Una mujer cometió un error terrible en las vísperas de Navidad. Al principio, creía que estaba haciendo todo correctamente. Se calzó unas botas negras parecidas a las de los guardias civiles, se enfundó en su grueso abrigo de piel y se colocó un gorro de astracán. Al volante de su todoterreno, se dirigió con determinación a casa de una tipa insignificantea sus ojos, una vividora sin vergüenzapara ajustar cuentas.
La mujer se llamaba Eulalia Hernández de la Vega, pongamos por caso. Tenía un único hijo, nacido tarde y con mucho esfuerzo, todo para ella misma. Durante treinta años había vivido sola con él en Madrid.
A su hijo lo amaba con locura. Por él vivió, trabajó incansablemente y reunió una pequeña fortuna. Pero su hijo conoció a una chica, Carmen, en una residencia de estudiantes. ¡Y para colmo, con niño incluido!
Eulalia, que tenía buen ojo para las personas, estaba convencida de que esa muchacha, a la que siempre llamaba con cierto desprecio “esa tal Carmen”, solo quería quitarle a su hijo y aprovechar las comodidades. Por eso decidió ir a verla cara a cara y poner los puntos sobre las íes. Consiguió la dirección y planeó asustar o comprar a Carmenlo que hiciera faltapero arrancar a la víbora de su hijo, que últimamente había dejado de obedecerla y hablaba sin parar de bodas.
El rostro de Eulalia recordaba al de un bulldog inglés: pesado, con pliegues suavizados por el tiempo, y gruesos labios. Sus ojos, encendidos por la rabia, brillaban como los de un perro de caza. Era una mujer imponente, como la mismísima Doña Prudencia de “La Casa de Bernarda Alba”.
De camino, Eulalia compró algunas manzanas y peras en el mercado de Chamberí, además de un sonajero para el niño. Después de todo, era Navidad; había que romper el hielo con alguna cortesía. No eran bestias.
Con todo resuelto, Eulalia llamó al timbre, entró en la casa como un temporal del norte, se quitó las botas y el abrigo, y felicitó, sin mucho entusiasmo, a Carmen por las fiestas. Apenas iba a comenzar su discurso cuando, de pronto, vio al niño dentro del parqueun chiquitín rubio.
Se llamaba Pedrito, reveló Carmen, temblando de miedo. No era para menos; Eulalia podía asustar hasta a los más valientes.
Eulalia se acercó al parque y, casi sin querer, le ofreció la sonajera al pequeño. ¡Toma! Y ahí ocurrió lo inexplicable: Pedrito estalló en una carcajada luminosa que hizo estremecerse a Eulalia.
El niño cogió la sonajera y empezó a dar saltos sobre las puntas de los pies, sujetándose con una mano al borde, como bailando. No apartaba sus grandes ojos azules de Eulalia y entre risas lanzaba grititos de felicidad.
A saber por qué, Eulalia provocaba en el niño una alegría irresistible.
Pedrito estiró los brazos hacia ella, riendo y chillando de emoción. Los ojitos casi desaparecían, y la boquita, con apenas dos dientes, se le abría de oreja a oreja Fue entonces cuando Eulalia cometió su error: instintivamente lo tomó en brazos. Y Pedrito la abrazó fuerte, como si no pensara soltarla jamás. Después empezó a tocarle la cara con la mano, y con la sonajera le daba golpecitos suaves en la frente mientras gorjeaba
Eulalia no pudo resistirse: empezó a hablarle con voz tonta, diciendo tonterías sin sentido, como: «¿Quién es este chiquitín hermoso? ¿Quién es mi bomboncito de azúcar?», ridícula y enternecida a la vez. El corazón se le encogía de pura dulzura, el pecho le ardía de emoción Y Pedrito, mirándola con ojos de enamorado, se aferraba a ella, negándose a regresar a los brazos de Carmen. Pedrito olía a alegría. A cariño puro. A gloriasi es que los ángeles huelen así, será como huelen los niños.
Y Eulalia ni siquiera quería soltarlo. En ese instante, habría dado todo cuanto tenía por Pedrito. Se enamoró, fue un flechazo, de esos que te cambian el alma.
Las lágrimas cálidas deslizaron por sus mejillas hendidas
Después, el desenlace fue sencillo. Eulalia insitió a su hijo para que se casara con Carmen. Él no era de obedecer órdenes, pero lo hizo porque amaba a Carmen y a Pedrito. A base de promesas y alguna que otra presión, Eulalia logró que se mudaran todos a su espaciosa casa en El Viso.
Eso sí, evitaba entrometerse demasiado y la convivencia era tranquila. Toda su atención se volcó en Pedrito. Se volvieron inseparables; lo suyo era amor verdadero. Amor, amor de verdad.
Así fue como una mujer cometió un terrible error. O tal vez, casi lo cometió. Quién sabe Y encontró su regalo de Navidad en el lugar más inesperado. Porque la Navidad, en España, siempre guarda un milagro. Y los regalos, aquí, tienen el alma de un niño.







