A Lucía sus padres la esperaron con mucha ilusión. Pero el embarazo fue complicado y la niña nació prematura, tan frágil que pasó semanas en una incubadora. Muchos de sus órganos no terminaron de desarrollarse bien. Hubo que recurrir a ventilación asistida. Dos operaciones. Desprendimiento de retina. Dos veces permitieron a la familia despedirse de la niña. Pero Lucía sobrevivió.
Sin embargo, muy pronto se supo que apenas podía ver ni oír. Su desarrollo físico se fue ajustando con el tiempo: primero se sentó solita, más tarde sujetó algún juguete, después empezó a caminar con ayuda. Pero el desarrollo intelectual no seguía el mismo ritmo. Al principio, los padres mantenían la esperanza, lucharon juntos, pero el padre fue desapareciendo poco a poco, como si se desvaneciera en el aire, y la madre continuó luchando sola.
Consiguió una ayuda del Estado y, cuando Lucía tenía tres años y medio, le pusieron unos implantes para intentar devolverle parte del oído. Ahora parecía que escuchaba, pero aun así no progresaba. Citas con especialistas, logopedas, psicólogos, pedagogos. La madre, Carmen, venía a verme con Lucía muchas veces. Yo le sugería: ¿y si probamos esto, o mejor intentamos aquello? Ella lo intentaba todo. El resultado era siempre el mismo. La mayor parte del tiempo Lucía se quedaba tranquila en el parque de juegos, girando algo entre las manos, golpeando los objetos contra el suelo. Se mordía la mano o algún otro juguete. A veces aullaba con un solo tono, otras veces el aullido cambiaba. Su madre afirmaba que Lucía la reconocía, que la llamaba con un arrullo especial y que le encantaba cuando le rascaba la espalda y los pies.
Finalmente, un psiquiatra ya mayor le dijo: bueno, ¿para qué le vas a dar más vueltas? Tu hija es lo que se dice un vegetal con piernas. Tienes que tomar una decisión: o la dejas en una institución o sigues cuidándola; de lo segundo ya sabes mucho. No tiene sentido esperar ningún cambio o enterrarte viva al lado de su parque. Yo no lo veo.
Fue la única persona que le habló claro a Carmen. Ella llevó a Lucía a un centro especial y, al poco, volvió a trabajar. Al tiempo, se compró una moto siempre había soñado con eso y empezó a rodar por las calles de Madrid y carreteras de Castilla junto a otros moteros. Cuando rugía el motor, todos los malos pensamientos se alejaban.
El padre pagaba la pensión y Carmen la empleaba íntegra en cuidadoras para los fines de semana Lucía realmente no era difícil de cuidar, si uno se acostumbraba a sus aullidos.
Un día, uno de los amigos moteros le confesó a Carmen: mira, me gustas de una forma muy poco infantil, tienes un algo trágico que me intriga.
Ven, te voy a enseñar una cosa replicó Carmen.
El chico sonrió, pensando que Carmén le invitaba a su casa y a su cama. Pero Carmen le mostró a Lucía. La niña estaba animada, aullando con variaciones, arrullando; puede que la reconociera o que no le gustara ver a alguien desconocido.
¡Jolines, qué pasada! exclamó el motero.
¿Y qué pensabas que te ibas a encontrar? le contestó Carmen.
Pasó el tiempo y no sólo rodaron juntos, sino que acabaron compartiendo casa. El motero, Julián, nunca se acercaba a Lucía (ya lo habían hablado) y Carmen tampoco lo deseaba.
Luego Julián propuso: ¿por qué no tenemos un hijo? Carmen respondió tajante: ¿y si también sale así? Julián enmudeció casi un año, pero al final volvió a insistir. Tuvieron un hijo sano, Miguelito. Entonces Julián preguntó: ahora que tenemos un niño normal, ¿dejamos a Lucía en una residencia? Carmen le contestó: antes te dejo yo a ti. Julián reculo enseguida: Sólo lo preguntaba
Miguelito descubrió a Lucía gateando con nueve meses. Le fascinó. Julián se enfadaba y se asustaba: no dejes que se le acerque, es peligroso, nunca se sabe Pero como Julián estaba siempre fuera, Carmen sí dejaba que estuvieran juntos. Cuando Miguelito estaba cerca, Lucía no aullaba. Incluso le parecía a Carmen que escuchaba y esperaba.
Miguelito le llevaba juguetes, le enseñaba a jugar, colocaba los deditos de su hermana en las piezas.
Un día, Julián enfermó y pasó el fin de semana en casa. Vio como su hijo ya andaba inseguro y musitaba algo mientras detrás, como una sombra, le seguía Lucía (quien hasta entonces no salía nunca de su esquina). Julián montó un escándalo y exigió: no quiero que mi hijo esté cerca de tu inútil, o vigila todo el rato. Carmen le indicó la puerta. A Julián le entró miedo. Al final se reconciliaron.
Un día Carmen vino a verme:
Lucía parece de madera pero la quiero me dijo. ¿No te parece horroroso?
Es lo más natural le contesté.
Querer a tus hijos, sea como sean
En realidad hablaba de Julián especificó Carmen. ¿Y tú crees que Lucía es peligrosa para Miguel?
Le dije que según lo que veía, el líder era Miguel, pero que aun así había que vigilar. Así quedó la cosa.
A los dieciocho meses, Miguel enseñó a Lucía a montar torres por tamaño. Él ya hablaba con frases, cantaba canciones sencillas y hacía juegos de manos como Los cinco lobitos.
¿Tenemos un genio en la casa? me preguntó Carmen. Julián quería saberlo. Estaba tan orgulloso que casi reventaba, porque los hijos de sus amigos apenas decían papá y mamá.
Creo que es por Lucía opiné. Pocos niños de esa edad ejercen de motor del desarrollo de otro niño.
¡Eso le voy a decir yo a ese otra vez! se alegró Carmen.
Vaya familia, pensé yo: una niña vegetal, un tronco con ojos, una madre motera y un niño prodigio.
Cuando Miguel aprendió a ir al orinal, tardó medio año en enseñar a Lucía. Carmen retó a Miguel a enseñar a comer, beber del vaso, vestirse y desvestirse a su hermana. Cuando tenía tres años y medio, Miguel preguntó muy serio:
¿Por qué Lucía es así?
Pues, para empezar, no ve nada.
Sí que ve replicó Miguel. Pero sólo un poco. Esto lo distingue, esto no. Y depende de la luz. Con la bombilla del baño encima del espejo ve mejor.
El oftalmólogo se quedó de piedra cuando le llevaron a un niño de tres años para explicar el estado visual de su hermana. Escuchó atentamente, pidió más pruebas y luego recetó un tratamiento y unas gafas complicadas.
A Miguel no le fue bien en la guardería.
¡Este niño debería estar en Primaria! protestaba la educadora. Sabe más que nosotros.
Yo me opuse tajantemente a adelantarle de curso: que fuera a talleres y ayudara a su hermana.
Julián, sorprendentemente, estuvo de acuerdo:
Quédate con ellos en casa, ¿qué hace en esa guardería absurda? ¿Te has dado cuenta de que Lucía lleva casi un año sin aullar?
Medio año después, Lucía dijo: mamá, papá, Migue, dame, agua y miau-miau.
Ambos niños empezaron juntos el colegio. Miguel se preocupaba: ¿cómo estará sin mí? ¿Serán los especialistas buenos en ese cole especial? ¿Le entenderán? Incluso ahora, en quinto de Primaria, primero hace los deberes con Lucía y luego los suyos. Lucía habla con frases sencillas. Sabe leer y usar el ordenador. Le encanta cocinar y recoger (Miguel o su madre supervisan), sentarse en el banco del patio a mirar, oír y oler. Conoce a todos los vecinos y siempre saluda. Le gusta modelar con plastilina, montar y desmontar construcciones.
Pero lo que más le divierte en el mundo es salir toda la familia por las carreteras de Castilla en moto: ella con su madre, Miguel con su padre, y todos gritando juntos al vientoUn sábado cualquiera, mientras Lucía amasaba pan con las manos torpes y Miguel le iba contando, con delicadeza infinita, cómo formar la trenza perfecta, Carmen los miró desde la puerta de la cocina. El olor a harina, a vida nueva, llenó todo el pequeño piso. Julián, desde el salón, hojeaba una revista de motos y de vez en cuando lanzaba un vistazo, como temeroso y orgulloso a la vez de esa familia extraña y milagrosa.
Lucía, de repente, giró la cabeza y, sin mirar exactamente a su madre, preguntó:
¿Hoy vamos a dar un paseo en moto?
Claro, pequerespondió Carmen, sonriendo.
Miguel tomó la mano de su hermana y juntos corrieron al balcón para oler el aire de la tarde, ese viento que traía recuerdos de carreteras y esperanza. Por un momento, todo fue sencillo. Una madre, dos hijos, la promesa de una aventura. Y Julián, desde lejos, pensó que no importaba cuán raro pareciera el mundo: quizá el amor solo era esto, quedarse, aprender, rodar juntos, a pesar de todo.
Lucía, con la voz temblorosa pero clara, canturreó una canción inventada. Miguel la acompañó con palmas. Carmen se acercó, las lágrimas picándole en la garganta, y pensó que su pequeña había logrado hacer lo imposible: trenzar a todos los suyos, de un modo único, irrepetible. Y mientras bajaban todos juntos las escaleras y la moto rugía soñando horizontes, Lucía alzó la cara al sol y, por un instante, pareció que veía o sentía más que nadie.
Entonces Carmen lo supo: había encontrado, en el hueco exacto de su familia, un lugar para la alegría inesperada. Nada era perfecto, pero todo era, por fin, suyo. Y, mientras escapaban juntos hacia la luz tibia del atardecer, supo que no cambiaría su ruta por ningún otro destino en el mundo.






