El jardín de mi padre Lo de que habían vendido el jardín con papá, Olga lo supo de golpe, completamente por casualidad. Por teléfono, cuando llamó desde el telégrafo a su madre en otra ciudad. Esas cosas parecen imposibles, ocurren solo en las películas. Cuando te conviertes en el tercero inesperado en una conversación, o mejor dicho, simplemente escuchas cómo hablan dos personas. Un error raro y cósmico, o quizás una jugarreta, la telefonista conectó sin querer a un tercer oyente con otros dos abonados. Dos ciudades, dos voces que comparten durante esos minutos pagados la noticia más importante: ya no hay jardín, lo vendieron muy bien y ahora se puede… bueno, muchas cosas, incluso ayudarle un poco a ella, a Olga, con dinero. La madre de Olga y su hermana Irina, voces familiares hasta el dolor, a ciento veinte kilómetros de distancia, las vibraciones de sus palabras transformadas en señales eléctricas, viajando por cables. La física siempre fue difícil para Olga, su padre la obligaba a estudiar. *** — Papá, ¿por qué el sol de septiembre es así? — ¿Así cómo, Olguita? — No sé… Me cuesta explicarlo, pero la luz es diferente, más suave quizás. Hace sol, pero no como en agosto. — Hay que estudiar física, ¡la posición de los astros en septiembre es distinta! ¡Atrapa la manzana! — papá se ríe y lanza a Olga una manzana enorme, algo achatada. Reluciente, roja, fragante a miel. — ¿Reineta? — ¡No, qué va, aún no han madurado! Es una de rayas canela. Olga muerde con ganas, la boca se llena de espuma blanca y dulce que absorbe el verano y la savia de la tierra. Las variedades de manzanas, como la física, Olga las dominaba poco. Y ese era el problema del día: porque Olga Sokolova, estudiante de tercero de la ESO, llevaba enamorada desde hacía dos años de su profesor de física. El mundo se abría solo para él, el universo giraba sobre su eje, pero las leyes físicas, la materia y el espacio no cabían en los renglones del cuaderno escolar. Su padre lo entendía todo, solo por sus ojos ausentes y su apetito perdido. El año anterior lo contó, lloró toda la noche sentada en sus rodillas como una niña pequeña. Mamá no estaba en casa, descansaba en el balneario. La hermana mayor, doce años mayor, estudiaba en otra ciudad. En el jardín papá era feliz, siempre silbaba melodías, muy musicales. Pero en casa nunca lo hacía. Allí la protagonista era mamá, también la hermana cuando venía. Mamá era una mujer preciosa, jefa de la biblioteca militar, alta, elegante, imponente, con melena cobriza y rizada que teñía con henna. De vez en cuando salía del baño con un enorme turbante, olía a hierbas y lluvia. Su belleza llamaba la atención. Papá era más bajo, diez años mayor, bastante discreto. Era lo que mamá comentaba a la hermana, pero Olga lo oyó y le dolió. — Sasha es discreto. Pero los hombres no tienen que ser guapos. Discreto al lado del pelo de mamá brillando al sol, las discusiones, los platos rotos y el carácter indomable. Mamá amaba el orden y la comodidad. Pero en casa había que convivir con los “soldaditos”, como llamaba papá a sus antiguos compañeros, a veces dormían en el suelo del salón de paso. Mientras papá servía en el ejército, ellos venían a casa; unos de paso, otros buscando trabajo. Soldaditos de papá. En 1960, cayó en la gran reducción de la armada por el Plan de Khrushchev: “un millón trescientos mil soldados y oficiales”. Lo despidieron siendo mayor. Luego trabajó de jefe mecánico en el telégrafo de la ciudad. Los “soldaditos” ayudaron a papá a construir el jardín, vinieron a cavar, uno por uno y gratis. El casita, una habitación y el porche; en el tejado, Olga leía en verano. Papá le subía una taza de grosellas, cerezas o fresas. El paraíso. Mamá odiaba el jardín, venía poco, cuidaba sus manos. Perfectas, con uñas bonitas. Olga las admiraba, papá les daba besos. — Esas manos son para entregar libros, no para cavar la tierra — decía riendo, y le guiñaba el ojo a Olga… *** Las primeras gotas de lluvia de septiembre repiquetean sobre el tejado del porche. Golpean, se arremolinan alegres, nada que ver con la tristeza otoñal. Olga cierra el libro. — Olya, baja, mamá va a venir con Irina, hay que preparar la comida — la voz de papá suena extrañamente clara en el jardín. Pero Olga sigue ahí, levanta la cabeza, el cielo es gris y abultado, nada amenazador. Le llueve la cara. Se abraza para entrar en calor. Solo ahí, en el tejado, cerca del cielo y lejos de la tierra, entre todas las parcelas vecinas, unos rayos de sol atraviesan las nubes. Olvidada la física y sus leyes, en la facultad de periodismo de otro sitio hay otras reglas. A Olga la alojaron enseguida en la residencia universitaria. Pero la primera semana de septiembre vivió en un piso compartido con la dueña, otra habitación la ocupaban estudiantes. Las clases eran un salto a la literatura, el idioma. Profesores admirados por todo el grupo, carisma y magnetismo. Después, la angustia del hogar, aún sin amigos. Comía en la cafetería; paseaba hasta noche por las calles. La belleza del gran ciudad le era ajena, extraña. Y sentía frío y soledad. Tanto, que no parecía ella bajando por la calle empinada de la avenida de los Metalúrgicos cerca del campus, hacia su nuevo hogar, oyendo los perros, tropezando y haciéndose daño en los zapatos nuevos. En la cocina olía a manzanas, papá las llevaba para la casera como agradecimiento. Ese olor, dulce y algo mohoso, le traía lágrimas que recorrían el alma agitada y aprisionada. Al instalarse en la residencia, supo que sus compañeras eran estudiantes de la República Democrática Alemana: Viola, Magi, Marion. El alemán le rompía la cabeza al final del día, así que salía al patio a respirar. En las escaleras, se fumaba. Las alemanas le pedían tabaco y siempre pagaban luego, a diferencia de las españolas que se sorprendían. Ellas, a su vez, probaban los encurtidos de mamá, les encantaban los tomates con patatas fritas. Y cuando Olga se quedaba sin víveres, sacaban unos embutidos que ni soñaba, aunque no compartían. Al acabar el curso en mayo, se marchaban a Alemania, dejando pilas de botas de invierno junto a la basura que compraban pensando en los inviernos rusos. ¡Botas alemanas! Las españolas las cogían a escondidas… *** — Olguita, pica la col, yo mientras desentierro la zanahoria. El caldo está listo. Las ventanas de la pequeña cocina se empañan por el largo hervor del caldo. Una col enorme se deshoja en encaje verde claro sobre la tabla. Olga arranca una hoja y la saborea. Lo que sale de la tierra sabe mejor. Pica con ánimo, la col huele dulce. Abre la ventana, deja entrar el olor a hojas caídas, leña y manzanas. Ve a papá de espaldas, la azada le pesa; Olga sabe que le duele la espalda. Tira el cuchillo, sale al huerto, le abraza por detrás. Él se gira, la recoge en silencio, besa su coronilla. Aquella tarde la hermana Irina llegó sola; a mamá le dolía la cabeza y se quedó en casa. *** Quedaron atrás la universidad, un matrimonio de estudiantes, el primer empleo en el periódico “El Innovador” de la fábrica de aviones, el primer infarto de papá, el nacimiento de una hija, hasta el divorcio. Fueron cinco años de todo. El marido de Olga se fue con otra, ella vivía con Marisa, su hija de dos años, en un piso de alquiler. Papá venía cada quince días el fin de semana. Traía comida, jugaba con la nieta. — Olya, no te enfades con mamá si no viene tanto como yo, ¿vale? Se marea mucho en el viaje… Y creo que tiene un amigo… — ¡Papá, qué dices! ¿A vuestra edad un amigo? Papá se ríe, pero es una risa amarga. Calla. De pronto Olga se da cuenta de que está completamente canoso y apagado. Ni silba ya. — Papá, ¿y si me cojo vacaciones desde el lunes? ¿Vamos al jardín, mientras aún hace bueno, los tres, con Marisa? *** El jardín estaba cubierto de hojas, la última semana cálida de octubre, veranillo de San Miguel. Encendieron la estufa, hicieron té con hojas de grosella. Olga cocinó tortitas de patata. Papá barría las hojas, Marisa ayudaba hasta que las tiraba y reía. El aceite chirriaba. Desde el fondo del huerto llegaban los silbidos de papá. Al anochecer hicieron una hoguera. La calle vacía, los jardines vecinales desiertos. Papá ensartaba pan en varas de cerezo, ayudaba a Marisa a tostarlos. Olga calentaba las manos; el fuego siempre la hipnotizaba. Recordó sus primeros campamentos en Kazajistán, guitarras, la mezcla de enamoramiento por la noche estrellada, el silencio brutal de la estepa, los acordes desafinados, los rostros. Al fuego, las caras son distintas, cada una con su misterio y hondura. Allí conoció a su futuro marido. Esa semana en el trabajo la llamaron al comité del partido para considerar su entrada en el Partido Comunista. Estudió los estatutos, los materiales del congreso. De repente, llegaron preguntas sobre el divorcio y la “falta de estabilidad moral”. Balbuceó casi llorando. Un compañero la defendió: — ¡Esta reunión es de groseros, no de comunistas! Años después le resultaría ridículo recordar… Al apagar la hoguera, llegó un coche a la puerta. Sonó la puerta. ¡Mamá! Guapa, con un abrigo llamativo y moderno, dijo que un compañero le había dado el viaje del trabajo. Marisa corrió a la abuela, papá se enfadó, besó a mamá de modo torpe. — ¿Quién es ese compañero? — Sash, qué más da, solo me ha traído. No le conoces… Cenando no charlaron mucho, Marisa estaba inquieta. Mama preguntaba por el trabajo de Olga pero pensaba en otra cosa. Papá miraba fijo a mamá, fruncía el ceño, los hombros caían. La velada se torció… *** Al año siguiente, papá falleció. Infarto grande, se fue en dos días a principios de octubre, cálido y soleado. Después del funeral Olga se tomó vacaciones para vivir en el jardín. Marisa se quedó con la abuela. Todo se le caía de las manos. La cosecha de manzanas fue enorme. Olga regalaba cubos a los vecinos, hacía mermelada con menta y canela como le gustaba a papá. Vino a ayudar un buen amigo, compañero de papá; siempre iban juntos al vivero de Michurinsk por plantones. — Me quedo unos días, Olguita, remuevo el huerto, podo los árboles, ¿te parece? — Don Iván, ¡por favor…! ¡Gracias! Del “Olguita” de papá le vienen las lágrimas y, de pronto, siente la tristeza total, la orfandad irremediable. Hasta ahora esperaba que papá volvería, que todo era una pesadilla. Los primeros días tras su muerte, al despertar no comprendía por qué todo era tan angustiosamente doloroso. Apenas unos segundos, la verdad aparece y como una ola negra vuelve la idea: papá ya no está. Pero luego llega la culpa, por no haberle retenido aquí. — No vendas el jardín, yo voy a venir, a ayudar. ¿Sabes, Olga? Esta antonovka la elegimos juntos, eras cría todavía. En el camino a Michurinsk, Sasha hablaba más de ti que de tu hermana. Eres la pequeña, divertida. Decía que los árboles le sobrevivirían a él. Con los plantones era muy cuidadoso, yo siempre lo apuraba… Iván se quedó tres días, removió la tierra, podó los manzanos, abonó, plantó tres matas de crisantemos amarillos delante de la puerta con permiso de Olga. — Mejor haberlos puesto antes, pero el otoño va templado, ¡agarrarán! En memoria de Sasha… Las rosas hay que taparlas aún, quitar las hojas, pero ya en la próxima visita. Se despidieron abrazados. Llovía. Olga se quedó tiempo mirando a Iván alejarse. Él se giró, levantó la mano, “vete a casa”. La lluvia arreció, golpeó el tejado con más fuerza, desgarrando el silencio. De golpe, el viento cerró la puerta con un quejido. El umbral se cubrió de pétalos amarillos de crisantemo. Todo ahí era de papá y siempre lo será: la lluvia, los árboles, los aromas de otoño, la tierra. Así que él estará cerca, siempre. Y ella, Olga, aprenderá todo. Irá con Marisa hasta las primeras heladas, solo dos horas en autobús. Y, cuando vuelva la primavera, quizás ponga calefacción. Hay que ahorrar poco a poco. En primavera, irá con Iván al vivero de Michurinsk, a buscar grosellas blancas, papá las quería… *** Medio año después, en abril, justo cuando cayó la primera nieve tardía, vendieron el jardín. Olga lo supo por casualidad, por teléfono desde una cabina del telégrafo, llamando a casa de vuelta de Michurinsk. En la cabina estrecha, en el suelo, en una bolsa donde la raíz iba envuelta en una camiseta de niño húmeda y vieja, estaba el plantón de grosella blanca.

La finca de papá

Que habían vendido la finca de la familia me enteré de repente, totalmente por casualidad. Fue por teléfono, llamando desde el antiguo locutorio a mi madre que vivía en otra ciudad. Algo que sólo ocurre en las películas: te conviertes en el tercer testigo involuntario de una conversación, más bien, escuchas cómo charlan dos personas. Una equivocación cósmica, o el capricho del destino; la telefonista cruzó las líneas y me conectó con otros dos abonados. Dos ciudades, dos voces, hablando durante esos minutos pagados de un acontecimiento importantísimo: la finca ya no existe, la vendieron bien y ahora ahora pueden hacer muchas cosas, incluso ayudarme a mí, a Julia, con algo de dinero.

Mi madre y su hermana Carmen, voces reconocibles, tan familiares, a ciento veinte kilómetros de distancia, pero transmitidas por la magia de la electricidad. La física, para mí, Julia, siempre fue un reto, papá insistía en que la estudiara.

***
Papá, ¿por qué en septiembre el sol es tan distinto?
¿Cómo, Julita?
No sé, no lo puedo explicar la luz es otra, más suave. Hace sol, pero no como en agosto.
La física hay que estudiarla, la posición de los astros es completamente distinta en septiembre. ¡Atrapa la manzana! se rió mi padre y lanzó hacia mí una manzana enorme, achatada, roja brillante, con olor a miel.

¿Es reineta? pregunté.
No, todavía no están listas. Es una variedad de rayas pardas.

Mordí la fruta, crujiente, la boca se me llenó de dulce espuma blanca, empapada del verano y del jugo de la tierra. No distinguía tipos de manzana y tampoco sabía mucho de física. Esa era la dificultad del momento: porque yo, Julia Miranda, de tercero de la ESO, llevaba dos años enamorada de mi profesor de física. El mundo se me estrechaba en torno a él, los cielos se abrían y las leyes de la materia no cabían en los márgenes de mi cuaderno. Papá lo intuía, lo veía en mis ojos ausentes y mi poco apetito. El año pasado se lo conté, lloré toda la noche en su regazo, como una niña. Mamá no estaba; descansaba en el balneario. Mi hermana Carmen, doce años mayor, estudiaba en otra ciudad.

En la finca, papá era otro, silbaba melodías todo el día, le brotaba la alegría; en casa nunca lo hacía. Allí reinaban mamá y Carmen, cuando venía. Mamá era bellísima, encargada de la biblioteca militar, alta, elegante, de carácter fuerte. Su pelo rizado teñido de henna se recogía en un gran turbante cuando salía del baño, oliendo a hierba y a lluvia. Era imposible no admirarla. Papá, por el contrario, era de baja estatura, casi diez años mayor que mamá, rostro discreto. Luis, el discreto, así se lo oyó decir a mamá a Carmen, lo escuché, y me molesté.

Luis es discreto. Pero los hombres no tienen que ser guapos.

Discreto junto al pelo de cobre de mamá, sus gestos dramáticos y ese carácter indomable. Mamá adoraba la casa ordenada y el confort. Pero tuvo que aceptar a los soldados así los llamaba papá que a veces dormían en el pasillo de nuestro pequeño piso de dos habitaciones. Mientras papá estuvo en el ejército, venían a menudo: algunos necesitaban alojamiento, otros buscaban ayuda para encontrar trabajo. Los soldados de papá. En 1960, lo despidieron en la reducción masiva de efectivos. Tenía el rango de comandante y luego trabajó como jefe de mecánicos en el telégrafo de Valladolid. Esos soldados le ayudaron a levantar la finca. Trabajaban gratis, se turnaban, cavaban la tierra con papá. Una casita con porche, donde yo, Julia, me refugiaba a leer. Papá me alcanzaba allí cuencos con grosellas, cerezas o fresas. El mejor momento de mi vida. Mamá rara vez venía, cuidaba sus manos, preciosas, bien cuidadas, con uñas grandes. Yo las admiraba y papá las besaba.

Con esas manos sólo se deben repartir libros, no cavar tierra decía entre risas, guiñándome el ojo.

***
Las primeras gotas de septiembre repiqueteaban sobre el tejado del porche. Sonaban alegres, sin el tedio del otoño. Cerré el libro.

Julia, baja, mamá y Carmen vienen pronto, hay que preparar la comida la voz de papá sonaba distinta en la finca, más viva.

Me quedé un momento, levanté la cabeza, el cielo abultado y gris, pero no siniestro. La cara mojada por el chaparrón. Me abracé fuerte para darme calor. En el tejado, cerca del cielo, veía entre las nubes los rayos del sol atravesando. La física olvidada; en Primero de Periodismo, viviendo en una residencia universitaria lejos de casa, aprendí otras reglas.

Me alojé casi de inmediato, pero la primera semana de septiembre tuve que compartir habitación con la casera; la otra estaría ocupada por estudiantes. En clase, todo era nuevo, me sumergía en literatura y lenguaje. Profesores por los que se enamoraba la clase entera: un carisma intelectual arrollador. Pero tras las clases, la soledad apretaba, aún sin amigos.

Comía en el comedor universitario y caminaba por las calles del centro hasta anochecer. La belleza de Madrid, extraña, distante, me hacía sentir sola, verdaderamente sola. Como si no fuera yo quien bajara la Cuesta del Mediodía cerca de la facultad, quien volvía a una nueva casa, escuchando a lo lejos el ladrido de los perros, tropezando con mis zapatos nuevos y tensos.

En la cocina, el aroma a manzanas de papá, quien trajo unas cajas en muestra de gratitud a la casera. Ese olor dulce, un poco pasado, me hacía llorar; el alma se encogía, inquieta en su prisión corporal.

Cuando por fin me instalé en la residencia, mis compañeras resultaron ser estudiantes alemanas de la RDA: Viola, Magda y Marion. El alemán me martilleaba la cabeza. Salía al patio a respirar. Ellas fumaban en los escalones y me pedían cigarrillos; siempre devolvían el dinero con asombrosa educación. Les fascinaban los encurtidos de mi madre, especialmente los tomates, que devoraban con patatas fritas. Cuando se acababa mi despensa, sacaban sus embutidos, que sólo habíamos visto en sueños; pero jamás compartían. En mayo, al terminar el curso, regresaban a Alemania. Y en la cocina, junto al cubo de basura, quedaban montones de botas alemanas, compradas para los fríos madrileños; las nuestras se las repartían en secreto.

***
Julita, pica la col, yo sacaré las zanahorias; el caldo ya está listo.

Las ventanas de la pequeña cocina se empañaban con la cocción del caldo. El gran repollo se abría como encaje verde sobre la tabla. Arranqué una hoja y la probé. Todo sabe mejor directo de la tierra. Empecé a picar y la col inundó el aire de dulzor. Abrí la ventana y entró el aroma de hojas caídas, fuego y manzanas. Vi de espaldas a papá, la azada se hundía con esfuerzo, sabía que le dolía la espalda. Solté el cuchillo, corrí, lo abracé por detrás. Se volvió, me rodeó en silencio, besó mi cabeza.

Carmen llegó sola ese día; mamá tenía migraña y se quedó en casa.

***
Pasó la universidad, el matrimonio estudiantil, el trabajo en el periódico El Innovador de la fábrica aeronáutica, el primer infarto de papá, el nacimiento de mi hija y hasta el divorcio. Tanto en cinco años. Mi marido se fue con otra. Yo vivía sola con Mariana, mi hija de dos años, en un piso alquilado. Papá venía cada dos semanas, siempre los fines de semana, con comida, jugando con la nieta.

Julia, no te enfades con mamá, no viene tanto como yo El viaje la marea mucho. Y creo que tiene un pretendiente

¡Papá, qué dices! ¡A vuestra edad, un pretendiente!

Papá se rió, con una tristeza extraña. Calló. De pronto vi que estaba completamente canoso y se había apagado. Ni siquiera silbaba.

Papá, ¿y si tomo vacaciones el lunes? ¿Vamos a la finca, aprovechando el buen tiempo y vamos con Mariana?

***
La finca estaba cubierta de hojas secas, la última semana cálida de octubre, el veranillo de San Miguel. Encendimos la estufa, hicimos té con hojas de grosella negra. Yo freía tortillitas. Papá acarreaba hojasMariana ayudaba y luego las arrojaba riendo. El aceite crujía en la sartén. Se oía el silbido de papá en el fondo del huerto.

Al atardecer encendimos la hoguera. Nadie en la calle, ni vecinos en sus fincas. Papá ensartaba trozos de pan en ramas de cerezo, ayudaba a Mariana a sostenerlos sobre el fuego. Yo acercaba las manos, hipnotizada por las llamas.

Recordé mi primer campamento universitario en Extremadura, las canciones de guitarra, el vértigo de estar enamorada del propio cielo nocturno, no de nadie en particular. Solo de la noche estrellada, la acústica rota de la guitarra, las caras alrededor de la hoguera, tan distintas a plena luz. Cada rostro guardaba un misterio. Allí conocí a mi futuro marido. En el trabajo, esa semana me llamaron al comité de partido, para proponerme como militante. La noche anterior había estudiado el reglamento del PSOE, los congresos. Y de pronto me preguntaron cosas del divorcio, de quién era el culpable. Tartamudeé, casi llorando. Un compañero intervino y gritó:

¡Esto parece un comité de brutos, no de socialistas!

Años después, lo recordaré con incredulidad

Cuando oscureció apagamos la hoguera. Alguien llegó en coche y cerró la puerta de golpe. ¡Mamá! Radiante, con un abrigo de moda. Dijo que la había traído un compañero. Mariana corrió a la abuela; papá frunció el ceño y besó a mamá con torpeza.

¿Quién era el compañero?
Luis, da igual, fue sólo quien me llevó. Ni lo conoces

La cena fue tensa; Mariana se puso caprichosa. Mamá preguntaba por el trabajo pero pensaba en otra cosa. Papá miraba a mamá, enfadado, los hombros cada vez más encogidos. La noche arruinada.

***
Al año siguiente, papá falleció. Un infarto brutal, se fue en dos días al principio de octubre, con sol y calor. Tras el funeral, tomé vacaciones y me fui a la finca. Mariana se quedó con mi suegra.

Todo se me caía de las manos. Nunca hubo tantas manzanas. Yo las repartía en cubos entre los vecinos, cocía mermelada con menta y canela, como le gustaba a papá. Vino a ayudarme el amigo de papá, antiguo compañero del telégrafo, con quien iban a la huerta de Aranjuez por injertos nuevos.

Me quedaré unos días más, Julia; cavaré el huerto y podaré los árboles, si te parece bien.
Don Antonio, no hace falta ¡mil gracias!

Del “Julita” de papá brotaron lágrimas, y en ese instante sentí la punzada terrible de la orfandad, lo irreversible. Hasta entonces parecía que papá podría volver, que era sólo una pesadilla. Los primeros días, al despertar, no entendía por qué sentía ese desgarro. Un instante y caía la verdad: papá ya no estaba.

Después, la culpa de no haber podido retenerlo.

No vayas a vender la finca, yo vendré, te ayudaré; ¿sabes?, esta antoniana la escogimos juntos, eras una niña. Por la carretera a Aranjuez, Luis hablaba más de ti que de Carmen. Decía que los árboles lo sobrevivirían. Se tomaba su tiempo con los injertos, yo le apuraba, me enfadaba

Don Antonio estuvo tres días, cavó el huerto, podó los manzanos, puso abono, y plantó tres matas de crisantemos amarillos junto a la entrada.

Lo ideal sería plantar antes, pero este otoño es cálido y se arraigarán. En memoria de Luis Las rosas las taparé el próximo viaje, que hay que recoger hojas.

Nos abrazamos antes de despedirnos. Empezó a chispear. Me quedé mirando en la puerta mientras Antonio se perdía en la calle; sintió mi mirada, se giró y me hizo señas para que entrara en casa. La lluvia arrebatada repiqueteó sobre el tejado. El viento cerró la verja con un chirrido. El umbral se cubrió de pétalos de crisantemo. Todo aquí es de papá, y lo será siempre. La lluvia, los árboles, los aromas del otoño y hasta la tierra misma. Papá está en todas partes. Y yo, Julia, llegaré a saberlo todo. Volveré con Mariana hasta las primeras heladas, sólo dos horas en autobús desde Madrid. Y en primavera, en cuanto el deshielo lo permita, quizás logre instalar calefacción. Habrá que ahorrar. Iré también a Aranjuez con Antonio, a elegir grosella blanca, como quería papá

***
Medio año después, a principios de abril, con los restos del primer deshielo, vendieron la finca. Me enteré por casualidad, en una llamada desde el locutorio, cuando volvía de Aranjuez. En la cabina estrecha, sobre el suelo, en una bolsa y envuelta en una camiseta vieja y húmeda, esperaba la planta de grosella blancaMe quedé quieta, el auricular cálido temblando en mi mano, escuchando el eco de las voces por la línea cruzada. Por un instante, no supe quién era, ni qué edad tenía, ni a quién debía dar las gracias o reclamar. El mundo se había separado en dos mitades: antes de la finca y después. Salí del locutorio y la tarde caía sobre Madrid, los charcos brillaban del último chaparrón. En mi bolso pesaban las llaves de una casa que ya no era nuestra, aunque aún no lo sabía.

Volví a casa caminando despacio por las calles mojadas. Recordé a papá, la forma en que solía girarse al verme llegar al porche, siempre con alguna fruta en la mano, una sonrisa discreta y verdadera. Pensé en Mariana, en lo que podría contarle cuando fuera mayor, sobre los manzanos, sobre la luz del sol en septiembre, sobre cómo la vida es una suma de pérdidas y regalos que ni la física puede explicar.

Al llegar a casa, me serví un té, abrí la ventana y cerré los ojos. De pronto, lo sentí: el olor a tierra y manzanas seguía allí, atado a mí de una forma que nadie podría vender. Todo lo que fue la finca las manos de papá, los juegos entre los árboles, la voz cercana de mamá, las risas, las lágrimas estaba sembrado dentro de mí, creciendo como las raíces que nunca vemos.

Una marea de paz me envolvió. Comprendí que la finca no se va, ni se vende. Perdurará mientras permanezca el recuerdo, mientras cada primavera busque grosellas blancas, mientras el amor sencillo y discreto de papá se repita en cada gesto cotidiano, en cada abrazo a Mariana, en cada motivo para volver, una y otra vez, a la tierra que nos hizo familia.

Al final, me quedé en la ventana, mirando la ciudad encenderse, y supe que de alguna manera todos volvemos siempre a la finca, aunque sea sólo en sueños, aunque sólo quede el perfume de las manzanas en el aire tibio de junio.

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El jardín de mi padre Lo de que habían vendido el jardín con papá, Olga lo supo de golpe, completamente por casualidad. Por teléfono, cuando llamó desde el telégrafo a su madre en otra ciudad. Esas cosas parecen imposibles, ocurren solo en las películas. Cuando te conviertes en el tercero inesperado en una conversación, o mejor dicho, simplemente escuchas cómo hablan dos personas. Un error raro y cósmico, o quizás una jugarreta, la telefonista conectó sin querer a un tercer oyente con otros dos abonados. Dos ciudades, dos voces que comparten durante esos minutos pagados la noticia más importante: ya no hay jardín, lo vendieron muy bien y ahora se puede… bueno, muchas cosas, incluso ayudarle un poco a ella, a Olga, con dinero. La madre de Olga y su hermana Irina, voces familiares hasta el dolor, a ciento veinte kilómetros de distancia, las vibraciones de sus palabras transformadas en señales eléctricas, viajando por cables. La física siempre fue difícil para Olga, su padre la obligaba a estudiar. *** — Papá, ¿por qué el sol de septiembre es así? — ¿Así cómo, Olguita? — No sé… Me cuesta explicarlo, pero la luz es diferente, más suave quizás. Hace sol, pero no como en agosto. — Hay que estudiar física, ¡la posición de los astros en septiembre es distinta! ¡Atrapa la manzana! — papá se ríe y lanza a Olga una manzana enorme, algo achatada. Reluciente, roja, fragante a miel. — ¿Reineta? — ¡No, qué va, aún no han madurado! Es una de rayas canela. Olga muerde con ganas, la boca se llena de espuma blanca y dulce que absorbe el verano y la savia de la tierra. Las variedades de manzanas, como la física, Olga las dominaba poco. Y ese era el problema del día: porque Olga Sokolova, estudiante de tercero de la ESO, llevaba enamorada desde hacía dos años de su profesor de física. El mundo se abría solo para él, el universo giraba sobre su eje, pero las leyes físicas, la materia y el espacio no cabían en los renglones del cuaderno escolar. Su padre lo entendía todo, solo por sus ojos ausentes y su apetito perdido. El año anterior lo contó, lloró toda la noche sentada en sus rodillas como una niña pequeña. Mamá no estaba en casa, descansaba en el balneario. La hermana mayor, doce años mayor, estudiaba en otra ciudad. En el jardín papá era feliz, siempre silbaba melodías, muy musicales. Pero en casa nunca lo hacía. Allí la protagonista era mamá, también la hermana cuando venía. Mamá era una mujer preciosa, jefa de la biblioteca militar, alta, elegante, imponente, con melena cobriza y rizada que teñía con henna. De vez en cuando salía del baño con un enorme turbante, olía a hierbas y lluvia. Su belleza llamaba la atención. Papá era más bajo, diez años mayor, bastante discreto. Era lo que mamá comentaba a la hermana, pero Olga lo oyó y le dolió. — Sasha es discreto. Pero los hombres no tienen que ser guapos. Discreto al lado del pelo de mamá brillando al sol, las discusiones, los platos rotos y el carácter indomable. Mamá amaba el orden y la comodidad. Pero en casa había que convivir con los “soldaditos”, como llamaba papá a sus antiguos compañeros, a veces dormían en el suelo del salón de paso. Mientras papá servía en el ejército, ellos venían a casa; unos de paso, otros buscando trabajo. Soldaditos de papá. En 1960, cayó en la gran reducción de la armada por el Plan de Khrushchev: “un millón trescientos mil soldados y oficiales”. Lo despidieron siendo mayor. Luego trabajó de jefe mecánico en el telégrafo de la ciudad. Los “soldaditos” ayudaron a papá a construir el jardín, vinieron a cavar, uno por uno y gratis. El casita, una habitación y el porche; en el tejado, Olga leía en verano. Papá le subía una taza de grosellas, cerezas o fresas. El paraíso. Mamá odiaba el jardín, venía poco, cuidaba sus manos. Perfectas, con uñas bonitas. Olga las admiraba, papá les daba besos. — Esas manos son para entregar libros, no para cavar la tierra — decía riendo, y le guiñaba el ojo a Olga… *** Las primeras gotas de lluvia de septiembre repiquetean sobre el tejado del porche. Golpean, se arremolinan alegres, nada que ver con la tristeza otoñal. Olga cierra el libro. — Olya, baja, mamá va a venir con Irina, hay que preparar la comida — la voz de papá suena extrañamente clara en el jardín. Pero Olga sigue ahí, levanta la cabeza, el cielo es gris y abultado, nada amenazador. Le llueve la cara. Se abraza para entrar en calor. Solo ahí, en el tejado, cerca del cielo y lejos de la tierra, entre todas las parcelas vecinas, unos rayos de sol atraviesan las nubes. Olvidada la física y sus leyes, en la facultad de periodismo de otro sitio hay otras reglas. A Olga la alojaron enseguida en la residencia universitaria. Pero la primera semana de septiembre vivió en un piso compartido con la dueña, otra habitación la ocupaban estudiantes. Las clases eran un salto a la literatura, el idioma. Profesores admirados por todo el grupo, carisma y magnetismo. Después, la angustia del hogar, aún sin amigos. Comía en la cafetería; paseaba hasta noche por las calles. La belleza del gran ciudad le era ajena, extraña. Y sentía frío y soledad. Tanto, que no parecía ella bajando por la calle empinada de la avenida de los Metalúrgicos cerca del campus, hacia su nuevo hogar, oyendo los perros, tropezando y haciéndose daño en los zapatos nuevos. En la cocina olía a manzanas, papá las llevaba para la casera como agradecimiento. Ese olor, dulce y algo mohoso, le traía lágrimas que recorrían el alma agitada y aprisionada. Al instalarse en la residencia, supo que sus compañeras eran estudiantes de la República Democrática Alemana: Viola, Magi, Marion. El alemán le rompía la cabeza al final del día, así que salía al patio a respirar. En las escaleras, se fumaba. Las alemanas le pedían tabaco y siempre pagaban luego, a diferencia de las españolas que se sorprendían. Ellas, a su vez, probaban los encurtidos de mamá, les encantaban los tomates con patatas fritas. Y cuando Olga se quedaba sin víveres, sacaban unos embutidos que ni soñaba, aunque no compartían. Al acabar el curso en mayo, se marchaban a Alemania, dejando pilas de botas de invierno junto a la basura que compraban pensando en los inviernos rusos. ¡Botas alemanas! Las españolas las cogían a escondidas… *** — Olguita, pica la col, yo mientras desentierro la zanahoria. El caldo está listo. Las ventanas de la pequeña cocina se empañan por el largo hervor del caldo. Una col enorme se deshoja en encaje verde claro sobre la tabla. Olga arranca una hoja y la saborea. Lo que sale de la tierra sabe mejor. Pica con ánimo, la col huele dulce. Abre la ventana, deja entrar el olor a hojas caídas, leña y manzanas. Ve a papá de espaldas, la azada le pesa; Olga sabe que le duele la espalda. Tira el cuchillo, sale al huerto, le abraza por detrás. Él se gira, la recoge en silencio, besa su coronilla. Aquella tarde la hermana Irina llegó sola; a mamá le dolía la cabeza y se quedó en casa. *** Quedaron atrás la universidad, un matrimonio de estudiantes, el primer empleo en el periódico “El Innovador” de la fábrica de aviones, el primer infarto de papá, el nacimiento de una hija, hasta el divorcio. Fueron cinco años de todo. El marido de Olga se fue con otra, ella vivía con Marisa, su hija de dos años, en un piso de alquiler. Papá venía cada quince días el fin de semana. Traía comida, jugaba con la nieta. — Olya, no te enfades con mamá si no viene tanto como yo, ¿vale? Se marea mucho en el viaje… Y creo que tiene un amigo… — ¡Papá, qué dices! ¿A vuestra edad un amigo? Papá se ríe, pero es una risa amarga. Calla. De pronto Olga se da cuenta de que está completamente canoso y apagado. Ni silba ya. — Papá, ¿y si me cojo vacaciones desde el lunes? ¿Vamos al jardín, mientras aún hace bueno, los tres, con Marisa? *** El jardín estaba cubierto de hojas, la última semana cálida de octubre, veranillo de San Miguel. Encendieron la estufa, hicieron té con hojas de grosella. Olga cocinó tortitas de patata. Papá barría las hojas, Marisa ayudaba hasta que las tiraba y reía. El aceite chirriaba. Desde el fondo del huerto llegaban los silbidos de papá. Al anochecer hicieron una hoguera. La calle vacía, los jardines vecinales desiertos. Papá ensartaba pan en varas de cerezo, ayudaba a Marisa a tostarlos. Olga calentaba las manos; el fuego siempre la hipnotizaba. Recordó sus primeros campamentos en Kazajistán, guitarras, la mezcla de enamoramiento por la noche estrellada, el silencio brutal de la estepa, los acordes desafinados, los rostros. Al fuego, las caras son distintas, cada una con su misterio y hondura. Allí conoció a su futuro marido. Esa semana en el trabajo la llamaron al comité del partido para considerar su entrada en el Partido Comunista. Estudió los estatutos, los materiales del congreso. De repente, llegaron preguntas sobre el divorcio y la “falta de estabilidad moral”. Balbuceó casi llorando. Un compañero la defendió: — ¡Esta reunión es de groseros, no de comunistas! Años después le resultaría ridículo recordar… Al apagar la hoguera, llegó un coche a la puerta. Sonó la puerta. ¡Mamá! Guapa, con un abrigo llamativo y moderno, dijo que un compañero le había dado el viaje del trabajo. Marisa corrió a la abuela, papá se enfadó, besó a mamá de modo torpe. — ¿Quién es ese compañero? — Sash, qué más da, solo me ha traído. No le conoces… Cenando no charlaron mucho, Marisa estaba inquieta. Mama preguntaba por el trabajo de Olga pero pensaba en otra cosa. Papá miraba fijo a mamá, fruncía el ceño, los hombros caían. La velada se torció… *** Al año siguiente, papá falleció. Infarto grande, se fue en dos días a principios de octubre, cálido y soleado. Después del funeral Olga se tomó vacaciones para vivir en el jardín. Marisa se quedó con la abuela. Todo se le caía de las manos. La cosecha de manzanas fue enorme. Olga regalaba cubos a los vecinos, hacía mermelada con menta y canela como le gustaba a papá. Vino a ayudar un buen amigo, compañero de papá; siempre iban juntos al vivero de Michurinsk por plantones. — Me quedo unos días, Olguita, remuevo el huerto, podo los árboles, ¿te parece? — Don Iván, ¡por favor…! ¡Gracias! Del “Olguita” de papá le vienen las lágrimas y, de pronto, siente la tristeza total, la orfandad irremediable. Hasta ahora esperaba que papá volvería, que todo era una pesadilla. Los primeros días tras su muerte, al despertar no comprendía por qué todo era tan angustiosamente doloroso. Apenas unos segundos, la verdad aparece y como una ola negra vuelve la idea: papá ya no está. Pero luego llega la culpa, por no haberle retenido aquí. — No vendas el jardín, yo voy a venir, a ayudar. ¿Sabes, Olga? Esta antonovka la elegimos juntos, eras cría todavía. En el camino a Michurinsk, Sasha hablaba más de ti que de tu hermana. Eres la pequeña, divertida. Decía que los árboles le sobrevivirían a él. Con los plantones era muy cuidadoso, yo siempre lo apuraba… Iván se quedó tres días, removió la tierra, podó los manzanos, abonó, plantó tres matas de crisantemos amarillos delante de la puerta con permiso de Olga. — Mejor haberlos puesto antes, pero el otoño va templado, ¡agarrarán! En memoria de Sasha… Las rosas hay que taparlas aún, quitar las hojas, pero ya en la próxima visita. Se despidieron abrazados. Llovía. Olga se quedó tiempo mirando a Iván alejarse. Él se giró, levantó la mano, “vete a casa”. La lluvia arreció, golpeó el tejado con más fuerza, desgarrando el silencio. De golpe, el viento cerró la puerta con un quejido. El umbral se cubrió de pétalos amarillos de crisantemo. Todo ahí era de papá y siempre lo será: la lluvia, los árboles, los aromas de otoño, la tierra. Así que él estará cerca, siempre. Y ella, Olga, aprenderá todo. Irá con Marisa hasta las primeras heladas, solo dos horas en autobús. Y, cuando vuelva la primavera, quizás ponga calefacción. Hay que ahorrar poco a poco. En primavera, irá con Iván al vivero de Michurinsk, a buscar grosellas blancas, papá las quería… *** Medio año después, en abril, justo cuando cayó la primera nieve tardía, vendieron el jardín. Olga lo supo por casualidad, por teléfono desde una cabina del telégrafo, llamando a casa de vuelta de Michurinsk. En la cabina estrecha, en el suelo, en una bolsa donde la raíz iba envuelta en una camiseta de niño húmeda y vieja, estaba el plantón de grosella blanca.
No me separé de mi marido porque me fuera infiel.