suelo, esa cocina o esas ventanas grises. Eva llegaba la primera.

Reventó a correr a la tienda más cercana y pilló una cortina bonita y una alfombra de baño. De paso agarró agarradores y toallas de cocina.

En cuanto vio el pasillo de Casa Juan, le entró el impulso español: a la cortina y la alfombra se sumaron ambientadores, jabón artesanal, y hasta organizadores para sus cremas.

Poner cuatro detalles en un piso ajeno no es invasión, se decía Eva, mientras colgaba una segunda cesta en el carrito.

El bombín ya no la desafiaba: en verdad, dejó de funcionar y parecía un portero de hockey sin casco, listo para que entrara cualquiera.

Viendo el lio armado, Eva estuvo hasta las doce cambiando el bombín con un cuchillo de cocina y al día siguiente salió disparada a por uno nuevo en Ferretería Martínez. De paso se trajo cuchillos, tenedores, manteles, tablas de cortar y salvamanteles. Y de las cortinas al completo, un paso.

El domingo, justo después de comer, recibió llamada de Daniel: al final se quedaba el viaje un par de días más.

Si haces mi piso un poco más cálido, me harás feliz le dijo sonriendo cuando Eva confesó haber cambiado alguna cosilla.

El calor lo había traído ya en camiones y lo distribuía como quien organiza papeles en una notaría. Después de tantos años acumulando caserismo contenida, no podía parar.

Cuando Daniel volviese, solo quedaría en el piso una araña cerca del conducto de aire. Eva pensó echarla, pero al ver los ojillos desorbitados de la pobre criatura, decidió dejarla como símbolo de respeto a lo ajeno.

Ahora el piso parecía de alguien casado ocho años, desencantado, y de nuevo feliz a pesar del desencanto.

Eva no solo se adueñó del piso, sino que hizo saber a todo el portal que ahora, cualquier cosa, que la vieran a ella. No llevaba aún anillo, pero eso era un detalle técnico.

Al principio, recelo. Luego los vecinos hacían como que bueno, usted dirá, a nosotros tanto nos da.

El día que volvía Daniel, Eva montó una cena casera de esas que huelen a laurel y ajo, empaquetó sus curvas en ropa tan elegante como provocativa, puso inciensos por los rincones y atenuó la nueva iluminación. Esperaba.

Daniel tardaba. Pasaba el tiempo y sentía que la ropa le hacía daño ahí donde había estado haciendo sentadillas. De repente se oyó una llave.

El bombín es nuevo, ¡solo empuja, no está cerrado! dijo Eva, seductora aunque estaba algo nerviosa. No temía juicio… había trabajado el ambiente: todo le sería perdonado.

Justo cuando se abrió la puerta, Eva recibió un mensaje de Daniel: ¿Dónde estás? Estoy en casa. Veo que el piso sigue tal cual, no te has pasado con las cremas como decían mis amigos.

Pero Eva ese mensaje lo vio después. En ese instante, entraron cinco desconocidos: dos chicos jóvenes, dos niños y un abuelo muy mayor que, al ver a Eva, se enderezó y se peinó las canas con dignidad.

Jo, papá, vaya recibimiento… ¿y pa qué querías el balneario si aquí tienes todo incluido? bromeó uno y recibió un toque por cotilla de su probable mujer.

Eva estaba paralizada, dos copas en la mano. Quería gritar pero no le salía la voz.

En el rincón, la araña parecía partirse de risa.

Perdón, ¿y usted es? susurró Eva.

El dueño del cortijo. ¿Viene usted de la clínica, a curarme algo? Ya dije que me basto solo contestó el abuelo, señalando el uniforme de enfermera que Eva llevaba (cosas de la creatividad).

Ejem… Don Adán, aquí hay ambiente y armonía, ¿eh? asomó la nuera tras Eva. Esto sí es otra cosa, antes parecía una cueva. Pero, ¿cómo se llama usted, guapa? ¿No será muy mayor para Don Adán? Que conste, caballero respetable, piso propio…

E…Eva…

¡Anda! Don Adán, sí que hace bien usted las mezclas.

El abuelo, por el brillo de sus ojos, parecía encantado con el desmadre.

¿Y Daniel? susurró Eva, vaciando de un trago las dos copas.

¡Yo soy Daniel! dijo el niño de ocho años, levantando la mano.

Calla, tú eres muy pequeño para eso dijo la madre, y mandó a los niños y su marido al coche.

P-p-perdón, parece que me he equivocado de piso balbuceó Eva, cayendo en la cuenta del lío del bombín. ¿Esto es la calle Azucena, número dieciocho, piso veintiséis?

No, esto es calle Robledal, dieciocho el abuelo, frotándose las manos, listo para desempaquetar lo comprado.

Pues sí suspiró Eva, me equivoqué. Pasen, acomódense, que yo tengo que hacer una llamada.

Cogió el móvil y huyó directa al baño, atrancó la puerta y se tapó con una toalla. Ahí leyó el mensaje de Daniel.

Daniel, ya voy, me entretuve en la tienda, le contestó Eva.

Perfecto, te espero. Si puedes, trae una botella de tinto, respondió Daniel por audio.

Lo del tinto Eva pensaba traerlo… pero dentro de sí misma. Cogió la cortina y la alfombra bajo el brazo, esperó a que los otros pasaran a la cocina y escapó del baño.

Recogió todo lo suyo en una bolsa y salió pitando del piso.
***
Luego te lo cuento, ¿vale? explicó Eva su aspecto al abrirle Daniel la puerta.

Medio sonámbula, pasó de largo sin saludar. Fue directa al baño, puso la cortina nueva y la alfombra, y se tiró en el sofá hasta la mañana. Se despertó cuando todo el estrés y el vino se le habían evaporado.

Cuando abrió los ojos, vio al joven delante, esperando explicaciones.

Oye, ¿esta es la dirección…?

Calle Toledo, dieciocho…

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twenty − four =

¡Vaya recibimiento, papá! ¿Para qué te hacía falta ese balneario si en casa tienes un “todo incluido”? Cuando Dmitri le entregó las llaves de su piso, Eva supo: la Bastilla estaba tomada. Ningún Leonardo DiCaprio esperó el Oscar como Eva aguardaba a su Dmitri, y encima con refugio propio. Desencantada, a los treinta y cinco, cada vez miraba con ternura a los gatos callejeros y los escaparates de “Todo para el bricolaje”. Y ahí estaba él —soltero, con la juventud gastada en la carrera profesional, alimentación sana, gimnasio y otras tonterías modernas, y sin hijos. Eva llevaba soñando con ese regalo desde los veinte y, parece, allá arriba finalmente han entendido que no bromeaba. —Me queda el último viaje de trabajo este año, pero luego soy todo tuyo —le dijo Dmitri, entregándole las ansiadas llaves—. No te asustes de mi cueva; sólo vuelvo para dormir— informó mientras volaba a otra zona horaria durante el fin de semana. Eva cogió el cepillo de dientes, la crema y fue a descubrir la dichosa cueva. Los problemas empezaron ya en la puerta. Dmitri había advertido que la cerradura a veces se atascaba, pero Eva no imaginó hasta qué punto. Luchó con la puerta cuarenta minutos: empujó, tiró, entró la llave de mil formas, pero no cedía. Aplicó presión psicológica, como aprendieron sus compañeros en el instituto tras los garajes. Ante el jaleo se asomó la vecina. —¿Por qué intenta entrar en esa casa ajena? —preguntó, preocupada. —No estoy entrando a la fuerza, tengo llaves —respondió Eva, sudorosa. —¿Y usted quién es? Nunca la he visto— insistió la vecina. —¡Soy su novia! —soltó Eva, plantándose con las manos en las caderas, pero al otro lado sólo se veía una rendija. —¿Usted? —se asombró la mujer. —Sí, ¿hay algún problema? —No, ninguno. Es que él nunca ha traído a nadie (Eva amó aún más a Dmitri), y ahora de repente… —¿De repente qué? —se inquietó Eva. —No debe ser asunto mío. Perdone— y la vecina cerró la puerta. Sabiendo que era ahora o nunca, Eva apretó la llave con todas sus fuerzas y casi gira todo el marco. ¡Por fin entró! El universo íntimo de Dmitri se presentó ante ella y su alma se quedó helada. Entendía el austeridad de los solteros, pero aquello era la celda de un monje. —Pobre corazón, hace tiempo que olvidó lo que es la calidez de un hogar… —exclamó Eva mientras inspeccionaba el humilde piso donde pronto pasaría mucho tiempo. Por otro lado, se alegró. La vecina no mentía: ni una mano femenina había tocado esas paredes, ese suelo ni esas ventanas grises. Eva allí era pionera. No aguantó y corrió al súper por una cortina bonita y una alfombrilla de baño, repasadores y trapos para la cocina. En la tienda se desató… Al alfombrilla y la cortina sumó ambientadores, jabón artesanal y organizadores para cosméticos. “Añadir detalles a una casa ajena no es tan atrevido”, se tranquilizaba Eva, enganchada a dos carros de compras. La cerradura ya no se le resistía. De hecho, dejó de funcionar y parecía un portero de hockey sin casco. Consciente de su lío, Eva desmontó la cerradura con cuchillos y al día siguiente corrió a por una nueva. También hacía falta cambiar los cuchillos, tenedores, manteles… y así, hasta llegar a las cortinas. El domingo Dmitri llamó: el viaje de trabajo se prolongaba unos días. —Me encantará que le des un poco de calidez a mi piso —sonrió él por teléfono, cuando Eva confesó sus “pequeñas reformas”. La calidez llegaba a la casa como camiones, distribuyéndose con planos y toda la burocracia. Años acumulando detalles y ahora, con vía libre, Eva no se frenaba. Al volver Dmitri, sólo quedaba una araña en la ventilación. Eva pensó echarla, pero al ver sus ocho ojos asustados, prefirió dejarla como símbolo de respeto a lo ajeno. Ahora la casa de Dmitri parecía la de alguien casado y desilusionado, pero feliz a pesar de todo. Eva no sólo se hizo cargo del piso, sino de todo el portal: todos sabían que ella era la nueva señora y podían dirigirse a ella con cualquier problema. El anillo era sólo un trámite. Al principio los vecinos miraban recelosos, luego se encogieron de hombros: “Si usted lo dice, allá usted”. *** El día que Dmitri volvía, Eva preparó una cena casera, empaquetó sus curvas aún firmes en una envoltura festiva y sugerente, colocó ambientadores en los rincones y, con la nueva iluminación tenue, se puso a esperar. Dmitri tardaba. Cuando Eva sentía que el vestido le hacía daño en el músculo por el que llevaba meses en el gimnasio, escuchó girar la llave en la puerta. —¡Es nueva, sólo empuja, está abierto! —respondió Eva, entre nerviosa y seductora. No temía el juicio; había hecho maravillas y todo se le perdonaría. Justo cuando la puerta se abrió, Eva recibió de golpe un SMS de Dmitri: “¿Dónde estás? Estoy en casa. Por lo que veo, no ha cambiado nada. Mis amigos decían que lo inundarías todo de cosméticos”. Eva lo leyó después. De momento entraron cinco desconocidos: dos hombres jóvenes, dos adolescentes y un abuelo que, al ver a Eva, se irguió y alisó con dignidad su pelo canoso. —¡Menudo recibimiento, papá! ¿Y para qué querías ese balneario si en casa tienes un ‘todo incluido’? —ironizó uno de los jóvenes y recibió un toque de su esposa por mirar demasiado. Eva se quedó en la entrada con dos copas, paralizada, deseando gritar pero sin voz. De algún rincón, la araña reía de alegría. —Disculpe, ¿usted quién es? —pitó Eva. —El dueño de esta cueva. Y supongo que usted viene de la clínica a hacerme las curas. Pero le dije que me basto solo —contestó el abuelo, mirando el atuendo de enfermera de Eva. —Mm, sí… Don Adán Matías, todo está muy acogedor, nada que ver con antes, que parecía una tumba… Y usted, señorita, ¿cómo se llama? ¿No es un poquito mayor nuestro Adán Matías para usted? Aunque, claro, un hombre respetable con casa propia… —E-E-Eva… —¡Vaya! ¡Adán Matías, qué bien eliges amistades! Por las miradas, el abuelo también estaba encantado con la casualidad. —¿Y Dmitri? —susurró Eva, acabando con las dos copas de un trago. —¡Yo soy Dmitri! —levantó la mano el niño. —No, tú eres demasiado joven aún para ser Dmitri —lo despidió la madre y mandó a los niños con su marido al coche. —P-p-p-perdón, creo que me he equivocado de piso… Esto es Buzková, dieciocho, puerta veintiséis? —No, esto es Bucovina, dieciocho —frotaba las manos el abuelo, listo para estrenar el inesperado regalo. —Ay… —suspiró Eva— me equivoqué. Entrad, acomodaos, que voy a hacer una llamada. Cogió el móvil y corrió al baño, donde se parapetó con una toalla y sólo entonces leyó el mensaje de Dmitri. “Dmitri, llego enseguida, me quedé en la tienda”, envió Eva. “Perfecto, te espero. Si puedes, trae una botella de tinto”, le grabó Dmitri. Tinto iba a llevar, pero ya bien puesto. Tomó la alfombrilla, la cortina, esperó a que los desconocidos pasaran a la cocina y salió disparada del baño. Con todo recogido en una bolsa, se fue a escape. *** —Luego te cuento —explicó Eva, cuando Dmitri abrió la puerta. Casi sin mirar, fue directa al baño, recolocó la cortina y la alfombrilla, y luego se desplomó en el sofá, donde durmió hasta que el estrés y el tinto se evaporaron. Al despertar, encontró a un joven desconocido esperando explicaciones. —¿Puede decirme qué dirección es esta? —Es Butova, dieciocho.
No superó la prueba