La viuda negra La simpática y lista Lilia, a punto de acabar la carrera de Periodismo en la Universidad Complutense de Madrid, conoció a Vlad, bastante mayor que ella. Fue Vladislav Romanovich, un personaje muy conocido en la ciudad, compositor de canciones populares por Madrid, quien primero reparó en la esbelta y delicada Lilia. Hicieron amistad rápidamente, y Vlad, gran figura de la televisión madrileña, la ayudó a iniciar su carrera como presentadora de su propio programa en Telemadrid, titulado “Conversaciones de corazón a corazón”, donde invitó a psicólogos reconocidos y a otros referentes locales, en un formato de preguntas y respuestas basado en situaciones reales. Vladislav Romanovich, ya con cuarenta y cinco años y tres matrimonios a sus espaldas, era conocido por su energía y su multitud de amigos, aunque nunca logró adaptarse a la vida familiar. Consideraba su genio creativo casi digno de premio nacional de composición, frecuentaba restaurantes, cafés y saunas de la ciudad, y era habitual verle tomando copas en reuniones sociales. El tiempo pasó y Lilia se hizo popular; se casó con Vlad y su programa se convirtió en éxito en toda la ciudad. Elegantemente vestida, agradable y atenta, era la estrella televisiva de la que todos hablaban, aunque pronto comprendió que había elegido al hombre equivocado por marido: Vlad siempre bajo los efectos del alcohol y despectivo con ella. A pesar de recibir halagos de amigos como Semen, y de contar con el apoyo de Vlad mientras se ganaba su afecto, todo cambió tras la boda: los detalles y atenciones desaparecieron. Lilia se desilusionó y empezó a construir su carrera sola, mientras Vlad insistía en que aprendiera inglés para no “parecer una paleta” en el extranjero, aunque fue el consejo de Semen lo que realmente la animó a ponerse a estudiar el idioma. La pareja vivía en un gran piso en Chamberí, herencia del abuelo de Vlad, un distinguido médico. Disponían de una asistenta, Vera, mujer de 43 años, celosa y maliciosa, que presenciaba cada aspecto de su vida privada. La rutina cotidiana se fue llenando de hastío y, tras siete años de matrimonio, Lilia nunca tuvo hijos: Vlad ya tenía un hijo de su primer matrimonio y ella prefería centrarse en el trabajo. Una mañana, tras una noche más de excesos de Vlad, Vera encontró a Vlad desplomado en su despacho y llamaron rápidamente a emergencias. Vlad fue ingresado en la UCI y, esa misma noche, Lilia recibió la noticia de su fallecimiento. El funeral, multitudinario y organizado por Semen, fue todo un acontecimiento madrileño. Semen resumió la vida de Vlad: “Vivió intenso y merece descanso”. Lilia, sola y rodeada de rumores y consejos (“No tienes nada de qué lamentarte, eres joven, libre y rica”), repartió la herencia con el hijo de Vlad y se volcó en su trabajo y amistades. En un café cercano tras una grabación, Lilia conoció a Inocencio, un empresario simpático y robusto que pronto se ganó su confianza y la invitó a salir. Tras despedir y volver a readmitir a Vera, su fiel asistenta, Lilia y “Kiko”, como le llamaba cariñosamente, se casaron tras tres meses y organizaron una luna de miel en las Islas Maldivas digna de celebridad, con todo lujo de detalles y atención VIP. Inocencio resultó ser atento y cariñoso, aunque sufría diabetes y tenía que administrar insulina, lo que no mermaba la felicidad de Lilia, aunque a veces fantaseaba con un marido más atlético. A su regreso a Madrid, Lilia sintió que aún no había encontrado la pasión verdadera, y empezó una aventura secreta con Artemio, el mejor amigo de su colega Costa: todo deseo y pura química. Artemio resultó el amante perfecto y, como Inocencio pasaba mucho tiempo ocupado con su empresa, Lilia mantuvo el idilio en secreto hasta que, una noche, Inocencio los sorprendió juntos y, tras el shock, sufrió un infarto y falleció en casa de Artemio. La hija de Inocencio del primer matrimonio, abogada, no tardó en expulsar a Lilia de la mansión de la sierra madrileña, entregándole un fajo de dinero como compensación y dándole tres días para marcharse. Lilia, pragmática, regresó al gran piso que le quedaba de Vlad en Chamberí junto a Vera. Siguió viéndose con Artemio, aunque no había intención de formalizar la relación, pero poco tiempo después Costa le telefoneó: Artemio había muerto en un accidente de tráfico. Fue entonces cuando Lilia reflexionó: “¿Por qué todos mis hombres mueren? Soy la viuda negra, todos lo dirán, debo tener el aura negra”. Al cabo de un tiempo, en una de sus grabaciones televisivas, apareció un joven llamado Macario, quien pronto conquistó su corazón. Lilia se enamoró profundamente y, tras investigar su nombre en internet, descubrió que figuraba en el ranking de las cien mayores fortunas de España. No terminaba de creérselo, pero el miedo a perderlo la asaltaba. Días después, Macario sufrió una crisis y fue ingresado; Lilia acudió al hospital, donde él le dio un prometedor mensaje de amor: “Cuando salga, nos casamos”. Lilia aceptó emocionada, sabiendo que por fin encontraba su verdadera felicidad y un porvenir lleno de amor. ¡Gracias por leer y por vuestro apoyo! ¡Os deseo suerte y felicidad en la vida!

La Viuda Negra

Muchos años atrás, en tiempos que ahora parecen tan lejanos, vivía en Salamanca una joven llamada Rosalía, inteligente y de gran belleza, que en los últimos años de la Facultad de Periodismo conoció a un hombre mucho más mayor que ella: Gonzalo Martín de la Fuente. Gonzalo, famoso en la ciudad por componer canciones que todos tarareaban, fue el primero en fijarse en la esbelta y delicada Rosalía.

Gonzalo era un personaje querido por todos. En la televisión local, tenía amigos por doquier. No le costó nada conseguirle a Rosalía, tras terminar la carrera, un puesto como presentadora de su propio programa. Al cabo de poco tiempo, ella estrenó Hablando de corazón, invitando al psicólogo más conocido de Salamanca y a otros personajes. El programa, en formato de preguntas y respuestas, trataba ejemplos extraídos de la vida cotidiana.

Muy bien hecho, Rosalía aplaudió Gonzalo tras ver el programa, ¡eso hay que celebrarlo!

Gonzalo Martín de la Fuente, a sus cuarenta y cinco años, había estado casado tres veces. Su alma inquieta, su energía desbordante y sus incontables amigos mostraban que no era hombre de vida familiar. Vivía para el arte, escribía canciones y se consideraba casi un compositor laureado. Se le veía en todos los restaurantes de moda, cafés, y hasta en las termas; siempre rodeado de conocidos y, a menudo, con una copa de vino en mano.

Con el paso de los años, Rosalía se volvió muy popular en Salamanca. Se casó con Gonzalo y su programa era seguido por miles de salmantinos. Siempre bien arreglada y amable, nunca nadie vio en ella nada de demoníaco; la gente la llamaba la guapa de la tele. Pero pronto descubrió que quizá se había casado con el hombre equivocado, pues su esposo pasaba la mayor parte del tiempo, literalmente, medio borracho.

No te vengas arriba, Gonzalo solía advertirle su amigo Simón, esta muchacha te va a dar mil vueltas todavía, cuando Gonzalo quería humillar a Rosalía bajo los efectos del vino.

No, Simón, nunca he elegido mujeres inteligentes, prefiero pensar que el listo aquí soy yo decía Gonzalo, pellizcándola la mejilla mientras estaban en una cafetería.

Al principio, mientras la cortejaba, Gonzalo era todo un caballero: flores, regalos, hasta dos canciones compuso para ella; escuchaba atento cada cosa que decía. Pero bastó que Rosalía se convirtiera en su esposa para que aquellos gestos se esfumaran. La atención hacia ella no era mayor que la dedicada al gato doméstico, y a menudo le gritaba alguna orden.

Yo, ingenua, de verdad creí que a su lado sería una estrella reflexionaba Rosalía.

Todo resultó muy distinto. En la Facultad aprendió francés, que para viajar no era de gran utilidad. Gonzalo la atormentaba:

¡Aprende inglés! Así te manejas fuera de España, que pareces de pueblo en el extranjero. Al gimnasio ni pienses ir, tonterías. Mejor aprende idiomas.

Después de escuchar eso, Rosalía se negó, por pura rebeldía, a estudiar inglés. Pero un día, durante una cena en casa, el amigo de Gonzalo, Simón, culto y leído, comentó:

El inglés para una mujer de mundo es tan imprescindible como los tacones y Rosalía, sin dudar, se apuntó a clases de inglés con una excelente profesora.

Simón, le has influido mejor que yo se reía Gonzalo, ahora la casa está llena de libros de inglés, y en el coche ya no suena música, sólo lecciones.

Rosalía y Gonzalo vivían en un gran piso, heredado por él de su abuelo, profesor de medicina. La ayuda doméstica era Consuelo, una mujer de cuarenta y tres años, solitaria, envidiosa y mala de corazón, aunque muy bien lo ocultaba. Consuelo era como de la familia, todo el día en la casa y al tanto de la vida íntima de la pareja.

Una mañana, Rosalía despertó y Gonzalo no estaba en la cama; otra vez se había quedado dormido borracho en su despacho. En la cocina, Consuelo sostenía una botella vacía de brandy:

Anoche estaba llena. ¿Qué le pongo para el desayuno?

Un vaso de gazpacho frío respondió Rosalía, y se dirigió al baño.

Tras siete años de matrimonio, no llegaron hijos. A Gonzalo no le interesaba: ya tenía un hijo de su primer matrimonio. Rosalía, volcada en su carrera, tampoco tenía ganas de ser madre. Una vez terminado el desayuno, envió a Consuelo al despacho. Allí, Gonzalo estaba tumbado boca abajo, una mancha roja en la almohada.

Rosalía, ven corriendo gritó Consuelo, llama a emergencias.

¿Qué le pasa?

No lo sé, está muy mal.

Quince minutos después, Rosalía viajaba en ambulancia al hospital con su marido. Lo llevaron directo a cuidados intensivos. El doctor fue claro:

La situación es complicada. No prometemos nada todavía.

Por la noche le llamaron al móvil:

Su marido ha fallecido.

No lo puedo creer susurró con voz apagada. Si apenas era mayor.

El funeral fue solemne. Simón se encargó de todo; la ciudad entera acudió porque Gonzalo era muy conocido. Incluso en el convite, Simón tomó la palabra:

No lloremos. Gonzalo vivió plenamente y se merece descanso. Ahora es libre, sin preocupaciones.

A este hombre no le faltó nada oyó Rosalía en voz baja.

Al principio, Rosalía no se acostumbraba a la ausencia de Gonzalo: el piso estaba silencioso y lúgubre. Consuelo la miraba expectante, sin saber si la despedirían o no. Los compañeros de trabajo opinaban:

Rosalía, no tienes por qué estar triste. Ahora eres joven, libre y, lo más importante, con dinero. Los ahorros y cuentas del difunto se habían repartido entre su hijo y ella. Pero Rosalía ya tenía buen sueldo. Buscaba compañía, evitaba la soledad, a veces tomaba café cerca de casa.

Ese día, después de grabar otro programa, entró en un café del barrio. Bebía lentamente un Rioja, ensimismada. Un hombre corpulento se acercó sonriente y pidió permiso para sentarse con ella.

¿Puedo? ella asintió. Me llamo Gaspar, se presentó. Ella también. ¿Por qué esa tristeza, siendo tan hermosa?

Es que estoy melancólica

Gaspar rondaba los cuarenta, fuerte, castaño, de facciones grandes, le recordó a Rosalía un osito de peluche, y se rio discretamente.

Déjame invitarte algo. ¿Vino, cóctel, pastel lo que desees?

Gracias, sólo un pastel no era muy golosa.

Pese a su aspecto poco agraciado, Gaspar resultó entrañable y divertido, lleno de historias y buen humor. Rosalía se lo pasó en grande. Él la acompañó a casa y quedaron para otra cita.

Por la mañana, Rosalía decidió comunicárselo a Consuelo:

Ya no necesito que sigas, puedo cuidarme sola, cocinar, limpiar y lavar mi ropa.

Ay, Rosalía, llevo años con vosotros, y me echas a la calle. ¿Adónde iré ahora?

Encontrarás otra familia, o de portera en algún edificio.

Me despides sollozó Consuelo, estaba tan acostumbrada

Bueno, en realidad no me falta el dinero, y así no tengo que limpiar ventanas ni baños pensó Rosalía.

Miró a la asistenta, que se secaba las lágrimas.

Está bien, Consuelo, si insistes, puedes quedarte se alegró y hasta la besó en la mejilla.

Os he querido, a ti y a Gonzalo, como si fuerais de mi propia familia. Perderlo fue muy duro, y encima tú me querías echar.

Así siguieron, aunque Gasparal que ella llamaba cariñosamente Gaspínvisitaba la casa con frecuencia. Gaspar adoraba a su esposa. Rosalía se casó con él a los tres meses y quiso que la boda fuese sencilla. Pero para la luna de miel, Gaspar la llevó a las Canarias, pues era empresario y podía permitírselo.

Rosalía pensó que el viaje sería como aquellos que hizo con Gonzalo: vuelo directo, hotel decente, excursiones típicas. Sin embargo, para “Gaspín”, el placer era diferente. Viajaron en clase preferente, alguien los recibió en el aeropuerto y los llevó en coche privado; en el hotel los agasajaron con fuegos artificiales, cocteles y bailes regionales.

La villa era preciosa, cuatro habitaciones, piscina en el patio, playa privada.

Madre mía, ¿cuánto habrá costado todo esto? pensaba Rosalía.

Nunca se interesó por el dinero de Gaspar, aunque sabía que tenía mucho. Él era tierno y amable, le acomodaba la manta, le acariciaba la cabeza. Por las mañanas la obligaba a desayunar bien, no solo a tomar un café antes de ir al trabajo.

Gonzalo siempre me despreciaba, presumiendo de elevarme a su nivel. Gaspar, aunque lejos de ser guapo, vive para mí, está siempre dispuesto a escuchar, eso me conquista reflexionaba Rosalía.

Consuelo adoraba al nuevo esposo y estaba feliz en la gran casa a las afueras, propiedad de Gaspar. Solo hubo un momento incómodo: Rosalía lo vio inyectarse insulina a escondidas.

¿Qué es eso? preguntó preocupado.

Solo insulina, soy diabético, pero llevo la vida normal.

En Canarias soñaba:

¿He encontrado, por fin, mi premio mayor en la vida?

Le encantaba este estilo de viaje. Lo único que la apenaba era compartirlo con su torpe y redondeado marido, en vez de con un monitor de surf o un entrenador de tenis de ojos azules.

Tengo que poner a mi osito en dieta y llevarlo al gimnasio.

Sacó el tema con él, pero Gaspar se apenó:

Haré deporte si lo deseas, pero tengo problemas de metabolismo. No puedo ser un Adonis. Dependo del tratamiento.

Tranquilo, ya está decidió ella.

De vuelta al trabajo, Rosalía a veces sentía una gran melancolía. ¿Llegaría a encontrar el amor verdadero alguna vez? Gaspín nunca la apasionó, y deseaba saber qué era la pasión ardiente. Quería sentir esa fuerza y, por las noches, soñar con un hombre atlético, no con un oso de peluche. Sus colegas bromeaban:

¿De verdad nunca engañas a tu osito, eres tan recta?

Pero era más por compasión que por moral, no quería dañar al buenazo. En la fiesta de Año Nuevo en la redacción, Rosalía bebió de más, y su compañero Jaime llamó a su amigo Marcos para llevarla a casa.

Rosalía, ¿te acercamos nosotras? propuso Jaime, medio borracho, y ella aceptó.

Marcos la sentó cerca de él y en el trayecto bromeaba con Jaime por no haberle presentado antes a Rosalía. Ella, asombrada, no le quitaba los ojos de encima. Guapo, elegante, conducía un Mercedes y la miraba con deseo. Al llegar, la ayudó a bajar y la apretó contra su coche, besándola con fuerza. Ella no lo rechazó, le agradaba ese ímpetu viril.

Marcos fue un amante ideal: mientras en casa era tierna y dócil con Gaspín, con él todo era deseo y potencia en su apartamento solitario. Directo, apasionado. Después del amor, simplemente charlaba:

Qué bien contigo.

Así estaban ambos satisfechos. Gaspar llegaba tarde del trabajo, ocupado por sus negocios, y ni se enteraba de lo que pasaba. Un día, Rosalía llegó en coche al piso de Marcos, cuando apareció alguien tocando con insistencia el timbre.

¡Ahora lo mato! murmuró Marcos, y fue a abrir.

Rosalía oyó dos voces conocidas: la de Marcos y la de su esposo, se vistió rápidamente y en la puerta apareció Gaspar, en silencio. Hubiese sido más fácil si hubiera gritado.

Gaspín Gaspar esto no es lo que parece

Marcos calló, ni respondió ni se negó a abrir.

¿Quién me ha vendido? preguntó Rosalía.

¿Y qué importa ya? Aunque dudé, fui a comprobarlo.

Notó que Gaspar estaba pálido, sudoroso y se desplomó. Rosalía acudió deprisa; respiraba con dificultad.

¡Llama a urgencias! ¡Rápido!

Marcos lo hizo. Rosalía buscó la pluma de insulina en el bolsillo de Gaspar y se la inyectó, esperando que reaccionara. Pero no fue así. Cuando llegó la ambulancia, el médico dictaminó:

Ha fallecido.

Rosalía quedó paralizada. Marcos la llevó a casa. Consuelo la recibió:

Rosalía, ¿qué ha pasado? Tienes muy mala cara.

Rosalía sospechó:

¿Habrá sido Consuelo quien avisó a Gaspar? No soportaba a Marcos y preguntaba mucho por él pero decidió callar.

Tras el funeral, le dieron los documentos: muerte súbita de corazón. Le costó volver en sí. Al poco, apareció la hija de Gaspar, abogada y del anterior matrimonio, reclamando la casa y amenazando con juicios. Lanzó un sobre relleno de billetes y le dio tres días para irse de la mansión con Consuelo.

Rosalía no tenía estómago para pleitos. Renunció a todo y regresó con Consuelo al gran piso que tenía de Gonzalo.

El tiempo sanó las heridas. Marcos la ayudó mucho. Seguían viéndose, pero él nunca le propuso matrimonio. Rosalía entendía que no era hombre para casarse, pero no cortaba la relación. Un día, su colega Jaime la llamó nervioso:

Rosalía, siéntate Marcos ha muerto, accidente de tráfico, fue instantáneo

Fue en ese momento cuando Rosalía reflexionó.

¿Por qué todos mis hombres mueren? Soy como una viuda negra, pronto me llamarán así. Debo de tener un aura oscura.

Pasaron los meses. Un día, durante el programa en la tele, apareció como invitado un joven llamado Néstor. Rosalía enseguida percibió su interés; después del rodaje la invitó a tomar café.

Claro, aceptó ella, ya es hora de rehacer mi vida.

Néstor conquistó su corazón; Rosalía se enamoró perdidamente, rebosaba felicidad.

Ahora sé lo que es la verdadera pasión Ya no puedo ni respirar sin Néstor, y me da miedo perderlo.

Néstor correspondía su amor, y juntos vivían momentos alegres. Era culto y amable, y Rosalía disfrutaba su compañía; no indagaba en el pasado de Néstor, solo sabía que era hijo único y que su padre y él no se hablaban. Vivía con Rosalía; él se fue a trabajar y ella decidió investigar un poco por curiosidad. Buscó su nombre en internet y la primera noticia la dejó boquiabierta: Néstor estaba entre los cien hombres más ricos de España.

No lo creo rió histérica. ¡Vaya sorpresa! luego tembló. ¿Y si también le pasa algo?

Se calmó, fue a trabajar. Por la tarde llamó a Néstor, que no respondía. Preocupada, llamó a su oficina.

Buenos días, ¿puedo hablar con Néstor, por favor?

¿De parte de quién?

De Rosalía

Lo han llevado al hospital le informaron.

Rosalía corrió hacia allí.

¿Qué le ocurre? preguntó angustiada al doctor.

Tranquila, no es grave. Vivirá, solo fue un susto para el corazón. Todo está controlado.

¿Puedo verle, aunque sea un momento?

Diez minutos.

Rosalía entró en la habitación. Néstor la esperaba, sonriendo; tomó sus manos.

Todo irá bien. Te amo, y cuando salga, me casaré contigo. ¿Aceptas?

¡Por supuesto! lo besó. Nos espera toda una vida llena de verdadera felicidad.

Gracias por leer esta historia, y por vuestra compañía. ¡Que la suerte os acompañe!

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La viuda negra La simpática y lista Lilia, a punto de acabar la carrera de Periodismo en la Universidad Complutense de Madrid, conoció a Vlad, bastante mayor que ella. Fue Vladislav Romanovich, un personaje muy conocido en la ciudad, compositor de canciones populares por Madrid, quien primero reparó en la esbelta y delicada Lilia. Hicieron amistad rápidamente, y Vlad, gran figura de la televisión madrileña, la ayudó a iniciar su carrera como presentadora de su propio programa en Telemadrid, titulado “Conversaciones de corazón a corazón”, donde invitó a psicólogos reconocidos y a otros referentes locales, en un formato de preguntas y respuestas basado en situaciones reales. Vladislav Romanovich, ya con cuarenta y cinco años y tres matrimonios a sus espaldas, era conocido por su energía y su multitud de amigos, aunque nunca logró adaptarse a la vida familiar. Consideraba su genio creativo casi digno de premio nacional de composición, frecuentaba restaurantes, cafés y saunas de la ciudad, y era habitual verle tomando copas en reuniones sociales. El tiempo pasó y Lilia se hizo popular; se casó con Vlad y su programa se convirtió en éxito en toda la ciudad. Elegantemente vestida, agradable y atenta, era la estrella televisiva de la que todos hablaban, aunque pronto comprendió que había elegido al hombre equivocado por marido: Vlad siempre bajo los efectos del alcohol y despectivo con ella. A pesar de recibir halagos de amigos como Semen, y de contar con el apoyo de Vlad mientras se ganaba su afecto, todo cambió tras la boda: los detalles y atenciones desaparecieron. Lilia se desilusionó y empezó a construir su carrera sola, mientras Vlad insistía en que aprendiera inglés para no “parecer una paleta” en el extranjero, aunque fue el consejo de Semen lo que realmente la animó a ponerse a estudiar el idioma. La pareja vivía en un gran piso en Chamberí, herencia del abuelo de Vlad, un distinguido médico. Disponían de una asistenta, Vera, mujer de 43 años, celosa y maliciosa, que presenciaba cada aspecto de su vida privada. La rutina cotidiana se fue llenando de hastío y, tras siete años de matrimonio, Lilia nunca tuvo hijos: Vlad ya tenía un hijo de su primer matrimonio y ella prefería centrarse en el trabajo. Una mañana, tras una noche más de excesos de Vlad, Vera encontró a Vlad desplomado en su despacho y llamaron rápidamente a emergencias. Vlad fue ingresado en la UCI y, esa misma noche, Lilia recibió la noticia de su fallecimiento. El funeral, multitudinario y organizado por Semen, fue todo un acontecimiento madrileño. Semen resumió la vida de Vlad: “Vivió intenso y merece descanso”. Lilia, sola y rodeada de rumores y consejos (“No tienes nada de qué lamentarte, eres joven, libre y rica”), repartió la herencia con el hijo de Vlad y se volcó en su trabajo y amistades. En un café cercano tras una grabación, Lilia conoció a Inocencio, un empresario simpático y robusto que pronto se ganó su confianza y la invitó a salir. Tras despedir y volver a readmitir a Vera, su fiel asistenta, Lilia y “Kiko”, como le llamaba cariñosamente, se casaron tras tres meses y organizaron una luna de miel en las Islas Maldivas digna de celebridad, con todo lujo de detalles y atención VIP. Inocencio resultó ser atento y cariñoso, aunque sufría diabetes y tenía que administrar insulina, lo que no mermaba la felicidad de Lilia, aunque a veces fantaseaba con un marido más atlético. A su regreso a Madrid, Lilia sintió que aún no había encontrado la pasión verdadera, y empezó una aventura secreta con Artemio, el mejor amigo de su colega Costa: todo deseo y pura química. Artemio resultó el amante perfecto y, como Inocencio pasaba mucho tiempo ocupado con su empresa, Lilia mantuvo el idilio en secreto hasta que, una noche, Inocencio los sorprendió juntos y, tras el shock, sufrió un infarto y falleció en casa de Artemio. La hija de Inocencio del primer matrimonio, abogada, no tardó en expulsar a Lilia de la mansión de la sierra madrileña, entregándole un fajo de dinero como compensación y dándole tres días para marcharse. Lilia, pragmática, regresó al gran piso que le quedaba de Vlad en Chamberí junto a Vera. Siguió viéndose con Artemio, aunque no había intención de formalizar la relación, pero poco tiempo después Costa le telefoneó: Artemio había muerto en un accidente de tráfico. Fue entonces cuando Lilia reflexionó: “¿Por qué todos mis hombres mueren? Soy la viuda negra, todos lo dirán, debo tener el aura negra”. Al cabo de un tiempo, en una de sus grabaciones televisivas, apareció un joven llamado Macario, quien pronto conquistó su corazón. Lilia se enamoró profundamente y, tras investigar su nombre en internet, descubrió que figuraba en el ranking de las cien mayores fortunas de España. No terminaba de creérselo, pero el miedo a perderlo la asaltaba. Días después, Macario sufrió una crisis y fue ingresado; Lilia acudió al hospital, donde él le dio un prometedor mensaje de amor: “Cuando salga, nos casamos”. Lilia aceptó emocionada, sabiendo que por fin encontraba su verdadera felicidad y un porvenir lleno de amor. ¡Gracias por leer y por vuestro apoyo! ¡Os deseo suerte y felicidad en la vida!
Estaba sentada a la mesa con las fotos en la mano que acababan de caer de la bolsa de regalo de mi suegra. No eran postales. No eran felicitaciones. Eran fotos impresas — como las que se sacan adrede del móvil, como si alguien quisiera que quedaran para siempre. Se me encogió el corazón. Todo estaba en silencio. Sólo se oía el tictac del reloj de la cocina y el suave zumbido del horno manteniendo la temperatura. Hoy debía ser una cena familiar. Normal. Limpia. Ordenada. Había preparado todo: el mantel, planchado. Los platos, iguales. Las copas, de las buenas. Incluso había puesto servilletas de las que guardo para “visitas importantes”. Y justo entonces mi suegra entró con la bolsa y esa mirada suya que siempre me ha parecido un examen. — He traído una cosita —dijo, dejando la bolsa sobre la mesa. Sin sonrisa. Sin calidez. Como alguien que deja una prueba encima de la mesa. Abrí la bolsa por cortesía. Y entonces las fotos cayeron sobre la mesa como bofetadas. La primera, de mi marido. La segunda, de nuevo mi marido. La tercera… ya no pude más: era mi marido… y una mujer junto a él. Ella de perfil, pero se veía claro que no era una “cualquiera”. Todo mi cuerpo se tensó. Mi suegra se sentó enfrente y se arregló la manga, como si acabara de servir el té y no de soltar una bomba. — ¿Qué es esto? —pregunté, con voz extrañamente baja. Mi suegra no se apresuró a responder. Cogió agua, dio un sorbo y al fin dijo: — La verdad. Conté hasta tres, porque sentía las palabras temblando en la lengua. — ¿Verdad sobre qué? Ella se echó hacia atrás, cruzó los brazos y me examinó de arriba abajo, como si la hubiera decepcionado solo con mi presencia. — La verdad sobre el hombre con el que vives —afirmó. Notaba cómo se me llenaban los ojos de lágrimas, pero no de dolor, sino de humillación. De ese tono. Del placer con que lo decía. Cogí las fotos una a una, los dedos sudorosos, el papel frío y cortante en los bordes. — ¿Cuándo fueron tomadas? —inquirí. — Hace poco —respondió—. No te hagas la ingenua. Todos lo vemos. Sólo tú finges que no. Me levanté. La silla chirrió fuerte y por un segundo creí que el eco despertaba todo el piso. — ¿Por qué me las trae a mí? —pregunté—. ¿Por qué no habla con su hijo? Mi suegra ladeó la cabeza. — Ya he hablado —afirmó—. Pero él es débil. Te tiene lástima. Yo… yo no soporto a las mujeres que arrastran a los hombres. Y ahí lo entendí. No era una revelación. Era un ataque. No era “salvarme”. Era una oportunidad para humillarme. Para hacerme sentir pequeña e indeseada. Me giré hacia la cocina. En ese instante el horno pitó: la cena estaba lista. Ese sonido me devolvió al cuerpo, a la realidad, a lo que yo sí había hecho. — ¿Sabe qué es lo más repugnante? —dije sin mirarla. — Dímelo —respondió seca. Cogí un plato, luego otro. Empecé a servir como si nada hubiera pasado. Las manos me temblaban, pero las mantenía ocupadas para no venirme abajo. — Lo más repugnante es que usted no trae esas fotos como madre —solté—. Las trae como enemiga. Mi suegra rió por lo bajo. — Soy realista —afirmó—. Y tú deberías serlo. Serví la comida, la llevé a la mesa y le puse un plato delante. Mi suegra alzó las cejas. — ¿Qué haces? —preguntó. — Le invito a cenar —respondí tranquila—. Porque esto no va a estropearme la noche. En ese instante la descolocó. Se le notó. No esperaba eso. Mi suegra esperaba lágrimas, escenas, una llamada a mi marido, que yo me hundiera. Pero no lo hice. Me senté enfrente, apilé las fotos y las cubrí con una servilleta. Blanca. Limpia. — Usted quiere verme débil —afirmé—. No lo va a conseguir. Mi suegra entornó los ojos. — Lo conseguiré —dijo—. Cuando hagas una escena al llegar él. — No —repliqué—. Cuando llegue, le daré de cenar. Y le daré la oportunidad de hablar como un hombre. El silencio pesó. Sólo sonaban los cubiertos que yo colocaba meticulosamente, como si fuera lo más importante del mundo. A los veinte minutos, la llave giró. Mi marido entró y desde la entrada dijo: — Qué bien huele… Luego vio a su madre en la mesa. La expresión de su rostro cambió. Lo noté antes de mirarle. — ¿Qué haces aquí? —preguntó. Mi suegra sonrió. — He venido a cenar —dijo—. Que tu mujer es ama de casa. Lo soltó como un cuchillo. Yo le miré. Sin drama. Sin teatro. Mi marido se acercó y vio las fotos. La servilleta se había desplazado y una foto asomaba. Se quedó helado. — Esto… —susurró. No le dejé huir. — Explícamelo —dije—. Delante de mí y de tu madre. Ella ha elegido esto. Mi suegra se inclinó hacia adelante, lista para el espectáculo. Mi marido soltó aire, pesadamente. — No es nada —dijo—. Son fotos antiguas. De una compañera. Me pilló en una cena de empresa y alguien sacó fotos. Le miré en silencio. — ¿Y quién las imprimió? —pregunté. Él miró a su madre. Mi suegra ni parpadeó. Sólo sonrió aún más satisfecha. Entonces él hizo algo que no esperaba. Cogió las fotos. Las rompió en dos. Y otra vez. Las tiró a la basura. Mi suegra se levantó de golpe. — ¿Te has vuelto loco? —chilló. Él la miró desafiante. — La que está loca eres tú. Este es nuestro hogar. Y ella es mi mujer. Si sólo vienes a envenenar, te puedes marchar. Yo permanecí firme. No sonreí. Pero algo dentro de mí se liberó. Mi suegra cogió el bolso bruscamente. Salió, dio un portazo y sus pasos por la escalera sonaban a ofensa. Él se volvió hacia mí. — Lo siento —susurró. Le miré. — No quiero disculpas —dije—. Quiero límites. Quiero saber que la próxima vez no estaré sola frente a ella. Asintió. — No habrá próxima vez —aseguró. Me levanté, fui a la basura y saqué los trozos de fotos. Los metí en una bolsa de plástico y la até. No era miedo a las fotos. Era que ya no dejaría que nadie trajera “pruebas” a mi casa. Ese fue mi triunfo silencioso. ¿Qué harías tú? Aconséjame…