Educación financiera y salud
05
Natacha no podía creer lo que le estaba ocurriendo. Su marido, el único, al que consideraba su apoyo y refugio, hoy le dijo: «Ya no te quiero». El impacto fue tan grande que se quedó petrificada, mientras él recogía sus cosas y hacía ruido con las llaves. Como si no le faltara nada más. Hace poco falleció su padre de repente, y, a pesar de su propio dolor, tuvo que cuidar de su madre, ya con el pelo blanco, y de su hermana —que a los 18 años, tras una gravísima lesión cerebral, quedó discapacitada—, quienes vivían en el pueblo de al lado. Su hijo acaba de empezar primero de primaria. En junio cerraron la empresa donde trabajaba y se quedó sin empleo. Y ahora esto… Natacha se agarró la cabeza, se sentó a la mesa y rompió a llorar. —Dios mío, ¿qué hago? ¿Cómo vivir? ¡Ay, Alvarito! Tengo que ir corriendo a recogerle al colegio. Las obligaciones diarias le obligaron a levantarse y seguir adelante. —Mamá, ¿has llorado? —No, Alvarito, no. —¿Lloras por el abuelo? Mamá, ¡cuánto lo echo de menos! —Y yo, hijo. Pero debemos ser fuertes. Nuestro abuelo siempre lo fue. Ahora está bien allá arriba con Dios, no te preocupes. Se merece el descanso: nunca logró descansar en vida. —¿Y papá dónde está? —¿Papá? Seguramente se ha marchado de nuevo de viaje por trabajo. ¿Y tú qué tal en el cole? Hay que vivir. ¿Ya no me quiere? Qué se le va a hacer. Nadie puede obligar a amar. Algo se me escapó entre el ajetreo diario. Mientras Alvarito comía y jugaba con sus soldaditos, Natacha entró en el correo electrónico de su marido, algo que nunca había hecho antes. Era fácil acceder; la entrada estaba en la esquina izquierda. Él no llegó a borrar los últimos mensajes. Tenía un amorío en toda regla. Y ella, ahora, era la “no amada”. Diez años había sido “mi sol”, tras ocho años de lucha por tener un hijo se había convertido además en “la mejor madre”. Ahora todo cambiaba. Y había que acostumbrarse. Pero antes, buscar trabajo. A nadie le importaba su titulación universitaria. La ayuda temporal del INEM casi no daba ni para comer. ¿Qué pasó, qué ocurrió, por qué aquel marido responsable y atento cambió de repente y se volvió ajeno? Sólo encontraba una respuesta: se había vuelto loco. La casa que construían juntos, ladrillo a ladrillo, quedó a medio acabar. Menos mal que tenían techo y una habitación habitable. —¡Trabajo, cuánto te necesito! —Natacha estuvo a punto de llorar otra vez, pero no podía permitirse perder tiempo. Necesitaba encontrar trabajo. Buscó durante días, sin éxito. El primer curso de su hijo y la soledad reducían sus posibilidades al mínimo. Una noche, tras otro día fallido, llamó su primo Román: —Nata, ¿entonces el tuyo no ha vuelto? —No… —¿Quieres ser encargada de almacén? —¿Hablas en serio? —Claro, sé que no te hace gracia lo de Vova. Pero es con turno partido, podrías recoger a tu ahijado o llevarle a la extraescolar. El sueldo, 900 euros. Poca cosa, pero mejor que nada. Mañana te traemos unas patatas, cebollas y un pollito. —¡Román, si tengo mis gallinas! Nos dan los huevos y nos alimentan. —Pues que sigan dando huevos. Nada de matarlas. —Gracias. ¿Y Galita cómo está? —Bien, ahí va “tirando”. Es una campeona. Siempre igual él. Su mujer Galia había pasado una operación muy dura y recibía quimioterapia, y él nunca se quejaba de que cargaba con todo. Para él siempre “todo va bien”. Natacha suspiró: había esperanza. Gracias a Dios, que todo lo ve y nunca falla. Gracias por el “primo”. El trabajo era sencillo y encontraba momentos para estar sola, llorar y pensar en lo ocurrido. Los días, las semanas y los meses pasaron volando. Un año después, Natacha empezó a sentir hambre, a poder dormir, a reír y alegrarse por los éxitos de Alvarito. El dolor por la traición de su marido revivía cuando él venía a buscar al niño los fines de semana. Nunca se lo impedía: los problemas de los mayores no debían hacer infeliz al niño. Quiso preguntarle dónde falló, aunque sabía que no era cuestión suya, sino la pasión repentina de su ex por otra mujer. Recordó una frase de una película: “El amor dura hasta el primer giro de la vida; luego empieza la vida de verdad”. Para ella, amor y vida eran inseparables. ¿Para él? Aquel otoño parecía una prolongación del verano: cálido, los árboles aún verdes, los niños riendo en la calle y las flores de las jardinera reventonas de color. El día que Natacha notó la mirada intensa de Miguel fue igual que todos, aunque quizá el sol brillaba más y la música sonaba más fuerte desde la casa vecina… O quizá era el momento de que dos soledades se encontraran según el plan del destino. —Señorita, ¿le ayudo? No debería ir tan cargada. —Ya estoy acostumbrada. —Mal asunto, que una mujer tan guapa se acostumbre a llevar peso. —¿Ayuda usted a todas las guapas? ¿Está de guardia en la puerta del súper? —Eso, estoy de guardia, he perdido los ojos buscando una belleza y finalmente la encuentro. Imposible no reírse. Y los dos se rieron sin poder parar. —Miguel, —y le tendió la mano, con una chispa en los ojos. —Natacha. —¿Has oído esa canción de “Natacha, Natacha, esposa de otro”? —No. Pero no soy esposa. —¿En serio? ¡Menuda suerte la mía! Por fin encuentro a una mujer con la que sólo se puede soñar y resulta que está libre. ¿La gente está ciega o loca? —Veo que el humor no le falta. ¿Y la seriedad? —También. Nata, ¿por qué no vamos hoy al cine y charlamos? —No puedo, tengo que recoger a mi hijo de la extraescolar. —¿No me lo creo! ¿Tiene usted hijo? ¡Si parece que tiene veinte! ¿Qué extraescolar? —Tengo 35. —Y yo también, qué casualidad. Pero pensé que eras mucho más joven. —¿Y ahora? —¿Ahora? Asimilando. Todos los hombres sueñan con tener hijos. Y tú me dices así, tan tranquila, que eres madre pero no casada. ¿Dónde está el padre de tu hijo? —No quisiera hablar de eso ahora. —Entendido. No hay problema. Entonces el fin de semana. Podemos ir los tres a un pase infantil. —El fin de semana Alvarito está con su padre. —Natacha, no quiero ser alguien que te incomode. Si tienes un par de horas libres, llámame. Aquí tienes mi tarjeta. Por cierto, pone que soy pediatra hematólogo. —No se puede tener trabajo más serio. —Y tiempo para buscar guapas, menos. —Bueno, Miguel, te llamaré, —dijo Natacha, sincera. —Te esperaré. ¡Qué bonito aquel otoño! Parecía su regalo. Rayos de sol que pintaban las hojas de mil colores, días templados que les abrieron todos los parques de la ciudad. Y la ternura que, por fin, rompió todo el dolor del pasado y los hizo girar en una danza otoñal bajo un despliegue de hojas. Se acercaron tan despacio, tan cuidadosos, que Natacha descubrió sorprendida cómo le atraía este hombre excepcional. Casi mes y medio después de conocerse, ella le propuso, tímidamente, “tomar un té juntos”. —Nata, ¿no te enfadarás? No voy a entrar en tu casa. Para mí lo que pasa ahora es muy importante, quiero cuidar ese momento. ¿Confías en mí? Ese fin de semana fueron juntos al parque natural, donde Miguel alquiló una casa que parecía un pequeño castillo. Dentro todo era limpio, acogedor, pero Natacha sólo veía los enormes ojos castaños de su amado y se sentía flotar en sus abrazos. Nunca había imaginado que la intimidad pudiera ser tan dulce. —Miguel, ¿dónde estoy, qué me ocurre? Creo que me muero. Te amo tanto. ¿Cómo viví sin ti? ¡Qué feliz soy contigo! —¡Eres maravillosa! ¡Qué suerte la mía! Unos meses después, les costaba cada vez más separarse. —Nata, cásate conmigo. —Migue, el divorcio sale a finales de mes. —¡Y directamente nos casamos! No vaya a ser que alguien te robe. —A esta chica no la conquista cualquiera, tiene su dueño. Nada de celebraciones, Migue, sólo firmamos y nos vamos a ese castillo donde ya soy tu esposa para siempre. —Por supuesto, mi amor, lo que tú digas. Román y Galita fueron los únicos testigos en la boda civil. Su madre y hermana mandaron un telegrama de felicitación. Pronto se mudaron al piso alquilado por Miguel, juntos reformaron y decoraron su nidito con todo mimo. Miguel puso especial esmero en la habitación de Alvarito. Ellos ya se conocían, pero el niño, para quien papá y mamá eran “dos mitades de una manzana”, apenas se acercaba al nuevo compañero de su madre. —Nata, no te asustes, ¿me dejas que le haga controles de sangre a Alvarito? Está demasiado pálido y no me gusta. —No digas eso, Migue. Sólo está triste. Le costó asumir el divorcio, soñaba con que no pasara. He leído que el divorcio es peor para un niño que la muerte de alguno de los padres. —Tienes razón, mujer sabia. Yo lo viví de niño y fue una auténtica catástrofe. Pero que se haga la analítica, ¿vale, campeón? Aquel día Miguel entró en casa con la cabeza baja. Natacha lo notó al instante: algo había pasado. —Nata, no te asustes. Hay cambios en la sangre de Alvarito. Mi intuición no falló… por desgracia. Mañana me lo llevo. ¿Es justo? Como si por la felicidad hubiese que pagar tan caro. Leucemia. Qué palabra tan terrible. Arrancó otra etapa. Natacha pidió la excedencia: no se imaginaba a Alvarito pasando solo los pinchazos, goteros y análisis. Le cogía la mano y sólo le pedía: “Aguanta, hijo mío, eres fuerte. Siempre fuiste mi amigo más fiel. Nunca nos separamos, y juntos seguiremos siempre”. Cuando ya no podía más, Miguel la mandaba a dormir, mientras él quedaba con el niño. Dormir era difícil: casi siempre sólo lograba tumbarse mirando el techo. Su ex llamó y le exigió que se diera de baja en el registro de la casa a medio construir. —Ya me encargaré yo de mi hijo. Vendrá a mi casa. —Deberías visitar al niño… —Ahora no puedo, debo viajar por trabajo. Miguel la consoló: —Nata, juntos saldremos adelante, no te agarres al pasado. —Da rabia. Gané buen dinero y todo lo puse en esa casa… Pero ahora, ¿eso importa? ¿Me vas a borrar? —Ni caso. Ahora pon cada pensamiento en Alvarito. Yo puedo con todo. Soñé siempre con una familia. Dios lo sabe. No nos la quitará. —¿Y los análisis de Alvarito? —Hacemos todo lo posible. Por ahora, malos. Nata lloraba en silencio. Que el niño no sepa que todo va mal. —¿Tío Miguel, qué me pasa en la sangre? —Mira, tenemos barquitos rojos y blancos. Los tuyos están en guerra. —¿Quién va ganando? —Por ahora los blancos. —¿Y después? —Ayuda a los rojos. —Mamá, llevadme lejos. Estoy cansado. —Nata, también lo pensé: vamos a llevarle al castillo a descansar. Hace buen tiempo. Pasearemos por el bosque. Que disfrute. La primavera llenó el rincón de plantas y árboles en flor. Los tres se internaron en el bosque. Celebraban cada flor, cada brizna de hierba. Pero Alvarito a veces se quedaba serio, pensativo y quieto. —¿Qué pasa, hijo, te duele? —Mamá, no me distraigas. Estoy en batalla naval. Las vacaciones terminaron pronto. El niño se transformó: se le veía más fresco, hasta con color en las mejillas. —Mamá, ¿dónde está papá? —En viaje de trabajo, cariño. —¿Otra vez? Bueno… De vuelta al hospital, repitieron análisis. La jefa de laboratorio vino en persona. —Doctor Miguel, ¿dónde ha estado con su hijo? —Aquí cerca, en el parque natural. ¿Qué pasa? ¿Cómo va su sangre? —¡Está fenomenal! ¡Está en remisión! Analítica perfecta. Miguel entró saltando en la habitación. —Alvarito, ¿qué has hecho? Estás mejor, campeón. No llores, Natacha. Está sanando. ¿Qué hacías, hijo? —Papá, ¿recuerdas lo de los barquitos? Hice ganar siempre a los rojos. En cada batalla naval.
Mira, te tengo que contar lo que le pasó a Natalia, porque todavía estoy en shock de pensarlo.
Revelación Inesperada: El Descubrimiento de la Traición de mi Marido Como suele ocurrir, las esposas son las últimas en enterarse de la infidelidad de los maridos. Solo después Ana comprendió el significado de las miradas extrañas de sus compañeros y los susurros a sus espaldas. No era ningún secreto que la mejor amiga de Ana, Sofía, estaba liada con Ricardo. Ana ni lo sospechaba. Lo descubrió todo aquella noche cuando, inesperadamente, volvió a casa. Ana llevaba años trabajando como médico en un hospital. Ese día tendría que estar de guardia nocturna. Pero, al terminar el turno, su joven compañera Rita le pidió un favor: —Ana, ¿podrías cambiarme el turno? Yo te cubro esta noche y el sábado trabajas por mí. Si, claro, no tienes otros planes. Mi hermana se casa el sábado. Ana aceptó. Rita era una muchacha simpática y dispuesta. Además, una boda es una razón de peso. Ana volvió a casa aquella noche llena de ilusión — quería sorprender a su marido. Pero fue ella quien se llevó la verdadera sorpresa. Nada más entrar en su piso, Ana oyó voces provenientes del dormitorio. Una de ellas era la de Ricardo, y la otra… también la reconoció, aunque no esperaba oírla en esa situación. Era la voz de su mejor amiga, Sofía. Lo que oyó Ana no dejó dudas acerca de la naturaleza de la relación entre ellos. Ana salió del piso tan silenciosamente como había entrado. Pasó la noche sin dormir en el hospital. ¿Cómo afrontaría ahora a sus compañeros? Ellos sabían todo, y ella estaba ciega de amor por Ricardo, confiaba plenamente en él. Su marido era el sentido de su vida. Por él habría hecho cualquier cosa. Incluso renunció al sueño de ser madre. Siempre que sacaba el tema, Ricardo decía que todavía no estaba listo, que debían disfrutar la vida. Ahora Ana entendía que, para Ricardo, su familia no era algo serio y por eso no quería tener hijos. En esa noche de insomnio, Ana tomó una decisión que le pareció la única correcta. A la mañana siguiente pidió las vacaciones seguidas de una baja, luego fue a casa y, mientras su marido trabajaba, recogió sus cosas y corrió a la estación de tren. Había heredado de su abuela una pequeña casita en el campo. Allí se dirigió Ana convencida de que Ricardo nunca la buscaría en ese rincón perdido. En la estación se compró un nuevo número de móvil y tiró el antiguo. Ana rompió todos los lazos con su vida anterior y se adentró sin miedo en la nueva. A la mañana siguiente, Ana llegó a la estación del pueblo. La última vez que había estado allí fue hace diez años, para el funeral de su abuela. Todo seguía igual — tranquilo, con poca gente. “Justo lo que necesito”, pensó Ana. Fue haciendo autostop hasta el pueblo y luego caminó veinte minutos más hasta la casa de la abuela. El jardín estaba tan crecido de maleza que apenas pudo llegar a la puerta. Le llevó varias semanas poner la casa y el jardín en orden. No podía hacerlo sola, pero los vecinos la ayudaron mucho. Todos recordaban a su abuela, Doña Gloria, quien trabajó más de cuarenta años como maestra de la escuela local. Varias generaciones aprendieron a leer y a escribir con ella, y muchos quisieron echarle una mano a Ana en memoria de la querida profesora. Ana no esperaba una acogida tan calurosa. Se mostró muy agradecida a todos los que la ayudaron a instalarse y reformar la casa. No tardó en correrse la voz: Ana era médico. Un día, la vecina Marina llamó a su puerta, alarmadísima: —Ana, perdona, hoy no puedo ayudarte. Mi hija menor está malísima. Algo le ha sentado mal y lleva todo el día con dolor de barriga. —Vamos, déjame verla —le propuso Ana, cogiendo el maletín de médico y acompañando a la vecina. La pequeña Bia tenía una intoxicación alimentaria. Ana la ayudó: le puso una sonda y dio instrucciones a Marina sobre los cuidados que debía tener. —Gracias, Ana —repetía Marina una y otra vez—. Aquí hasta el centro de salud más cercano hay sesenta kilómetros. Tuvimos un enfermero, pero se jubiló hace un año y aún no han mandado a nadie nuevo. Desde entonces, los vecinos acudían a Ana en busca de ayuda médica. Y ella no podía negarse, pues la habían acogido y ayudado tanto. Cuando llegó la noticia a la administración local de que había una médica en el pueblo, la invitaron a trabajar en el ambulatorio de la zona. —No, no quiero irme de la aldea —respondió Ana con firmeza—. Pero si abrís un consultorio aquí, lo atenderé con mucho gusto. La administración aceptó, aunque con cierto escepticismo —una doctora de ciudad, tan preparada, ¿querría atender en el consultorio rural? Pero Ana no cambió de parecer. A los pocos meses, el ambulatorio del pueblo reabrió y Ana empezó a recibir pacientes. Un día, alguien llamó a su puerta. Era de noche, pero Ana no se sorprendió: la gente no sólo se enferma de día. Abrió y recibió a un hombre desconocido. Viendo su expresión, Ana supo enseguida que algo grave sucedía. —Doña Ana, vengo desde un pueblo cerca de Setúbal, unos quince kilómetros. Mi hija está muy enferma. Al principio pensé que era una gripe, pero la fiebre no baja desde hace tres días. Por favor, venga conmigo, ayúdele. Ana preparó todo mientras preguntaba síntomas. Al llegar, encontró a una niña muy pálida en la cama, respiraba con dificultad, labios secos, pelo enmarañado, y los párpados le temblaban al respirar. Después de examinarla, Ana dijo: —La situación es grave. Hay que llevarla al hospital. El hombre negó con la cabeza. —Solo somos mi hija y yo. Su madre murió al nacer. Esta niña es lo único que tengo. No puedo perderla. —Pero en el hospital podrán ayudarla más rápido. Yo no puedo hacer gran cosa, faltan medicamentos. —Dígame lo que necesita, lo busco, solo no la lleve al hospital. Aquí cerca hay farmacia de guardia. Salgo ya, pero no puedo dejar sola a la niña. Ana vio el terror en los ojos del hombre. Solo entonces reparó más en él: de su edad, alto, delgado, pelo castaño precioso, ojos verde oscuro y largas pestañas que despertarían envidia a cualquiera. —Me quedo con la niña —dijo Ana—. ¿Cómo se llama? —Beatriz —respondió él, mirándola con ternura—. Y yo soy Miguel. ¡Gracias, doctora! Ana escribió la receta y Miguel salió corriendo a por los medicamentos. La fiebre de Beatriz no cedía. Lloraba y llamaba a su padre en sueños. Ana la tomó en brazos y, mientras le cantaba una nana, la paseó para calmarla. Horas más tarde, Miguel regresó con el medicamento. Ana administró la inyección y, sonriendo cansada, dijo: —Ahora solo queda esperar. Pasaron la noche junto a Beatriz. Por la mañana, la fiebre comenzó a bajar y gotas de sudor llenaron la frente de la niña. —Eso es buen síntoma —comentó Ana. Estaba agotada pero satisfecha de haber superado la crisis. —Gracias, doctora —decía Miguel una y otra vez. Pasó un año. Ana seguía trabajando en el ambulatorio, cuidando de los vecinos y de los pueblos cercanos. Pero ahora vivía con Miguel, en su bonita y amplia casa. Se casaron seis meses después de aquella noche en la que la vida de Beatriz pendió de un hilo. Les costó aún varias semanas vencer del todo la enfermedad de la niña. Beatriz se recuperó y se encariñó profundamente con Ana. Y Ana la adoraba, aunque sentía que había perdido la oportunidad de ser madre. Ana volvía de la consulta cansada pero feliz. Le esperaban los dos seres que más amaba en el mundo. Volodia la recibió en el porche, la abrazó y preguntó: —¿Qué tal? ¿Por fin te han dado vacaciones? He preparado todo para que los tres nos vayamos de viaje en familia. Ana sonrió enigmática y contestó: —Sí, pero este año viajaremos cuatro. Miguel la miró sorprendido, luego la abrazó y la hizo girar de alegría por el jardín.
Revelación Inesperada: El Descubrimiento de la Traición del MaridoComo suele decirse, las esposas siempre
Educación financiera y salud
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Natacha no podía creer lo que le estaba ocurriendo. Su marido, el único, al que consideraba su apoyo y refugio, hoy le dijo: «Ya no te quiero». El impacto fue tan grande que se quedó petrificada, mientras él recogía sus cosas y hacía ruido con las llaves. Como si no le faltara nada más. Hace poco falleció su padre de repente, y, a pesar de su propio dolor, tuvo que cuidar de su madre, ya con el pelo blanco, y de su hermana —que a los 18 años, tras una gravísima lesión cerebral, quedó discapacitada—, quienes vivían en el pueblo de al lado. Su hijo acaba de empezar primero de primaria. En junio cerraron la empresa donde trabajaba y se quedó sin empleo. Y ahora esto… Natacha se agarró la cabeza, se sentó a la mesa y rompió a llorar. —Dios mío, ¿qué hago? ¿Cómo vivir? ¡Ay, Alvarito! Tengo que ir corriendo a recogerle al colegio. Las obligaciones diarias le obligaron a levantarse y seguir adelante. —Mamá, ¿has llorado? —No, Alvarito, no. —¿Lloras por el abuelo? Mamá, ¡cuánto lo echo de menos! —Y yo, hijo. Pero debemos ser fuertes. Nuestro abuelo siempre lo fue. Ahora está bien allá arriba con Dios, no te preocupes. Se merece el descanso: nunca logró descansar en vida. —¿Y papá dónde está? —¿Papá? Seguramente se ha marchado de nuevo de viaje por trabajo. ¿Y tú qué tal en el cole? Hay que vivir. ¿Ya no me quiere? Qué se le va a hacer. Nadie puede obligar a amar. Algo se me escapó entre el ajetreo diario. Mientras Alvarito comía y jugaba con sus soldaditos, Natacha entró en el correo electrónico de su marido, algo que nunca había hecho antes. Era fácil acceder; la entrada estaba en la esquina izquierda. Él no llegó a borrar los últimos mensajes. Tenía un amorío en toda regla. Y ella, ahora, era la “no amada”. Diez años había sido “mi sol”, tras ocho años de lucha por tener un hijo se había convertido además en “la mejor madre”. Ahora todo cambiaba. Y había que acostumbrarse. Pero antes, buscar trabajo. A nadie le importaba su titulación universitaria. La ayuda temporal del INEM casi no daba ni para comer. ¿Qué pasó, qué ocurrió, por qué aquel marido responsable y atento cambió de repente y se volvió ajeno? Sólo encontraba una respuesta: se había vuelto loco. La casa que construían juntos, ladrillo a ladrillo, quedó a medio acabar. Menos mal que tenían techo y una habitación habitable. —¡Trabajo, cuánto te necesito! —Natacha estuvo a punto de llorar otra vez, pero no podía permitirse perder tiempo. Necesitaba encontrar trabajo. Buscó durante días, sin éxito. El primer curso de su hijo y la soledad reducían sus posibilidades al mínimo. Una noche, tras otro día fallido, llamó su primo Román: —Nata, ¿entonces el tuyo no ha vuelto? —No… —¿Quieres ser encargada de almacén? —¿Hablas en serio? —Claro, sé que no te hace gracia lo de Vova. Pero es con turno partido, podrías recoger a tu ahijado o llevarle a la extraescolar. El sueldo, 900 euros. Poca cosa, pero mejor que nada. Mañana te traemos unas patatas, cebollas y un pollito. —¡Román, si tengo mis gallinas! Nos dan los huevos y nos alimentan. —Pues que sigan dando huevos. Nada de matarlas. —Gracias. ¿Y Galita cómo está? —Bien, ahí va “tirando”. Es una campeona. Siempre igual él. Su mujer Galia había pasado una operación muy dura y recibía quimioterapia, y él nunca se quejaba de que cargaba con todo. Para él siempre “todo va bien”. Natacha suspiró: había esperanza. Gracias a Dios, que todo lo ve y nunca falla. Gracias por el “primo”. El trabajo era sencillo y encontraba momentos para estar sola, llorar y pensar en lo ocurrido. Los días, las semanas y los meses pasaron volando. Un año después, Natacha empezó a sentir hambre, a poder dormir, a reír y alegrarse por los éxitos de Alvarito. El dolor por la traición de su marido revivía cuando él venía a buscar al niño los fines de semana. Nunca se lo impedía: los problemas de los mayores no debían hacer infeliz al niño. Quiso preguntarle dónde falló, aunque sabía que no era cuestión suya, sino la pasión repentina de su ex por otra mujer. Recordó una frase de una película: “El amor dura hasta el primer giro de la vida; luego empieza la vida de verdad”. Para ella, amor y vida eran inseparables. ¿Para él? Aquel otoño parecía una prolongación del verano: cálido, los árboles aún verdes, los niños riendo en la calle y las flores de las jardinera reventonas de color. El día que Natacha notó la mirada intensa de Miguel fue igual que todos, aunque quizá el sol brillaba más y la música sonaba más fuerte desde la casa vecina… O quizá era el momento de que dos soledades se encontraran según el plan del destino. —Señorita, ¿le ayudo? No debería ir tan cargada. —Ya estoy acostumbrada. —Mal asunto, que una mujer tan guapa se acostumbre a llevar peso. —¿Ayuda usted a todas las guapas? ¿Está de guardia en la puerta del súper? —Eso, estoy de guardia, he perdido los ojos buscando una belleza y finalmente la encuentro. Imposible no reírse. Y los dos se rieron sin poder parar. —Miguel, —y le tendió la mano, con una chispa en los ojos. —Natacha. —¿Has oído esa canción de “Natacha, Natacha, esposa de otro”? —No. Pero no soy esposa. —¿En serio? ¡Menuda suerte la mía! Por fin encuentro a una mujer con la que sólo se puede soñar y resulta que está libre. ¿La gente está ciega o loca? —Veo que el humor no le falta. ¿Y la seriedad? —También. Nata, ¿por qué no vamos hoy al cine y charlamos? —No puedo, tengo que recoger a mi hijo de la extraescolar. —¿No me lo creo! ¿Tiene usted hijo? ¡Si parece que tiene veinte! ¿Qué extraescolar? —Tengo 35. —Y yo también, qué casualidad. Pero pensé que eras mucho más joven. —¿Y ahora? —¿Ahora? Asimilando. Todos los hombres sueñan con tener hijos. Y tú me dices así, tan tranquila, que eres madre pero no casada. ¿Dónde está el padre de tu hijo? —No quisiera hablar de eso ahora. —Entendido. No hay problema. Entonces el fin de semana. Podemos ir los tres a un pase infantil. —El fin de semana Alvarito está con su padre. —Natacha, no quiero ser alguien que te incomode. Si tienes un par de horas libres, llámame. Aquí tienes mi tarjeta. Por cierto, pone que soy pediatra hematólogo. —No se puede tener trabajo más serio. —Y tiempo para buscar guapas, menos. —Bueno, Miguel, te llamaré, —dijo Natacha, sincera. —Te esperaré. ¡Qué bonito aquel otoño! Parecía su regalo. Rayos de sol que pintaban las hojas de mil colores, días templados que les abrieron todos los parques de la ciudad. Y la ternura que, por fin, rompió todo el dolor del pasado y los hizo girar en una danza otoñal bajo un despliegue de hojas. Se acercaron tan despacio, tan cuidadosos, que Natacha descubrió sorprendida cómo le atraía este hombre excepcional. Casi mes y medio después de conocerse, ella le propuso, tímidamente, “tomar un té juntos”. —Nata, ¿no te enfadarás? No voy a entrar en tu casa. Para mí lo que pasa ahora es muy importante, quiero cuidar ese momento. ¿Confías en mí? Ese fin de semana fueron juntos al parque natural, donde Miguel alquiló una casa que parecía un pequeño castillo. Dentro todo era limpio, acogedor, pero Natacha sólo veía los enormes ojos castaños de su amado y se sentía flotar en sus abrazos. Nunca había imaginado que la intimidad pudiera ser tan dulce. —Miguel, ¿dónde estoy, qué me ocurre? Creo que me muero. Te amo tanto. ¿Cómo viví sin ti? ¡Qué feliz soy contigo! —¡Eres maravillosa! ¡Qué suerte la mía! Unos meses después, les costaba cada vez más separarse. —Nata, cásate conmigo. —Migue, el divorcio sale a finales de mes. —¡Y directamente nos casamos! No vaya a ser que alguien te robe. —A esta chica no la conquista cualquiera, tiene su dueño. Nada de celebraciones, Migue, sólo firmamos y nos vamos a ese castillo donde ya soy tu esposa para siempre. —Por supuesto, mi amor, lo que tú digas. Román y Galita fueron los únicos testigos en la boda civil. Su madre y hermana mandaron un telegrama de felicitación. Pronto se mudaron al piso alquilado por Miguel, juntos reformaron y decoraron su nidito con todo mimo. Miguel puso especial esmero en la habitación de Alvarito. Ellos ya se conocían, pero el niño, para quien papá y mamá eran “dos mitades de una manzana”, apenas se acercaba al nuevo compañero de su madre. —Nata, no te asustes, ¿me dejas que le haga controles de sangre a Alvarito? Está demasiado pálido y no me gusta. —No digas eso, Migue. Sólo está triste. Le costó asumir el divorcio, soñaba con que no pasara. He leído que el divorcio es peor para un niño que la muerte de alguno de los padres. —Tienes razón, mujer sabia. Yo lo viví de niño y fue una auténtica catástrofe. Pero que se haga la analítica, ¿vale, campeón? Aquel día Miguel entró en casa con la cabeza baja. Natacha lo notó al instante: algo había pasado. —Nata, no te asustes. Hay cambios en la sangre de Alvarito. Mi intuición no falló… por desgracia. Mañana me lo llevo. ¿Es justo? Como si por la felicidad hubiese que pagar tan caro. Leucemia. Qué palabra tan terrible. Arrancó otra etapa. Natacha pidió la excedencia: no se imaginaba a Alvarito pasando solo los pinchazos, goteros y análisis. Le cogía la mano y sólo le pedía: “Aguanta, hijo mío, eres fuerte. Siempre fuiste mi amigo más fiel. Nunca nos separamos, y juntos seguiremos siempre”. Cuando ya no podía más, Miguel la mandaba a dormir, mientras él quedaba con el niño. Dormir era difícil: casi siempre sólo lograba tumbarse mirando el techo. Su ex llamó y le exigió que se diera de baja en el registro de la casa a medio construir. —Ya me encargaré yo de mi hijo. Vendrá a mi casa. —Deberías visitar al niño… —Ahora no puedo, debo viajar por trabajo. Miguel la consoló: —Nata, juntos saldremos adelante, no te agarres al pasado. —Da rabia. Gané buen dinero y todo lo puse en esa casa… Pero ahora, ¿eso importa? ¿Me vas a borrar? —Ni caso. Ahora pon cada pensamiento en Alvarito. Yo puedo con todo. Soñé siempre con una familia. Dios lo sabe. No nos la quitará. —¿Y los análisis de Alvarito? —Hacemos todo lo posible. Por ahora, malos. Nata lloraba en silencio. Que el niño no sepa que todo va mal. —¿Tío Miguel, qué me pasa en la sangre? —Mira, tenemos barquitos rojos y blancos. Los tuyos están en guerra. —¿Quién va ganando? —Por ahora los blancos. —¿Y después? —Ayuda a los rojos. —Mamá, llevadme lejos. Estoy cansado. —Nata, también lo pensé: vamos a llevarle al castillo a descansar. Hace buen tiempo. Pasearemos por el bosque. Que disfrute. La primavera llenó el rincón de plantas y árboles en flor. Los tres se internaron en el bosque. Celebraban cada flor, cada brizna de hierba. Pero Alvarito a veces se quedaba serio, pensativo y quieto. —¿Qué pasa, hijo, te duele? —Mamá, no me distraigas. Estoy en batalla naval. Las vacaciones terminaron pronto. El niño se transformó: se le veía más fresco, hasta con color en las mejillas. —Mamá, ¿dónde está papá? —En viaje de trabajo, cariño. —¿Otra vez? Bueno… De vuelta al hospital, repitieron análisis. La jefa de laboratorio vino en persona. —Doctor Miguel, ¿dónde ha estado con su hijo? —Aquí cerca, en el parque natural. ¿Qué pasa? ¿Cómo va su sangre? —¡Está fenomenal! ¡Está en remisión! Analítica perfecta. Miguel entró saltando en la habitación. —Alvarito, ¿qué has hecho? Estás mejor, campeón. No llores, Natacha. Está sanando. ¿Qué hacías, hijo? —Papá, ¿recuerdas lo de los barquitos? Hice ganar siempre a los rojos. En cada batalla naval.
Mira, te tengo que contar lo que le pasó a Natalia, porque todavía estoy en shock de pensarlo.
Educación financiera y salud
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¡A cuidar de los padres le toca a la hija, no al hijo! — sentenciaron los parientes — Mamá está peor. Las piernas ya no la sostienen, ayer se cayó dos veces solo para llegar al baño. Yo no puedo solo, tú ya sabes cómo tengo la espalda. En fin, hemos hablado y decidido: la llevamos a tu casa. Liza se dejó caer despacio en el taburete. Sintió el corazón hundirse hasta el estómago. — ¿A nuestra casa? Papá, ¿has visto nuestro piso? Solo tenemos una habitación, vivimos ahí mi marido, el niño y yo. ¿Dónde se supone que la ponga? — No exageres. Que tu marido duerma en el sofá-cama de la cocina, y tu madre en el sofá del salón. Total, ya te quedas en casa cuidando del pequeño, uno más, uno menos, qué más da. ¡Y a nosotros ahora nos viene fatal cualquier gasto extra! En la familia de Liza siempre hubo una jerarquía clara. En la cima estaba Miguelete, el hijo tan esperado, el “heredero” por el que los padres estaban dispuestos a todo. Liza era simplemente “el primer churro”, que según su madre, salió mal. Recordaba bien su décimo cumpleaños: una caja de bombones y un juego barato de horquillas. Una semana después, a Miguelete, por cumplir seis años, le regalaron un trenecito eléctrico enorme, que ocupaba medio salón. — Mamá, ¿por qué a Miguelete un tren y a mí solo bombones?— preguntó entonces la pequeña Liza. — Miguelete es niño y es más pequeño — cortó en seco la madre, doña Galina. — Y tú eres la mayor, ¡ya debes saber compartir! Y no te atrevas a envidiarle. Mejor ayúdale a montar las vías, que si no se pone triste. Y así era en todo. Cuando hubo que repartir habitaciones, Liza fue relegada al salón de paso, en un sofá incómodo, porque “Miguelete necesita un rincón propio para estudiar”. Cuando Liza soñaba con clases de baile y hasta pasó la prueba, su padre zanjó: — No hay dinero. Miguelete necesita un profesor de inglés. Es listo, se merece una buena oportunidad. Miguelete al final no fue a ningún sitio. Faltaba a inglés, suspendía casi todo, pero siempre tenía las zapatillas más caras y el último móvil. Liza estudiaba entre ruidos, bajo la tele encendida hasta medianoche. Cuando Liza consiguió plaza en una universidad prestigiosa, ni cena especial hubo. — Bueno, entraste, bien por ti — bostezó el padre. — Haz las maletas, te vas a la residencia. No vamos a pagar alquiler, hay que ahorrar para los estudios de Miguelete. Con sus notas, no entrará a la pública… — Pero en la residencia son cuatro por cuarto, las condiciones son malas — intentó argumentar Liza. — Da igual, no vas a morir — atajó la madre. — Sé razonable, piensa en tu hermano. ¿Quieres que trabaje de barrendero toda la vida? Liza vivió cinco años en residencia, trabajando de camarera por las noches para comprarse unas botas de invierno. Miguelete, por su parte, cambiaba de coche cada poco, que los padres compraban para que “no pasara vergüenza con los amigos”. Cada faro roto, cada multa, la pagaban los ahorros que su padre reservaba “para la jubilación”. *** — Liza, ¿me oyes? — la voz del padre al teléfono se hizo más fuerte. — Mañana a las dos llevamos a tu madre. Prepara todo. Sábanas limpias, sopa dietética. — No voy a recibir a nadie — dijo Liza, despacio pero firme. — ¿Qué has dicho? — el padre casi se atraganta. — ¡Repítelo! — Que no voy a acoger a mamá. Tengo un hijo pequeño que me necesita las veinticuatro horas del día. Mi marido trabaja en dos empleos para que no nos falte nada. No tengo ni fuerzas ni espacio para cuidar a una persona encamada. Tenéis a vuestro hijo favorito. Llevádsela a él. — ¡Está a punto de casarse! — rugió el padre. — ¿Te das cuenta de lo que haces? ¡Estás traicionando a la familia! Miguelete se ha endeudado hasta las cejas para la boda, le hemos dado todo. Está al límite de nervios. — ¿Otra vez deudas? — Liza rio sin humor. — ¿Te recuerdo cuando hace tres años condujo borracho y se cargó la valla del vecino? También lo tapasteis con vuestro dinero. Y cuando yo me casé y pedí ayuda para la hipoteca, dijisteis que Miguelete debía “recuperarse” de aquello. — ¡Eso fue distinto! Fue una emergencia. — La emergencia la tenéis en la cabeza, papá. Miguelete es un hombre hecho y derecho, con un piso que le comprasteis. Puede pagar una cuidadora para mamá, si es tan exitoso. — Menuda… interesada — el padre ya no medía las palabras. — ¡Te criamos, te mantuvimos! Si tienes estudios, es gracias a nosotros. Eres nuestra deuda de por vida. ¿No tienes vergüenza? — Lo que intentasteis fue criaros una sirvienta, pero no os salió bien. Se acabó, papá. Tengo que darle la cena a mi hijo. Mañana no estaremos, nos vamos al centro de salud y luego a casa de mi suegra. No vengáis. Liza colgó, secándose las lágrimas. *** Una hora después, golpes en la puerta. Ni timbre, puñetazos. Liza acurrucó a su hijo asustado. — ¡Elisabeth, abre! ¡Sé que estás ahí! — gritaba el hermano. — ¡Abre ahora! ¡Ya! Liza se acercó pero no retiró la cadena. — ¿Qué quieres, Miguel? — ¿Estás tonta o qué? Papá está que llora, mamá se ha puesto mala desde la mañana. ¿Tan difícil es quitar tu sofá? — ¿Y por qué no quitas una de tus habitaciones? Tienes dos. Pon a mamá en una y que tu Angelines la cuide. Va a ser parte de la familia. Que empiece a preocuparse por su suegra. — ¿Tú flipas? — Miguel, indignado — Angelines es modelo, ¡no va a cuidar a una señora! Ni de broma va a meter las manos en eso, ¡usa cremas más caras que tu carrito! No puede estar en esas condiciones. ¡Tenemos un bodorrio para doscientas personas, una luna de miel en Mallorca! ¿Quieres arruinarme la vida? — Lo que cuesta tu viaje sería el sueldo de un año de cuidadora — soltó Liza. — Cancele la luna de miel y contrata a alguien. ¿Qué problema hay? — ¡El problema eres tú! Siempre has sido egoísta. Los padres te dieron todo pero tú… — ¿Todo, Miguel? ¿Un viejo bici en mi 16 cumpleaños cuando a ti moto nueva? ¿La residencia con cucarachas mientras tú vivías solo en apartamento con sofá de cuero? ¿Has ganado en tu vida para algo más caro que un paquete de tabaco? — ¡Cómo te atreves! ¡Estoy montando un negocio! ¡Voy a ganar mucho! ¡Invierto en mi futuro! ¿Para qué quiero la carga de una madre inválida? Liza soltó una carcajada. — ¿Te refieres a ese negocio para el que papá vendió el garaje y la finca? Ese dinero era para el tratamiento de mamá. Miguel se quedó callado un momento, luego replicó: — Era decisión suya. Creen en mí. Lo tuyo es envidia. Mañana dejamos a mamá aquí. Quieras o no. Papá la traerá en taxi y la deja en tu portal si no abres. ¿Te enteras? — Probadlo — dijo Liza, en voz baja — Llamo a la policía y a servicios sociales. Denunciaré que habéis dejado a una persona indefensa. A ver cómo afecta eso a tu “negocio” y a la reputación de tu Angelines. Miguel siguió gritando y pateando la puerta, pero Liza se fue con su hijo a ver dibujos animados. Contó todo a su marido, que la apoyó. *** Al día siguiente, el teléfono echaba humo. Tía Valle, la hermana de mamá, llamó acusando: — Liza, ¿cómo puedes? ¡Ella te parió! ¡No esperaba esto de ti! ¿Vas a dejar morir sola a una madre enferma? El padrino llamó también: — Liza, sé persona, Miguel debe organizar su vida. ¿No tienes corazón? ¡Cuidar de los padres es deber de la hija, no del hijo! Todos los familiares, que durante años vieron a Liza en segundo plano, salieron en defensa del “niño de oro”. Al principio Liza respondía, luego dejó de contestar. Para desconectar, salió con su hijo al parque de la otra punta de la ciudad. Dejó el móvil en casa. El marido le dijo: — Mañana me cojo el día. Si vienen tu padre y tu hermano, los recibo yo. ¡Que vean que aquí tienes quien te protege! Pero ni ese día ni el siguiente aparecieron padre o hermano. Liza empezó a pensar que quizá por fin la dejarían en paz. *** Llegó el día de la despedida de soltero de Miguel. Liza cocinaba la cena esperando a su marido. Al llamar a la puerta, se asustó. ¿Otra vez? Llamaron de nuevo. Era Angelines, la novia de Miguel. Con chándal y los ojos llorosos. A Angelines solo la había visto un par de veces — la llevó Miguel a conocer a la familia. Para presumir. Liza abrió. — ¿Puedo pasar? — preguntó la chica. Liza la dejó pasar, extrañada. — ¿Qué pasa? ¿Te ha mandado Miguel de espía? Ven a la cocina, tengo patatas fritas. — No — negó Angelines — Me he ido de casa. Liza se quedó helada con la tetera en la mano. — ¿Por? — Escuché por casualidad una conversación de tu hermano con tu padre. Tu madre finge estar peor para presionarte y que te hagas cargo. Todo es un plan: tu padre no aguanta más a su mujer enferma. La idea es llevarla contigo una semana y así dejar el piso libre y alojar a los amigos de la boda. ¡Pero tu padre ni piensa traerla de vuelta! Me dio un asco… Liza se quedó de piedra. — ¿Entonces mamá no está tan mal? — Está enferma, sí, pero no se muere como dicen. Han exagerado. Los dos quieren: dejarte a tu madre y alquilar el piso. Tu padre también se irá, hace tiempo que tiene otra mujer… Angelines rompió a llorar. — Pensaba que Miguel era solo un mimado, pero bueno en el fondo. Ahora veo que no. Ayer hasta le dio una patada al gato de mamá porque “se ponía en medio”. Nada, cogí mis cosas y me fui. No habrá boda. Angelines lloró en la cocina de Liza. Oleg, de vuelta de trabajar, no les molestó — Liza consoló a la que debía ser cuñada y pensó que se había equivocado con ella. Era mucho más humana que el novio. *** Sin el dinero de Angelines (que financiaba gran parte de la boda), Miguel quedó en la ruina. Los acreedores a quienes había pedido dinero para los “regalos nupciales” exigían el pago. Por fin los padres vieron la verdad. Miguel, no solo no se llevó a su madre, sino que intentó robar los papeles del piso para hipotecarlo y saldar deudas. Al descubrirse, don Víctor tuvo una crisis de hipertensión. Por supuesto, pidieron ayuda a Liza, pero ella ignoró sus súplicas. Que se arreglen solos. Después de todo, ese hijo lo educaron ellos…
Mamá está peor. Las piernas ya no le responden, ayer se cayó dos veces sólo para ir al baño.
Educación financiera y salud
029
Natacha no podía creer lo que le estaba sucediendo. Su marido, el único, el que consideraba su apoyo y sostén, esa mañana le dijo: «Ya no te quiero». El impacto fue tan grande que se quedó inmóvil en una postura absurda, mientras él daba vueltas, recogía sus cosas y hacía ruido con las llaves. Como si justo eso le faltase ahora. Hace nada falleció su padre de forma repentina y, a pesar de su propio dolor, tuvo que cuidar de su madre encanecida y de su hermana, que quedó discapacitada a los 18 años tras una grave lesión cerebral. Su familia vivía en el pueblo de al lado. Su hijo acababa de empezar primero de primaria. En junio cerraron la empresa donde trabajaba. Se quedó en paro. Y ahora también su marido… Natacha se agarró la cabeza, se sentó a la mesa y rompió a llorar amargamente. —Dios mío, ¿qué voy a hacer ahora? ¿Cómo vivir? ¡Ay, Alesito! Tengo que ir corriendo a recogerle al cole. Las obligaciones diarias la obligaron a levantarse y caminar. —Mamá, ¿has llorado? —No, Alejo, no. —¿Lloras por el abuelito? ¡Mamá, le echo muchísimo de menos! —Yo también, hijo. Pero tenemos que ser fuertes. Nuestro abuelo siempre fue así. Ahora está con Dios y está bien, no te preocupes. Se merece descansar, nunca descansó en vida. —¿Y papá? —¿Papá? Seguramente está otra vez de viaje por trabajo. ¿Qué tal en el cole? Hay que seguir adelante. ¿No te quiere? No se puede obligar a nadie. Algo se le escapó entre tanta prisa y rutina. Mientras Alejo comía y se entretenía con sus soldaditos de juguete, Natacha se puso a mirar el ordenador de su marido, que nunca antes había tocado. Fue fácil entrar en el correo: la sesión aún estaba abierta. Ni siquiera le dio tiempo a borrar los mensajes recientes. Tenía un amor por todo lo alto. Y ahora ella era la no-amada. Diez años había sido “sol radiante”, y tras ocho años de lucha para tener al hijo, además “nuestra mamá”. Ahora todo cambió. Había que acostumbrarse. Primero tenía que buscar trabajo. Nadie parecía interesarse por su título universitario. Los euros del paro apenas calmaban la angustia. ¿Qué había pasado, qué razón convirtió a su esposo, responsable y cariñoso, en un extraño de la noche a la mañana? Pensaba y solo encontraba una explicación: o se había vuelto loco, o se había enamorado de otra. La casa común, construida poco a poco, quedó a medio hacer. Menos mal que tenían techo y una habitación habitable. —¡Trabajo, cuánto te necesito! —Natacha estuvo a punto de llorar otra vez, pero no tenía tiempo. Buscó empleo durante varios días. Sin suerte. El niño recién comenzaba el cole y su nueva soledad empeoraba las posibilidades. Al final del día, llamó su compadre Román: —Nata, ¿no ha vuelto tu marido? —No. —¿Quieres trabajar de almacenera? —¿Me lo dices en serio? —Por supuesto. Sé que no tienes ganas de bromas después de lo de tu marido. El puesto tiene horario partido, podrías ir a recoger a Alejo o apuntarle a actividades. El sueldo son 1.200 euros. Poco, pero mejor que nada. Mañana os traemos patatas, cebollas y un pollo. —¡Román, tengo gallinas! Ellas nos alimentan y ponen huevos. —Pues que sigan así, a las gallinas no se les toca. —Gracias, ¿qué tal Galina? —Bien, se va recuperando. Es una valiente. Román siempre igual. Su mujer Galina superó una operación difícil y está con quimio, pero él nunca se queja, aunque tenga todo encima. Él está “fenomenal”. Natacha suspiró: una oportunidad para sobrevivir. Gracias a Dios —el más fiable—, nunca falla. Y gracias por el compadre. El nuevo trabajo resultó sencillo y tenía ratos para estar sola, repasar lo pasado y permitirse llorar. Los días, semanas y meses volaron. Al cumplirse el año, Natacha comenzó a tener hambre, a dormir, a reír y a disfrutar de los progresos de su hijo. El dolor por la traición de su esposo volvía cuando él venía a llevarse a Alejo los fines de semana. Nunca lo impedía: su relación no debía hacer infeliz al niño. Tenía ganas de preguntar por qué no fue suficiente para él, aunque sabía que no se trataba de ella, sino de una pasión súbita por otra. Se acordó de aquella frase de película: «El amor dura hasta la primera curva, a partir de ahí empieza la vida». Para ella amor y vida eran inseparables. Y para su ex… El otoño fue este año una prolongación del verano: cálido, los árboles seguían verdes, las voces infantiles resonaban en la calle rodeadas de colores en el jardín. El día que Natacha se cruzó con la mirada de Miguel, no se distinguía de otros, tal vez el sol brillaba un poco más o la música de la ventana sonaba más alegre; quizá era el momento de que la suerte juntase a dos soledades. —Señorita, ¿me permite ayudarle? No debería cargar tanto. —Estoy acostumbrada. —No está bien que una belleza así cargue peso a diario. —¿Ayuda usted a todas las guapas, patrulla a la puerta del súper? —Sí, sí, he patrullado tantos días y por fin he encontrado la guapa que buscaba. Imposible no reírse. Y ambos rompieron a reír hasta las lágrimas, sin poder parar. —Miguel —extendió la mano, y aún le brillaban los ojos de alegría. —Natacha. —“Natacha, Natacha, esposa ajena”, ¿conoce la canción? —No. Pero yo no soy casada. —¿En serio? ¡Qué suerte la mía! Por fin conozco a la mujer de mis sueños y está libre. Todo el mundo está loco o ciego. —Ya veo que el humor no le falta. ¿Y la seriedad? —De eso también voy sobrado. Natacha, ¿tomamos algo en el cine y charlamos? —No puedo, tengo que recoger a mi hijo de las actividades. —No me lo puedo creer. ¿Tiene usted un hijo? ¡Pero si parece veinteañera! ¿Cómo va a tener que recoger a nadie? —Tengo 35 años. —Justo como yo. Qué coincidencia… pero en serio, parece que acaba de salir del instituto. —¿Y ahora? —Ahora me asombra más. Todos los hombres sueñan con tener un hijo. ¿Y usted, soltera con niño? ¿Dónde está el padre? —Prefiero no hablar de eso ahora. —Entendido. Entonces el fin de semana. Si quiere puede llevar a su hijo al pase infantil. —Los fines de semana está con su padre. —Natacha, no quiero incomodarla, pero si algún día le sobra tiempo, llámeme. Aquí está mi tarjeta. Por cierto, trabajo de médico, soy hematólogo infantil. —Trabajo más serio no hay. —Y no deja tiempo para buscar bellezas. —Gracias, Miguel. Le llamaré, de verdad. —Estaré esperando. ¡Qué hermoso era ese otoño! Sin duda era el regalo de ambos. Rayos de sol suaves, pintando el follaje del parque con una paleta increíble de colores, días templados que abrieron todos los rincones de la ciudad. Y la ternura que, venciendo el dolor, les envolvió en un baile otoñal bajo el manto de hojas multicolor. Se acercaban con tal delicadeza que Natacha, sin esperarlo, sentía cómo la atraía ese hombre especial. A los cuarenta días de conocerse, fue ella quien propuso tímida: «¿Te apuntas a un té en casa?» —Nata, ¿no te enfadarás? Prefiero no ir hoy a tu casa. Es tan importante lo que sentimos… quiero cuidar este momento. ¿Me lo permites? Al siguiente fin de semana, se escaparon al parque natural, donde Miguel alquiló una casita que parecía un castillo. Dentro, todo era cálido y acogedor, pero Natacha solo veía los grandes ojos castaños de su amor y se perdía en ellos hasta quedarse en sus brazos. Descubrió que el amor supremo entre hombre y mujer podía ser tan dulce. —Miguel, ¿dónde estoy, qué me pasa? Siento que muero de amor. ¿Cómo pude vivir sin ti? ¡Qué feliz soy a tu lado! —¡Eres maravillosa! ¡Qué afortunado soy! Al cabo de dos meses, era cada vez más difícil despedirse. —Natacha, cásate conmigo. —Miguel, mi divorcio sale a fin de mes. —Y justo después celebramos la boda. Así nadie me roba a mi chica. —Mi chica sabe lo que quiere. Yo tengo a mi amado. Pero, Miguel, nada de fiestas. Registrar la unión y llévame otra vez a nuestro castillo, donde fui tu mujer desde el primer día. —Como tú digas, amor mío. Román y Galina fueron los únicos testigos en el registro. La madre y la hermana enviaron un telegrama entusiasta. Pronto se mudaron a un piso que Miguel había alquilado, con dos habitaciones que reformaron juntos, creando un hogar cálido y cómodo. Miguel mimó la habitación de Alejo. Ya se conocían, pero Alejo —para quien su madre y su padre eran dos mitades de manzana— se resistía a acercarse a Miguel. —Natacha, no te asustes… quiero que controlemos la sangre de Alejo. Está muy pálido. —No digas tonterías, Miguel. Lo que pasa es que está sufriendo. No acaba de aceptar el divorcio; siempre pensó que no sería realidad. He leído que para un niño, el divorcio de los padres es peor que la muerte de uno. —Tienes razón, mujer sabia. Yo sufrí el divorcio de mis padres y lo viví como un desastre universal. Pero vamos a hacer la analítica, ¿vale campeón? Aquel día, Miguel entró en casa cabizbajo. Natacha entendió al instante: algo pasaba. —No te preocupes, Natacha. Hay cambios en la sangre de Alejo. Tu intuición no nos ha fallado. Mañana lo llevo conmigo. Como si la felicidad tuviese que pagarse con un precio tan alto. Leucemia. Qué palabra más dura. Empezó otra vida. Natacha pidió una excedencia sin sueldo. No podía dejar a Alejo solo sufriendo pinchazos, análisis y medicaciones. Le sujetaba la mano y le repetía: «Resiste, hijo mío, tú eres fuerte. Siempre has sido mi mejor amigo. Nunca nos separamos y siempre estaremos juntos». Cuando no aguantaba más, Miguel se quedaba con Alejo y mandaba a Natacha a dormir. Dormir, casi nunca: se quedaba mirando el techo. El exmarido llamó para exigirle que se empadronara fuera del hogar a medio construir. —Al niño yo le prestaré atención. Vendrá conmigo a mi casa. —Mejor ven tú a visitarle. —Ahora no puedo. Me voy de viaje. Miguel la consoló: —Natacha, juntos lo saldremos adelante. No te aferres al pasado. —Me da rabia. Yo ganaba buen dinero y todo lo invertí en la casa. ¿Ahora, con lo que tenemos encima, nos discutimos por una baja de padrón? —No pienses en eso. Cada pensamiento tuyo, ponlo en Alejo. Yo lo manejo. Siempre soñé tener una familia. Dios lo sabe. No nos la quitará. —¿Qué tal los análisis, Miguel? —Hacemos todo. De momento, mal. Natacha lloraba en silencio. No debía dejar que Alejo notase nada. —Tío Miguel, ¿qué pasa con mi sangre? —Mira, en la sangre hay barquitos rojos y blancos. Los tuyos están peleando. —¿Quién gana? —Por ahora los blancos. —¿Y después? —Ayuda tú a los rojos. —Mamá, llévame lejos. Estoy cansado. —Natacha, yo quería decírtelo. Vámonos todos al castillo. Hace buen tiempo, pasearemos por el bosque y Alejo podrá descansar. La primavera decoró su rincón de flores y arbustos. Pasearon y disfrutaron juntos, aunque hubo instantes en que Alejo se detenía, muy serio. —¿Qué pasa, hijo? ¿Te encuentras mal? —Mamá, no me molestes, que estoy en batalla naval. El pequeño descanso terminó pronto. Alejo parecía más sano, con las mejillas algo sonrosadas. —Mamá, ¿dónde está papá? —En viaje de trabajo, hijo. —¿Otra vez? Bueno, vale. De vuelta a la clínica, hicieron nuevos análisis. La jefa del laboratorio apareció en persona. —Miguel, ¿dónde habéis llevado al niño? —Aquí cerca, a la reserva natural. ¿Por qué lo pregunta? ¿Qué pasa con la sangre? —Todo bien. Está en remisión. ¡Analítica perfecta! Miguel corrió al cuarto alegremente. —¡Alejo, estás mejor! No llores, Natacha. Está curándose. ¿Qué hacías, hijo? —Papá, ¿recuerdas lo de los barquitos? Gané todas las batallas con los rojos.
Paloma no lograba comprender lo insólito de lo que le estaba sucediendo. Su marido, su único apoyo y
Educación financiera y salud
046
Natacha no podía creer lo que le estaba sucediendo. Su marido, el único, el que consideraba su apoyo y sostén, esa mañana le dijo: «Ya no te quiero». El impacto fue tan grande que se quedó inmóvil en una postura absurda, mientras él daba vueltas, recogía sus cosas y hacía ruido con las llaves. Como si justo eso le faltase ahora. Hace nada falleció su padre de forma repentina y, a pesar de su propio dolor, tuvo que cuidar de su madre encanecida y de su hermana, que quedó discapacitada a los 18 años tras una grave lesión cerebral. Su familia vivía en el pueblo de al lado. Su hijo acababa de empezar primero de primaria. En junio cerraron la empresa donde trabajaba. Se quedó en paro. Y ahora también su marido… Natacha se agarró la cabeza, se sentó a la mesa y rompió a llorar amargamente. —Dios mío, ¿qué voy a hacer ahora? ¿Cómo vivir? ¡Ay, Alesito! Tengo que ir corriendo a recogerle al cole. Las obligaciones diarias la obligaron a levantarse y caminar. —Mamá, ¿has llorado? —No, Alejo, no. —¿Lloras por el abuelito? ¡Mamá, le echo muchísimo de menos! —Yo también, hijo. Pero tenemos que ser fuertes. Nuestro abuelo siempre fue así. Ahora está con Dios y está bien, no te preocupes. Se merece descansar, nunca descansó en vida. —¿Y papá? —¿Papá? Seguramente está otra vez de viaje por trabajo. ¿Qué tal en el cole? Hay que seguir adelante. ¿No te quiere? No se puede obligar a nadie. Algo se le escapó entre tanta prisa y rutina. Mientras Alejo comía y se entretenía con sus soldaditos de juguete, Natacha se puso a mirar el ordenador de su marido, que nunca antes había tocado. Fue fácil entrar en el correo: la sesión aún estaba abierta. Ni siquiera le dio tiempo a borrar los mensajes recientes. Tenía un amor por todo lo alto. Y ahora ella era la no-amada. Diez años había sido “sol radiante”, y tras ocho años de lucha para tener al hijo, además “nuestra mamá”. Ahora todo cambió. Había que acostumbrarse. Primero tenía que buscar trabajo. Nadie parecía interesarse por su título universitario. Los euros del paro apenas calmaban la angustia. ¿Qué había pasado, qué razón convirtió a su esposo, responsable y cariñoso, en un extraño de la noche a la mañana? Pensaba y solo encontraba una explicación: o se había vuelto loco, o se había enamorado de otra. La casa común, construida poco a poco, quedó a medio hacer. Menos mal que tenían techo y una habitación habitable. —¡Trabajo, cuánto te necesito! —Natacha estuvo a punto de llorar otra vez, pero no tenía tiempo. Buscó empleo durante varios días. Sin suerte. El niño recién comenzaba el cole y su nueva soledad empeoraba las posibilidades. Al final del día, llamó su compadre Román: —Nata, ¿no ha vuelto tu marido? —No. —¿Quieres trabajar de almacenera? —¿Me lo dices en serio? —Por supuesto. Sé que no tienes ganas de bromas después de lo de tu marido. El puesto tiene horario partido, podrías ir a recoger a Alejo o apuntarle a actividades. El sueldo son 1.200 euros. Poco, pero mejor que nada. Mañana os traemos patatas, cebollas y un pollo. —¡Román, tengo gallinas! Ellas nos alimentan y ponen huevos. —Pues que sigan así, a las gallinas no se les toca. —Gracias, ¿qué tal Galina? —Bien, se va recuperando. Es una valiente. Román siempre igual. Su mujer Galina superó una operación difícil y está con quimio, pero él nunca se queja, aunque tenga todo encima. Él está “fenomenal”. Natacha suspiró: una oportunidad para sobrevivir. Gracias a Dios —el más fiable—, nunca falla. Y gracias por el compadre. El nuevo trabajo resultó sencillo y tenía ratos para estar sola, repasar lo pasado y permitirse llorar. Los días, semanas y meses volaron. Al cumplirse el año, Natacha comenzó a tener hambre, a dormir, a reír y a disfrutar de los progresos de su hijo. El dolor por la traición de su esposo volvía cuando él venía a llevarse a Alejo los fines de semana. Nunca lo impedía: su relación no debía hacer infeliz al niño. Tenía ganas de preguntar por qué no fue suficiente para él, aunque sabía que no se trataba de ella, sino de una pasión súbita por otra. Se acordó de aquella frase de película: «El amor dura hasta la primera curva, a partir de ahí empieza la vida». Para ella amor y vida eran inseparables. Y para su ex… El otoño fue este año una prolongación del verano: cálido, los árboles seguían verdes, las voces infantiles resonaban en la calle rodeadas de colores en el jardín. El día que Natacha se cruzó con la mirada de Miguel, no se distinguía de otros, tal vez el sol brillaba un poco más o la música de la ventana sonaba más alegre; quizá era el momento de que la suerte juntase a dos soledades. —Señorita, ¿me permite ayudarle? No debería cargar tanto. —Estoy acostumbrada. —No está bien que una belleza así cargue peso a diario. —¿Ayuda usted a todas las guapas, patrulla a la puerta del súper? —Sí, sí, he patrullado tantos días y por fin he encontrado la guapa que buscaba. Imposible no reírse. Y ambos rompieron a reír hasta las lágrimas, sin poder parar. —Miguel —extendió la mano, y aún le brillaban los ojos de alegría. —Natacha. —“Natacha, Natacha, esposa ajena”, ¿conoce la canción? —No. Pero yo no soy casada. —¿En serio? ¡Qué suerte la mía! Por fin conozco a la mujer de mis sueños y está libre. Todo el mundo está loco o ciego. —Ya veo que el humor no le falta. ¿Y la seriedad? —De eso también voy sobrado. Natacha, ¿tomamos algo en el cine y charlamos? —No puedo, tengo que recoger a mi hijo de las actividades. —No me lo puedo creer. ¿Tiene usted un hijo? ¡Pero si parece veinteañera! ¿Cómo va a tener que recoger a nadie? —Tengo 35 años. —Justo como yo. Qué coincidencia… pero en serio, parece que acaba de salir del instituto. —¿Y ahora? —Ahora me asombra más. Todos los hombres sueñan con tener un hijo. ¿Y usted, soltera con niño? ¿Dónde está el padre? —Prefiero no hablar de eso ahora. —Entendido. Entonces el fin de semana. Si quiere puede llevar a su hijo al pase infantil. —Los fines de semana está con su padre. —Natacha, no quiero incomodarla, pero si algún día le sobra tiempo, llámeme. Aquí está mi tarjeta. Por cierto, trabajo de médico, soy hematólogo infantil. —Trabajo más serio no hay. —Y no deja tiempo para buscar bellezas. —Gracias, Miguel. Le llamaré, de verdad. —Estaré esperando. ¡Qué hermoso era ese otoño! Sin duda era el regalo de ambos. Rayos de sol suaves, pintando el follaje del parque con una paleta increíble de colores, días templados que abrieron todos los rincones de la ciudad. Y la ternura que, venciendo el dolor, les envolvió en un baile otoñal bajo el manto de hojas multicolor. Se acercaban con tal delicadeza que Natacha, sin esperarlo, sentía cómo la atraía ese hombre especial. A los cuarenta días de conocerse, fue ella quien propuso tímida: «¿Te apuntas a un té en casa?» —Nata, ¿no te enfadarás? Prefiero no ir hoy a tu casa. Es tan importante lo que sentimos… quiero cuidar este momento. ¿Me lo permites? Al siguiente fin de semana, se escaparon al parque natural, donde Miguel alquiló una casita que parecía un castillo. Dentro, todo era cálido y acogedor, pero Natacha solo veía los grandes ojos castaños de su amor y se perdía en ellos hasta quedarse en sus brazos. Descubrió que el amor supremo entre hombre y mujer podía ser tan dulce. —Miguel, ¿dónde estoy, qué me pasa? Siento que muero de amor. ¿Cómo pude vivir sin ti? ¡Qué feliz soy a tu lado! —¡Eres maravillosa! ¡Qué afortunado soy! Al cabo de dos meses, era cada vez más difícil despedirse. —Natacha, cásate conmigo. —Miguel, mi divorcio sale a fin de mes. —Y justo después celebramos la boda. Así nadie me roba a mi chica. —Mi chica sabe lo que quiere. Yo tengo a mi amado. Pero, Miguel, nada de fiestas. Registrar la unión y llévame otra vez a nuestro castillo, donde fui tu mujer desde el primer día. —Como tú digas, amor mío. Román y Galina fueron los únicos testigos en el registro. La madre y la hermana enviaron un telegrama entusiasta. Pronto se mudaron a un piso que Miguel había alquilado, con dos habitaciones que reformaron juntos, creando un hogar cálido y cómodo. Miguel mimó la habitación de Alejo. Ya se conocían, pero Alejo —para quien su madre y su padre eran dos mitades de manzana— se resistía a acercarse a Miguel. —Natacha, no te asustes… quiero que controlemos la sangre de Alejo. Está muy pálido. —No digas tonterías, Miguel. Lo que pasa es que está sufriendo. No acaba de aceptar el divorcio; siempre pensó que no sería realidad. He leído que para un niño, el divorcio de los padres es peor que la muerte de uno. —Tienes razón, mujer sabia. Yo sufrí el divorcio de mis padres y lo viví como un desastre universal. Pero vamos a hacer la analítica, ¿vale campeón? Aquel día, Miguel entró en casa cabizbajo. Natacha entendió al instante: algo pasaba. —No te preocupes, Natacha. Hay cambios en la sangre de Alejo. Tu intuición no nos ha fallado. Mañana lo llevo conmigo. Como si la felicidad tuviese que pagarse con un precio tan alto. Leucemia. Qué palabra más dura. Empezó otra vida. Natacha pidió una excedencia sin sueldo. No podía dejar a Alejo solo sufriendo pinchazos, análisis y medicaciones. Le sujetaba la mano y le repetía: «Resiste, hijo mío, tú eres fuerte. Siempre has sido mi mejor amigo. Nunca nos separamos y siempre estaremos juntos». Cuando no aguantaba más, Miguel se quedaba con Alejo y mandaba a Natacha a dormir. Dormir, casi nunca: se quedaba mirando el techo. El exmarido llamó para exigirle que se empadronara fuera del hogar a medio construir. —Al niño yo le prestaré atención. Vendrá conmigo a mi casa. —Mejor ven tú a visitarle. —Ahora no puedo. Me voy de viaje. Miguel la consoló: —Natacha, juntos lo saldremos adelante. No te aferres al pasado. —Me da rabia. Yo ganaba buen dinero y todo lo invertí en la casa. ¿Ahora, con lo que tenemos encima, nos discutimos por una baja de padrón? —No pienses en eso. Cada pensamiento tuyo, ponlo en Alejo. Yo lo manejo. Siempre soñé tener una familia. Dios lo sabe. No nos la quitará. —¿Qué tal los análisis, Miguel? —Hacemos todo. De momento, mal. Natacha lloraba en silencio. No debía dejar que Alejo notase nada. —Tío Miguel, ¿qué pasa con mi sangre? —Mira, en la sangre hay barquitos rojos y blancos. Los tuyos están peleando. —¿Quién gana? —Por ahora los blancos. —¿Y después? —Ayuda tú a los rojos. —Mamá, llévame lejos. Estoy cansado. —Natacha, yo quería decírtelo. Vámonos todos al castillo. Hace buen tiempo, pasearemos por el bosque y Alejo podrá descansar. La primavera decoró su rincón de flores y arbustos. Pasearon y disfrutaron juntos, aunque hubo instantes en que Alejo se detenía, muy serio. —¿Qué pasa, hijo? ¿Te encuentras mal? —Mamá, no me molestes, que estoy en batalla naval. El pequeño descanso terminó pronto. Alejo parecía más sano, con las mejillas algo sonrosadas. —Mamá, ¿dónde está papá? —En viaje de trabajo, hijo. —¿Otra vez? Bueno, vale. De vuelta a la clínica, hicieron nuevos análisis. La jefa del laboratorio apareció en persona. —Miguel, ¿dónde habéis llevado al niño? —Aquí cerca, a la reserva natural. ¿Por qué lo pregunta? ¿Qué pasa con la sangre? —Todo bien. Está en remisión. ¡Analítica perfecta! Miguel corrió al cuarto alegremente. —¡Alejo, estás mejor! No llores, Natacha. Está curándose. ¿Qué hacías, hijo? —Papá, ¿recuerdas lo de los barquitos? Gané todas las batallas con los rojos.
Paloma no lograba comprender lo insólito de lo que le estaba sucediendo. Su marido, su único apoyo y
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0363
Mi suegra me llamó para “echar una mano dos horas” en su fiesta de cumpleaños y esperaba sumisión: así descubrí mi papel en la familia
Mi suegra me llama “solo para dos horas” para ayudar con un aniversario y da por sentado
Me di cuenta de mis errores y quise volver con mi exmujer tras 30 años, pero ya era demasiado tarde…
He comprendido mis errores y deseo volver con mi exmujer tras treinta años, pero ya es demasiado tardeMe
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021
Mi suegra me llamó “solo por un par de horas” para ayudarle con el cumpleaños y esperaba sumisión: cuando entré en la cocina vi ollas, listas de platos y veinte invitados, pero lo que realmente se esperaba de mí era obedecer sin rechistar
Diario personal, 14 de marzo La tarde empezaba tranquila, hasta que sonó el teléfono. Era mi suegra
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047
La ex amiga —¿Hablas en serio? ¿Piensas venir a una boda donde el cubierto cuesta ochomil euros por cabeza sin regalar nada porque te has comprado un vestido? ¡Pero si el vestido te lo quedas tú! Te lo podrás poner para ir a cenar, al teatro… —No llevo turquesa, Eugenia. Te lo he dicho tres veces. —Mira, así son las cosas —sentenció la novia—. O respetas el dress code y te comportas como una amiga normal, o… no sé. El cristal de la mesa de centro vibraba apenas con las notificaciones del chat común. Sonia evitaba mirar la pantalla, pero el número rojo —ciento cuarenta y ocho mensajes en una hora— le presionaba los nervios. El grupo se llamaba «Cuento turquesa de Eugenia». Como avatar, la amiga con velo. Al final Sonia se rindió y desbloqueó el móvil. “Chicas, ¡he encontrado a la profesional! —escribía Eugenia—. La manicura debe ser estrictamente en el tono ‘Mar azul’, esmalte número trescientos doce. Nada de nude, ni de lacas transparentes. Solo ese color. ¡Y la pedicura igual! El maquillaje también lo he cerrado: delineado turquesa y sombras con brillo. Cita el viernes por la mañana para el maquillaje, y el jueves por la tarde la manicura. Paso la dirección. Cada una paga lo suyo, he negociado un descuento, sale todo por siete mil el pack.” Sonia dejó el móvil muy despacio. Siete mil por maquillaje y uñas, que borrará en dos días. Más doce mil por el vestido de satén color alga que Eugenia eligió para las siete damas. Un vestido que Sonia jamás volverá a ponerse porque el turquesa la hace parecer una ahogada. Total: diecinueve mil solo por el ‘look’ para la fiesta de otra. En el monedero a Sonia, después de pagar dos préstamos y el último recorte de sueldo, le quedaban justo quince mil hasta fin de mes. Y faltaba el transporte, el regalo, los zapatos para el vestido… —Eu, —llamó Sonia a su amiga diez minutos después—. Tenemos que hablar. Sobre el sábado y la manicura. —Sonia, por favor no empieces —suspiró Eugenia—. Está todo pensado. El fotógrafo ha dicho que con mi vestido blanco y vuestro turquesa vais a quedar maravillosas. —Eu, todo esto suma diecinueve mil, Eugenia. No tengo ese dinero. Bueno, los tengo, pero son mis últimos ahorros. No me hago manicuras de colores, lo sabes. Solo la básica, siempre. Y el vestido… me queda fatal. Déjame ir con mi azul marino. Es elegante, caro, solo me lo he puesto una vez. —¿Azul? ¿Me tomas el pelo, Sonia? ¡Las mesas llevan manteles y servilletas turquesa! ¿Quieres estropearlo todo? —Solo quiero ser invitada, Eugenia. Tu amiga, no atrezzo decorativo. Si insistes en ese vestuario, hagamos trato: me lo compro, hago el maquillaje, pero ESO será mi regalo. No podré darte otro sobre con dinero, todo se va en tus caprichos. —¿En serio? ¿Vas a venir a una boda de ocho mil el cubierto y sin regalo solo porque te has comprado un vestido? Ese vestido ¡te lo quedas! Lo puedes llevar al teatro, a un restaurante… —No uso turquesa, Eugenia. Te lo he repetido tres veces. —Muy bien —zanjó la novia—. O cumples el dress code como una amiga civilizada o… no sé. A lo mejor ni deberías venir, si por el día más importante de mi vida te pones así de roñosa. —Pues igual no debería —respondió Sonia en voz baja—. Perdona. Colgó y salió del chat del grupo. Le dolió en el pecho, pero a la vez sintió una extraña sensación de libertad. Sus diecinueve mil seguían ahí. Y sus nervios, también. *** Una semana después, el día de la boda, Sonia estaba en casa leyendo. No entró en redes para no remover la herida. Pero por la tarde sonó el móvil. En la pantalla apareció el nombre de Catalina: otra amiga que cedió a todas las exigencias de Eugenia. —Sonia, hola —la voz de Catalinatemblaba. Sonia se alarmó: —¿Qué pasa? ¿Cómo ha ido la boda? —Ha sido un circo —Catalina sorbió la nariz—. ¡Un horror! Me fui antes de tiempo, estoy en el taxi. Un desas…tre. —Cuenta —ordenó Sonia. —Empezó por la mañana. Fuimos a maquillarnos y Eugenia montó una escena en el salón. Elisa, el día antes, se cayó de la bici y llevaba el brazo en escayola. Una simple escayola blanca. Eugenia la vio y gritó por la calle: “¡¿Por qué ibas en bici?! ¡¡Sabías que era mi boda!! ¡¡Ahora lo has fastidiado todo! Esa escayola va a arruinar todas las fotos!” —¿En serio? —Sonia se sorprendió—. ¿Y Elisa? —Lloraba. Y Eugenia llamó al fotógrafo y le ordenó: “A la inútil con escayola ni la saques. Y si no, recorta la foto para que no se vea el brazo. Nada de ponerla a mi lado. ¿Entendido?” Elisa se pasó media fiesta en el baño. Pero eso no es lo peor. Después llegó la bisabuela del novio. Ancianita, 85 años, casi sin andar. Entró con su mejor vestido, uno gris con encaje. Se veía que era el mejor que tenía. Eugenia saltó delante de todos: “¡Abuela, le dijimos! ¿Por qué de gris? ¡El gris es de luto!” La abuela se quedó perpleja, balbuceando que no tenía otro. Y Eugenia la prohibió entrar en la zona de fotos. La suegra casi se desmaya. Se levantó y le dijo delante de todos: “¿Pero qué haces? ¡Tiene 85 años y ha cruzado media España por ti y la echas por el color del vestido?” Se pusieron a discutir. El novio rojo como un tomate, sin saber dónde meterse. Sonia no podía creer que esa fuese la misma Eugenia de los helados en el banco del parque. —Luego, peor —siguió Catalina—. A Marina le salió un herpes en el labio. Pasa, por estrés, catarro… Eugenia fue y en su cara: “¿No podías tapártelo? O mejor, haberte quedado en casa. ¡En mis fotos de primer plano se te va a ver la boca!” Y a Oxana le cayó bronca por las uñas. Oxana se hizo la manicura turquesa, como pidieron, pero se le rompió una uña y tuvo que pintarlas todas de rojo, no tenía laca turquesa en casa. Eugenia vio esas uñas al darle una copa, y casi se la tiró a la cabeza. Gritó que lo hizo para llamar la atención y estropearle la foto. —¿Le ha dado un aire? —se asombró Sonia. —Parece que sí. Toda la boda con cara de furia. Ni una sonrisa auténtica. Nos recolocaba los vestidos, tirando de los hombros, susurrando que no nos encorváramos. Y el final, para rematar. ¿Sabes cómo lanzó el ramo? —¿Cómo? —Intentó tanto que el fotógrafo pillara “el momento” que lanzó el ramo con tal fuerza que aterrizó en la mesa de control del DJ. Todo el equipo, cables, y el ramo con sus ramas feas, ¡todo voló! La música se cortó. El DJ, en shock. Eugenia se giró a las chicas que esperaban el ramo y gritó: “¿Por qué no lo habéis cogido? ¡Sois unas inútiles! ¡Me habéis fastidiado el momento más importante! ¡Sois unas muertas de hambre!” —¿Muertas de hambre? —repitió Sonia. —Tal cual. Y que solo servimos para comer y no somos capaces de salir bien en una foto. Mira, Sonia, ahí sentada con el vestido que me apretaba, viendo mis manos azules, pensaba: “¿Qué hago aquí?” Siete mil en maquillaje, doce mil en vestido, diez mil en el sobre… Treinta mil para que me llamen muerta de hambre e inútil. Sonia colgó, dejó el móvil y se miró al espejo. Llevaba una simple camiseta. La piel limpia, las uñas cortas y cuidadas, el pelo en coleta. En el recibidor, el sobre con el dinero guardado. Mañana amortizaría parte del portátil. ¿Había perdido algo? Dos días después Eugenia subió a redes una “carrusel” de diez fotos perfectas. Las amigas de turquesa, la novia, blanco radiante. Bonito, espectacular incluso. El pie también iba a juego: “Mi día perfecto. Gracias a quienes compartieron este cuento. Lástima que algunas ‘amigas’ sean tan enanas de espíritu que no entiendan la magnitud del evento. Pero la vida pondrá todo en su sitio. Que Dios las juzgue, ¡yo perdono!” Sonia lo leyó y soltó una risita. Perdona, dice. Entró en el perfil de Eugenia, pulsó los tres puntos y le dio a “Bloquear”. No quería saber más de la vida de la que fue su amiga. Que viva como quiera. *** Un mes después, Catalina fue a casa de Sonia. Estaban en la cocina, tomando té. —¿Sabes las últimas? —dijo Catalina de repente—. Nuestra reina acaba de montar otra… Sonia se encogió de hombros. —No la sigo. ¿Qué ha pasado? —El fotógrafo ha denunciado a Eugenia. No le quiere pagar el resto. Según ella, en el cuarenta por ciento de las fotos, las damas no llevan “el mismo tono de turquesa” por culpa de su luz. ¿Te imaginas? Trabajó doce horas y ella va y le reclama “el espectro equivocado”. Solo le pagó el treinta por ciento; el setenta, se lo quedó. —Tan de su estilo —rió Sonia—. ¿Y el marido? ¿Vadim? Catalina se rió. —Vadim ha pedido el divorcio hace una semana. Ni llegaron a la luna de miel ni a Turquía. Dicen que al segundo día Eugenia le montó un escándalo a su madre. Le exigía que le pagase el banquete porque la abuela “arruinó el vídeo de boda con su presencia”. Vadim intentó calmarla y ella le llamó “calzonazos, incapaz de defender la familia”. Así que Vadim hizo la maleta y dijo que no viviría con semejante bruja. Sonia miró por la ventana. —¿Sabes, Cata? —le dijo—. Lo pasé fatal. Pensaba que era mala amiga por no buscar diecinueve mil y encajar en la foto. Ahora escucho todo esto y pienso que hice bien. Catalina asintió. —Vendí el vestido —admitió—. Por tres mil. Con eso me compré una tarta enorme y me la comí entera. Fue la mejor tarta de mi vida. Se echaron a reír. Y luego quedaron para ir al cine y distraerse. No había nada que lamentar: ellas estaban bien. Y ahora que cargue la ex amiga con sus propios dramas.
Querido diario, No puedo dejar de pensar en lo surrealista que fue todo este asunto con Elena.