Vaya recibimiento, papá, te están esperando. ¿Y para qué necesitabas ese balneario, teniendo en casa un «todo incluido»? Cuando Dimitri le entregó las llaves de su piso, Eva supo que había conquistado su Bastilla. Ningún Di Caprio había esperado tanto el Óscar como Eva aguardó a su Dimitri, y además con refugio propio. Desencantada, a sus treinta y cinco años, Eva lanzaba cada vez más miradas cómplices a los gatos de la calle y a los escaparates de “Todo para manualidades”. Y entonces aparece él: soltero, tras malgastar su juventud en la carrera profesional, la comida sana, el gimnasio y otras trivialidades como buscarse a sí mismo en este mundo… y además sin hijos. Eva llevaba soñando con ese regalo desde los veinte, y al parecer, en el cielo por fin se dieron cuenta de que no hablaba en broma. —Este es mi último viaje de negocios del año, y luego estaré sólo para ti —le dijo Dimitri, entregándole las codiciadas llaves—. No te asustes de mi guarida, normalmente sólo vengo para dormir —añadió, antes de volar a otro huso horario todo el fin de semana. Eva cogió el cepillo de dientes, la crema y se fue a ver qué clase de guarida era aquella. Los problemas empezaron ya en la entrada. Dimitri avisó que la cerradura a veces se atrancaba, pero Eva nunca pensó que tanto. Estuvo nada menos que cuarenta minutos a la carga: empujando, tirando, introduciendo la llave del todo, haciendo palanca con educación, pero la puerta se negaba a ceder ante su nueva inquilina. Entonces decidió atacar psicológicamente, como le enseñaron en el colegio sus compañeros tras los garajes. La vecina abrió la puerta, alarmada por el escándalo. —¿Por qué está forzando una puerta ajena? —le preguntó, con voz de preocupación. —No estoy forzando, tengo las llaves —replicó Eva, sudando a mares. —¿Y quién es usted?, que no la había visto antes —siguió indagando la vecina. —¡Soy su novia! —exclamó Eva, que se plantó desafiante en el marco, manos en la cintura. Sólo vio una rendija desde la que la mujer le respondía. —¿Usted? —La vecina se mostró asombrada. —Sí, ¿algún problema? —No, ninguno. Sólo que jamás ha traído a nadie aquí –(en ese momento Eva sintió más cariño aún por Dimitri)– y ahora aparece usted así… —¿Así como? —Bueno, no es asunto mío. Disculpe —cerró la puerta la vecina. Eva comprendió que o abría ella, o se quedaba fuera; metió la llave y la giró con todas sus ganas de entrar en aquel refugio, al borde de arrancar el marco. La puerta cedió. Todo el universo interior de Dimitri apareció ante ella, y a Eva se le heló el alma. Se entiende que un joven soltero tienda al ascetismo, pero aquello parecía una celda monástica. —Ay pobre, tu corazón hace tiempo que olvidó —o quizás nunca supo— lo que es el calor del hogar —susurró Eva, mientras repasaba el modesto apartamento donde iba a pasar cada vez más tiempo. Por otro lado, respiró aliviada. La vecina no mentía: ninguna mano femenina había tocado esas paredes, ese suelo, esa cocina y esas ventanas grises. Eva era la primera. No pudiendo aguantar, se calzó y salió corriendo a comprar una cortina bonita, una alfombrilla para el baño, agarradores y paños de cocina. En la tienda, se le vino encima… junto a la alfombrilla y la cortina se sumaron ambientadores, jabones artesanales, y prácticas cajas para cosméticos. «Añadir estos detalles a casa ajena no es ningún atrevimiento» —se repetía Eva, uniendo una segunda cesta a la primera. La cerradura ya no se resistía. De hecho, dejó de funcionar, como un portero de hockey que olvida ponerse la máscara antes del partido. Al comprender el destrozo, Eva, con ayuda de los cuchillos de cocina, desmontó la vieja cerradura hasta la medianoche, y por la mañana salió a comprar una nueva. Los cuchillos, claro, también necesitaban cambio. Como los tenedores, cucharas, mantel, tablas de cortar y salvamanteles. Y las cortinas, ya puestos. El domingo, a mediodía, llamó Dimitri diciendo que la reunión se alargaría unos días más. —Me alegraré si le das un poco de calor y comodidad a mi piso —sonrió por teléfono, cuando Eva le confesó que había tomado algunas libertades con la decoración. El confort ya había llegado en camiones, y lo distribuía Eva con planos y documentación técnica. Todos esos años acumulados en el interior de una mujer sola, y ahora que tenía vía libre, era imposible parar. Al regreso de Dimitri sólo quedaba en el piso una araña junto a la ventilación. Eva pensó en echarla, pero al ver sus ocho ojos aturdidos por los cambios, decidió dejar al pobre animal, símbolo de respeto por lo ajeno. A partir de entonces la casa de Dimitri parecía la de alguien felizmente casado desde hace ocho años, después desencantado y, por último, feliz de nuevo, pero ya a su manera. Eva no sólo transformó el piso, sino que logró que todo el portal supiera que era la nueva dueña y que cualquier asunto podría dirigírsele a ella. Todavía no llevaba alianza, pero eso era mera cuestión de tiempo. Al principio, los vecinos recelaron, y después sólo se encogían de hombros: «Como diga, nos da igual, es cosa suya». *** El día del regreso de Dimitri, Eva preparó una cena especial, embutió sus aún firmes encantos en un vestido elegante y algo atrevido, dispuso velitas por la casa y, tras atenuar las luces nuevas, se puso a esperar. Dimitri tardaba. Cuando Eva notó que el vestido le apretaba justo en la zona por la que llevaba meses sudando en el gimnasio, oyó una llave en la cerradura. —Es nueva, sólo empújala, está abierta –respondió Eva, un poco nerviosa pero insinuante. El juicio ajeno no le preocupaba; había hecho tan buen trabajo en el piso, que todo se le perdonaría. Justo cuando la puerta se abrió, Eva recibió un SMS de Dimitri: «¿Dónde estás? Yo en casa. Todo como siempre, ni rastro de maquillaje por todas partes, como me advertían mis amigos». Eso, sin embargo, lo leyó Eva mucho después. Porque en ese momento entraron cinco desconocidos: dos jóvenes, dos niños y un anciano, que al ver a Eva, se irguió y se arregló lo que quedaba de pelo. —Vaya recibimiento, papá, así da gusto. ¿Para qué quieres irte al balneario con todo incluido aquí en casa? —dijo el joven, recibiendo un codazo de su mujer por mirar mucho. Eva se quedó paralizada en el quicio, dos copas en las manos, sin poder moverse. Quiso gritar, pero la parálisis se lo impedía. En la esquina, la araña soltó una risita jubilosa. —Disculpe, ¿quién es usted? —chisporroteó Eva. —El dueño del refugio. ¿Usted viene de la consulta, a hacerme la cura? Dije que me las arreglo solo —contestó el anciano, fijándose en el uniforme de enfermera de Eva. —Mmm, sí, Adam Mateo, aquí reina el confort y la bendición —intervino la esposa del joven—. Esto ya es otra cosa, antes vivíais como en un panteón. ¿Y usted, cómo se llama? ¿No es mayor nuestro Adam Mateo para usted? Bueno, aunque hombre serio, con casa propia… —E-ev-a… —¡Vaya! Adam Mateo, sí que sabe escoger gente, nada que objetar. El abuelo, por sus ojos brillantes, parecía encantado con el giro de los acontecimientos. —¿Dónde está Dimitri? —susurró Eva. De los nervios, se bebió de un trago las dos copas. Saber más —¡Yo soy Dimitri! —gritó contento el niño de unos ocho años. —Espera, aún no es momento —corrigió su madre, mandando a los pequeños y a su marido al coche. —Pe-perdón, creo que me equivoqué de piso —reaccionó por fin Eva, recordando el calvario con la cerradura—. ¿Esto es la calle Malva, dieciocho, piso veintiséis? —No, es la calle Bucovina, dieciocho —respondió el abuelo, listo para desempaquetar su regalo inesperado. —Claro, —suspiró Eva—, me equivoqué. Pues sírvanse a gusto, yo me retiro un momento, tengo que hacer una llamada. Agarró el móvil y se encerró en el baño, rodeada de toallas. Allí leyó el SMS de Dimitri. «Dimitri, enseguida voy, sólo me he entretenido en la tienda», tecleó Eva. «Perfecto, te espero. Si puedes, trae una botella de tinto», dejó grabado Dimitri. Eva pensaba llevar el tinto, pero ya lo llevaba dentro. Agarró la alfombra, la cortina, esperó a que los huéspedes fueran a la cocina y salió disparada del baño. Recogió todo de prisa en una bolsa y se largó del piso. *** —Ya te lo contaré luego —se justificó Eva, cuando el joven le abrió la puerta. Aturdida, pasó de largo y fue directa al baño, puso la cortina y la alfombrilla, y luego cayó rendida en el sofá hasta que se le pasó el susto y el tinto. Al despertar, un joven desconocido la esperaba, pidiendo explicaciones. —¿Me puede decir, qué dirección es esta…? —Es Butova, dieciocho.

Vaya, papá, te están esperando como si fueras una celebridad. ¿Y para qué querías ese balneario si en casa tienes el todo incluido?

Cuando Daniel le entregó las llaves de su piso a Inés, ella supo que había conquistado su Bastilla. Ningún DiCaprio esperó el Óscar con tantas ganas como Inés aguardaba por su Daniel, que además venía con su propio refugio.

Desencantada a los treinta y cinco, Inés cada vez lanzaba miradas comprensivas a los gatos callejeros y a los escaparates de Todo para manualidades.

Ahí estaba élsoltero, que había gastado su juventud en la carrera profesional, la dieta saludable, el gimnasio y otras tonterías como buscarse a sí mismo en el mundo, y, encima, sin hijos.

Inés llevaba deseando ese regalo desde los veinte, y parecía que allá arriba por fin entendieron que ella no bromeaba.

Es mi último viaje de trabajo este año, y después soy todo tuyo le dijo Daniel, entregándole las esperadas llaves. No te asustes por mi guarida. Solo suelo aparecer por casa para dormir añadió antes de embarcarse hacia otro huso horario todo el fin de semana.

Inés preparó el cepillo de dientes, su crema, y se fue a ver qué era esa guarida. El primer problema llegó al entrar. Daniel le había advertido que la cerradura era caprichosa, pero ella no pensó que tanto.

Durante cuarenta minutos atacó la puerta: empujando, tirando, metiendo la llave hasta el final, intentando con delicadeza, pero la puerta claramente no quería abrirse al nuevo habitante.

Inés empezó a presionar psicológicamente, como le enseñaron sus compañeros de escuela detrás de los garajes. Con el ruido se abrió la puerta de la vecina.

¿Por qué intenta entrar en un piso ajeno? la increpó una voz de mujer preocupada.

No estoy entrando a la fuerza, tengo las llaves respondió enfadada Inés, limpiándose el sudor de la frente.

¿Y usted quién es? No la había visto nunca insistió la vecina, cotilleando.

¡Soy su novia! proclamó Inés, desafiante, con las manos en las caderas, aunque solo vio el ojo que la espiaba por la rendija.

¿Usted? la mujer se sorprendió de verdad.

Sí. ¿Algún problema?

No, ninguno. Es que nunca trae a nadie, y mira, de repente…

¿De repente qué? preguntó Inés, sin entender.

Bueno, no es asunto mío. Disculpe cerró la vecina.

Entendiendo que o era ahora o nunca, Inés metió la llave con todo el deseo de entrar en aquel refugio de soltero, a punto de girar el marco entero. Al fin, la puerta cedió.

Todo el universo interior de Daniel se mostró ante ella y su alma se cubrió de escarcha. Claro que a una persona joven y sola se le permite cierto ascetismo, pero aquello era una celda de monje.

Pobre, tu corazón hace tiempo que olvidó, o quizá nunca supo, lo que significa la calidez de un hogar susurró Inés recorriendo el modesto piso donde le tocaría hacer vida.

Por otro lado, la alegría de Inés era evidente. La vecina no mintió: ninguna mano femenina había tocado esas paredes, ese suelo, esa cocina, esas ventanas grises. Era la primera.

Incapaz de soportarlo, se calzó y salió corriendo a la tienda más cercana por una cortina bonita y una alfombrilla para el baño, y ya que estaba, manoplas y paños para la cocina.

En la tienda, la tentación se desbordó Al conjunto se sumaron ambientadores, jabones artesanales, y suficientes cajas para organizar su cosmética.

Añadir estos detalles a un piso ajeno no es descaro, se tranquilizaba Inés mientras colgaba un segundo carrito junto al primero.

La cerradura ya no le hacía resistencia. De hecho, dejó de cumplir su función y se parecía a un portero de hockey olvidado del casco.

Al darse cuenta del estropicio, Inés estuvo hasta medianoche desatornillando el viejo cerrojo con cuchillos de cocina, y al día siguiente salió disparada a buscar uno nuevo. Los cuchillos, por supuesto, también había que renovar. Y también los tenedores, cucharillas, manteles, tablas de cortar y soportes para el calor. Pronto, hasta las cortinas parecían al alcance de la mano.

El domingo a mediodía, Daniel llamó para decir que debía alargar el viaje un par de días más.

Me encantará que aportes algo de calidez y hogar a mi piso sonreía en el teléfono cuando Inés confesó que se había atrevido con algunas licencias de decoración.

De hecho, Inés había invadido el piso con hogar en camiones, todo perfectamente distribuido. Años acumulándolo dentro de una mujer solitaria, imposible de contener ahora que la libertad le sonreía.

Para cuando Daniel regresaba, solo quedaba una araña cerca del respiradero. Inés pensó en echarla, pero al ver sus ocho ojos abrumados por el cambio, decidió dejarla como muestra de respeto por la propiedad ajena.

El piso parecía ahora de alguien que llevaba ocho años felizmente casado, luego decepcionado, luego feliz otra vezpero por rebeldía.

Inés no solo redecoró la casa, también se aseguró de que todo el portal supiera que ella era la nueva señora y que podían dirigirle cualquier asunto. Aún no tenía anillo, pero eso era solo un detalle.

Al principio, los vecinos la miraban con recelo. Después se encogían de hombros: Lo que tú digas, no es problema nuestro.

***
El día del regreso de Daniel, Inés preparó una auténtica cena casera, se enfundó sus todavía firmes curvas en un vestido llamativo y, tras colocar incienso y bajar las luces nuevas, se dispuso a esperar.

Daniel tardaba. Cuando Inés empezó a notar cómo el vestido le apretaba justo donde más había trabajado en el gimnasio, oyó una llave en la cerradura.

Es nueva, ¡empuja, no está cerrada! respondió Inés, entre nerviosa y seductora. No temía el juicio ajeno. Había trabajado duro en el piso. Se lo perdonarían.

Justo entonces, le llegó un SMS de Daniel: ¿Dónde estás? Yo en casa. Veo que el piso está igual. Mis amigos decían que lo dejarías lleno de cosméticos.

Aunque vio el mensaje más tarde. Por ahora, en el piso entraron cinco desconocidos: dos jóvenes, dos niños de primaria y un anciano que, al ver a Inés, se irguió y alisó el poco pelo que le quedaba.

Vaya, papá, sí que te reciben. ¿Para qué querías ese balneario si aquí tienes el todo incluido? bromeó uno de los jóvenes, recibiendo enseguida un codazo de su mujer.

Inés quedó parada en el umbral con dos copas llenas, incapaz de moverse. Quiso gritar, pero no podía superar el shock.

Desde un rincón, la araña parecía reír.

Disculpe, ¿quién es usted? preguntó Inés.

El dueño del refugio. ¿Usted es de la clínica, viene a hacerme una cura? Ya dije que podía hacerlo solo contestó el señor mayor, observando el uniforme de enfermera que llevaba Inés.

Eh… Sí, Adán Martínez, aquí se respira hogar y sosiego intervino la esposa del joven, mirando detrás de Inés. Esto sí que es diferente, antes parecía un panteón. ¿Y usted, cómo se llama? ¿No será muy mayor nuestro Adán para usted? Aunque la casa es suya

I-i-i… Inés…

¡Anda! Bien escogidos los auxiliares, Adán, desde luego.

Con los ojos brillantes, el abuelo también parecía feliz con la confusión.

¿Dónde está Daniel? susurró Inés, y de un trago vació ambas copas.

¡Yo soy Daniel! levantó la mano un niño de ocho años.

Espera, todavía eres joven para eso su madre apartó la mano y mandó a toda la familia fuera, al coche.

P-p-p-perdón, creo que me he equivocado de piso empezó a reaccionar Inés, recordando el lío de las llaves. Esto es Calle Lirio, dieciocho, piso veintiséis, ¿no?

No, esto es Calle Roble, dieciocho respondió el abuelo, frotándose las manos, listo para abrir su inesperado regalo.

Ya veo… dijo Inés, trágica. Me he confundido. Pasen, acomódense, yo tengo que hacer una llamada.

Cogió el móvil y se refugió en el baño, cerrando la puerta con el albornoz. Ahí leyó el mensaje de Daniel.

Daniel, llego enseguida, estaba en la tienda, contestó Inés.

Vale, te espero. Si puedes, trae una botella de tinto, pidió Daniel por mensaje de voz.

Inés pensaba llevar tinto, pero ya lo llevaba dentro. Cogió la alfombra y la cortina, aguardó a que los intrusos fueran a la cocina y escapó del baño.

A toda prisa metió sus cosas en una bolsa y se largó del piso.

***
Te lo contaré, pero luego explicó Inés al joven cuando le abrió la puerta.

Casi flotando, pasó de largo sin mirar. Fue directa al baño, cambió la cortina, puso la alfombra, y luego al salón, donde cayó rendida en el sofá hasta la mañana siguiente, esperando a que el estrés y el vino se evaporasen.

Al despertar, Inés vio a un hombre joven desconocido esperando explicaciones.

Disculpe, ¿qué dirección es esta?

Calle Buitrago, dieciochoInés dudó apenas un instante, respiró hondo y sonrió. Se sentía más ligera, como si por fin hubiera conquistado algo más importante que cualquier piso: una especie de Bastilla interior.

Me equivoqué de mundo ayer, pero ya estoy aquí dijo, con el aplomo de quien ha cruzado mil umbrales y aprendido a vivir en los errores.

El joven la miró, mitad confundido, mitad divertido.

Bienvenida contestó, haciéndole un sitio en la mesa del desayuno improvisado. ¿Café?

Inés aceptó. Mientras el aroma llenaba el aire, pensó en la vecina cotilla, en la familia inesperada, en la araña que seguro seguía celebrando; pensó en su vida hasta aquel instante, hecha de estrenos accidentales en escenarios ajenos y de duros combates con cerraduras testarudas.

Cuando Daniel entró, cargando una botella de tinto y unas flores pálidas, halló a Inés riendo con el desconocido sobre la absurda odisea de pisos y cortinas equivocadas. Daniel la observó un momento, comprendiendo que, de algún modo, su refugio era ahora otro: no solo el propio, sino el que construían juntos, día a día, a pesar de confusiones y conquistas.

La vida, pensó Inés, era eso: entrar por la puerta equivocada, redecorar lo ajeno, y nunca olvidar dejar un poco de lugar para la sorpresa y la risa; para la araña, para los vecinos, para el futuro.

Alzaron las tres tazas: por los nuevos comienzos, por los errores felices, por el hogar que, por fin, tenía llave propia y nombre compartido.

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Vaya recibimiento, papá, te están esperando. ¿Y para qué necesitabas ese balneario, teniendo en casa un «todo incluido»? Cuando Dimitri le entregó las llaves de su piso, Eva supo que había conquistado su Bastilla. Ningún Di Caprio había esperado tanto el Óscar como Eva aguardó a su Dimitri, y además con refugio propio. Desencantada, a sus treinta y cinco años, Eva lanzaba cada vez más miradas cómplices a los gatos de la calle y a los escaparates de “Todo para manualidades”. Y entonces aparece él: soltero, tras malgastar su juventud en la carrera profesional, la comida sana, el gimnasio y otras trivialidades como buscarse a sí mismo en este mundo… y además sin hijos. Eva llevaba soñando con ese regalo desde los veinte, y al parecer, en el cielo por fin se dieron cuenta de que no hablaba en broma. —Este es mi último viaje de negocios del año, y luego estaré sólo para ti —le dijo Dimitri, entregándole las codiciadas llaves—. No te asustes de mi guarida, normalmente sólo vengo para dormir —añadió, antes de volar a otro huso horario todo el fin de semana. Eva cogió el cepillo de dientes, la crema y se fue a ver qué clase de guarida era aquella. Los problemas empezaron ya en la entrada. Dimitri avisó que la cerradura a veces se atrancaba, pero Eva nunca pensó que tanto. Estuvo nada menos que cuarenta minutos a la carga: empujando, tirando, introduciendo la llave del todo, haciendo palanca con educación, pero la puerta se negaba a ceder ante su nueva inquilina. Entonces decidió atacar psicológicamente, como le enseñaron en el colegio sus compañeros tras los garajes. La vecina abrió la puerta, alarmada por el escándalo. —¿Por qué está forzando una puerta ajena? —le preguntó, con voz de preocupación. —No estoy forzando, tengo las llaves —replicó Eva, sudando a mares. —¿Y quién es usted?, que no la había visto antes —siguió indagando la vecina. —¡Soy su novia! —exclamó Eva, que se plantó desafiante en el marco, manos en la cintura. Sólo vio una rendija desde la que la mujer le respondía. —¿Usted? —La vecina se mostró asombrada. —Sí, ¿algún problema? —No, ninguno. Sólo que jamás ha traído a nadie aquí –(en ese momento Eva sintió más cariño aún por Dimitri)– y ahora aparece usted así… —¿Así como? —Bueno, no es asunto mío. Disculpe —cerró la puerta la vecina. Eva comprendió que o abría ella, o se quedaba fuera; metió la llave y la giró con todas sus ganas de entrar en aquel refugio, al borde de arrancar el marco. La puerta cedió. Todo el universo interior de Dimitri apareció ante ella, y a Eva se le heló el alma. Se entiende que un joven soltero tienda al ascetismo, pero aquello parecía una celda monástica. —Ay pobre, tu corazón hace tiempo que olvidó —o quizás nunca supo— lo que es el calor del hogar —susurró Eva, mientras repasaba el modesto apartamento donde iba a pasar cada vez más tiempo. Por otro lado, respiró aliviada. La vecina no mentía: ninguna mano femenina había tocado esas paredes, ese suelo, esa cocina y esas ventanas grises. Eva era la primera. No pudiendo aguantar, se calzó y salió corriendo a comprar una cortina bonita, una alfombrilla para el baño, agarradores y paños de cocina. En la tienda, se le vino encima… junto a la alfombrilla y la cortina se sumaron ambientadores, jabones artesanales, y prácticas cajas para cosméticos. «Añadir estos detalles a casa ajena no es ningún atrevimiento» —se repetía Eva, uniendo una segunda cesta a la primera. La cerradura ya no se resistía. De hecho, dejó de funcionar, como un portero de hockey que olvida ponerse la máscara antes del partido. Al comprender el destrozo, Eva, con ayuda de los cuchillos de cocina, desmontó la vieja cerradura hasta la medianoche, y por la mañana salió a comprar una nueva. Los cuchillos, claro, también necesitaban cambio. Como los tenedores, cucharas, mantel, tablas de cortar y salvamanteles. Y las cortinas, ya puestos. El domingo, a mediodía, llamó Dimitri diciendo que la reunión se alargaría unos días más. —Me alegraré si le das un poco de calor y comodidad a mi piso —sonrió por teléfono, cuando Eva le confesó que había tomado algunas libertades con la decoración. El confort ya había llegado en camiones, y lo distribuía Eva con planos y documentación técnica. Todos esos años acumulados en el interior de una mujer sola, y ahora que tenía vía libre, era imposible parar. Al regreso de Dimitri sólo quedaba en el piso una araña junto a la ventilación. Eva pensó en echarla, pero al ver sus ocho ojos aturdidos por los cambios, decidió dejar al pobre animal, símbolo de respeto por lo ajeno. A partir de entonces la casa de Dimitri parecía la de alguien felizmente casado desde hace ocho años, después desencantado y, por último, feliz de nuevo, pero ya a su manera. Eva no sólo transformó el piso, sino que logró que todo el portal supiera que era la nueva dueña y que cualquier asunto podría dirigírsele a ella. Todavía no llevaba alianza, pero eso era mera cuestión de tiempo. Al principio, los vecinos recelaron, y después sólo se encogían de hombros: «Como diga, nos da igual, es cosa suya». *** El día del regreso de Dimitri, Eva preparó una cena especial, embutió sus aún firmes encantos en un vestido elegante y algo atrevido, dispuso velitas por la casa y, tras atenuar las luces nuevas, se puso a esperar. Dimitri tardaba. Cuando Eva notó que el vestido le apretaba justo en la zona por la que llevaba meses sudando en el gimnasio, oyó una llave en la cerradura. —Es nueva, sólo empújala, está abierta –respondió Eva, un poco nerviosa pero insinuante. El juicio ajeno no le preocupaba; había hecho tan buen trabajo en el piso, que todo se le perdonaría. Justo cuando la puerta se abrió, Eva recibió un SMS de Dimitri: «¿Dónde estás? Yo en casa. Todo como siempre, ni rastro de maquillaje por todas partes, como me advertían mis amigos». Eso, sin embargo, lo leyó Eva mucho después. Porque en ese momento entraron cinco desconocidos: dos jóvenes, dos niños y un anciano, que al ver a Eva, se irguió y se arregló lo que quedaba de pelo. —Vaya recibimiento, papá, así da gusto. ¿Para qué quieres irte al balneario con todo incluido aquí en casa? —dijo el joven, recibiendo un codazo de su mujer por mirar mucho. Eva se quedó paralizada en el quicio, dos copas en las manos, sin poder moverse. Quiso gritar, pero la parálisis se lo impedía. En la esquina, la araña soltó una risita jubilosa. —Disculpe, ¿quién es usted? —chisporroteó Eva. —El dueño del refugio. ¿Usted viene de la consulta, a hacerme la cura? Dije que me las arreglo solo —contestó el anciano, fijándose en el uniforme de enfermera de Eva. —Mmm, sí, Adam Mateo, aquí reina el confort y la bendición —intervino la esposa del joven—. Esto ya es otra cosa, antes vivíais como en un panteón. ¿Y usted, cómo se llama? ¿No es mayor nuestro Adam Mateo para usted? Bueno, aunque hombre serio, con casa propia… —E-ev-a… —¡Vaya! Adam Mateo, sí que sabe escoger gente, nada que objetar. El abuelo, por sus ojos brillantes, parecía encantado con el giro de los acontecimientos. —¿Dónde está Dimitri? —susurró Eva. De los nervios, se bebió de un trago las dos copas. Saber más —¡Yo soy Dimitri! —gritó contento el niño de unos ocho años. —Espera, aún no es momento —corrigió su madre, mandando a los pequeños y a su marido al coche. —Pe-perdón, creo que me equivoqué de piso —reaccionó por fin Eva, recordando el calvario con la cerradura—. ¿Esto es la calle Malva, dieciocho, piso veintiséis? —No, es la calle Bucovina, dieciocho —respondió el abuelo, listo para desempaquetar su regalo inesperado. —Claro, —suspiró Eva—, me equivoqué. Pues sírvanse a gusto, yo me retiro un momento, tengo que hacer una llamada. Agarró el móvil y se encerró en el baño, rodeada de toallas. Allí leyó el SMS de Dimitri. «Dimitri, enseguida voy, sólo me he entretenido en la tienda», tecleó Eva. «Perfecto, te espero. Si puedes, trae una botella de tinto», dejó grabado Dimitri. Eva pensaba llevar el tinto, pero ya lo llevaba dentro. Agarró la alfombra, la cortina, esperó a que los huéspedes fueran a la cocina y salió disparada del baño. Recogió todo de prisa en una bolsa y se largó del piso. *** —Ya te lo contaré luego —se justificó Eva, cuando el joven le abrió la puerta. Aturdida, pasó de largo y fue directa al baño, puso la cortina y la alfombrilla, y luego cayó rendida en el sofá hasta que se le pasó el susto y el tinto. Al despertar, un joven desconocido la esperaba, pidiendo explicaciones. —¿Me puede decir, qué dirección es esta…? —Es Butova, dieciocho.
La felicidad del viejo piso comunalEn la terraza, los vecinos improvisaron una fiesta de recuerdos, compartiendo risas y recetas que habían pasado de generación en generación.