La Viuda Negra
Muchos años atrás, en tiempos que ahora parecen tan lejanos, vivía en Salamanca una joven llamada Rosalía, inteligente y de gran belleza, que en los últimos años de la Facultad de Periodismo conoció a un hombre mucho más mayor que ella: Gonzalo Martín de la Fuente. Gonzalo, famoso en la ciudad por componer canciones que todos tarareaban, fue el primero en fijarse en la esbelta y delicada Rosalía.
Gonzalo era un personaje querido por todos. En la televisión local, tenía amigos por doquier. No le costó nada conseguirle a Rosalía, tras terminar la carrera, un puesto como presentadora de su propio programa. Al cabo de poco tiempo, ella estrenó Hablando de corazón, invitando al psicólogo más conocido de Salamanca y a otros personajes. El programa, en formato de preguntas y respuestas, trataba ejemplos extraídos de la vida cotidiana.
Muy bien hecho, Rosalía aplaudió Gonzalo tras ver el programa, ¡eso hay que celebrarlo!
Gonzalo Martín de la Fuente, a sus cuarenta y cinco años, había estado casado tres veces. Su alma inquieta, su energía desbordante y sus incontables amigos mostraban que no era hombre de vida familiar. Vivía para el arte, escribía canciones y se consideraba casi un compositor laureado. Se le veía en todos los restaurantes de moda, cafés, y hasta en las termas; siempre rodeado de conocidos y, a menudo, con una copa de vino en mano.
Con el paso de los años, Rosalía se volvió muy popular en Salamanca. Se casó con Gonzalo y su programa era seguido por miles de salmantinos. Siempre bien arreglada y amable, nunca nadie vio en ella nada de demoníaco; la gente la llamaba la guapa de la tele. Pero pronto descubrió que quizá se había casado con el hombre equivocado, pues su esposo pasaba la mayor parte del tiempo, literalmente, medio borracho.
No te vengas arriba, Gonzalo solía advertirle su amigo Simón, esta muchacha te va a dar mil vueltas todavía, cuando Gonzalo quería humillar a Rosalía bajo los efectos del vino.
No, Simón, nunca he elegido mujeres inteligentes, prefiero pensar que el listo aquí soy yo decía Gonzalo, pellizcándola la mejilla mientras estaban en una cafetería.
Al principio, mientras la cortejaba, Gonzalo era todo un caballero: flores, regalos, hasta dos canciones compuso para ella; escuchaba atento cada cosa que decía. Pero bastó que Rosalía se convirtiera en su esposa para que aquellos gestos se esfumaran. La atención hacia ella no era mayor que la dedicada al gato doméstico, y a menudo le gritaba alguna orden.
Yo, ingenua, de verdad creí que a su lado sería una estrella reflexionaba Rosalía.
Todo resultó muy distinto. En la Facultad aprendió francés, que para viajar no era de gran utilidad. Gonzalo la atormentaba:
¡Aprende inglés! Así te manejas fuera de España, que pareces de pueblo en el extranjero. Al gimnasio ni pienses ir, tonterías. Mejor aprende idiomas.
Después de escuchar eso, Rosalía se negó, por pura rebeldía, a estudiar inglés. Pero un día, durante una cena en casa, el amigo de Gonzalo, Simón, culto y leído, comentó:
El inglés para una mujer de mundo es tan imprescindible como los tacones y Rosalía, sin dudar, se apuntó a clases de inglés con una excelente profesora.
Simón, le has influido mejor que yo se reía Gonzalo, ahora la casa está llena de libros de inglés, y en el coche ya no suena música, sólo lecciones.
Rosalía y Gonzalo vivían en un gran piso, heredado por él de su abuelo, profesor de medicina. La ayuda doméstica era Consuelo, una mujer de cuarenta y tres años, solitaria, envidiosa y mala de corazón, aunque muy bien lo ocultaba. Consuelo era como de la familia, todo el día en la casa y al tanto de la vida íntima de la pareja.
Una mañana, Rosalía despertó y Gonzalo no estaba en la cama; otra vez se había quedado dormido borracho en su despacho. En la cocina, Consuelo sostenía una botella vacía de brandy:
Anoche estaba llena. ¿Qué le pongo para el desayuno?
Un vaso de gazpacho frío respondió Rosalía, y se dirigió al baño.
Tras siete años de matrimonio, no llegaron hijos. A Gonzalo no le interesaba: ya tenía un hijo de su primer matrimonio. Rosalía, volcada en su carrera, tampoco tenía ganas de ser madre. Una vez terminado el desayuno, envió a Consuelo al despacho. Allí, Gonzalo estaba tumbado boca abajo, una mancha roja en la almohada.
Rosalía, ven corriendo gritó Consuelo, llama a emergencias.
¿Qué le pasa?
No lo sé, está muy mal.
Quince minutos después, Rosalía viajaba en ambulancia al hospital con su marido. Lo llevaron directo a cuidados intensivos. El doctor fue claro:
La situación es complicada. No prometemos nada todavía.
Por la noche le llamaron al móvil:
Su marido ha fallecido.
No lo puedo creer susurró con voz apagada. Si apenas era mayor.
El funeral fue solemne. Simón se encargó de todo; la ciudad entera acudió porque Gonzalo era muy conocido. Incluso en el convite, Simón tomó la palabra:
No lloremos. Gonzalo vivió plenamente y se merece descanso. Ahora es libre, sin preocupaciones.
A este hombre no le faltó nada oyó Rosalía en voz baja.
Al principio, Rosalía no se acostumbraba a la ausencia de Gonzalo: el piso estaba silencioso y lúgubre. Consuelo la miraba expectante, sin saber si la despedirían o no. Los compañeros de trabajo opinaban:
Rosalía, no tienes por qué estar triste. Ahora eres joven, libre y, lo más importante, con dinero. Los ahorros y cuentas del difunto se habían repartido entre su hijo y ella. Pero Rosalía ya tenía buen sueldo. Buscaba compañía, evitaba la soledad, a veces tomaba café cerca de casa.
Ese día, después de grabar otro programa, entró en un café del barrio. Bebía lentamente un Rioja, ensimismada. Un hombre corpulento se acercó sonriente y pidió permiso para sentarse con ella.
¿Puedo? ella asintió. Me llamo Gaspar, se presentó. Ella también. ¿Por qué esa tristeza, siendo tan hermosa?
Es que estoy melancólica
Gaspar rondaba los cuarenta, fuerte, castaño, de facciones grandes, le recordó a Rosalía un osito de peluche, y se rio discretamente.
Déjame invitarte algo. ¿Vino, cóctel, pastel lo que desees?
Gracias, sólo un pastel no era muy golosa.
Pese a su aspecto poco agraciado, Gaspar resultó entrañable y divertido, lleno de historias y buen humor. Rosalía se lo pasó en grande. Él la acompañó a casa y quedaron para otra cita.
Por la mañana, Rosalía decidió comunicárselo a Consuelo:
Ya no necesito que sigas, puedo cuidarme sola, cocinar, limpiar y lavar mi ropa.
Ay, Rosalía, llevo años con vosotros, y me echas a la calle. ¿Adónde iré ahora?
Encontrarás otra familia, o de portera en algún edificio.
Me despides sollozó Consuelo, estaba tan acostumbrada
Bueno, en realidad no me falta el dinero, y así no tengo que limpiar ventanas ni baños pensó Rosalía.
Miró a la asistenta, que se secaba las lágrimas.
Está bien, Consuelo, si insistes, puedes quedarte se alegró y hasta la besó en la mejilla.
Os he querido, a ti y a Gonzalo, como si fuerais de mi propia familia. Perderlo fue muy duro, y encima tú me querías echar.
Así siguieron, aunque Gasparal que ella llamaba cariñosamente Gaspínvisitaba la casa con frecuencia. Gaspar adoraba a su esposa. Rosalía se casó con él a los tres meses y quiso que la boda fuese sencilla. Pero para la luna de miel, Gaspar la llevó a las Canarias, pues era empresario y podía permitírselo.
Rosalía pensó que el viaje sería como aquellos que hizo con Gonzalo: vuelo directo, hotel decente, excursiones típicas. Sin embargo, para “Gaspín”, el placer era diferente. Viajaron en clase preferente, alguien los recibió en el aeropuerto y los llevó en coche privado; en el hotel los agasajaron con fuegos artificiales, cocteles y bailes regionales.
La villa era preciosa, cuatro habitaciones, piscina en el patio, playa privada.
Madre mía, ¿cuánto habrá costado todo esto? pensaba Rosalía.
Nunca se interesó por el dinero de Gaspar, aunque sabía que tenía mucho. Él era tierno y amable, le acomodaba la manta, le acariciaba la cabeza. Por las mañanas la obligaba a desayunar bien, no solo a tomar un café antes de ir al trabajo.
Gonzalo siempre me despreciaba, presumiendo de elevarme a su nivel. Gaspar, aunque lejos de ser guapo, vive para mí, está siempre dispuesto a escuchar, eso me conquista reflexionaba Rosalía.
Consuelo adoraba al nuevo esposo y estaba feliz en la gran casa a las afueras, propiedad de Gaspar. Solo hubo un momento incómodo: Rosalía lo vio inyectarse insulina a escondidas.
¿Qué es eso? preguntó preocupado.
Solo insulina, soy diabético, pero llevo la vida normal.
En Canarias soñaba:
¿He encontrado, por fin, mi premio mayor en la vida?
Le encantaba este estilo de viaje. Lo único que la apenaba era compartirlo con su torpe y redondeado marido, en vez de con un monitor de surf o un entrenador de tenis de ojos azules.
Tengo que poner a mi osito en dieta y llevarlo al gimnasio.
Sacó el tema con él, pero Gaspar se apenó:
Haré deporte si lo deseas, pero tengo problemas de metabolismo. No puedo ser un Adonis. Dependo del tratamiento.
Tranquilo, ya está decidió ella.
De vuelta al trabajo, Rosalía a veces sentía una gran melancolía. ¿Llegaría a encontrar el amor verdadero alguna vez? Gaspín nunca la apasionó, y deseaba saber qué era la pasión ardiente. Quería sentir esa fuerza y, por las noches, soñar con un hombre atlético, no con un oso de peluche. Sus colegas bromeaban:
¿De verdad nunca engañas a tu osito, eres tan recta?
Pero era más por compasión que por moral, no quería dañar al buenazo. En la fiesta de Año Nuevo en la redacción, Rosalía bebió de más, y su compañero Jaime llamó a su amigo Marcos para llevarla a casa.
Rosalía, ¿te acercamos nosotras? propuso Jaime, medio borracho, y ella aceptó.
Marcos la sentó cerca de él y en el trayecto bromeaba con Jaime por no haberle presentado antes a Rosalía. Ella, asombrada, no le quitaba los ojos de encima. Guapo, elegante, conducía un Mercedes y la miraba con deseo. Al llegar, la ayudó a bajar y la apretó contra su coche, besándola con fuerza. Ella no lo rechazó, le agradaba ese ímpetu viril.
Marcos fue un amante ideal: mientras en casa era tierna y dócil con Gaspín, con él todo era deseo y potencia en su apartamento solitario. Directo, apasionado. Después del amor, simplemente charlaba:
Qué bien contigo.
Así estaban ambos satisfechos. Gaspar llegaba tarde del trabajo, ocupado por sus negocios, y ni se enteraba de lo que pasaba. Un día, Rosalía llegó en coche al piso de Marcos, cuando apareció alguien tocando con insistencia el timbre.
¡Ahora lo mato! murmuró Marcos, y fue a abrir.
Rosalía oyó dos voces conocidas: la de Marcos y la de su esposo, se vistió rápidamente y en la puerta apareció Gaspar, en silencio. Hubiese sido más fácil si hubiera gritado.
Gaspín Gaspar esto no es lo que parece
Marcos calló, ni respondió ni se negó a abrir.
¿Quién me ha vendido? preguntó Rosalía.
¿Y qué importa ya? Aunque dudé, fui a comprobarlo.
Notó que Gaspar estaba pálido, sudoroso y se desplomó. Rosalía acudió deprisa; respiraba con dificultad.
¡Llama a urgencias! ¡Rápido!
Marcos lo hizo. Rosalía buscó la pluma de insulina en el bolsillo de Gaspar y se la inyectó, esperando que reaccionara. Pero no fue así. Cuando llegó la ambulancia, el médico dictaminó:
Ha fallecido.
Rosalía quedó paralizada. Marcos la llevó a casa. Consuelo la recibió:
Rosalía, ¿qué ha pasado? Tienes muy mala cara.
Rosalía sospechó:
¿Habrá sido Consuelo quien avisó a Gaspar? No soportaba a Marcos y preguntaba mucho por él pero decidió callar.
Tras el funeral, le dieron los documentos: muerte súbita de corazón. Le costó volver en sí. Al poco, apareció la hija de Gaspar, abogada y del anterior matrimonio, reclamando la casa y amenazando con juicios. Lanzó un sobre relleno de billetes y le dio tres días para irse de la mansión con Consuelo.
Rosalía no tenía estómago para pleitos. Renunció a todo y regresó con Consuelo al gran piso que tenía de Gonzalo.
El tiempo sanó las heridas. Marcos la ayudó mucho. Seguían viéndose, pero él nunca le propuso matrimonio. Rosalía entendía que no era hombre para casarse, pero no cortaba la relación. Un día, su colega Jaime la llamó nervioso:
Rosalía, siéntate Marcos ha muerto, accidente de tráfico, fue instantáneo
Fue en ese momento cuando Rosalía reflexionó.
¿Por qué todos mis hombres mueren? Soy como una viuda negra, pronto me llamarán así. Debo de tener un aura oscura.
Pasaron los meses. Un día, durante el programa en la tele, apareció como invitado un joven llamado Néstor. Rosalía enseguida percibió su interés; después del rodaje la invitó a tomar café.
Claro, aceptó ella, ya es hora de rehacer mi vida.
Néstor conquistó su corazón; Rosalía se enamoró perdidamente, rebosaba felicidad.
Ahora sé lo que es la verdadera pasión Ya no puedo ni respirar sin Néstor, y me da miedo perderlo.
Néstor correspondía su amor, y juntos vivían momentos alegres. Era culto y amable, y Rosalía disfrutaba su compañía; no indagaba en el pasado de Néstor, solo sabía que era hijo único y que su padre y él no se hablaban. Vivía con Rosalía; él se fue a trabajar y ella decidió investigar un poco por curiosidad. Buscó su nombre en internet y la primera noticia la dejó boquiabierta: Néstor estaba entre los cien hombres más ricos de España.
No lo creo rió histérica. ¡Vaya sorpresa! luego tembló. ¿Y si también le pasa algo?
Se calmó, fue a trabajar. Por la tarde llamó a Néstor, que no respondía. Preocupada, llamó a su oficina.
Buenos días, ¿puedo hablar con Néstor, por favor?
¿De parte de quién?
De Rosalía
Lo han llevado al hospital le informaron.
Rosalía corrió hacia allí.
¿Qué le ocurre? preguntó angustiada al doctor.
Tranquila, no es grave. Vivirá, solo fue un susto para el corazón. Todo está controlado.
¿Puedo verle, aunque sea un momento?
Diez minutos.
Rosalía entró en la habitación. Néstor la esperaba, sonriendo; tomó sus manos.
Todo irá bien. Te amo, y cuando salga, me casaré contigo. ¿Aceptas?
¡Por supuesto! lo besó. Nos espera toda una vida llena de verdadera felicidad.
Gracias por leer esta historia, y por vuestra compañía. ¡Que la suerte os acompañe!







