Una pequeña historia de Nochevieja.
Una vez, una maestra jubilada, doña Clara Escudero, ganó por pura casualidad… ¡una caja de cava! ¡Una caja entera! ¡De cava! ¡Sin querer!
En el supermercado al que solía acudir después de clases para hacer la compra, estaban organizando un sorteo especial por el Año Nuevo. Clara, que era bastante pragmática y nunca creía en estas cosas, estaba a punto de negarse cuando la cajera insistió:
¿No querrá usted una botellita de cava para el brindis de Nochevieja? le dijo casi riendo.
Clara suspiró. Hacía años que no tenía con quién celebrar la Nochevieja. Su marido había fallecido hacía mucho, y su hija se había ido a estudiar a Madrid, donde acabó estableciéndose; sólo llamaba de vez en cuando, siempre con prisas y un quizá para otra vez. Los nietos encadenaban gripes y compromisos y no podían venir. Los alumnos le tenían cariño, claro, pero sus vacaciones estaban más que reservadas para planes infantiles. Así que Clara solía pasar la nochevieja acompañada solo por su viejo arbolito de navidad de plástico, aún adornado con bolas de cuando era niña, un Papá Noel de algodón y su gato Tomás.
Escriba aquí su nombre y teléfono la sacó de sus pensamientos la cajera, y cuando Clara lo hizo, arrojó el papel en la urna del sorteo. Luego, con la compra bajo el brazo, Clara se fue a casa, convencida de que eso no iba a ir a ningún lado.
Faltaban dos semanas para Nochevieja. Los días se llenaron con clases, exámenes y notas, y Clara pronto se olvidó del sorteo.
El 31 de diciembre, por la tarde, fue al supermercado a por comida para Tomás, que comía como si fueran tres gatos. Iba refunfuñando sobre el apetito de su felino cuando de repente escuchó por megafonía su nombre completo:
¡Clara Escudero Rodríguez!, gritaba un Papá Noel subido a un tablado entre la multitud ¿Está entre nosotros Clara Escudero Rodríguez?
Clara se quedó de piedra. La cajera la localizó y, alzando el brazo de Clara, gritó:
¡Está aquí!
Y antes de poder reaccionar, la arrastró hasta el escenario. Papá Noel titubeó por un segundo, al ver que el gran premio, una caja de cava caro, lo había ganado una mujer mayor en abrigo gastado y botas remendadas; él esperaba una joven elegante, no una jubilada discreta. El cámara de la tele local ya tenía la grabación lista para el noticiario…
Qué se le va a hacer pensó Papá Noel, resignado, el sorteo es el sorteo. Y entregó a Clara la caja con toda la pompa, la cargaron en un pequeño trineo decorado para que pudiera llevarla a casa. Tomaron fotos, que nunca salieron del móvil del Papá Noel.
Mientras seguía el sorteo, Clara, aún abrumada por su suerte, arrastró su trineo hacia la salida. Al llegar, se acordó: ¡Ay! Ni siquiera he dado las gracias a la cajera. Si no es por ella, ni participo. Dejó el premio al vigilante, sacó una botella y se fue en busca de la cajera. Al verla, leyó su nombre en la chapa: Elena. Con mucho orgullo le entregó la botella y le dio las gracias de corazón.
La segunda botella se la regaló al vigilante, que al principio se negó pero ante la insistencia de Clara no le quedó más remedio que aceptar.
Así me pesa menos la caja, y total, ¿qué voy a hacer yo con tanto cava?
¿Vive usted lejos? preguntó él.
Aquí cerca, en el portal 22, piso 3ºB respondió.
El vigilante la ayudó a llevar el cava hasta la puerta, le deseó feliz año y observó cómo la maestra se alejaba, sonriendo y pensativo.
De camino a casa, Clara se cruzó con su vecina, doña Milagros, con la que nunca se llevaba muy bien. Pero en Nochevieja todo el mundo se ablanda un poco, así que, sin pensarlo mucho, Clara sacó una botella del cava y se la regaló. La vecina se quedó sorprendida, preguntándose cómo sería capaz una jubilada de comprarse un cava tan caro.
Después, al entrar al patio, se topó con los padres de uno de sus alumnos. Él portaba un abeto, ella una tarta, y un niño corría por delante tirando de un trineo. Se felicitaron el año y recibieron otra botella de cava.
Sois jóvenes, ¡abridla y brindad esta noche!
Pero señora, ¡ese cava es muy caro!, ¿está segura?
¡Me lo han regalado, lo acabo de ganar en el sorteo del súper! explicó emocionada.
Todos se alegraron y se despidieron con una sonrisa.
Dejó su trineo vacío a la entrada del bloque, pensando que quizá algún niño querría jugar con él, cogió las dos últimas botellas de cava y subió en el ascensor. ¡Pero de golpe se fue la luz y se quedó atrapada! Por suerte, su poco querida vecina, que volvía a casa, avisó al técnico del ascensor bastante molesto por trabajar en tales fechas, por cierto.
¡Nunca pueden estar quietas estas señoras! murmuraba.
Al sacarla, se topó con que Clara le regalaba una botella de cava.
¡Vaya con la señora! silbó, y aunque refunfuñó, el regalo le vino de perlas, pues tenía cita esa noche y esperaba impresionar con un cava de calidad.
Cuando Clara llegó a casa, Tomás ya esperaba maullando.
Vaya aventura, Tomás, hoy he repartido mi premio con buena gente dijo Clara mientras él respondía con un maullido escéptico.
Solo queda una botella… Lástima, la brindaremos nosotros dos una vez más.
Pasaban las horas, Clara preparaba unos platos sencillos: un poco de ensaladilla rusa, carne al horno, algo de embutido para Tomás. Cuando sonó el timbre.
En la puerta estaban Elena, la cajera, y el vigilante, trayendo una bolsa con un jugoso pollo asado.
No somos Papá Noel ni Reina Maga, pero queríamos felicitarle las fiestas dijo el vigilante.
Este pollo lo han hecho especialmente para usted añadió Elena.
Los primeros invitados de la noche. Al poco, volvieron a llamar: eran los padres del alumno, con la tarta en la mano.
No queríamos que estuviera sola explicaron.
No habían terminado de sentarse cuando de nuevo, timbre. Era doña Milagros con una caja envuelta en papel brillante.
Es para usted dijo con gesto amable.
¡Un regalo! ¡Qué ilusión! Hacía años que nadie me daba uno. ¡Gracias! Pase, pase.
Comenzó así una animada velada. Todos brindaron juntos, echaron alguna risa y despidieron el año viendo la tradicional Un, dos, tres en la tele.
Antes de la medianoche, los invitados fueron volviendo a sus casas; al fin y al cabo, Nochevieja es fiesta de familia.
Clara y Tomás se quedaron solos de nuevo.
Ni abrimos el cava dijo Clara suspirando.
Y entonces de nuevo el timbre. En la puerta estaban su hija, su nieta y su yerno. Los invitados más esperados y queridos.
¡Mamá! exclamó su hija abrazándola ¡Por fin podemos celebrar contigo!
Perdónanos, la nevada nos ha retrasado tanto que hasta el cava lo dejamos en casa añadió el yerno con una sonrisa.
Y Clara sonrió, comprendiendo que la felicidad no está en el premio recibido, sino en compartir con los demás y abrir el corazón, porque la generosidad siempre vuelve como el mejor de los regalos.







