La casa de campo de papá Que habían vendido la casa de campo de papá, Olga lo supo de golpe y por pura casualidad, por teléfono, llamando desde el telegrafo a su madre en otra ciudad. Algo imposible, que sólo parece ocurrir en las películas: ser testigo involuntario de una conversación entre dos personas, porque la telefonista conectó por error a un tercer usuario. Dos ciudades, dos personas compartiendo en minutos lo más importante: ya no hay casa de campo, la vendieron bien y ahora pueden… muchas cosas, incluso ayudarle a ella, a Olga, con algo de dinero. La madre de Olga y su hermana Irina, esas voces tan familiares, ciento veinte kilómetros y las vibraciones de la voz convertidas en señales eléctricas recorriendo los cables telefónicos. La física siempre se le dio fatal a Olga, y su padre la obligaba a estudiar. *** – Papá, ¿por qué en septiembre el sol brilla así? – ¿Cómo, Olguita? – No sé… es difícil explicarlo, es distinto, más suave. Hay sol, pero no como en agosto. – La física hay que estudiarla, en septiembre la posición de los astros cambia. ¡Atrapa la manzana! – Papá se ríe y le lanza a Olga una manzana enorme, algo aplanada por los lados, brillante y roja, oliendo a miel. – ¿Es pepina? – No, Olguita, aún no están maduras. Es una “reineta rayada”. Muerde con un crujido y la boca se llena de espuma blanca y dulce, empapada de verano y tierra. Los tipos de manzana, como la física, Olga nunca los ha dominado. Y ese era hoy el problema: porque Olga Sokolova, de tercero de la ESO, lleva dos años enamorada de su profesor de física. Todo el cielo se le ha caído encima, el universo se desquebraja, y las leyes físicas, la materia y el espacio no caben en los márgenes de la libreta escolar. Y papá… lo entiende todo sólo con ver sus ojos ausentes y su falta de apetito. Olga se lo contó, claro, el año pasado. Lloró toda la noche, como una niña pequeña, sentada en su regazo. Mamá estaba en el balneario y su hermana mayor, doce años más, estudiaba fuera. Papá en la casa de campo era feliz, silbaba melodías sin parar, muy musical. En casa nunca lo hacía; allí la protagonista era mamá, o la hermana cuando venía. Mamá era bellísima, directora de la biblioteca militar, alta, elegante, temperamental, una vasca con cabello cobrizo teñido con henna. De vez en cuando salía del baño con un turbante enorme, oliendo a hierbas y lluvia. Su belleza era llamativa. Papá era más bajo que ella, diez años mayor, discreto. Así lo definía mamá ante la hermana y Olga sentía rabia. – Sasha es discreto. No hay que ser guapo si eres hombre. Discreto ante el fuego de la melena de mamá, sus gestos y carácter impetuoso. Mamá adoraba el orden y la comodidad. Pero tenía que aceptar a los “soldaditos” de papá, que dormían a veces en el suelo de la pequeña casa de dos habitaciones. Cuando él estaba en el ejército, venían a menudo; algunos sólo de paso, otros necesitaban ayuda para buscar trabajo. Los soldaditos de papá. En 1960 lo despidieron en la gran reducción del ejército de Jruschov: “un millón trescientos mil soldados y oficiales”. Fue despedido como mayor y después trabajó como jefe mecánico en el telégrafo de Lipetsk. Esos amigos luego le ayudaron a construir la casa de campo. Trabajaron gratis, se turnaban para cavar la tierra virgen. Casita con una sola estancia y una veranda en la azotea, donde a Olga le gustaba leer. Papá le subía una bandeja de grosellas, cerezas o fresas. El mejor momento, la felicidad plena. A mamá no le gustaba la casa de campo, iba poco, cuidaba sus manos grandes y arregladas. Olga las admiraba y papá las besaba. – Esas manos son para entregar libros, no para cavar huertos – reía, guiñándole a Olga… *** Las primeras gotas de lluvia de septiembre tamborilearon en el tejado de la veranda, saltaban ligeras y alegres, nada de tristeza otoñal. Olga apartó el libro. – Olya, baja, mamá vendrá pronto con Irina, hay que preparar la comida – la voz suave de papá sonaba diferente en la casa de campo. Olga dudaba, mirando el cielo hinchado y gris, pero no amenazante. Su cara se mojaba con la lluvia. Se abrazó para entrar en calor. Sólo en el tejado, cerca del cielo y lejos de la tierra, podía ver rayos de sol atravesando las nubes sobre las casas de campo vecinas. La física quedó olvidada; en primero de carrera de periodismo en un piso de estudiantes en otra ciudad regían otras normas. Casi enseguida la alojaron en la residencia. Pero la primera semana de septiembre vivió en una habitación alquilada con la dueña; la otra compartida por estudiantes. En clase, un nuevo y profundo acercamiento a la literatura y el idioma. Los profesores con carisma y encanto que enamoraban a toda la clase. Pero al terminar, la melancolía del hogar, sin amigos todavía. Comía en el comedor universitario y vagaba hasta la noche por las calles del gran ciudad, una belleza ajena que la hacía sentir fría y muy sola, como si no fuera ella quien bajara cada día la cuesta de la calle de los Metalúrgicos junto a la facultad principal por calles oscuras de casas bajas, ni la que tropieza y se magulla el pie en sus nuevos zapatos de charol. En la cocina, el olor de las manzanas de papá, que llevó en cajas como agradecimiento a la dueña. Ese olor dulce y un poco pasado le sacaba lágrimas y el alma se agitaba. Al ir al albergue, descubrió que sus compañeras eran estudiantes de la RDA: Viola, Maggi, Marion. El alemán le taladraba la cabeza y salía a respirar al patio, donde solían fumar. Las alemanas siempre pedían cigarrillos y luego devolvían el dinero, cosa que sorprendía a las rusas. Ellas a su vez, adoraban las conservas caseras que hacía mamá, sobre todo los tomates, y los comían con patatas fritas. Cuando Olga se quedaba sin víveres, ellas sacaban embutidos alemanes, codiciados y nunca compartidos. Al acabar el año académico, se iban a Alemania dejando montones de botas de invierno junto a la basura; las rusas se hacían con ellas furtivamente… *** – Olguita, corta la col, que yo saco las zanahorias. El caldo está listo. En la pequeña cocina, las ventanas empañadas por el vapor del caldo. La gran col se despliega en la tabla con sus hojas verdes y delicadas. Olga arranca una hoja, la prueba. Del huerto todo sabe a vida. Empieza a cortar animada y la col perfuma el ambiente. Abre la ventana, entra el olor de hojas otoñales y manzanas. Ve de espaldas a su padre, la pala se hunde con dificultad, sabe que le duele la espalda. Deja el cuchillo y corre al huerto, lo abraza por la espalda, se pega a él. Papá se vuelve, la abraza en silencio, le besa la cabeza. Y la hermana Irina llegó sola aquella tarde, mamá tenía dolor de cabeza y se quedó en casa. *** Después vinieron la universidad, el matrimonio estudiantil, el trabajo en “Innovador” del aeródromo, el primer infarto de papá, el nacimiento de su hija y hasta el divorcio. En cinco años pasó de todo. El marido de Olga la dejó por otra y ella vivía con su hija Marisha de dos años en un piso alquilado. Papá intentaba visitar cada dos fines de semana trayendo comida, pasando ratos con la nieta. – Olya, no te enfades con mamá por no venir tanto, ¿vale? Le marea el viaje… Además, creo que tiene un admirador… – Papá, ¡no digas tonterías! ¿A vuestra edad, un admirador? Papá rió, con amargura. Calló. Olga de pronto lo vio completamente encanecido y apagado, ya ni silbaba. – Papá, ¿y si me pido vacaciones desde el lunes? Nos vamos a la casa de campo, los tres, que todavía hace calor. *** La casa estaba cubierta de hojas, el último calor de octubre y el veranillo de San Miguel. Encienden la estufa, hacen té con hojas de grosella. Olga fríe tortitas, papá rastrilla las hojas y Marisha le ayuda, luego las esparce y ríe. El aceite chisporrotea en la sartén. Desde el fondo del jardín llega el silbido de papá. Al anochecer encienden la hoguera. La calle vacía, las casas de campo sombrías. Papá ensarta gruesos trozos de pan en ramas de cerezo y ayuda a Marisha a sostenerlos sobre el fuego. Olga acerca sus manos heladas a las llamas, el fuego la hipnotiza. Recuerda el primer verano trabajando en Kazajistán, canciones de guitarra, vértigo de estar enamorada de la vida, sin objeto concreto: sólo del cielo estrellado y la noche infinita, la quietud de la estepa, los acordes y los rostros junto al fuego, distintos a los de la luz diurna, cada uno con su secreto, su profundidad. Allí conoció a su futuro marido. Pero esa semana la llamaron a una reunión del partido en el trabajo para evaluar su ingreso en el PCUS; la víspera se había empollado los estatutos, los informes de los congresos. Y de pronto preguntas sobre el divorcio, quién tenía la culpa, la estabilidad moral. Olga tartamudeaba y casi lloraba. Un compañero salió en su defensa, saltó y gritó: – ¡Esta reunión es de groseros, no de comunistas! Años después, recordar eso le parecería surrealista… Cuando se hizo de noche apagaron el fuego. Un coche parado en la puerta, se oyó el portazo. ¡Mamá! Guapísima en un abrigo moderno; dice que la acercó un colega del trabajo. Marisha corre hacia la abuela; papá se enfurruña y besa a mamá con torpeza. – ¿Y ese colega? – Sasha, no es para tanto, sólo me trajo. Ni lo conoces… En la cena, la conversación flaquea, Marisha se pone caprichosa. Mamá pregunta por el trabajo, pero piensa en otra cosa. Papá la observa en silencio, la mira con ceño fruncido y los hombros caídos. Se echó a perder la noche… *** Al año siguiente papá falleció. Infarto masivo, se fue en dos días, a comienzos de un octubre cálido y soleado. Justo después del funeral Olga cogió vacaciones para quedarse en la casa de campo, dejó a Marisha con su suegra. Todo se le caía de las manos. La cosecha de manzanas era abundante. Olga las repartió en cubos entre los vecinos, hacía mermelada con menta y canela, como le gustaba a papá. Vinieron a ayudarle el amigo y antiguo compañero de papá, con quien solían ir juntos al vivero de Míchurin a por plantones. – Me quedaré unos días, Olguita; cavaré el huerto, podaré los árboles, si no te molesta. – Iván Alejándrovich, ¡cómo va a molestarme! ¡Gracias! El “Olguita” de papá le trajo las lágrimas, y en ese momento sintió de golpe el peso de la irreversibilidad, la orfandad y la impotencia. Hasta entonces había esperado, como si papá pudiera volver, como si esto fuera una pesadilla. Los primeros días tras la pérdida, entre sueños apenas recordaba, hasta que la conciencia volvía y una ola negra le confirmaba: ya no está papá. Luego llegó esa culpa de no haber podido retenerlo en la tierra. – No vendáis la casa de campo, por favor, yo vendré siempre a ayudar. ¿Sabes, Olya?, esta “antonovka” la elegimos juntos, tú eras aún una niña. Camino de Míchurin, Sasha hablaba más de ti que de tu hermana, eras pequeña y divertida. Decía que los árboles le sobrevivirían. Miraba los plantones mil veces, yo siempre apresurándolo… Iván Alejándrovich se quedó tres días, cavó el huerto, podó los manzanos, abonó, y justo delante de la casa plantó tres matas de crisantemos amarillos, con permiso de Olga. – Debí plantarlos antes, pero el otoño es cálido, seguro que agarran. En memoria de Sasha… Las rosas habrá que cubrirlas y limpiar hojas, ya para la próxima visita. Se abrazaron al despedirse. Empezó a lloviznar. Olga se quedó mucho rato ante la puerta mirando a Iván Alejándrovich marchar. Él sintió su mirada, se volvió, agitó la mano indicándole que entrara. La lluvia golpeaba sin pausa el tejado. Una ráfaga cerró la puerta con quejido. El umbral se cubrió de pétalos amarillos de crisantemo. Todo era de papá y siempre lo sería: la lluvia, los árboles, los aromas de otoño, la tierra misma. Así que él estaba presente, y siempre lo estaría. Ella, Olga, aprendería todo. Iría con Marisha hasta las primeras heladas, en autobús apenas dos horas. Y luego en primavera, en cuanto se derritiese la nieve, a lo mejor instalaba la calefacción. Toca ahorrar. Además, en primavera irá a Míchurin con Iván Alejándrovich, elegirá grosella blanca, como quería papá… *** Pero a los seis meses, en abril, justo cuando empezó a nevar, vendieron la casa de campo. Olga lo supo, de casualidad, por teléfono desde el telegrafo, al llamar a casa volviendo de Míchurin. En la pequeña cabina, en el suelo, dentro de una bolsa envuelta en una vieja camiseta mojada, tenía el plantón de grosella blanca.

La casa de campo de papá

El hecho de que vendieran la casa de campo que teníamos mi padre y yo, lo descubrí por pura casualidad y de repente. Fue por teléfono, desde la central de telégrafos, cuando llamaba a mi madre a otra ciudad. Parecía algo salido de una película. Me convertí sin querer en tercera oyente de una conversación, es decir, escuchaba a dos personas que no sabían que había alguien más conectado. Un error universal, o quizás travesura, de la telefonista: accidentalmente conectó tres en vez de dos abonados. Dos ciudades, dos voces compartiendo durante estos minutos pagados la noticia más importante: ya no tenemos la casa, la vendimos bien y ahora con el dinero se puede hacer muchas cosas incluso ayudarme un poco a mí.

La voz de mi madre y la de su hermana Carmen, tan familiares que me dolía, a ciento veinte kilómetros de distancia en línea recta, vibraciones de voz convertidas en señales eléctricas viajando por cables. Nunca me entró la física en la cabeza, mi padre siempre me obligaba a estudiar.

***
Papá, ¿por qué el sol de septiembre es así?
¿Cómo, Almudena?
No sé no sé explicarlo, la luz es distinta, como más suave. Hace sol pero no como en agosto.
Tienes que estudiar física, la posición de los astros en septiembre es muy diferente. ¡Atrapa la manzana! se rió mi padre y me lanzó una manzana enorme, algo achatada a los lados, reluciente, roja, oliendo a miel.
¿Reineta?
No, todavía no han madurado. Es una de las de Coria, rayada.
Le di un mordisco crujiente y la boca se me llenó de espuma dulce, blanca, empapada de verano y de la tierra misma. Igual que la física, nunca entendí bien los tipos de manzanas. Y esa era mi tragedia: porque, con catorce años, Almudena Jiménez llevaba dos años enamorada del profesor de física. Todo giraba alrededor de él, el universo, las leyes y la materia no cabían en los márgenes del cuaderno. Mi padre, claro, lo notaba: mis ojos lejos, mi apetito escaso. Le conté todo el curso pasado, pasé la noche llorando como niña sentada en sus rodillas. Mi madre estaba en los baños de Archena, mi hermana mayor estudiando en Salamanca.

En la casa de campo mi padre se volvía feliz, silbaba melodías todo el rato, con afinación. En casa, nunca; allí mandaban mi madre y mi hermana cuando venía. Mi madre era guapísima, jefa de la biblioteca militar, alta, castellana de carácter, con cabellos de cobre que teñía con henna. Cada dos meses salía del baño envuelta en un enorme turbante, olía a hierbas y lluvia. La belleza de mi madre se notaba de lejos. Mi padre, en cambio, era bajito en comparación, diez años mayor, discreto. Mi madre decía a Carmen que mi padre era insignificante, y yo lo oí, me dolió.
Santi es discreto pero un hombre no tiene por qué ser guapo.
Discreto al lado de mi madre, cuyos cabellos brillaban como fuego al sol, hecha de gestos rotundos y platos rotos. Le gustaba el orden y la comodidad; pero soportaba a los soldaditos como llamaba mi padre a los amigos de la mili que a veces dormían en el suelo del pequeño piso de dos habitaciones. Cuando mi padre estuvo en el ejército, venían a menudo: algunos solo de paso, otros buscando ayuda para encontrar trabajo. Los amigos de la mili. En el 1960 mi padre fue uno de los miles que cesaron por la gran reducción de tropas. Era mayor cuando lo licenciaron. Después trabajó como jefe de mantenimiento del telégrafo de Cáceres. Aquellos soldaditos ayudaron después a levantar la casa de campo. Trabajaron gratis, se daban relevos, cavaban la tierra nueva. El casita tenía una habitación y un porche, y yo subía a la azotea a leer. Mi padre me subía cuencos de grosellas, guindas o fresas. Aquello era felicidad absoluta. Mi madre venía poco, cuidaba sus manos. Elegantes, con uñas grandes. Yo las admiraba y mi padre las besaba.
Esas manos son para dar libros, no para cavar huertos bromeaba él guiñándome un ojo

***
Las primeras gotas del septiembre tamborilearon contra el techo del porche. Golpearon con ritmo alegre, sin esa tristeza de otoño. Cerré el libro.
Almudena, baja, que tu madre y Carmen llegan pronto, hay que preparar la comida dijo mi padre con una voz nítida que solo tenía allí, en la casa de campo.
Pero yo me quedé un rato más, mirando el cielo gris, cargado pero no amenazante. Sentí la cara mojada, me abracé a mí misma para el calor. Solo desde la azotea, tan cerca del cielo y lejos del suelo, entre las casas del barrio, se veían los rayos colándose por las nubes. Ya no pensaba en la física, ahora, en primero de Periodismo en el Colegio Mayor de otra ciudad, la vida tenía otras normas.

Me dieron plaza en el Colegio Mayor pronto pero la primera semana viví en una habitación alquilada, con la dueña y otros estudiantes. Las clases eran un buceo profundo en lengua y literatura. Los profesores eran admirados por todos, con una carisma intelectual arrolladora. Después, al salir de clase, la nostalgia me aplastaba. Sin amigos aún, comía en la cafetería universitaria y vagaba por el centro hasta que oscurecía. Era una ciudad hermosa, pero muy ajena. Me sentía sola y fría, como si no fuera yo la que bajaba por la cuesta de los Artesanos, como si yo no caminara entre chalets ni escuchara ladridos, no tropezara con mis zapatos nuevos apretados.

En la cocina olía a manzanas de mi padre, que llevó una caja a la casera como agradecimiento. Ese aroma húmedo y dulzón me hacía lagrimear y el alma se agitaba y chocaba dentro.

Ya instalada en el Colegio Mayor, mis compañeras eran estudiantes de la República Democrática Alemana: Viola, Magda, Marion. Al final de la tarde acababa con dolor de cabeza por el alemán, salía a respirar aire fresco al patio donde solían fumar. Las alemanas venían a pedirme cigarrillos y siempre luego los pagaban, sorprendente para nosotras. Ellas se maravillaban de los encurtidos que mi madre mandaba, especialmente tomaban tomates con patatas fritas. Cuando se acababan, sacaban embutidos imposibles de ver en España, pero no los compartían. Al final del curso, al irse, dejaban montones de botas alemanas en el contenedor, compradas para el frío español. Todas las españolas corrían a llevárselas

***
Almudena, corta la col, que yo voy a arrancar zanahorias. El caldo ya está listo.
Las ventanas de la pequeña cocina se empañaban por el hervor. Una col inmensa se desparramaba en la tabla, arranqué una hoja, deliciosa. Todo lo que sale de la tierra lo es. Comencé a picar con ritmo, el olor dulzón de la col se mezclaba con el aire. Abrí la ventana, entró el aroma de hojas secas, humo y manzanas. Veía a mi padre cavando desde atrás, la espalda le dolía. Tiré el cuchillo y salí corriendo. Le abracé por detrás. Me rodeó sin palabras y me besó en la coronilla.

Mi hermana Carmen llegó sola esa tarde, a mamá le dolía la cabeza.

***
Pasó el tiempo: la carrera, el matrimonio universitario, mi primer trabajo en el periódico Avance de la fábrica de aviones, el primer infarto de papá, el nacimiento de mi hija y hasta el divorcio. En cinco años, todo. Mi marido se fue con otra y yo vivía con Marina, mi niña, en un piso alquilado. Papá venía cada dos semanas. Traía comida, jugaba con la nieta.

Almudena, no te enfades con tu madre por no venir tanto, ¿vale? Le marean los viajes Y creo que tiene un pretendiente.
¡Papá! ¿A vuestra edad un pretendiente?
Se rió pero con tristeza, calló. Le observé de repente, blanco como la nieve y encogido. Ya ni silbaba.
Papá, ¿y si me cojo vacaciones el lunes? Vamos a la casa de campo, a pasar unos días antes de que haga frío, con Marina.

***
La casa estaba cubierta de hojas, los restos del último veranillo de San Miguel. Encendimos la chimenea, infusionamos té con hojas de grosella. Freí unas tortas de patata. Papá recogía las hojas, Marina las lanzaba y reía. El aceite crepitaba. Desde lejos, se oía el silbido de mi padre.

Al caer la noche, hicimos fuego fuera. No había nadie por la calle ni en las casas vecinas. Papá ensartó pan en ramas de cerezo, ayudando a Marina a tostarlo. Yo calentaba las manos cerca de la hoguera, hipnotizada.

Me vinieron recuerdos de mi primera brigada de estudiantes en la Mancha, canciones a la guitarra, la borrachera de sentirse enamorada de la vida bajo el cielo estrellado. Allí conocí a mi futuro marido. Esa semana, en el trabajo, me llamaron para unirme al partido comunista; repasé los estatutos y los materiales del Congreso. De repente, preguntas sobre el divorcio, quién era moralmente inestable. Tartamudeé casi llorando. Me defendió un compañero, se levantó y gritó:

¡Esto parece una reunión de idiotas, no de comunistas!

Años después, me resulta surrealista recordarlo

Cuando se hizo completamente de noche, apagamos el fuego. Un coche paró en la puerta. Golpeó una puerta: era mamá, preciosa, con abrigo moderno, dijo que la había traído un compañero de trabajo. Marina corrió a abrazarla. Papá se mostró receloso.

¿Quién es ese compañero?
Santi, qué más da, solo me acercó. No le conoces

Durante la cena, la conversación era tensa, Marina se puso caprichosa. Mamá preguntaba por mi trabajo, pero pensaba en otra cosa. Papá callaba y la miraba con ceño fruncido, cada vez más hundido. El ambiente se estropeó

***
Un año después, papá falleció. Un infarto fulminante, se fue a los pocos días en octubre cálido y soleado. Tras el entierro, pedí vacaciones para quedarme sola en la casa de campo. Marina la dejé con su abuela.

Todo se me caía de las manos. La cosecha de manzanas fue la mejor de siempre. Repartí cubos entre los vecinos, preparé mermelada con menta y canela como quería papá. Vino su amigo Juan Antonio a ayudar, con quien solían ir juntos al vivero de La Mancha a buscar plantas.

Me quedo un par de días, Almudena, remuevo la tierra y podo los árboles, si te parece.
Juan Antonio, no hace falta ¡Gracias!
El Almudena dicho por él me hizo llorar, y en ese instante me invadió la sensación de orfandad absoluta. Hasta entonces esperaba que papá volviera, que todo fuera una pesadilla. Al despertar, en los primeros días, tardaba un instante en recordar que ya no estaba, y la realidad me golpeaba como olas negras.

Después llegó la culpa por no haber conseguido retenerlo más tiempo.

No vendas la casa de campo, yo vendré siempre a ayudar. ¿Sabes? Esa manzana reineta la eligieron juntos tu padre y tú cuando eras niña; en la carretera a La Mancha, Santi siempre hablaba más de ti que de Carmen, eras tan graciosa. Decía que los árboles le sobrevivirían. Él elegía cada planta con detalle

Juan Antonio se quedó tres días, removió tierra, podó manzanos, echó abono y plantó tres arbustos de crisantemo amarillo al lado de la puerta, con mi permiso.

Estas deberían haberse plantado antes, pero el otoño es suave, seguro que agarran. En recuerdo de Santi Las rosas ya las cubriré la próxima vez.

Nos abrazamos para despedirnos. Chispeó. Me quedé mirando la puerta, viendo alejarse a Juan Antonio. Se volvió y me hizo un gesto, que entrara en casa. La lluvia se hizo fuerte, tamborileó triste sobre el tejado, una ráfaga cerró la puerta con lamento. Las escaleras llenas de pétalos amarillos de crisantemo. Todo allí era de papá y siempre lo sería: la lluvia, los árboles, los olores de otoño, la tierra misma. Por eso él, de alguna manera, seguiría cerca. Yo aprendería a hacer todo. Vendría con Marina hasta las primeras heladas; apenas dos horas en autobús. Y, en primavera, volvería a La Mancha con Juan Antonio para elegir grosella blanca, que mi padre siempre quiso

***
Medio año después, a principios de abril, justo con las primeras nieves, se vendió la casa de campo. Me enteré casualmente por teléfono, desde la central de telégrafos, de camino de vuelta desde La Mancha. Dentro de la cabina, apoyado en el suelo, en una bolsa envuelta con una camiseta vieja y húmeda, el esqueje de grosella blanca.

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La casa de campo de papá Que habían vendido la casa de campo de papá, Olga lo supo de golpe y por pura casualidad, por teléfono, llamando desde el telegrafo a su madre en otra ciudad. Algo imposible, que sólo parece ocurrir en las películas: ser testigo involuntario de una conversación entre dos personas, porque la telefonista conectó por error a un tercer usuario. Dos ciudades, dos personas compartiendo en minutos lo más importante: ya no hay casa de campo, la vendieron bien y ahora pueden… muchas cosas, incluso ayudarle a ella, a Olga, con algo de dinero. La madre de Olga y su hermana Irina, esas voces tan familiares, ciento veinte kilómetros y las vibraciones de la voz convertidas en señales eléctricas recorriendo los cables telefónicos. La física siempre se le dio fatal a Olga, y su padre la obligaba a estudiar. *** – Papá, ¿por qué en septiembre el sol brilla así? – ¿Cómo, Olguita? – No sé… es difícil explicarlo, es distinto, más suave. Hay sol, pero no como en agosto. – La física hay que estudiarla, en septiembre la posición de los astros cambia. ¡Atrapa la manzana! – Papá se ríe y le lanza a Olga una manzana enorme, algo aplanada por los lados, brillante y roja, oliendo a miel. – ¿Es pepina? – No, Olguita, aún no están maduras. Es una “reineta rayada”. Muerde con un crujido y la boca se llena de espuma blanca y dulce, empapada de verano y tierra. Los tipos de manzana, como la física, Olga nunca los ha dominado. Y ese era hoy el problema: porque Olga Sokolova, de tercero de la ESO, lleva dos años enamorada de su profesor de física. Todo el cielo se le ha caído encima, el universo se desquebraja, y las leyes físicas, la materia y el espacio no caben en los márgenes de la libreta escolar. Y papá… lo entiende todo sólo con ver sus ojos ausentes y su falta de apetito. Olga se lo contó, claro, el año pasado. Lloró toda la noche, como una niña pequeña, sentada en su regazo. Mamá estaba en el balneario y su hermana mayor, doce años más, estudiaba fuera. Papá en la casa de campo era feliz, silbaba melodías sin parar, muy musical. En casa nunca lo hacía; allí la protagonista era mamá, o la hermana cuando venía. Mamá era bellísima, directora de la biblioteca militar, alta, elegante, temperamental, una vasca con cabello cobrizo teñido con henna. De vez en cuando salía del baño con un turbante enorme, oliendo a hierbas y lluvia. Su belleza era llamativa. Papá era más bajo que ella, diez años mayor, discreto. Así lo definía mamá ante la hermana y Olga sentía rabia. – Sasha es discreto. No hay que ser guapo si eres hombre. Discreto ante el fuego de la melena de mamá, sus gestos y carácter impetuoso. Mamá adoraba el orden y la comodidad. Pero tenía que aceptar a los “soldaditos” de papá, que dormían a veces en el suelo de la pequeña casa de dos habitaciones. Cuando él estaba en el ejército, venían a menudo; algunos sólo de paso, otros necesitaban ayuda para buscar trabajo. Los soldaditos de papá. En 1960 lo despidieron en la gran reducción del ejército de Jruschov: “un millón trescientos mil soldados y oficiales”. Fue despedido como mayor y después trabajó como jefe mecánico en el telégrafo de Lipetsk. Esos amigos luego le ayudaron a construir la casa de campo. Trabajaron gratis, se turnaban para cavar la tierra virgen. Casita con una sola estancia y una veranda en la azotea, donde a Olga le gustaba leer. Papá le subía una bandeja de grosellas, cerezas o fresas. El mejor momento, la felicidad plena. A mamá no le gustaba la casa de campo, iba poco, cuidaba sus manos grandes y arregladas. Olga las admiraba y papá las besaba. – Esas manos son para entregar libros, no para cavar huertos – reía, guiñándole a Olga… *** Las primeras gotas de lluvia de septiembre tamborilearon en el tejado de la veranda, saltaban ligeras y alegres, nada de tristeza otoñal. Olga apartó el libro. – Olya, baja, mamá vendrá pronto con Irina, hay que preparar la comida – la voz suave de papá sonaba diferente en la casa de campo. Olga dudaba, mirando el cielo hinchado y gris, pero no amenazante. Su cara se mojaba con la lluvia. Se abrazó para entrar en calor. Sólo en el tejado, cerca del cielo y lejos de la tierra, podía ver rayos de sol atravesando las nubes sobre las casas de campo vecinas. La física quedó olvidada; en primero de carrera de periodismo en un piso de estudiantes en otra ciudad regían otras normas. Casi enseguida la alojaron en la residencia. Pero la primera semana de septiembre vivió en una habitación alquilada con la dueña; la otra compartida por estudiantes. En clase, un nuevo y profundo acercamiento a la literatura y el idioma. Los profesores con carisma y encanto que enamoraban a toda la clase. Pero al terminar, la melancolía del hogar, sin amigos todavía. Comía en el comedor universitario y vagaba hasta la noche por las calles del gran ciudad, una belleza ajena que la hacía sentir fría y muy sola, como si no fuera ella quien bajara cada día la cuesta de la calle de los Metalúrgicos junto a la facultad principal por calles oscuras de casas bajas, ni la que tropieza y se magulla el pie en sus nuevos zapatos de charol. En la cocina, el olor de las manzanas de papá, que llevó en cajas como agradecimiento a la dueña. Ese olor dulce y un poco pasado le sacaba lágrimas y el alma se agitaba. Al ir al albergue, descubrió que sus compañeras eran estudiantes de la RDA: Viola, Maggi, Marion. El alemán le taladraba la cabeza y salía a respirar al patio, donde solían fumar. Las alemanas siempre pedían cigarrillos y luego devolvían el dinero, cosa que sorprendía a las rusas. Ellas a su vez, adoraban las conservas caseras que hacía mamá, sobre todo los tomates, y los comían con patatas fritas. Cuando Olga se quedaba sin víveres, ellas sacaban embutidos alemanes, codiciados y nunca compartidos. Al acabar el año académico, se iban a Alemania dejando montones de botas de invierno junto a la basura; las rusas se hacían con ellas furtivamente… *** – Olguita, corta la col, que yo saco las zanahorias. El caldo está listo. En la pequeña cocina, las ventanas empañadas por el vapor del caldo. La gran col se despliega en la tabla con sus hojas verdes y delicadas. Olga arranca una hoja, la prueba. Del huerto todo sabe a vida. Empieza a cortar animada y la col perfuma el ambiente. Abre la ventana, entra el olor de hojas otoñales y manzanas. Ve de espaldas a su padre, la pala se hunde con dificultad, sabe que le duele la espalda. Deja el cuchillo y corre al huerto, lo abraza por la espalda, se pega a él. Papá se vuelve, la abraza en silencio, le besa la cabeza. Y la hermana Irina llegó sola aquella tarde, mamá tenía dolor de cabeza y se quedó en casa. *** Después vinieron la universidad, el matrimonio estudiantil, el trabajo en “Innovador” del aeródromo, el primer infarto de papá, el nacimiento de su hija y hasta el divorcio. En cinco años pasó de todo. El marido de Olga la dejó por otra y ella vivía con su hija Marisha de dos años en un piso alquilado. Papá intentaba visitar cada dos fines de semana trayendo comida, pasando ratos con la nieta. – Olya, no te enfades con mamá por no venir tanto, ¿vale? Le marea el viaje… Además, creo que tiene un admirador… – Papá, ¡no digas tonterías! ¿A vuestra edad, un admirador? Papá rió, con amargura. Calló. Olga de pronto lo vio completamente encanecido y apagado, ya ni silbaba. – Papá, ¿y si me pido vacaciones desde el lunes? Nos vamos a la casa de campo, los tres, que todavía hace calor. *** La casa estaba cubierta de hojas, el último calor de octubre y el veranillo de San Miguel. Encienden la estufa, hacen té con hojas de grosella. Olga fríe tortitas, papá rastrilla las hojas y Marisha le ayuda, luego las esparce y ríe. El aceite chisporrotea en la sartén. Desde el fondo del jardín llega el silbido de papá. Al anochecer encienden la hoguera. La calle vacía, las casas de campo sombrías. Papá ensarta gruesos trozos de pan en ramas de cerezo y ayuda a Marisha a sostenerlos sobre el fuego. Olga acerca sus manos heladas a las llamas, el fuego la hipnotiza. Recuerda el primer verano trabajando en Kazajistán, canciones de guitarra, vértigo de estar enamorada de la vida, sin objeto concreto: sólo del cielo estrellado y la noche infinita, la quietud de la estepa, los acordes y los rostros junto al fuego, distintos a los de la luz diurna, cada uno con su secreto, su profundidad. Allí conoció a su futuro marido. Pero esa semana la llamaron a una reunión del partido en el trabajo para evaluar su ingreso en el PCUS; la víspera se había empollado los estatutos, los informes de los congresos. Y de pronto preguntas sobre el divorcio, quién tenía la culpa, la estabilidad moral. Olga tartamudeaba y casi lloraba. Un compañero salió en su defensa, saltó y gritó: – ¡Esta reunión es de groseros, no de comunistas! Años después, recordar eso le parecería surrealista… Cuando se hizo de noche apagaron el fuego. Un coche parado en la puerta, se oyó el portazo. ¡Mamá! Guapísima en un abrigo moderno; dice que la acercó un colega del trabajo. Marisha corre hacia la abuela; papá se enfurruña y besa a mamá con torpeza. – ¿Y ese colega? – Sasha, no es para tanto, sólo me trajo. Ni lo conoces… En la cena, la conversación flaquea, Marisha se pone caprichosa. Mamá pregunta por el trabajo, pero piensa en otra cosa. Papá la observa en silencio, la mira con ceño fruncido y los hombros caídos. Se echó a perder la noche… *** Al año siguiente papá falleció. Infarto masivo, se fue en dos días, a comienzos de un octubre cálido y soleado. Justo después del funeral Olga cogió vacaciones para quedarse en la casa de campo, dejó a Marisha con su suegra. Todo se le caía de las manos. La cosecha de manzanas era abundante. Olga las repartió en cubos entre los vecinos, hacía mermelada con menta y canela, como le gustaba a papá. Vinieron a ayudarle el amigo y antiguo compañero de papá, con quien solían ir juntos al vivero de Míchurin a por plantones. – Me quedaré unos días, Olguita; cavaré el huerto, podaré los árboles, si no te molesta. – Iván Alejándrovich, ¡cómo va a molestarme! ¡Gracias! El “Olguita” de papá le trajo las lágrimas, y en ese momento sintió de golpe el peso de la irreversibilidad, la orfandad y la impotencia. Hasta entonces había esperado, como si papá pudiera volver, como si esto fuera una pesadilla. Los primeros días tras la pérdida, entre sueños apenas recordaba, hasta que la conciencia volvía y una ola negra le confirmaba: ya no está papá. Luego llegó esa culpa de no haber podido retenerlo en la tierra. – No vendáis la casa de campo, por favor, yo vendré siempre a ayudar. ¿Sabes, Olya?, esta “antonovka” la elegimos juntos, tú eras aún una niña. Camino de Míchurin, Sasha hablaba más de ti que de tu hermana, eras pequeña y divertida. Decía que los árboles le sobrevivirían. Miraba los plantones mil veces, yo siempre apresurándolo… Iván Alejándrovich se quedó tres días, cavó el huerto, podó los manzanos, abonó, y justo delante de la casa plantó tres matas de crisantemos amarillos, con permiso de Olga. – Debí plantarlos antes, pero el otoño es cálido, seguro que agarran. En memoria de Sasha… Las rosas habrá que cubrirlas y limpiar hojas, ya para la próxima visita. Se abrazaron al despedirse. Empezó a lloviznar. Olga se quedó mucho rato ante la puerta mirando a Iván Alejándrovich marchar. Él sintió su mirada, se volvió, agitó la mano indicándole que entrara. La lluvia golpeaba sin pausa el tejado. Una ráfaga cerró la puerta con quejido. El umbral se cubrió de pétalos amarillos de crisantemo. Todo era de papá y siempre lo sería: la lluvia, los árboles, los aromas de otoño, la tierra misma. Así que él estaba presente, y siempre lo estaría. Ella, Olga, aprendería todo. Iría con Marisha hasta las primeras heladas, en autobús apenas dos horas. Y luego en primavera, en cuanto se derritiese la nieve, a lo mejor instalaba la calefacción. Toca ahorrar. Además, en primavera irá a Míchurin con Iván Alejándrovich, elegirá grosella blanca, como quería papá… *** Pero a los seis meses, en abril, justo cuando empezó a nevar, vendieron la casa de campo. Olga lo supo, de casualidad, por teléfono desde el telegrafo, al llamar a casa volviendo de Míchurin. En la pequeña cabina, en el suelo, dentro de una bolsa envuelta en una vieja camiseta mojada, tenía el plantón de grosella blanca.
Los más cercanos al corazón