¿Pero qué es esto? Javier se agacha, exhausto, frente a su hija, observando las manchas rosadas que le cubren las mejillas . Otra vez…
La pequeña Lucía, de cuatro años, permanece en medio del salón, paciente y con una seriedad impropia de su edad. Ya se ha habituado a las revisiones, a los semblantes preocupados de sus padres y a las pomadas y pastillas sin fin.
Isabel se acerca y se agacha junto a su marido. Sus dedos apartan delicadamente un mechón del rostro de la niña.
Estos medicamentos no le hacen nada. Es como darle agua. Y los médicos del centro de salud… ni médicos parecen; nos cambian el tratamiento por tercera vez y todo sigue igual.
Javier se pone en pie, se frota el puente de la nariz. Fuera, el día amanece gris y promete ser igual de apagado que los anteriores. Se preparan rápido: abrigan bien a Lucía y, media hora más tarde, ya están sentados en el piso de la madre de Javier.
Carmen suspira, mueve la cabeza y acaricia la espalda de su nieta.
Tan pequeña y ya con tantas medicinas… Vaya carga para el cuerpo, dice sentando a Lucía en sus rodillas, la niña se apoya en ella con confianza . Da pena verla así.
Si pudiéramos, no le daríamos nada, Isabel está sentada al borde del sofá, los dedos entrelazados. Pero la alergia no cede. Hemos quitado de todo; todo. Solo come productos básicos, y aún así le salen granos.
¿Y los médicos qué dicen?
Nada claro. No encuentran la causa. Pruebas, análisis pero el resultado es este Isabel señala las mejillas de la niña con la mano.
Carmen suspira, ajusta el cuello de Lucía.
Ojalá se le pase cuando crezca. Hay niños que lo superan. Pero por ahora, nada reconfortante.
Javier mira en silencio a su hija. Pequeña, delgada, con unos ojos grandes y atentos. La acaricia en la cabeza y le vienen recuerdos de su infancia: robando empanadillas de la cocina los sábados, pidiendo caramelos, comiendo mermelada a cucharadas. Pero su hija… Verduras cocidas, carne cocida, agua. Nada de fruta, ni dulces, ni comida de niños. Cuatro años y una dieta más estricta que la de cualquier paciente de úlcera.
Ya no sabemos qué quitar dice en voz baja . Apenas queda nada en la dieta.
Vuelven a casa en silencio. Lucía se queda dormida en el asiento trasero, y Javier la observa de vez en cuando por el retrovisor. Duerme tranquila, por lo menos ahora no se rasca.
Mi madre ha llamado comenta Isabel . Quiere llevar a Lucía el próximo fin de semana. Tiene entradas para el teatro de títeres, dice que quiere ir con ella.
¿Al teatro? Javier cambia de marcha . Me parece bien. Que se distraiga un poco.
Sí, pensé lo mismo. No le viene mal desconectar.
El sábado, Javier aparca frente a la casa de su suegra, saca a Lucía del asiento infantil. La pequeña parpadea somnolienta, se frota los ojos con los puños; la han despertado temprano y está medio dormida. Él la toma en brazos y ella apoya rápidamente la cara en su cuello, cálida y ligera como un pajarillo.
María Ángeles sale al porche con una bata llena de flores, abre los brazos como si viera a una náufraga.
¡Ay, mi niña, mi sol! recoge a Lucía y la estrecha contra su pecho . Qué pálida, qué delgada. Le habéis matado de hambre con vuestras dietas, vais a acabar con la niña.
Javier se mete las manos en los bolsillos, conteniendo la irritación. Siempre lo mismo.
Lo hacemos por su bien. No es que queramos.
¿Por su bien? María Ángeles frunce los labios, la mira como si viniera de un campo de concentración . Solo piel y huesos. Los niños tienen que crecer, no pasar hambre.
Se llevan a Lucía dentro, sin mirar atrás, y la puerta se cierra suavemente. Javier se queda un momento en el porche. Algo le pincha la conciencia, una inquietud casi formada que se le escapa como la niebla. Se rasca la frente, espera un minuto en la verja, escucha el silencio del patio ajeno. Luego se encoge de hombros y vuelve al coche.
El fin de semana sin la niña se le hace raro, casi olvidado. El sábado van con Isabel al supermercado, empujan el carro entre pasillos, llenan la despensa.
En casa, Javier dedica tres horas a reparar el grifo del baño, que llevaba semanas goteando. Isabel ordena los armarios, saca ropa vieja y la mete en bolsas para tirar. Tareas domésticas, pero sin la voz infantil, el piso resulta demasiado vacío.
Por la noche, piden una pizza: la de mozzarella y albahaca que Lucía no puede probar. Abren una botella de vino tinto. Charlan en la cocina, de cualquier cosa, como hace mucho no hacían. Del trabajo, de vacaciones, de la reforma pendiente.
Qué tranquilidad dice de pronto Isabel, y se detiene, mordiéndose el labio . Es decir ya me entiendes. Silencio, paz.
Lo entiendo Javier le cubre la mano con la suya . Yo también la echo de menos. Pero descansar tampoco está mal.
El domingo recoge a Lucía al final del día. El sol se pone, bañando las calles con una luz naranja intensa. La casa de la suegra está al fondo de la parcela, tras unos viejos manzanos, dorada por el atardecer.
Javier sale del coche, empuja la verja chirría la bisagra y se detiene.
En el porche está su hija. A su lado, María Ángeles, inclinada con absoluta felicidad en la cara. En sus manos, una empanadilla grande, dorada, brillante de aceite. Lucía la mastica. Las mejillas manchadas, migas en la barbilla y unos ojos más felices de lo que Javier ha visto en mucho tiempo.
Javier se queda unos segundos mirando. Luego siente algo caliente y furioso subiendo desde el pecho.
Corre hacia ellas, da tres pasos y le arrebata la empanadilla de las manos a la suegra.
¿¡Pero esto qué es?!
María Ángeles da un respingo, se aparta. La cara roja hasta las raíces del pelo.
¡Es solo un trocito! Muy pequeño, no tiene importancia, una empanadilla…
Javier no escucha. Coge a Lucía y la lleva al coche. La coloca en el asiento, la abrocha. Le tiemblan los dedos de rabia. Lucía le mira con los ojos muy abiertos, a punto de llorar.
Todo está bien, mi vida le acaricia la cabeza, procurando sonar tranquilo . Quédate aquí unos minutos. Papá vuelve enseguida.
Cierra la puerta y vuelve a la casa. María Ángeles sigue en el porche, nerviosa, retorciéndose la manga de la bata.
Javier, no lo entiendes…
¿No lo entiendo?! se para a dos pasos de ella y lo suelta . ¡Medio año! ¡Medio año sin saber qué le pasaba a mi hija! Pruebas, análisis, test de alergia… ¿Sabes lo que nos ha costado todo eso? ¿Cuántos nervios, cuánto insomnio?!
María Ángeles retrocede hacia la puerta.
Yo lo hacía por ayudar…
¿Ayudar?! Javier da otro paso . ¡Media vida comiendo pollo cocido y agua! Quitamos todo de su dieta, y tú le das empanadillas a escondidas?!
Es para fortalecerle el sistema responde la suegra, alzando el mentón . Le doy poco a poco para que se acostumbre. ¡En nada estaría curada, gracias a mí! Sé lo que hago; crié a mis tres hijos.
Javier la mira y apenas la reconoce. La mujer a quien ha soportado tantos años por su esposa y la paz familiar, estaba intoxicando a su hija. Convencida de saber más que los médicos.
Tres hijos murmura, y María Ángeles palidece . Pero todos los niños son diferentes. Lucía no es tu hija, es mía. Y desde hoy, no la ves más.
¿Qué?! la suegra se agarra a la barandilla . ¡No tienes derecho!
Sí, lo tengo.
Da media vuelta y regresa al coche. Detrás oye los gritos, pero no mira atrás. Sube, arranca. Ve a la suegra agitando los brazos por el retrovisor. Pisa el acelerador.
En casa, Isabel les espera en el recibidor. Ve la cara de Javier, el llanto de la niña, y lo comprende todo sin preguntar.
¿Qué ha pasado?
Javier se lo relata. Breve, seco, sin más emociones, porque ya las ha agotado allá afuera. Isabel escucha en silencio, su rostro se endurece. Luego saca el móvil.
Mamá… Sí, Javier me lo ha contado. ¿Cómo has podido hacer eso?
Javier lleva a Lucía al baño, le limpia la empanadilla y las lágrimas de la cara. Tras la puerta, se oye el tono firme de Isabel: la reprende como nunca antes la ha visto hacerlo. Al final, suena claro: «Hasta que no sepamos qué tiene Lucía, no la ves».
Pasan dos meses…
La comida del domingo en casa de Carmen ya es un rito. Hoy, en la mesa, hay una tarta: de bizcocho, con crema y fresas. Lucía la devora con una cuchara grande, pringada hasta las orejas. En sus mejillas no hay una sola mancha.
Quién lo iba a decir Carmen mueve la cabeza . Aceite de girasol. Una alergia rarísima.
El médico dijo que solo uno de cada mil lo padece Isabel unta pan con mantequilla . En cuanto cambiamos todo por aceite de oliva, a las dos semanas desapareció el sarpullido.
Javier mira a su hija, sin cansarse de verla. Mejillas sonrosadas, los ojos brillando, el rostro manchado de crema. Una niña feliz, que por fin puede comer lo que quiere: tartas, galletas, todo lo que no lleva aceite de girasol. Descubren que no es poco.
Con María Ángeles, la relación está fría. Llama, pide perdón, llora. Isabel le responde con frases cortas y secas. Javier, directamente, no le habla.
Lucía vuelve a por otro trozo de tarta; Carmen le acerca el plato.
Come, cielo. Que aproveche.
Javier se recuesta en la silla. Fuera llueve, pero la casa huele a repostería y está cálida. Su hija está bien. Lo demás no importa.






