No hay mal que por bien no venga: Una boda rural repleta de alegría, la tristeza oculta de la hija menor y el destino inesperado de Anuska, la muchacha coja que encontró la felicidad gracias a la bondad y el amor de su vecino Alejo

No hay mal que por bien no venga

En el pequeño pueblo de la meseta castellana, la boda de la hija mayor de la familia Fernández era el acontecimiento de la temporada. Vicente, un hombre generoso y muy conocido en el pueblo, celebraba junto a su esposa el casamiento de su primogénita. Todos brindaban, reían y bailaban, menos la menor de las hijas, Leonor, que se encontraba cabizbaja en una esquina, con la mirada perdida. Vicente, algo achispado por el vino, se le acercó y de un impulso la alzó en brazos, girando con ella en el aire mientras reía.

No estés triste, Leonorcita. También llegará tu día. Eres tan guapa como tus hermanas, y para ti encontraremos un buen muchacho, ya verás que serás feliz le susurró con cariño.

Leonor tenía doce años y, desde pequeña, en el pueblo la llamaban la coja. Siendo muy niña, se le cayó una plancha de hierro fundido en el pie y el practicante apenas pudo curarla; la pierna sanó mal y torcida. Para los vecinos eso apenas tenía importancia, allá todos conocían las desgracias de cada familia, pero ella siempre cargó con esa pena. Era la más pequeña de tres hermanas; todos sentían cierta compasión por ella, sobre todo por esa cojera y esos deditos encogidos.

En verano, Leonor iba descalza por el corral, aunque en invierno el calzado era un tormento para su pie mal curado. Creciendo, sentía vergüenza de su defecto, pero no podía hacer nada: así lo había dispuesto la suerte. Lo que la naturaleza le negó en lo físico, se lo compensó con un rostro precioso y una voz dulce que encantaba a todos en la parroquia. Aún siendo sus hermanas mayores muy atractivas, Leonor siempre fue la más delicada y hermosa.

En la casa contigua vivía la familia Gutiérrez, con dos hijos: el mayor, Alejandro, y Simón, el pequeño. Alejandro era seis años mayor y tocaba la guitarra con gracia; Simón, sin embargo, aunque lo intentaba, no tenía oído alguno. Simón y Leonor eran inseparables desde niños. Se sentaban en el poyo de la entrada, ella cantaba tonadas antiguas y él hacía como que tocaba la guitarra. Cuando Alejandro los veía, les reñía:

¡Dejad la guitarra en paz, que luego se desafina! y ambos, entre risas, corrían al corral de Leonor.

A ojos de Leonor, Alejandro era un auténtico galán: alto, robusto, con esa seguridad que deslumbran los mozos castellanos. No podía demostrarlo ni entenderlo aún, pero estaba secretamente enamorada de él, como le confesó un día, a hurtadillas, a Simón. Este se ofendió un poco.

Pero la vida pone las cosas en su sitio. Al poco, Alejandro marchó para hacer el servicio militar. Leonor lloró a escondidas, apenada por su marcha. Sin embargo, la amistad con Simón siguió igual; ambos maduraban y, poco a poco, Leonor empezó a mirar a Simón de otra manera, soñando con que quizá algún día se casarían, aunque su pie la frenaba en sus ilusiones.

Iban juntos al colegio, y en los fríos inviernos, Simón le ayudaba con la cartera o le ofrecía su brazo para avanzar más deprisa por la nieve.

¡Vamos rápido, Leonor, que nos helamos! le apremiaba él, aunque ella pensaba que ya iba todo lo rápido que podía; su pie torcido la retrasaba en el manto blanco.

Los años pasaron y, ya con quince, Alejandro no volvió al pueblo tras la mili; desde allí ingresó en la academia militar, decidido a ser soldado profesional. Una tarde de verano, una vez acabadas sus tareas, Leonor estaba en el escalón de la entrada, disfrutando del sol y el canto de los vencejos, cuando de repente irrumpió Simón en el patio.

¡Leonor, ven ya! ¡Tu padre, en el campo… Ha caído y no se levanta…!

El corazón le dio un vuelco. Se apresuró, pero llegó tarde. Su padre yacía en tierra, rodeado de vecinos, y su madre lloraba desconsolada.

A Vicente lo enterraron al tercer día, con la iglesia llena a rebosar. La madre y las tres hijas, perdidas, permanecían junto a la tumba mirando la tierra caer sobre el ataúd.

¿Y ahora qué va a ser de mí? sollozaba la madre.

Las hermanas mayores estaban casadas, pero Leonor se aferró a su madre:

No llores, mamá, yo me quedaré contigo.

Desde entonces, la madre repetía a su hija pequeña:

Ay, Leonor, el Señor te puso en mi camino para acompañarme. Nunca me dejarás, ¿verdad?

Leonor soñaba con estudiar en Valladolid, pero sabía que su lugar estaba ahora al lado de su madre. Se sentía pájaro enjaulado, pues la madre cada vez necesitaba más de su compañía.

Pasó el tiempo y, una tarde, desde la ventana, vio a Simón pasear por la calle del brazo de una chica desconocida. Pronto supo que era Paula, una muchacha del centro de la provincia, de visita en casa de su abuela. Sin apartarse de ella, Simón reía y ni miró a Leonor.

Se sintió extraña e insegura. Simón, de la mano de otra, ¿y yo qué? Pensó en ir al baile esa noche, vestirse con lo mejor, dejarse el pelo suelto y pintarse los labios con el carmín de su madre. Al llegar al centro social, los vio juntos, riendo.

Hola se acercó a ellos, sonriendo. Qué bonita está la noche, ¿verdad?

Simón se turbó y presentó a Paula:

Paula, ella es Leonor, mi vecina de toda la vida. Si quieres, siéntate, Leonor, nosotros vamos en un rato.

No, yo quiero bailar como todos le respondió. Paula asintió, pero Simón le susurró:

Leonor, esto aquí no es para ti. ¿Cómo vas a bailar?

Leonor, con el corazón encogido, giró sobre sí misma y cayó al suelo. Simón corrió a ayudarla, la sacó al portal y ella, entre lágrimas, volvió a casa apoyándose como pudo. Su madre la recibió en la puerta, primero riñéndola, luego, al ver su tristeza, abrazándola.

No llores, hija mía. Si Simón anda con otra, mejor así. Te prometiste quedarte conmigo, ¿recuerdas?

Ya tranquila, Leonor observó más tarde cómo Simón entraba en casa con Paula, y rompió a llorar de nuevo. Sentía que Simón le había fallado, aunque él nunca le prometió nada; simplemente habían crecido demasiado juntos.

No podía dormir, y con el corazón destrozado, esperó a que su madre se durmiera, salió a la calle y, sollozando, se dirigió hacia el río. Al llegar a la orilla, casi sin pensarlo, se adentró en el agua helada, esperando dejar atrás allí todas sus penas.

Miraba el cielo estrellado y murmuraba:

Padre mío, te fuiste y me dejaste sola. Prometiste buscarme un buen esposo, y mírame

Se dejó hundir, pero de repente, unos brazos la sujetaron y la sacaron a la superficie. Al abrir los ojos, reconoció a Alejandro, el hermano mayor de Simón.

¿Pero estás loca? le gritaba empapado. ¿Qué intentas hacer, Leonor? La vida está para vivirla.

Tú no eres como yo… Nadie te llamó coja sollozó. Ya tienes tu vida hecha, eres apuesto, triunfas ¿Por qué te importa?

No sabía que Alejandro había regresado de permiso aquella tarde tras acabar su formación como teniente y, al salir a fumar, la vio caminar a la deriva y la siguió con el corazón encogido.

Alejandro la abrazó y no soltó hasta que Leonor se serenó. Luego, muy despacio, le habló al oído:

Tu vida es importante para ti, pero también para mí. Todavía no ha hecho más que empezar. No tengas prisa, Leonor, la felicidad exige coraje.

Le puso su chaqueta sobre los hombros y, mirándola con ternura, la besó por primera vez.

Alejandro, ¿lo haces por pena? preguntó roja de emoción.

No, Leonor sonrió él. Siempre pensé en ti. Quiero llevarte a Madrid conmigo, buscaremos un médico para tu pierna, y olvidarás todo esto. No me casé porque nunca te olvidé. Ahora, mírate: toda una mujer, más guapa que nunca. ¿Quieres venirte conmigo? ¿Te casarás conmigo?

Si hablas en serio, Alejandro, claro que sí…

Al principio, la madre de Leonor se mostró contrariada por la idea de que su hija se casara y partiera, pero pronto, al ver la felicidad de ambos, fue cediendo. Aceleraron la boda; el permiso militar pronto acabaría y debían registrar el matrimonio en el ayuntamiento.

Tres días después de la ceremonia, Alejandro y Leonor partieron rumbo a Madrid. Allí, Alejandro localizó un cirujano dispuesto a operar su pierna. El médico fue sincero:

Será difícil, mucho mejor habría sido intervenir en la infancia. ¿Estás dispuesta a pasar por esto?

Lo haré, todo lo que haga falta con tal de dejar atrás la cojera contestó Leonor con lágrimas.

El tiempo pasó. La operación fue un éxito y, al cabo de un año, ni rastro quedó de su viejo andar. Y para colmo de alegría, un día sorprendió a Alejandro:

Alejandro, vamos a ser padres él se quedó sin palabras para enseguida abrazarla entre risas.

¡Qué alegría, Leonor mía! Ojalá sea una niña que se parezca a ti.

Ya veremos lo que viene reía Leonor, más feliz que nunca.

Cuando nació la niña, Alejandro no cabía en sí de gozo con sus dos tesoros. Leonor, mirándose en el espejo, pensaba a menudo:

Soy tan feliz… Y estuve a punto de perderlo todo aquella noche junto al río. Gracias, Alejandro, por salvarme la vida y mostrarme que todo puede cambiar. La verdadera fortuna es no perder la esperanza.

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