Me enamoré de una mujer de pueblo y acogedora… ¡Y que digan lo que quieran! —¿De verdad me dejas por esa paleta? —mi esposa no daba crédito. —No la llames así, por favor, a Galina. Está decidido, Inés. Perdóname —iba recogiendo mis cosas apresuradamente. —Ojalá recapacites pronto. Te van a tomar por loco tus compañeros, tus vecinos. ¿En qué pensabas? ¿En irte con una simpletona? ¿Y qué les digo a los hijos? ¿Que su padre culto se fugó con una aldeana? —Inés agitaba nerviosa el pañuelo. —¿A los hijos? Ya son mayores, gracias a Dios. A Lucía pronto le entrarán ganas de casarse, y Valerio sigue su camino. Ya no somos ejemplo para ellos. Y sobre los vecinos, compañeros o los que pasen de largo… Me importan un pimiento. Esta es mi vida. Yo tampoco me meto en la alcoba de nadie ni les llevo la vela —intentaba explicarle a Inés mi decisión con la mayor delicadeza posible. No servía de nada. Cuando un matrimonio se rompe, duele a los dos. Inés estaba absorta mirando por la ventana de la cocina. A mí no me daba ni pizca de pena. Ni una. Por dentro, vacío total…

ME ENAMORÉ DE UNA MUJER DE CASA o BUENO, QUE DIGAN LO QUE QUIERAN

¿Que te vas a ir de casa por esa pueblerina? mi mujer, incrédula, se frotaba las sienes.
No la llames así, por favor, Guadalupe. Ya está todo decidido, Inés. Perdóname apresuraba la maleta entre un montón de camisetas sueltas.
Seguro que recapacitarás pronto. No puede ser de otra manera. Tus compañeros, los vecinos ¡se van a reír de ti! ¿Con quién te vas, con esa simplona desaliñada? ¿Qué les digo a nuestros hijos? ¿Que su padre intelectual se ha fugado con una aldeana? Inés estrujaba el pañuelo como si le diese cuerda a una radio antigua.

¿Los niños? Por favor, ya no son niños. Marta pronto querrá boda, y Ernesto hace su vida por ahí. No somos ejemplo de nada para ellos. ¿Y los otros? ¿Vecinos, compañeros, paseantes ajenos? Me da igual lo que digan. Bastante tengo con la mía. Yo no me meto en camas ajenas intenté sonar suave, casi didáctico, para convencer a Inés.
No sirvió de mucho. Cuando un matrimonio se descompone, duele tanto a uno como al otro.

Inés, desde la mesa de la cocina, miraba al horizonte de la Gran Vía madrileña sin pestañear. Yo, ni pizca de lástima. En mis adentros: vacío a lo Don Quijote tras leer una novela mala.

Inés era ya mi tercera mujer. El día que la conocí, me temblaron hasta las patillas. Guapa, siempre perfecta, con ese aire de mandamás narcisista, fe y seguridad en sí misma. Y yo, en aquel entonces, ni tan mal, muy seguro de mi gancho. No andaba escaso de pretendientas, y de joven me pegaba el amor repentino y me casaba antes de pensarlo. Eso sí, en cuanto me aburría del rancho doméstico y las mujeres, salía huyendo. Hijos, solo tuve con Inés.

Creí que ella era mi último refugio. Gran error Que ni la mejor sandía ni la mejor mujer muestran su calaña de primeras. Con los años, lo que era pasión acabó seco como uva pasa. De cara al público, éramos la pareja madrileña perfecta, una familia ejemplar. Los vecinos, igual nos idolatraban como nos despreciaban, nunca se sabe. Las ancianas en los portales murmuraban a nuestro paso. Caminábamos erguidos, como quien entra en los Goya.

Pero en casa, con la puerta cerrada, la cosa cambiaba.
Inés, de ama de casa, ni la sombra: la nevera más vacía que la hucha de la Seguridad Social, ropa sucia para parar un tren, el polvo acampando por las esquinas Eso sí, las uñas siempre impecables, el peinado de peluquería, el maquillaje fresco cada mañana. Para Inés el mundo era un satélite a su alrededor, no al revés. Ella solo dejaba que la quisiesen, como si fuera actriz principal en el reemplazo de Penélope Cruz. Su alma, cerrada con llave para todos, hasta para los hijos.

Mi madre vivía con nosotros, la pobre. Aguantó sin protestar años el desorden, pero acabó enseñando, con su sabiduría andaluza, a Marta y Ernesto a cocinar, limpiar y valerse por sí mismos. Inés a nuestros hijos siempre les llamaba por el nombre completo Marta y Ernesto, ni un cariñito, como si estuviese abriéndoles un expediente administrativo.

Y claro, los críos, cada vez más pegados a la abuela y más esquivos con Inés.

Inés además prohibía todo contacto vecinal conversaciones inútiles, decía ella. Ni hola y adiós bien dado.

Los primeros años yo ni me enteraba. Estaba enamorado, vivía feliz cada día familiar. Marta, empollona, matrícula de honor; Ernesto, todo un desastre. ¿Cómo pueden dos hijos criados igual, salir tan opuestos? Ernesto, ya en Bachiller, odiaba los buenos resultados de su hermana, y las peleas eran semanales.

En aquellos años noventa tan de barrio, Ernesto, al dejar el instituto, se metió con unos chiquillos bastante macarras y desapareció. Tres años estuvimos sin saber de él, denuncia en comisaría y todo. Lo dimos por perdido y lo lloramos como manda el luto. Mi madre, con su habitual retranca castellana, soltaba:
Por mucho que vista seda, la mona se queda.
Inés se iba al baño a llorar en secreto.

Siempre nos quedó la esperanza. Hasta que Ernesto un día volvió. Flaco, hecho polvo, lleno de cicatrices; traía una novia igual de desolada. Les acogimos con recelo. Ernesto nos miraba de lado, siempre a la defensiva, sin soltar prenda.

Marta pronto se marchó. Quiso casarse nadie la pidió y acabó con un tipo rarito. Sin hijos. Venía a casa cubierta de moratones, nunca se quejaba, lo soportaba todo.
Marta, hija, mándalo a paseo. Algún día acabarás mal. Quien busca sufrir, encuentra verdugo mi madre, ya mayor, la animaba entre lágrimas.
Abuela, no pasa nada. Cayéndome por las escaleras me hice esto respondía Marta, muy lejos de la empollona que fue.

Y yo, mientras, entrado en años, me enamoré sin esperarlo. En el trabajo de la fábrica, la cocinera se llamaba Maruja. Siempre de risas, natural y con una bondad contagiosa, la típica mujer de barrio castizo. Durante años, ni le había hecho caso a la pelirroja de mofletes sonrosados. Pero su risa hombre, su risa era como una fuente en el Retiro. Siempre con alguna broma a la boca, alegría en persona. Empecé a fijarme en ella. Era tres años mayor que yo, viuda de hace siglos, había criado sola a su hijo que luego se fue a trabajar a Alemania.

Maruja era lo contrario a Inés: coleta descuidada, uñas a lo práctico, maquillaje ni conocía (al menos llevaba carmín naranja). Daba gusto estar con ella; derrochaba calorcito y amabilidad de manera natural. No podías no enamorarte de alguien así de auténtica.

A Maruja empecé a cortejarla. Ramos de flores, paseos al cine de la Plaza de Callao, cañas por Lavapiés
Pero ella puso las cosas claras:
Antonio, me gustas también, pero tienes mujer. ¿Y tus hijos qué? No quiero líos ni que se me llame quitamaridos.

Como cualquier hombre en crisis, dudé. Das un paso y temes hundirte en el hielo fino.
A veces me quedaba a dormir en casa de Maruja, y claro, Inés, que no es tonta, lo sabía. El portal es un mundo, e igual que llegan las facturas, las porteras trajeron todos los detalles: quién, dónde, cuándo, y cómo mi caída al barrio bajo fue la comidilla de Lavapiés. Inés montó un drama griego, insultó a Maruja llamándola guarra de pueblo, y amenazó con tragedias mayores.

A los seis meses, hice la maleta y pasé a la acera contraria. Maruja estaba tan feliz que no sabía si bailar la sardana o el chotis. Pero avisó:
Antonio, en un mes quiero ver tu sentencia de separación. Si no, nanai.

Dicho y hecho. Nos casamos, papeles por delante. No me arrepiento de nada. Marta y Ernesto vienen a vernos; Maruja les ceba a cocido y croquetas. Creo que Marta dejó al tarambana y Ernesto parece más formal: come bien, sonríe más, se prepara para ser padre. Supongo que se cansó de ver la miseria cara a cara. Maruja los ha unido:
Sois sangre de la misma sangre. Apoyaros y vivid juntos, no dispersos como atomos por Chamberí.

Ahora, hermano y hermana van juntos a todos lados.
Mi madre descansa en paz.
Inés Inés envejeció, sin rastro de la altanería de entonces. Al cruzarnos ni me saluda, mira al suelo. Vivimos puerta con puerta, pero yo nunca vuelvo a donde fui infeliz.

Quizá me critiquen, pero esta es mi vida. Mis actos son míos; nadie paga mis facturas, ni aunque le den euros, que ahora la vida no está para regalar opiniones.

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Me enamoré de una mujer de pueblo y acogedora… ¡Y que digan lo que quieran! —¿De verdad me dejas por esa paleta? —mi esposa no daba crédito. —No la llames así, por favor, a Galina. Está decidido, Inés. Perdóname —iba recogiendo mis cosas apresuradamente. —Ojalá recapacites pronto. Te van a tomar por loco tus compañeros, tus vecinos. ¿En qué pensabas? ¿En irte con una simpletona? ¿Y qué les digo a los hijos? ¿Que su padre culto se fugó con una aldeana? —Inés agitaba nerviosa el pañuelo. —¿A los hijos? Ya son mayores, gracias a Dios. A Lucía pronto le entrarán ganas de casarse, y Valerio sigue su camino. Ya no somos ejemplo para ellos. Y sobre los vecinos, compañeros o los que pasen de largo… Me importan un pimiento. Esta es mi vida. Yo tampoco me meto en la alcoba de nadie ni les llevo la vela —intentaba explicarle a Inés mi decisión con la mayor delicadeza posible. No servía de nada. Cuando un matrimonio se rompe, duele a los dos. Inés estaba absorta mirando por la ventana de la cocina. A mí no me daba ni pizca de pena. Ni una. Por dentro, vacío total…
MANO DUKRA IR ŽENTAS ŽUVO PRIEŠ 2 METUS – IR STAIGA MANO ANŪKAI ŠŪKIAVO: „MOČIUTE, ŽIŪRĖK, ČIA MŪSŲ MAMA IR TĖTIS!“